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Nacismo,
Fascismo e Hitlerismo
Por Javier Cox, director del Diario Trabajo
El Nacismo, ¿es una copia del hitlerismo? O, talvez, ¿es una imitación del fascismo de Mussolini? He aquí dos preguntas que envuelven a menudo ignorancia y no pocas veces mala fé; y, en todo caso, errores fundamentales. Ni el Nacismo es imitación o copia de nada, ni el fascismo es "de Mussolini". Cuando hablamos de estos tres movimientos políticos modernos, dándoles a cada cual su nombre de batalla, no hacemos sino hablar de tres diversas expresiones de una misma idea. Pero, el que la idea de fondo sea una misma, no implica en manera alguna que exista imitación o copia. Con la misma razón, podrían tildarse de imitaciones el sistema republicano, el parlamentarismo, la democracia liberal, todas ellas formas políticas de extensión universal. Nacismo, fascismo, hitlerismo, son diferentes realizaciones nacionales de un mismo pensamiento político, que se ha convenido en denominar genéricamente fascismo, por la simple razón de haber sido en esta expresión, es decir, en la realización nacional italiana, como primeramente llegó a conocer el mundo aquel pensamiento en todo el esplendor y la gloria de su triunfo. Es sólo la necesidad de dar un nombre a cada idea lo que llevó a dar el nombre del movimiento triunfante italiano a una idea política de carácter universal. Y esto es tan cierto, que, seguramente, si el fascismo italiano hubiese visto precedido su triunfo por la victoria del hitlerismo en Alemania, hoy llamaríamos genéricamente hitlerismo al principio político en que descansan ambos movimientos. De modo, pues, que al hablar de fascismo a secas, entiéndase que nos referimos a la idea universal que forma la base y fundamento de los diversos movimientos políticos nacionales de índole semejante. Pues bien, es ese pensamiento político, tan propio y asimilable a las naciones de Occidente como lo fué la democracia liberal, el que alienta al Movimiento Nacional Socialista de Chile. Y puede decirse que ese pensamiento existe latente en el alma de todos los pueblos de nuestra civilización. Es una necesidad de la hora presente; una necesidad que se impone a cada nación de cultura occidental por el hecho mismo de poseer esa cultura. No es otra cosa que un movimiento de defensa de esa cultura en una etapa peligrosa de su desarrollo; una defensa contra la deformación que hoy en día sufre. En efecto: la civilización cristiana de los pueblos de Occidente, dominada por la formidable corriente de progreso material que caracteriza a nuestro siglo y que amenaza cada día más ahogar su acervo espiritual en una ola de materialismo, siente el imperativo categórico de la defensa de las bases morales en que se funda, del cuidado de su progreso espiritual, próximo a ser arrollado por el avance materialista. El egoísmo, la hipocresía, el afán de lucro, el desprecio de las virtudes heróicas y, sobre todo, ese predominio sin contrapeso que ha adquirido el dinero en las actividades de la vida privada y en el manejo de la cosa pública, señalan la crisis espiritual más honda por que haya pasado nuestra civilización cristiana. Y el alma de los pueblos de esa civilización busca ansiosamente la nueva forma política y social, más justa y más sincera, que sea capaz de salvar lo que considera su más sagrado patrimonio. Es este el pensamiento central del fascismo, la base espiritual común, que constituye la primera analogía entre los movimientos políticos de que hablamos. A pesar de esta base común, no existe entre ellos subordinación ideológica de ninguna especie. Sólo ha existido entre unos y otros influencias en la forma externa y en los métodos de acción, elementos todos ellos que son meramente empíricos. Ya dijimos que el fascismo en una idea universal, latente en el alma de los pueblos de Occidente. Desde luego, el fascismo italiano y el hitlerismo nacieron simultáneamente, obedeciendo a una misma necesidad, aún cuando el mundo no tuvo conocimiento de éste último sino muchos años depués del primero. De la misma manera, el Nacismo ha surgido impulsado por una necesidad genuinamente nacional y su mentalidad es netamente chilena. La influencia que sobre él han ejercido los movimientos italiano y alemán, no llega más allá de uno que otro detalle de formas y de métodos, equivalentes a los detalles de formas y métodos que en otra época adoptan unos de otros los países, ya provengan de la democracia liberal o del comunismo. El Nacismo considera a Portales como su precursor y lo señala como el primer político americano que presintió el fascismo -adelantándose a su siglo-, y tuvo la intuición de realizar su pensamiento. Es preciso, pues, deshacer el mito de Mussolini, inventado por quienes tienen interés en desnaturalizar el fascismo, presentándolo como la creación artificial del cerebro de un hombre. Mussolini no es el creador del fascismo; es, tan sólo, su primer realizador. El fué el primero que supo interpretar el sentimiento fascista colectivo, dándole formas acertadas e imponiéndole métodos geniales, y logró con ello llevar a la victoria el movimiento nuevo. Y, sin embargo, los mismos métodos que Mussolini impuso al fascismo italiano, llevaron a Hitler, en un principio, al fracaso en Alemania. Y era lógico esperarlo. En un país como Alemania con un pueblo en la más elevada cultura, con una organización perfecta en todos los órdenes, con una tradición formidable de respeto a las jerarquías y la legalidad, era imposible imponer un movimiento por medio de los métodos expeditivos y extralegales que Mussolini usó en Italia; era eso nadar contra la corriente. Hitler fracasó en su primer intento. Hubo de buscar otros métodos, más de acuerdo con la idiosincrasia de su pueblo, y le fué necesario someterse, en su marcha hacia el poder, a todos los caminos legalistas de la democracia. El fracaso alemán dio origen a la famosa frase de Mussolini: "El fascismo no es un artículo de exportación", en que se refería a los métodos usados por él en Italia. Este proceso de desenvolvimiento de ambos Movimientos, el italiano y el alemán, marca entre ellos una diferencia de formas característica, que contribuye a dar a cada uno su fisonomía propia, nacional, aún cuando el motor interno es el mismo. El Nacismo, a su vez, tendrá que ir adoptando, para llegar a1 fin, los métodos que le sugiera como más acertados el desarrollo que vayan adquiriendo los acontecimientos nacionales, y, seguramente, ellos habrán de señalarlo también con una fisonomía propia, genuinamente nacional. Del mismo modo que el fascismo italiano y el hitlerismo, el Nacismo no se siente aprisionado por el respeto a las fórmulas legalistas. Y, he aquí otra analogia entre estos movimientos, surgidos todos ellos de una ansia de sinceridad política, que inclina a romper los moldes de hipocresía jurídica en que están vaciadas la mayor parte de las instituciones de la democracia liberal. Para el fascismo, el derecho no se confunde con las leyes. Para él, el derecho es la justicia; y las leyes, en cambio, no son sino la expresión que han atribuído a su justicia los que han tenido el poder de una mayoría suficiente para imponer su voluntad. Para el fascismo, el derecho y la justicia no pueden ser la expresión de la Voluntad de una mayoría, -aún en el hipotético caso de que realmente sea capáz de expresarse esa voluntad. Por eso, si alguno de los movimientos fascistas se vé obligado en su camino a someterse a los moldes legalistas, no es porque sienta un mayor respecto que los otros por esos formulismos, sino porque las circunstancias lo fuerzan a aceptarlos. Este nuevo concepto del derecho, que caracteriza a los movimientos fascistas, y que hace consistir la ley en la expresión de las normas de la moral social, rechazando el despotismo de la democracia liberal que la hace consistir en la mera voluntad del legislador, está mucho más de acuerdo con la definición tomista que la antifilosófica concepción del artículo 1º de nuestro Código Civil. Ahora bien, de esté mismo principio común, se derivan diferencias fundamentales entre uno y otro movimiento, en lo que se refiere a la aplicación práctica del principio, a las realizaciones en el terreno jurídico. En un pueblo de moral social protestante, indudablemente mernos rígida y más materialista que la moral católica, la expresión legal resultará menos espiritualista que en un país católico. Por ejemplo: en una nación sinceramente católica, como la nuestra, no tendrían significado ni razón de ser las leyes de persecusión racista, las de control de la sangre y otras por el estilo. Para la Alemania, con su moral germánica, el problema judío es un problema de sangres. Para Italia y para Chile, con su moral católica, si el problema existiera, sería un problema de ética politica. Otra de las características más marcadas del fascismo, en cualquiera de sus realizaciones, consiste en su decidido nacionalismo; y es de aquí también de donde surgen buena parte de los ataques que se le hacen. Se pretende hacer aparecer el nacionalismo fascista como una fobia a lo extranjero, como un peligro para las demás naciones y como un principio político anti-económico. Sin embargo, nada más injusto e intencionado que estos ataques. Si bien es cierto que el fascismo rechaza toda influencia extranjera en las orientaciones de la economía nacional y es incompatible con la intervención del capitalismo internacional en el manejo de la cosa pública, no alienta ningún propósito hostil contra los capitales que entran a contribuir honrradamente a la producción nacional, ni sostiene absurdas teorías proteccionistas, muy en boga en la democracia que nos gobierna. El nacionalismo fascista consiste en abordar todos los problemas -sean ellos sociales, políticos o económicos-, con un criterio esencialmente nacional, considerando la idiosincrasia propia del pueblo que los soporta; en gobernar estructurando los organismos de la vida nacional de acuerdo con las costumbres peculiares y las características espirituales de la raza; en acomodar las instituciones fundamentales de acuerdo con la realidad nacional, con la mentalidad del pueblo, en vez de pretender vaciar la nación en un molde preconcebido, en fórmulas doctrinariamente elucubradas. Y, precisamente, de esta comunidad de principio, de este mismo concepto nacionalista que alienta a todos los movimientos fascistas, es de donde parten sus más numerosas diferenciaciones. Necesariamente, poniendo en práctica ese concepto nacionalista, habrán de resultar de uno a otro país fundamentales divergencias, emanadas de la diferencia de costumbres, de tradiciones, de necesidades, de razas y hasta de grados de cultura. Conservando, pues, el principio común, las realizaciones prácticas son enteramente propias de cada formación fascista. El fascismo, para estructurar firmemente la nación y dotarla de un organismo fuerte y sano, capaz de hacer prosperar, un Estado eficiente, apto para regir a la sociedad, necesitar conseguir, previamente, la unidad espiritual de su pueblo. Es esa unidad espirital la base esencial para construir el orden público, la armonía social. Y para conseguir esa unidad es preciso suprimir los factores más nocivos de división: en el orden político, los partidos; en el orden social y económico, la lucha de clases. He aqui, pues, otro principio común que ha de tener inmensa variedad de realizaciones en cada uno de los sistemas fascistas nacionales. La Unidad espiritual de un pueblo no se realiza solamente con elementos negativos; es preciso fundarla en elementos postivos, de una fuerza tal que sean capaces de superar la perniciosa influencia desarrollada hasta aquí por los factores de división. Y aquí entran a actuar en forma tan exclusiva las características raciales, históricas, y culturales propias de cada pueblo, que la acción fascista toma un aspecto genuina y netamente nacional. Así vemos, por ejemplo, que "la igualdad de derechos", "el repudio del tratado de Versalles" y el rearme de Alemania, que son poderosos elementos positivos para conseguir la unidad espiritual de ese pueblo, así como la revancha en Abisinia lo es para el pueblo italiano, no tienen equivalente alguno entre nuestro pueblo, que no time saldos pendientes de ninguna especie provenientes de balances guerreros. De modo que los que pretenden atribuir espíritu bélico al Nacismo, porque Mussolini hace la guerraa Etiopía, incurren sencillamente en una sandez. De este ligero análisis de algunos de los principios básicos que establecen analogía entre Nacismo, hitlerismo y fascismo italiano, y de las diversas características que los diferencian fundamentalmente, puede desprenderse una conclusión. En efecto: hemos dicho que el nombre genérico de fascismo con que se designa a los diversos movimientos políticos de la misma índole que han triunfado o que surgen en el mundo, no tiene sino una razón histórica, la primacía del triunfo italiano. Si hubiera de aplicársele a este nuevo pensamiento político un nombre científico, no podría ser otro que el de Nacional Socialismo. En realidad, la idea fascista reúne en sí,
armoniosamente concertados, los conceptos del socialismo puro, (el socialismo clásico
anterior a Marx, y excento, por lo tanto, de las deformaciones o impurezas que le
introdujeron sus doctrinas) y los del nacionalismo. El materialismo histórico, la
abolición de la propiedad privada, la lucha de clases, el internacionalismo, son
doctrinas todas agregadas por Marx y que rechaza de plano el socialismo nacionalista. Es por eso que el Nacismo, para exteriorizar claramente su pensamiento, adoptó el nombre de Movimiento Nacional Socialista. Javier Cox
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Publicado en Revista Acción Chilena: www.accionchilena.cl