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Ulrich Schmidl Primer cronista del Río de la Plata Por Dora Stürber
La expedición de 1534 contaba con dos mil quinientos españoles y ciento cincuenta alemanes. Llevaban además setenta y dos caballos y yeguas, que fueron los primeros ejemplares de ganado equino que llegaron al Río de la Plata. Esos caballos fueron también los primeros que sufrieron el acoso de los indios querandiés y sus “boleadoras”, armas indígenas que Schmidl describe como “gruesos cordeles que llevaban una piedra atada a un extremo y que lanzaban con gran pericia a las patas de los caballos, consiguiendo derribarlos”. En el Río de la Plata, el 3 de febrero de 1535, Schmidl participó de lo que sería la primera fundación de Buenos Aires, el poblado a orillas del Río de la Plata que recibió entonces el nombre de Santa María del Buen Aire. En un pasaje de su libro, La Admirable navegación realizada por el Nuevo Mundo entre Brasil y el Río de la Plata entre los años 1534 al 1554, aparece por primera vez el nombre de la ciudad, escrito en fonética, “Wonass Eiress”: se trataba en realidad de un rústico conjunto de chozas con paredes de barro y techo de palmas, rodeadas por empalizadas de protección. Contaba con una “casa fuerte”para la vivienda del Adelantado, una cien habitaciones que daban cobijo a los soldados y una iglesia. Las empalizadas -según el relato de Schmidl, de “la altura de un hombre con una espada en la mano”, eran absolutamente necesarias pues los indígenas del lugar, los querandíes, una nación de aproximadamente 3000 hombres, al principio amistosos, se fueron convirtiendo en un peligro constante.
Portada de
la primera edición de la “Vera Historia” en forma de libro, publicada en
1602 en Nüremberg por Levinus Hulsius. Tres meses
después de esos sucesos, unos veintitrés mil indios querandíes, guaraníes,
charrúas y chanatimbús arrasaron la población, quemando con flechas
incendiarias las chozas, así como cuatro grandes naves ancladas a media
legua de distancia. Así, relata
Schmidl sus encuentros con los diferentes pueblos indígenas en un lenguaje
descolorido y monótono, pero ilustrativo y sumamente interesante por
tratarse de las primeras crónicas levantadas por un europeo en esas
regiones. Por ejemplo, de los timbús cuenta que “llevan en ambos lados de
la nariz una estrellita, hecha de una piedra blanca y azul, y son gente de
cuerpo grande y fornido. Las mujeres son horribles y, tanto jóvenes como
viejas, tienen la parte baja de la cara llena de rasguños azules...no
comen otra cosa que carne o pescado: en toda su vida no han comido otra
comida... Tienen canoas, iguales a esas que allá en Alemania se llaman
barquitos y usan los pescadores...” De los corondá , escribe que “también tienen dos estrellitas a ambos lados de la nariz; son personas garbosas y las mujeres feas, con arañazos azulados en la cara, tanto jóvenes como viejas, y tapan las vergüenzas con un trapo de algodón...compartieron con nosotros su escasez de carne y pescado y cueros y otras cosas más; nosotros también del mismo modo les dimos cuentas de vidrio, rosarios, espejos, peines, cuchillos y otras cosas...” A los chaná-salvajes los describe “como bajos y gruesos, y no tienen más comida que carne, pescado y miel. Las mujeres llevan sus vergüenzas al aire: todos, hombres y mujeres, andan completamente desnudos, tal como Dios Todopoderoso los ha puesto en el mundo...es una gente igual que los salteadores de caminos que hay en Alemania: roban y asaltan y luego vuelven a su guarida...” También relata el comportamiento de los españoles, como con los mapenis, que “tienen más canoas que cualquier otra nación...nos recibieron belicosamente -había en el río más de quinientas canoas- pero dichos mapenis no consiguieron gran cosa y con nuestros arcabuces herimos y dimos muerte a muchos, pues nunca habían visto antes ni cristianos ni arcabuces y tuvieron gran espanto. Cuando llegamos a su aldea, no pudimos tomarles nada...y solamente encontramos doscientas cincuenta canoas, que quemamos y destrozamos totalmente...” O con respecto a la sublevación de un cacique cario que buscaba venganza por la muerte de su hermano:“asaltamos la aldea y entramos en ella y matamos cuantos encontramos y cautivamos muchas de sus mujeres...hubo dieciséis muertos entre nuestra gente y muchos heridos...pero nada ganaron los otros, pues murieron como tres mil de entre esos caníbales...” Con los carios o guaraníes, por supuesto, se detiene largamente, ya que éstos ocupaban un enorme territorio (“...creo que abarcan más de trescientas leguas a la redonda...”) y ya eran agricultores (maíz, batatas, mandioca, maní y otros cereales). De ellos cuenta: “los carios habían comido carne humana cuando llegamos a ellos: cómo la comen, lo sabréis enseguida. Cuando estos carios hacen la guerra contra sus enemigos, entoces ceban a los prisioneros, sea hombre o mujer, sea joven o viejo, o sea niño, como se ceba un cerdo en Alemania; pero si la mujer es algo hermosa, la guardan durante uno a tres años. Cuando ya están cansados de ella, entonces la matan y la comen, y hacen una gran fiesta, como un banquete de casamiento allá en Alemania; si es un hombre viejo o una mujer vieja, se los hace trabajar, a aquél en la tierra y a ésta en preparar la comida para su amo”. Con los
carios llegaron a convivir en paz, y les hicieron construir una especie de
fortín (“casafuerte de piedra y tierra, reforzada con palos”) que quedó
terminado el día de Nuestra Señora de la Asunción , en el año 1539, y de
allí el nombre que recibió la población. Y así, estando a pocas jornadas de la Sierra y teniendo la evidencia de que no habían perseguido un mito, debieron emprender el regreso. Ese regreso les demandó un año y medio, derrotados y ya sin ninguna esperanza. Esos soldados no habían ido a cristianizar un continente, ni a conquistar tierras para su monarca: ellos sólo deseaban hacerse ricos , y ya no podrían serlo. Ulrich Schmidl, el único cronista de la primera fundación de Buenos Aires y de la conquista española del Paraguay, no fue bien tratado por algunos autores. El menosprecio de algunos de ellos se debe, en parte, a su último traductor, Edmund Wernicke, quien lo presentó como un ignorante, ingenuo y, por lo tanto, poco digno de confianza. Sin
embargo, en 1567, Schmidl escribió sus originales en un alemán correcto,
legible hoy en día a pesar de sus arcaísmos, y no en el dialecto de su
Baviera natal. Inclusive demostraba un perfecto conocimiento del latín. Si
bien en sus veinte años de andanzas por el Nuevo Mundo no había aprendido
casi nada de español, tenía nociones de francés e italiano. A su vuelta a Europa, fue recibido en Sevilla por consejeros del Rey de España, a quienes entregó una carta con un informe personal de su superior en las Indias, el capitán general Domingo Martínez de Irala. Además, el hecho de haber vuelto a Europa requerido por su hermano para administrar algunos bienes familiares, han dado pie a la presunción de algunos autores de que el “pobre arcabucero” era en realidad un agente de la rica familia Welser, quienes participaban con sus barcos, mercaderías y con 150 hombres –“alto-alemanes, neerlandeses y austríacos o sajones”- en la expedición al Río de la Plata del primer adelantado don Pedro de Mendoza. Los Welser, entonces una de las casas más poderosas de Europa, eran banqueros, prestamistas y financistas de reyes y dinastías, inclusive la española. Schmidl escribió sus memorias con tal precisión que asombran. Algunos estudios recientes (Vicente Pistilli, "La cronología de Ulrich Schmidl", Asunción, 1980) afirman que Schmidl se basó en cartas enviadas a su familia durante esos veinte años en las Indias, ya que existía en ese entonces la posibilidad de enviar, si no regular, al menos ocasionalmente, mensajes a Europa. Con respecto a las distancias dadas por Schmidl, para Pistelli son correctísimas, pues afirma que las “Meile” de las que habla Schmidl son las leguas de posta, también llamadas francesas, de 4 km. Y por último, la duda más importante sobre Schmidl y su relato: las fechas que figuran allí son aparentemente incorrectas, empezando por el año en que partió desde España la expedición de Mendoza. Aquí Pistilli afirma que antes de 1582 se utilizaba el calendario juliano; lo que a menudo se ignora es que había en uso varios calendarios julianos, los que variaban en el cómputo de su punto de partida. El oficial comenzaba el 1°de enero del año en que, el 25 de diciembre, Cristo había nacido, según la tradición. Otro arrancaba desde ese mismo 25 de diciembre, vale decir, 358 días más tarde. Y es esto exactamente lo que sucede con las fechas dadas por Schmidl: agregándoles 358 días se encuentra que los mismos acontecimientos coinciden con el calendario oficial español utilizado en los comienzos de la Conquista. La impresión de su libro debía ser realzada y complementada con ilustraciones; para llevarlas a cabo, se encargó al holandés Levino Hulsius (o Levinus Hulsis, en su acepción latinizada), notario de la Corona, escritor, librero-editor y negociante de instrumentos, su confección. Hulsius dio a sus trabajos un óptica propia pero basándose fielmente en los textos originales de Schmidl. Ulrich Schmidl murió aproximadamente a los setenta años, entre 1580 y 1581, en Regensburg, Alemania, siendo hasta el fin de sus días un respetado y admirado ciudadano, rico además por herencia, que pasó por tres sucesivos matrimonios.
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