Alemanes en el Nuevo Mundo

Ulrich Schmidl

Primer cronista del Río de la Plata

Por Dora Stürber


Ulrich (Ute-Utz)- Schmidl, Schmiedel o Schmidel, nació en Straubing, una localidad a orillas del Danubio, en Baviera, aproximadamente en 1510. El 24 de agosto de 1534 partió hacia las Indias en una de las catorce naves de la flota que comandaba el Primer Adelantado don Pedro de Mendoza. Esa expedición tenía fines muy precisos, pero a la vez, estaba basada en vaguedades, como que se proponía explorar el Río de la Plata -así bautizado expresamente- como forma de llegar a la fabulosa Sierra de Plata. Entre sus capitanes figuraban algunos con insignias de órdenes militares que habían ya acompañado a Mendoza en otra aventura, como Juan de Ayolas o Domingo Martínez de Irala.

La expedición de 1534 contaba con dos mil quinientos españoles y ciento cincuenta alemanes. Llevaban además setenta y dos caballos y yeguas, que fueron los primeros ejemplares de ganado equino que llegaron al Río de la Plata. Esos caballos fueron también los primeros que sufrieron el acoso de los indios querandiés y sus “boleadoras”, armas indígenas que Schmidl describe como “gruesos cordeles que llevaban una piedra atada a un extremo y que lanzaban con gran pericia a las patas de los caballos, consiguiendo derribarlos”.

En el Río de la Plata, el 3 de febrero de 1535, Schmidl participó de lo que sería la primera fundación de Buenos Aires, el poblado a orillas del Río de la Plata que recibió entonces el nombre de Santa María del Buen Aire. En un pasaje de su libro, La Admirable navegación realizada por el Nuevo Mundo entre Brasil y el Río de la Plata entre los años 1534 al 1554, aparece por primera vez el nombre de la ciudad, escrito en fonética, “Wonass Eiress”: se trataba en realidad de un rústico conjunto de chozas con paredes de barro y techo de palmas, rodeadas por empalizadas de protección. Contaba con una “casa fuerte”para la vivienda del Adelantado, una cien habitaciones que daban cobijo a los soldados y una iglesia. Las empalizadas -según el relato de Schmidl, de “la altura de un hombre con una espada en la mano”, eran absolutamente necesarias pues los indígenas del lugar, los querandíes, una nación de aproximadamente 3000 hombres, al principio amistosos, se fueron convirtiendo en un peligro constante.

Portada de la primera edición de la “Vera Historia” en forma de libro, publicada en 1602 en Nüremberg por Levinus Hulsius.


En sus crónicas, fue testigo de la defensa que los pueblos aborígenes hicieron de sus tierras ante la ofensiva de los europeos. Schmidl narra cómo la situación se fue paulatinamente agravando: no tenían qué comer y “no bastaron ni ratas ni ratones, víboras ni otras sabandijas; hasta los zapatos y cueros, todo tuvo que ser comido. Sucedió que tres españoles robaron un caballo y se lo comieron a escondidas; y así que esto se supo, se les prendió y se les dio tormento para que confesaran. Entonces se pronunció la sentencia de que se ajusticiara a los tres españoles y se los colgara de una horca. Así se cumplió y se les ahorcó. Ni bien se los había ajusticiado, y se hizo la noche y cada uno se fue a su casa, algunos otros españoles cortaron los muslos y otros pedazos del cuerpo de los ahorcados , se los llevaron a sus casas y allí se los comieron. También ocurrió entonces que un español se comió a su propio hermano que había muerto. Esto sucedió en el año de 1535, en el día de Corpus Christi, en la referida ciudad de Buenos Aires”.

Tres meses después de esos sucesos, unos veintitrés mil indios querandíes, guaraníes, charrúas y chanatimbús arrasaron la población, quemando con flechas incendiarias las chozas, así como cuatro grandes naves ancladas a media legua de distancia.

Con cuatrocientos hombres, entre ellos Schmidl, dejando ciento sesenta en Buenos Aires (y esos eran todos los que quedabam de los más de dos mil quinientos salidos de Sevilla) comenzaron a remontar el río Paraná en busca de víveres y con la esperanza de llegar a la Sierra de Plata, una ambición que las penurias no lograban desvanecer.

Así, relata Schmidl sus encuentros con los diferentes pueblos indígenas en un lenguaje descolorido y monótono, pero ilustrativo y sumamente interesante por tratarse de las primeras crónicas levantadas por un europeo en esas regiones. Por ejemplo, de los timbús cuenta que “llevan en ambos lados de la nariz una estrellita, hecha de una piedra blanca y azul, y son gente de cuerpo grande y fornido. Las mujeres son horribles y, tanto jóvenes como viejas, tienen la parte baja de la cara llena de rasguños azules...no comen otra cosa que carne o pescado: en toda su vida no han comido otra comida... Tienen canoas, iguales a esas que allá en Alemania se llaman barquitos y usan los pescadores...”

La Contrafactur de Ulrich Schmidl muestra a Utz en su atuendo de Landsknecht, rodeado de algunas formas alegóricas.

De los corondá , escribe que “también tienen dos estrellitas a ambos lados de la nariz; son personas garbosas y las mujeres feas, con arañazos azulados en la cara, tanto jóvenes como viejas, y tapan las vergüenzas con un trapo de algodón...compartieron con nosotros su escasez de carne y pescado y cueros y otras cosas más; nosotros también del mismo modo les dimos cuentas de vidrio, rosarios, espejos, peines, cuchillos y otras cosas...”

A los chaná-salvajes los describe “como bajos y gruesos, y no tienen más comida que carne, pescado y miel. Las mujeres llevan sus vergüenzas al aire: todos, hombres y mujeres, andan completamente desnudos, tal como Dios Todopoderoso los ha puesto en el mundo...es una gente igual que los salteadores de caminos que hay en Alemania: roban y asaltan y luego vuelven a su guarida...”

También relata el comportamiento de los españoles, como con los mapenis, que “tienen más canoas que cualquier otra nación...nos recibieron belicosamente -había en el río más de quinientas canoas- pero dichos mapenis no consiguieron gran cosa y con nuestros arcabuces herimos y dimos muerte a muchos, pues nunca habían visto antes ni cristianos ni arcabuces y tuvieron gran espanto. Cuando llegamos a su aldea, no pudimos tomarles nada...y solamente encontramos doscientas cincuenta canoas, que quemamos y destrozamos totalmente...”

O con respecto a la sublevación de un cacique cario que buscaba venganza por la muerte de su hermano:“asaltamos la aldea y entramos en ella y matamos cuantos encontramos y cautivamos muchas de sus mujeres...hubo dieciséis muertos entre nuestra gente y muchos heridos...pero nada ganaron los otros, pues murieron como tres mil de entre esos caníbales...”

Con los carios o guaraníes, por supuesto, se detiene largamente, ya que éstos ocupaban un enorme territorio (“...creo que abarcan más de trescientas leguas a la redonda...”) y ya eran agricultores (maíz, batatas, mandioca, maní y otros cereales). De ellos cuenta: “los carios habían comido carne humana cuando llegamos a ellos: cómo la comen, lo sabréis enseguida. Cuando estos carios hacen la guerra contra sus enemigos, entoces ceban a los prisioneros, sea hombre o mujer, sea joven o viejo, o sea niño, como se ceba un cerdo en Alemania; pero si la mujer es algo hermosa, la guardan durante uno a tres años. Cuando ya están cansados de ella, entonces la matan y la comen, y hacen una gran fiesta, como un banquete de casamiento allá en Alemania; si es un hombre viejo o una mujer vieja, se los hace trabajar, a aquél en la tierra y a ésta en preparar la comida para su amo”.

Con los carios llegaron a convivir en paz, y les hicieron construir una especie de fortín (“casafuerte de piedra y tierra, reforzada con palos”) que quedó terminado el día de Nuestra Señora de la Asunción , en el año 1539, y de allí el nombre que recibió la población.

Finalmente, lograron acercarse a la zona de la tan ansiada Sierra de Plata; cuando ya habían caminado -o se habían arrastrado- 372 leguas desde Asunción, cruzando los territorios que más tarde recibirían el nombre de Chaco, con una vegetación hostil y donde la gran parte del año el agua desaparece por completo. Con enorme sorpresa, encontraron allí un grupo de indios que hablaban español y respondían a un capitán llamado Campo Redondo. También vivieron la gran desilusión, pues recibieron la tajante orden del representante del rey en Perú (un clérigo, Pedro la Gasca, quien acababa de aplastar la rebelión de Gonzalo Pizarro) de no proseguir la marcha, bajo pena de muerte. También se enteraron que otros españoles, por la ruta del Mar del Sur, habían hallado un riquísimo imperio con una abundancia inverosímil de oro y plata -y no tribus donde los indígenas no tenían qué comer-, con verdaderas ciudades -y no míseras chozas-; habían llegado a Potosí, a los pies de un cerro que parecía íntegramente de metal. Ese destino habían tenido los españoles del Perú, mientras que a ellos les tocó pasar hambrunas e interminables caminatas entre ciénagas y lodazales, con la muerte esperándolos a cada paso.

Y así, estando a pocas jornadas de la Sierra y teniendo la evidencia de que no habían perseguido un mito, debieron emprender el regreso.

Ese regreso les demandó un año y medio, derrotados y ya sin ninguna esperanza. Esos soldados no habían ido a cristianizar un continente, ni a conquistar tierras para su monarca: ellos sólo deseaban hacerse ricos , y ya no podrían serlo.

Ulrich Schmidl, el único cronista de la primera fundación de Buenos Aires y de la conquista española del Paraguay, no fue bien tratado por algunos autores. El menosprecio de algunos de ellos se debe, en parte, a su último traductor, Edmund Wernicke, quien lo presentó como un ignorante, ingenuo y, por lo tanto, poco digno de confianza.

Sin embargo, en 1567, Schmidl escribió sus originales en un alemán correcto, legible hoy en día a pesar de sus arcaísmos, y no en el dialecto de su Baviera natal. Inclusive demostraba un perfecto conocimiento del latín. Si bien en sus veinte años de andanzas por el Nuevo Mundo no había aprendido casi nada de español, tenía nociones de francés e italiano.

Tampoco había salido de su tierra natal empujado por la pobreza, sino por el afán de aventuras, ya que su familia contaba con medios económicos importantes; su padre, varias veces alcalde de su ciudad, había dejado al morir una considerable fortuna.

A su vuelta a Europa, fue recibido en Sevilla por consejeros del Rey de España, a quienes entregó una carta con un informe personal de su superior en las Indias, el capitán general Domingo Martínez de Irala. Además, el hecho de haber vuelto a Europa requerido por su hermano para administrar algunos bienes familiares, han dado pie a la presunción de algunos autores de que el “pobre arcabucero” era en realidad un agente de la rica familia Welser, quienes participaban con sus barcos, mercaderías y con 150 hombres –“alto-alemanes, neerlandeses y austríacos o sajones”- en la expedición al Río de la Plata del primer adelantado don Pedro de Mendoza. Los Welser, entonces una de las casas más poderosas de Europa, eran banqueros, prestamistas y financistas de reyes y dinastías, inclusive la española.

Schmidl escribió sus memorias con tal precisión que asombran. Algunos estudios recientes (Vicente Pistilli, "La cronología de Ulrich Schmidl", Asunción, 1980) afirman que Schmidl se basó en cartas enviadas a su familia durante esos veinte años en las Indias, ya que existía en ese entonces la posibilidad de enviar, si no regular, al menos ocasionalmente, mensajes a Europa. Con respecto a las distancias dadas por Schmidl, para Pistelli son correctísimas, pues afirma que las “Meile” de las que habla Schmidl son las leguas de posta, también llamadas francesas, de 4 km. Y por último, la duda más importante sobre Schmidl y su relato: las fechas que figuran allí son aparentemente incorrectas, empezando por el año en que partió desde España la expedición de Mendoza. Aquí Pistilli afirma que antes de 1582 se utilizaba el calendario juliano; lo que a menudo se ignora es que había en uso varios calendarios julianos, los que variaban en el cómputo de su punto de partida. El oficial comenzaba el 1°de enero del año en que, el 25 de diciembre, Cristo había nacido, según la tradición. Otro arrancaba desde ese mismo 25 de diciembre, vale decir, 358 días más tarde. Y es esto exactamente lo que sucede con las fechas dadas por Schmidl: agregándoles 358 días se encuentra que los mismos acontecimientos coinciden con el calendario oficial español utilizado en los comienzos de la Conquista.

La impresión de su libro debía ser realzada y complementada con ilustraciones; para llevarlas a cabo, se encargó al holandés Levino Hulsius (o Levinus Hulsis, en su acepción latinizada), notario de la Corona, escritor, librero-editor y negociante de instrumentos, su confección. Hulsius dio a sus trabajos un óptica propia pero basándose fielmente en los textos originales de Schmidl.

Ulrich Schmidl murió aproximadamente a los setenta años, entre 1580 y 1581, en Regensburg, Alemania, siendo hasta el fin de sus días un respetado y admirado ciudadano, rico además por herencia, que pasó por tres sucesivos matrimonios.