El influjo de la globalización es poderoso. Su influencia no sólo se expresa
en términos económicos, sino que antes -y preferentemente- en términos
culturales. Se copian conductas y estereotipos extranjeros, y se los intenta
artificialmente hacer parte de lo que verdaderamente nos pertenece y nos es
propio.
Por ello, no es sorprendente que un movimiento vinculado en su origen a los
barrios más segregados de Liverpool, a los “suburbios”, y a la absoluta
falta de referentes sociales positivos, haya encontrado perfecto eco para
replicarse en cada rincón del planeta donde exista una juventud a la que el
materialismo no da cabida.
Los “skinheads” son –por ello-, un perfecto producto del Nuevo Orden
Mundial: fáciles de vender, fáciles de comprar, construidos desde el más
profundo nihilismo, aptos para el consumo global del hombre masa y -por
cierto- de los Mass Media.
Por definición, este producto de consumo masivo carece por completo de una
identidad ideológica definida. De allí que existan “skinheads” autodefinidos
como “nazis”, otros que se declaran “marxistas”, “antifascistas”, e incluso
quienes se proclaman “anarquistas”.
Por ello tampoco debería extrañar que en términos de moda, su perfil pueda
ser incluso adoptado por jóvenes de estratos socioeconómicos plenamente
integrados al mercado y el consumo.
Son un estereotipo, una “clase”, y su absoluta falta de identidad espiritual
se refleja precisamente en la fundamental externalidad de sus expresiones:
el pelo rapado, las “flyjacket”, los parches, los bototos con su
particular jerga de cordones, y la condición fundamentalmente gregaria de su
accionar. Finalmente, su actuar clandestino, secreto, esto es, anónimo, el
uso de sobrenombres –“chapas”-, y la carencia de una estructura formal,
refuerzan esta definición.
Ello también se refleja en los ámbitos en que se desenvuelven: estadios
repletos de “hinchas” –ahora “hooligans”-, conciertos musicales, “pubs”,
es decir, allí donde precisamente existe y vive el hombre masa orteguiano.
El correlato de su existencia es la violencia. La violencia no entendida
siquiera como una justa defensa o reacción, sino la violencia como patrón y
medida de su propio “valor”. Así, las justificaciones ideológicas en el
fondo carecen de importancia: no se lucha o se defienden determinadas ideas.
Se es violento porque así se justifica creer en algo, no importa lo que sea.
No importa en qué se crea.
De este modo, el sistema ha encontrado un aliado perfecto para insistir en
su lucha permanente contra la identidad, autodeterminación y libertad de las
naciones del planeta: hoy los “skinheads” son el principal argumento a la
hora de prohibir la existencia de las ideas nacionales y sociales en
cualquiera de las formas políticas que puedan adoptar.
Funcionales al propio modelo que dicen combatir, estos jóvenes se
transforman en ciegos corderos del matadero de las ideas que creen defender.
Nada tienen que ver con los viejos cuadros de las S.A., obreros,
profesionales, universitarios y cesantes, cuya función declarada y
primordial era la defensa. Lejos están de las T.N.A. del M.N.S. chileno,
compactos batallones, que forjarían en el “yunque de otra vida al hijo
del obrero y del patrón”. Y –por cierto-, claramente nada tienen que
ver con la disciplina, el espíritu, el orden y la preparación cultural,
ideológica e intelectual de las mejores tropas políticas de la historia, las
S.S.
Tampoco tienen que ver con Chile. No son parte en modo alguno de la
Tradición de las ideas nacionales, y ello, comenzando por su propia
denominación: “skinhead”… algo así como si un chico de Arkansas, en EE.UU.,
creara un grupo “nacionalista” llamado “Los rotos pulentos de Arkansas”.
Pero no sorprende. No debe sorprender.
El influjo del mercado es poderoso, precisamente, porque estructura íconos
transnacionales, ideas fuerza, imágenes primordiales, que pueden penetrar
fácilmente –sin profundidad conceptual alguna-, en cualquier lugar del
planeta. Y el fenómeno “skin” es precisamente eso: un producto de mercado,
basado en sus “leyes” y clara expresión de su fundamento primario: la
crueldad.
El mercado, el neoliberalismo, el materialismo, constituyen la máxima
expresión de la crueldad negadora de la vida. De la crueldad negadora de la
creación y la identidad. De la crueldad que segrega a nuestros compatriotas
más pobres, y los sume en el barro de las inundaciones, el frío de las casas
provisionales, el hambre y la falta de acceso a la cultura.
En esas condiciones, reaccionar con violencia es, incluso, comprensible.
Pero, por su propio origen, esta violencia no es liberadora. Todo lo
contrario. Hace esclavo a quien la practica, y los ata al carro sin retorno
del odio. De la destrucción. De la negación permanente y sin fundamentos. En
palabras de Nietzsche: “No se odia a quien se desprecia, sino al
adversario a quien se estima igual o superior a uno mismo”, y con esto
está dicho todo.
Esa negación, esa crueldad, ese odio profundo, se expresan incluso en los
roles y formas de participación en los propios grupos, y por cierto definen
a quienes actúan como sus líderes: los más “duros”, los más violentos, los
más “crueles”.
Pero detrás de esa aparente dureza se esconde la fundamental fragilidad
espiritual, la agonía y el dolor de sentirse segregado y agredido por un
modelo que no tiene respuestas, y que nunca las tendrá.
El Maestro de Sils María sostenía: “no hay un creador que no sea duro”,
y por ello, quienes nada crean, nada tienen –en realidad-, de duros. En su
pretendida dureza no hay poder y no hay fuerza. Nunca los habrá. Lo que sí
hay es un niñito que llora, solo, detrás del muro, clamando a gritos: “Hey,
¿hay alguien al otro lado?”.
Lo que hay es un cobarde, que sólo se siente fuerte con apoyo del grupo,
actuando en masa, anónimamente, a mansalva, confundido en el rebaño.
Nada de ello es parte de las ideas que defendieron los movimientos
socialistas nacionales en el pasado.
El amor a la Familia, a la Patria, a la Nación, no es sinónimo del odio a
los demás.
La defensa de los valores que nos permiten vivir en sociedad, no es
equivalente a la “eliminación” de los antisociales.
La vida sana, limpia, sin drogas, no significa quitarle la vida a quienes,
desgraciadamente, ya lo hacen por sí mismos.
La defensa de las tradiciones nada tiene que ver con la negación de quienes
piensan o son diferentes.
Y por sobre todo, la identidad, la
personalidad, no es la adopción de estereotipos, de clichés, de modas que lo
único que hacen es negarnos la posibilidad de ser nosotros mismos. Que nos
impiden llegar a Ser. Llegar a ser nada más y nada menos que nosotros
mismos.
Pero el sistema está feliz con su invento: los “skinheads” se han
transformado en el arquetipo más recurrido del “nazi” actual. En la
expresión más cara para quienes quieren destruir cualquier vestigio de lo
que realmente fueron estas ideas en el pasado, y en lo que podrían llegar a
ser en el futuro.
Imágenes primordiales, arquetipos, el paradigma de “American X” ha penetrado
fuerte en las mentes débiles. Y lo ha hecho, porque representa precisamente
la negación de todo lo que en realidad alguna vez fue defendido en función
de estas ideas: es más fácil creerle a Hollywood que a los libros. Es más
fácil golpear que aprender. Es más fácil repetir slogans que comprender
doctrinas. Es más fácil no ser, que verdaderamente llegar a ser.
Carentes de reales fundamentos, vacíos de verdadera conciencia, huérfanos de
líderes verdaderos y verdaderos ideales, los “skinheads” resultan en el
fondo una gran mentira.
Son la forma más fácil de apartar de sí mismos a los jóvenes que desearían
vivir en una Patria mejor, con más libertad y justicia, con menos pobreza y
enfermedad, con verdaderas oportunidades y futuro.
Muy profundo en las vastas llanuras de sus almas, allí donde nadie puede
mirar –ni siquiera ellos mismos-, se esconde un niño solitario, que juega a
solas con el mar de un país que no existe, y que él desearía construir si
supiera cómo hacerlo. Sabe -como sólo puede saber el niño que alguna vez
todos fuimos-, que hay verdaderos ideales, por lo cuales vale la pena
luchar, y por los que ciertamente vale la pena morir.
Si hoy les hablamos con dureza, si hoy les decimos lo que no quieren
escuchar, es precisamente porque creemos en el valor de ese niño, y en su
fundamental convicción de verdad.
Viejos emblemas sostenían: “Mi honor se llama lealtad”. Esa lealtad
no alude a personas. Esa lealtad fue y ha sido siempre hacia los valores y
los principios: por tanto, es lealtad con la lucha en contra de los
antivalores y de la falta de principios.
Los “skinhead” son un fiel reflejo del sistema, y por ello nuestra lealtad
consiste precisamente en demostrarlo y llamarlos a reflexionar: El camino no
está en los íconos del sistema, en sus modelos o en sus patrones. No está en
la ignorancia, la violencia o el odio.
El camino está en ustedes mismos, y en sus ansias profundas de que Chile sea
una Patria mejor para todos los hijos de su tierra.
En palabras del Führer: “Sólo se puede luchar por aquello que se ama. Y
se ama sólo lo que se respeta, pudiéndose respetar únicamente aquello que se
conoce”.
Amar y conocer a Chile, respetar a Chile, y luchar por Chile, es amar y
luchar por todos los chilenos, no en contra de ellos.