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Un sobreviviente que asistió al combate sin verlo
Desde la Cámara de la Esmeralda
Don Cornelio Guzmán, Cirujano de la Esmeralda
Sus recuerdos e impresiones
Revista Zig-Zag, 21 de Mayo de 1905
Desde mui temprano, en
la mañana del 21 de Mayo los cañones de las fortalezas y de los navíos
chilenos acojerán con un saludo de hierro y fuego la entrada triunfal del
sol que vio el sacrificio de la Esmeralda, las músicas militares enviarán
sus acordes robustos y sonoros a dar la bienvenida a esos rayos que fueron los primeros en acariciar los cadáveres de Prat y de sus compañeros y
la bandera de la estrella soberana del Pacífico, trepará al mismo tiempo al
tope de los mástiles, acariciada suavemente por esos sones con que se ha
familiarizado en un siglo de victorias, orgullosa con la memoria de sus
hijos que nunca han sabido arriarla ante el enemigo y que le han dado con
su sangre el preciado tinte rojo que la adorna.
En esa mañana, donde
quiera que se encuentre un grupo de chilenos, sea en el rincón más
olvidado del mundo, sea en la navecilla perdida en las inmensidades del
océano, ellos sabrán saludar con regocijo la entrada de ese día de gloria.
Y aunque no tengan cañones, ni músicas, ni trapos tricolores, sabrán al
menos hallar el más robusto y sonoro metal de sus pulmones esforzados para
lanzar un hurra a la patria lejana, un viva a esos héroes que nadie ha
superado.
Y luego todos darán
tregua a la vida intensa, a la lucha tesonera que lleva todo un pueblo
tras el bienestar y la prosperidad, para recordar dentro del marco de las
breves horas de este día, la historia de Prat y Serrano, de Riquelme y
Aldea, que pasa ya de labio en labio vestida con el ropaje de oro de la
leyenda y del romance. Brotará entonces con fuerza irresistible a la
memoria un torrente de relaciones, datos y anécdotas que harán vibrar
intensamente en todas las almas los recuerdos de los grandes heroísmos y
de los grandes esfuerzos. Ante esa resurrección vívida del pasado que se
hace en día tan privilejiado, queda ya mui poco de nuevo que decir. Hace
algunos años que las relaciones del combate parecen haber agotado los más
fértiles recursos de la pluma.
Pero estamos seguros de
que son pocos, mui pocos los que han tenido ocasión de conocer las
impresiones de un tripulante de la Esmeralda que asistió al combate sin
ver nada de lo que pasaba en torno del navío, clavado como estaba por el
más sublime de los deberes bajo la cubierta de su carcomido casco.
En las primeras horas
de una tarde reciente, bajo un cielo nublado y frío que predispone el alma
y los nervios a la evocación de los tiempos pasados, de los viejos y caros
recuerdos, hemos ido a conversar con ese Sobreviviente único y especial,
sorprendiéndolo en el fondo del retiro impenetrable en que su modestia lo
ha encerrado tenazmente durante veinticinco años.
Suya es la relación que
nos atrevemos a presentar a continuación. Es decir, tiene todo lo suyo que
nuestra memoria ha tenido la suerte de retener a través de los quince
minutos de su conversación gráfica y animada, rápida y vibrante por la
emoción de esas reminiscencias tan tristes y gloriosas a la vez.
* * *
 En
la noche del 16 de mayo todos los comandantes comieron a bordo del
Blanco Encalada.
La escuadra entera de Chile estaba fondeada en Iquique. Su almirante
meditaba quién sabe qué plan misterioso para destruir de una vez por
todas al Huáscar, aquel fantasma que se mostraba con formidable rapidez
a la vista de todos los puertos de la costa de Chile. Esa fue la noche
elejida para el consejo de guerra.
Todos los oficiales
ignoraron lo que pasó en él.
El cirujano del
Esmeralda, que había quedado en la cámara de los oficiales del blindado,
regresó a su buque ya tarde de la noche con el comandante. Sentado en la
popa del bote, Prat miraba el puerto peruano sumido en la oscuridad y
meditaba profundamente. Durante la travesía no despegó los labios.
Al día siguiente los
tripulantes de la corbeta esperimentaron la mas profunda sorpresa al ver
desiertas las aguas de la bahía.
Toda la escuadra habla
partido durante la noche sin que nadie se apercibiera. Solo quedaba la
Covadonga acompañando a la vieja corbeta en el bloqueo.
La escuadra chilena
había ido al Callao en demanda de la flota peruana, según se supo después
en la corbeta. Prat quedaba entregado a su propio riesgo y espuesto a un
golpe de mano de los blindados peruanos.
Era esa talvez la causa
de la profunda meditación en que estaba absorto cuando volvía de
despedirse para siempre de sus compañeros del resto de la escuadra.
Durante todos esos días la
vida no se alteró en lo más mínimo. El capitán
seguía en cerrado en su cámara estudiando siempre.
Los
oficiales y la tripulación continuaban el ejercicio de mar y guerra,
amaestrando, a los jóvenes tripulantes de la corbeta que por permisión del
destino debían, siendo reclutas, morir como viejos veteranos.
Prat tenía la visión
profética, puede decirse, de la profunda influencia que los torpedos, cuya
acción indecisa empezaba recién a darse a conocer, deberían tener en las
grandes guerras futuras.
Una mañana hizo venir a
su presencia al joven cirujano del buque y le interrogó largamente sobre
las materias químicas que tenía la botica y sobre la posibilidad que
habría de tener torpedos con que rodear el buque y garantirlo de todo
ataque a espolón.
Desgraciadamente esos útiles no estaban completos a
bordo.
El comandante había
estudiado todos esos días, indudablemente, la posibilidad de usar los
terribles torpedos. Ese hondo presentimiento, que según los psicólogos
nace en todos los seres poco antes de un acontecimiento trascendental, se
abría camino, en el alma del héroe.
El 20 de mayo todo
seguía en calma en la bahía, ni un humo ni una vela anunciaban en el
horizonte la proximidad de algún navío.
En la corbeta, la ríjida y severa
disciplina se cumplía como todos los días.
Tripulaciones y
oficiales seguían trabajando.
¿Dónde estaba la escuadra? Nadie lo sabía.
Talvez a esas horas se batían frente al Callao, tal- vez en esos momentos
algunos navíos bajaban al abismo acribillados de balas y atestados de
heridos, mientras arriba se decidía la supremacía de la guerra y del
océano.
El capitán hizo ese día
reunirse sobre la cubierta a los jóvenes guardia-marinas y les ordenó
hacer ejercicio de semáforo.
—Guardia-marina Wilson,
dijo: Tradúzcame en el semáforo estas palabras: “En el día de mañana la
escuadra chilena se cubrirá de gloria”.
Calculaba él que ese
día la flota de blindados chilenos daría en el Callao con los veloces
buques peruanos y acabaría de un golpe con ellos.
Pero la gloria estaba
mas cerca de lo que se pensaba.
Los tardos blindados debían cruzarse en su
inútil viaje con la escuadra peruana que ya estaba encima.
La inmortalidad
se acercaba a marchas forzadas para el capitán chileno que se creía mui
lejos de ella.
La
última noche de la Esmeralda.
El Violín de Riquelme
 Esa noche hubo una
pequeña fiesta en la cámara de guardia-marinas. Fueron convidados a comer
dos o tres oficiales y el cirujano. ¡Era la última comida a bordo de la
corbeta!
Se charló con animación, algunos, entre ellos Riquelme, hicieron
recuerdos de su estadía en Londres en otros puertos de Europa. Riquelme
hacia proyectos de volver allá en cuanto terminara la guerra.
Luego Riquelme sacó su
violín y se dispuso a dar un pequeño concierto. Trozos de óperas,
canciones del país fueron brotando májicamente y esparciéndose por los
ámbitos del barco a impulsos de los dedos ájiles del jóven guardia-marina
que debía disparar el último cañonazo pocas horas más tarde.
Mientras Riquelme
ejecutaba como un consumado maestro, poniendo toda su alma en su último
concierto, en el último rato de esparcimiento que debía tener en su vida,
todos habían callado y meditaban.
Los acordes alegres,
ora quejumbrosos de esa música penetrante, evocaban para todos el recuerdo
de la patria y de los seres queridos. ¿Quién sabía si los volvería a ver o
no? ¿Acaso cada noche no se dormían pensando que talvez aquella sería la
última?
Riquelme, con su cara
de niño, también soñaba mientras dejaba resbalar el arco. Allá lejos, mui
lejos, en el corazón de la patria, percibían talvez los ojos de su alma en
esos momentos alguna visión misteriosa y divina, la soberana de su romance
que debía tener un final de sangre y lágrimas.
La tripulación había ya
rezado las plegarias de la tarde. Resonó el toque de silencio. Riquelme
enfundó su violín y enjugó las gruesas gotas de sudor que corrían por su
frente.
¡Había terminado la última serenata que aquellos héroes enviaban
desde lo íntimo del alma a sus amores y sus recuerdos del hogar lejano!
La Esmeralda, envuelta
en las sombras, mecida apenas por el débil oleaje de la bahía, dormía
momentos después el sueño final de su carrera de glorias por la superficie
de los mares.
Al día siguiente,
apenas hubo claridad bastante, los anteojos de los oficiales y los vijías
de los palos, escudriñaron el horizonte en busca de algún barco amigo o
enemigo. La falta de noticias de lo que estaba pasando fuera del puerto,
traía ya inquietos a todos.
De repente un humo y
luego otro, se diseñaron allá a lo lejos bajo el arco del horizonte. Ellos
fueron acercándose resueltamente en demanda del puerto.
Todos los
corazones palpitaban fuertemente.
A las siete de la
mañana, el teniente Uribe, segundo de abordo, esclamó:
— Mi comandante,
distingo perfectamente el trípode de proa del Huáscar.
Prat tomó el anteojo y
dijo sencillamente:
— En efecto, es el Huáscar.
Luego, volviéndose a su
segundo, ordenó tocar zafarrancho de combate.
Todo el mundo corrió a
su puesto a preparar lo necesario para la lucha desigual que iba a
entablarse. Nadie dudaba de que se iba a una pérdida segura, pero todos
estaban dispuestos a no rendirse.
Mientras la corneta de
zafarrancho paseaba sus acordes de muerte por el buque, el capitán, que
estaba vestido de mañana con su ropa más usada, bajó rápidamente a su
cámara. Allí dejó en orden sus papeles y se vistió con el uniforme de
media parada. Puso en el bolsillo de su pecho los retratos de su familia y
una imájen de la vírjen del Cármen, y volvió a subir al puente de mando
con la espada desenvainada.
La tripulación estaba
ya en su puesto. Los sirvientes de los cañones esperaban delante de éstos
la orden de disparar. Abajo en la cámara de guardia-marinas, se preparaba
todo lo necesario para recibir a los heridos.
El cirujano, ayudado
del contador, del practicante y del despensero, tendía colchones por
tierra y preparaba vendajes.
Desde su puesto, mirando hacia arriba por la
claraboya, podía distinguir al comandante de pié sobre el puente de popa.
La corneta cesó de repente su toque de zafarrancho y ordenó silencio.
Prat estaba
intensamente pálido. Paseó su mirada tranquila y serena por la tripulación
que esperaba la orden de entrar en combate. Miró a los acorazados peruanos
que se agrandaban cada vez más en lontananza y dijo, más o menos, estas
palabras:
— “Muchachos, la contienda es desigual, pero recordad que hasta ahora
ningún buque chileno se ha rendido. Mientras yo viva no se arriará la
bandera, y espero que después de mi muerte, mis oficiales sabrán cumplir
con su deber.”
Y quitándose la gorra
con suprema elegancia y cortesía, gritó:
— ¡Viva Chile!
La tripulación entera
contestó con unísono ¡Viva Chile! y siguió lanzándolo como un desafío
supremo, como un reto al destino frío e implacable que los condenaba allí
a morir irremisiblemente.
Los ecos de esos vivas
llegaron a tierra anunciando a los pobladores de Iquique que la
tripulación de la Esmeralda se rebelaba contra su suerte ya decidida, y
cargaba a pecho descubierto contra la muerte y la destrucción que le
traían en sus vientres de hierro los blindados del almirante Grau.
Nuestro informante ya
no vio más de lo que pasaba en torno del buque.
En cada pasadizo un
centinela prohibía bajo pena de muerte salir ni moverse a ninguno de los
que tenía marcado su puesto al interior del casco.
El último ejercicio de tiro
 A las ocho en punto de
la mañana, se oyó el primer cañonazo. Hasta ese momento había reinado un
silencio de muerte en todo el buque. Inmediatamente la corneta de mando
ordenó romper el fuego.
Como si estuvieran a
bordo de un gran acorazado en un tranquilo ejercicio de tiro, los
artilleros de la Esmeralda disparaban fríamente, midiendo las punterías a
tres mil metros. Las cornetas ordenaban fuego a babor o fuego a estribor,
con pasmosa regularidad.
Aquellas balas iban a
arañar apenas lo flancos invulnerables del blindado peruano. Al menos, le
destruían en su rabia impotente, los botes y cuanto objeto tenía sobre
cubierta.
Durante dos horas
ninguna bala del Huáscar dio en blanco. A bordo no había un solo herido.
En cambio, los disparos chilenos seguían barriendo matemáticamente la
cubierta del monitor peruano, como una última protesta contra la suerte
que entregaba a aquellos brillantes artilleros en su casco de madera
carcomida y con cañones propios sólo para salvas de honor, a la merced de
su poderoso rival.
En la Esmeralda nadie
quería reconocer la superioridad del enemigo que tenían al frente. Con un
desprecio sublime de la vida, aquellos héroes se creían batiéndose de
igual a igual en un acorazado contra otro acorazado. Y seguían enviando a
toques de corneta con sus viejas piezas torrentes de inútil metralla
contra la fortaleza flotante que aún no podía destruirlos.
A las diez en punto de
la mañana la cámara de guardia-marinas, convertida en hospital, tuvo su
primer herido. Una enorme bala de a 800 acababa de pegar medio a medio del
barco y lo había atravesado de parte a parte. Este primer herido era un
marinero.
Los disparos del
enemigo fueron cada ve más certeros y los heridos siguieron llegando en
sucesión ininterrumpida.
El primer cañonazo
enemigo produjo un incendio a bordo. Nuestro informante sintió entonces el
toque de orden a la brigada de salvamento organizada en el interior del
casco. Siguiendo el estricto orden de ejercicio que Prat había dado al
combate, esa brigada acudió inmediatamente y apagó el incendio.
Los cañones seguían
disparando sin tregua.
Las trepidaciones del barco aumentaban cada vez más
a impulsos de los balazos que recibía. Desde la cámara se sentía crujir el
techo con ruidos alarmantes. Eran los cañones que se iban hundiendo sobre
la cubierta de madera, cuyas débiles tablas cedían al estremecimiento de
tanto y tanto disparo.
Adentro nadie sabía lo
que estaba pasando. Los centinelas no dejaban subir a nadie sobre
cubierta. El combate debía ser favorable, puesto que aún la corbeta no se
hundía. Los marineros que subían las municiones a las piezas, continuaban
pasando con entera regularidad. A no ser por el tronar incesante de la
artillería, se habría dicho que nada de anormal sucedía a bordo y que se
trataba de una mera serie de maniobras.
El balazo en el palo mayor
Los Centinelas de la
Muerte
De repente, el barco
osciló y pareció darse vuelta, mientras que todas sus piezas crujían con
un chirrido formidable.
Poniéndose de pié medio aturdidos por el golpe,
los que estaban en la cámara trataron de salir a cubierta, pero el
centinela estaba allí en el pasillo, tranquilo y frío, resuelto a defender
hasta la muerte su consigna inexorable.
Al fin un marinero que
pasa llevando municiones a los que combaten dice que esa trepidación ha
sido producida por un balazo en el palo mayor. En algunos momentos de
calma siguen llegando a los oídos de la cámara los toques de corneta. Solo
que esta vez el fuego se siente mas débil, como si hubiera ya menos
cañones abordo. Los heridos han cesado de bajar. Sin duda la jente
disponible es ya mui escasa.
Poco después, un choque
más tremendo y formidable que nunca.
Un injeniero pasa
diciendo que el agua empieza a llenar las calderas y vuelve a su puesto
porque el centinela tiene orden de que no se mueva nadie de su puesto y
cruza su bayoneta en el camino. Igual cosa hacen todos los centinelas del
interior del barco.
Después del segundo
choque, se siente un ruido terrible abordo, como si un torrente de agua se
precipitara al interior.
El cirujano se
precipita al centinela para preguntarle si sabe algo de lo que pasa.
El
hombre ha quedado allí inmóvil, sin soltar su rifle, afirmado contra la
pared. Una bala acaba de matarlo. ¡Y ya cadáver, fiel a la consigna, sigue
montando la guardia como en vida!
¡Abordaje!
El saludo a la
Bandera
El cirujano se lanza
entonces sobre cubierta. El espectáculo allí es horroroso. Los cañones
están tendidos, dados vuelta como enormes monstruos marinos que mueren
boca arriba.
La tripulación de
cubierta está casi deshecha. El Huáscar se aleja lentamente andando para
atrás. Sobre su cubierta se ve un hombre que avanza hacia la torre
blandiendo su espada.
Es Serrano.
Más atrás de él, un
grupo de marineros, serán seis u ocho, rifle en mano, se dan vueltas sin
saber dónde ir, viéndose cortados del resto de sus compañeros. Luego se
lanza sobre la torre. Un torrente de humo los envuelve y después no se ve
a nadie en la cubierta del monitor que se aleja.
La tripulación empieza
a concentrarse en la popa. Solo queda a lo lejos, entre el humo y las
llamas, el niño Riquelme disparando el último cañón disponible del buque.
A popa está formada la
guardia de la bandera. El corneta sigue tocando ataque.
Allí también está la
brigada de abordaje de Sánchez que no alcanzó a cumplir su propósito por
haberle tocado a la de proa con Serrano la suerte de ganar la
inmortalidad.
El cirujano sabe
entonces que el comandante Prat ha muerto, que el abordaje ha sido
cuestión de tomarse de las escaleras del palo del buque peruano que no
sabía espolonear buques de madera, sino costados de acero, y que por eso
quedaba algunos minutos sin poder desprenderse
En tanto el hundimiento
del buque se hace cada vez más rápido.
La fusilería sigue disparando. Los
oficiales que aún viven, empiezan a llegar de diversas partes a morir en
torno de la bandera.
La guardia sigue
formada en torno del pabellón que no se arriará. El corneta toca más
furioso que nunca a degüello. Es el mismo episodio del Vengador, que cien
años antes se hundiera en las costas de Bretaña bajo los fuegos de toda la
escuadra inglesa, con su pabellón clavado al tope mientras su jente
cantaba la Marsellesa.
Aquí los chilenos se
diferencian en su abordaje al enemigo, y en que la Marsellesa es
reemplazada por el toque de degüello.
De las calderas y demás
departamentos del interior del barco, nadie subió en aquellos momentos
supremos.
¡Y debieron hundirse en
su puesto con el más sublime de los heroísmos mientras los centinelas
seguían paseándose impasibles ante la muerte que se les venía encima a
pasos de gigante!
De repente, una bala se
llevó al corneta por la mitad del cuerpo, salpicando con su sangre a los
que lo rodeaban. Cesó entonces el toque de muerte de los chilenos que ahí
se hundían, y todos esperaron en silencio el trance supremo.
Riquelme
volvió a disparar contra el barco que se le venía encima y no se supo más
de él. Era el último saludo al pabellón que se hundía, clavado en su
puesto de honor.
El hundimiento
 — Sentimos que el “Huáscar” nos pegaba en el costado,
dice nuestro amigo, y el hundimiento fue verdaderamente instantáneo.
No nos dimos cuenta sino de que una ola inmensa se nos venía encima, nos
envolvía y nos arrastraban al abismo. La Esmeralda se había partido en
dos.
— Pasamos algunos
instantes de densa oscuridad en que el agua nos zumbaba en los oídos.
Luego aquellas sombras parecieron disiparse. Cesó la mortal agonía que
amenazaba con hacernos reventar y nos encontramos brotando a la superficie
del mar, lisa y tranquila, como si nada hubiera ocurrido en ella.
— Luego fueron
saliendo unos treinta compañeros. Sentimos dos descargas de fusilería
cuyas balas se hundieron en el agua sin hacernos daño en torno nuestro y
nos miramos las caras formando una especie de círculo.
De 210 hombres,
solo quedábamos 33.
— Los objetos del
barco fueron flotando poco a poco en torno nuestro. Las tinas de combate,
principalmente, fueron poderoso auxilio. Esas tinas eran colocadas en los
barcos antiguos tras de los cañones, a fin de evitar que se caldearan con
el continuo disparar.
Esas tinas y algunos
coyes fueron cedidas a los heridos que estaban con nosotros, y ya en la
violencia del hundimiento nadie pudo salir del interior del buque. En eso
vimos que el Huáscar se alejaba resueltamente sin socorrernos.
Estábamos a
seis cuadras de tierra y de allá nadie venia.
Según refirieron
después los estranjeros de Iquique, desde tierra pareció que no habían
salvado ni los ratones, pues la Esmeralda se vio borrada de un golpe de la
superficie del mar. Por eso, todos creyeron absolutamente inútil enviar
botes de socorro. Por otra parte, abordo del Huáscar, todos los botes
habían quedado materialmente destruidos por las balas chilenas. Era
preciso componerlos y esa operación demoró media hora, al cabo de la cual,
Grau hizo echar al agua un bote que a cada momento se llenaba por los
innumerables agujeros de rifle que tenían sus costados.
Entretanto los chilenos
renunciaban ya a toda esperanza de salvación. Al fin el guardia-marina
Zegers dijo: “Yo me voy a tierra suceda lo que suceda”. Un maestre
de víveres lo siguió, pero a la poca distancia el Comandante Uribe le
gritó: “¡Vuélvase guardia- marina!“
En efecto, el bote del
Huáscar avanzaba lentamente, con mil precauciones para no hundirse.
Al fin llegó al lado de
los náufragos. Entonces se presentó otra dificultad. Era preciso subir a
él. Ayudándose como pudieron, los sobrevivientes ya ateridos por la larga
permanencia en el agua, treparon al bote por los remos que se les tendían
y se emprendió la vuelta al Huáscar con las mil precauciones necesarias
para no hundirse.
En la cubierta del
acorazado, esperaban varios oficiales y marineros. A cada uno de los
náufragos, inconocibles por el agua y por la pólvora, se les preguntaba:
— ¿Qué grado tiene usted, señor?
El cadáver de Prat y la muerte de Velarde
A cada oficial se le
adelantaba otro de la dotación del buque y le ofrecía caballerosamente el
brazo para guiarlo a la cámara. Todos tenían que pasar por encima casi,
del cadáver de un oficial que tenía el rostro cubierto con el faldón de la
levita.
Uribe le destapó el
rostro y pudo ver que tenía una honda herida en la frente.
— ¡Mi Comandante Prat!,
exclamó cuadrándose militarmente.
Y mientras el
Comandante daba a esas horas su parte supremo a las puertas de la gloria
eterna, los pocos de sus subalternos que aun vivían, desfilaban ante su
cadáver en la cubierta del barco enemigo, haciéndole un último saludo y
demostrándole cómo habían sabido cumplir sus órdenes y cómo después de su
sacrificio, su espíritu había seguido mandando el combate.
En la cámara de los
oficiales, un teniente peruano expresó a los sobrevivientes que el
almirante Grau sentía en extremo que sus ocupaciones no le permitieran
pasar a saludarlos personalmente, pero que cumplía con felicitarlos
cumplidamente por la brillante resistencia que acababan de hacer.
Después, mientras se
repartía ropa de marineros peruanos a cada uno de los salvados, con
excepción de zapatos, un paisano, cuyo nombre debía inmortalizarse entre
los chilenos, daba amena y caballerosa conversación en la cámara. Era
aquel entusiasta Cucalón, paisano heroico y patriota de buena voluntad que
se embarcó en el Huáscar, deseoso de seguir de cerca la guerra y sus
peripecias para caer al agua un día que el buque huía a toda máquina.
Era ese tal vez un
precursor de los abnegados corresponsales que debían morir en las guerras
posteriores.
Mientras les servía coñac, trataba de disipar en su ánimo la
penosa impresión del combate reciente, y de distraerlos hacia lo que
pasaba en el exterior.
Cucalón se declaraba ya admirador del heroísmo
chileno.
Entretanto, el Monitor,
que había suspendido por breves instantes su marcha, se lanzó forzando sus
calderas en demanda de un enemigo que nadie acertaba a fijarse. En esos
momentos se sintieron abordo quejidos desgarradores como de alguna persona
que moría entre los más crueles sufrimientos.
Como los chilenos
preguntaran alarmados de qué se trataba, se les respondió que eran algunos
heridos del buque.
Inmediatamente se ofrecieron para atenderlos los
servicios del cirujano chileno. Fueron aceptados.
El cirujano pasó
entonces a la cámara de guardia-marinas del buque, convertida en hospital.
Allí había tendido sobre la mesa un joven oficial: el teniente Velarde, de
alta familia de Lima. Era oficial de banderas y había caído al empezar el
combate sobre la cubierta del buque.
En medio del nutrido
fuego de fusilería de la Esmeralda, nadie recojió a ese oficial que quedó
abandonado sobre cubierta mientras se libró el combate, desangrándose
lentamente a la vista de los suyos. Cuando el cirujano chileno llegó a
atenderlo, pudo constatar que ya no le quedaban sino breves segundos. La
vida se le había escapado a torrentes por la gran arteria del fémur en una
horrible herida cerca de la cintura.
Efectivamente, aquel bello joven
espiró, sin pronunciar una palabra, a los pocos minutos. En las camas de
los oficiales había dos heridos de la marinería. Ambos era negros, y
rehusaron todo cuidado, protestando en su delirio que no les importaba
nada la vida.
Al oficial chileno le
quedó casi la certeza de que no había sido ninguno de los heridos peruanos
el que se quejaba tan lastimosamente. Es indudable que esos quejidos
venían de Serrano o del sargento Aldea, que agonizaron de sus tremendas
heridas hasta el día siguiente sin volver a ver a sus compañeros.
Después se sintió que
el navío daba contra vapor. Regresaban al puerto. Al día siguiente el
almirante Grau se presentó en la cámara y saludó a los prisioneros. Dio
orden inmediatamente para que se les repartiera zapatos y procedió dentro
de los límites de una cortesía digna y reservada.
Finalmente, les hizo
saber, que no pudiendo llevarlos consigo por que iba a espedicionar al sur
de Chile, sentía dejarlos en Iquique.
En Iquique
El contrabando de “El Mercurio”

Al caer la tarde, los
prisioneros escoltados por un oficial, el teniente Díaz Canseco, que debía
morir más tarde en la toma del Huáscar, bajaron a tierra. En el muelle los
esperaba una inmensa muchedumbre por entre la cual pasaron sin que nadie
les dijera nada, gracias a su traje de marineros peruanos. Sólo cuando ya
subían la escalera de la aduana que debía servirles de prisión, estalló
una tempestad de mueras y de imprecaciones contra Chile.
Días después, los
prisioneros que temían que este tremendo sacrificio no fuera bien conocido
del público chileno, salieron de su angustia. Fue “El Mercurio”, el
mensajero que tuvo la suerte de llevarles un bálsamo de alivio en su
tribulación.
Unos nobles y generosos
súbditos españoles empleados de la tienda “La Joven América” comprendieron
lo que pasaba en el alma le los pobres prisioneros.
El corazón noble y jeneroso de los hijos de la península ha sabido en todo tiempo admirar los
grandes heroísmos, y socorrer las grandes tribulaciones.
Entre unas
camisas que obsequiaban a los chilenos, les deslizaron un ejemplar de “El
Mercurio”, en que este órgano de la prensa reflejaba la honda conmoción
producida por la resistencia de la Esmeralda, y el colosal estallido de
admiración que produjera de un estremo al otro de la nación.
El impulso estaba dado
ya.
El ejército y la marina de Chile tenían marcado el límite del heroísmo
y sabían la fórmula matemática que debían aplicar en todas sus campañas. Y
la aplicaron, y ganaron la guerra.
Debemos estas
impresiones del combate a una persona digna y modesta, que hasta el último
momento nos ha suplicado como un servicio personal que borremos su nombre
de tal relación.
Le pedimos perdón por
no cumplirle lo prometido, pero nos creemos sin derecho a ocultar al
público el nombre del valiente y abnegado cirujano de la Esmeralda que
siguió después toda la carrera de triunfos de nuestra bandera: el doctor
don Cornelio Guzmán, hoy jefe del servicio sanitario de nuestro ejército,
el cirujano Larrey de la Guerra del Pacífico.
(Se ha respetado la
ortografía original) |