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En este mito Platón va a hablar sobre el alma y su naturaleza

El Mito del Carro Alado (VIII)

Por Alberto Buela (*)
Filósofo Argentina

 

Al filósofo de 9 de julio, que está traduciendo el Fedro

 

Ubicación

 

El Fedro compone junto con el Banquete, Fedón y República los diálogos de madurez de Platón. La riqueza temática del Fedro al tener no uno sino tres objetos primordiales de desarrollo: el amor, el alma y la retórica, lo vincula a los otros tres diálogos mencionados. Así, el amor lo vincula al Banquete, el alma a la República y al Fedón. Las coordenadas para la ubicación del mito del Carro Alado la numeración de Stephanus son 246 a 2   a  249 d 2.

 

Texto

 

“Cómo es el alma, requeriría toda una larga y divina explicación; pero decir a qué se parece, es ya asunto humano y, por supuesto, más breve.

Podríamos entonces decir que se parece a una fuerza  que, como si hubieran nacido juntos, lleva unidos a una yunta alada y a su auriga. Pues bien, los caballos y los cocheros de los dioses son todos ellos buenos, y buena su casta,  la de los otros es mezclada.

Por lo que a nosotros se refiere, hay, en primer lugar, un conductor que guía una yunta de caballos y, después, estos caballos de los cuales uno es bueno y hermoso, y está hecho de esos mismos elementos, y el otro de todo lo contrario, como también su origen. Necesariamente, pues, nos resultará  difícil y duro su manejo.

Y, ahora, precisamente, hay que intentar decir de dónde le viene al viviente la denominación de mortal e inmortal. Todo lo que es alma tiene a su cargo lo inanimado, y recorre el cielo entero, tomando unas veces una forma y otras otra. Si es perfecta y alada, surca las alturas, y gobierna todo el Cosmos.  Pero la que ha perdido sus alas va a la deriva, hasta que se agarra a algo sólido, donde se asienta y se hace con cuerpo terrestre que parece moverse a sí mismo en virtud de la fuerza de aquella. Este compuesto, cristalización de alma y cuerpo, se llama ser vivo, y recibe el sobrenombre de mortal. El nombre de inmortal no puede razonarse con palabra alguna; pero no habiéndolo visto ni intuido satisfactoriamente, nos figuramos a la divinidad, como un viviente inmortal, que tiene alma, que tiene cuerpo, unidos ambos, de forma natural, por toda la eternidad. Pero, en fin, que sea como plazca a la divinidad, y que sean estas nuestras palabras.

Consideremos la causa de la pérdida de las alas, y por la que se le desprenden al alma. Es algo así como lo que sigue.

El poder natural del ala es levantar lo pesado, llevándolo hacia arriba, hacia donde mora el linaje de los dioses. En cierta manera, de todo lo que tiene que ver con el cuerpo, es lo que más unido se encuentra a lo divino. Y lo divino es bello, sabio, bueno y otras cosas por el estilo. De esto se alimenta y con esto crece, sobre todo, el plumaje del alma; pero con lo torpe y lo malo y todo lo que le es contrario, se consume y se acaba. Por cierto que Zeus, el poderosos señor de los cielos, conduciendo su alado carro, marcha en cabeza, ordenándolo todo y de todo ocupándose. Le sigue un tropel de dioses y dáimones ordenados en once filas. Pues Hestia (la Tierra) se queda en la morada de los dioses, sola, mientras todos los otros, que han sido colocados en número de doce, como dioses jefes, van al frente de las órdenes a cada uno asignados. Son muchas, por cierto, las beatíficas visiones que ofrece la intimidad de las sendas celestes, caminadas por el linaje de los felices dioses, haciendo cada uno lo que tiene que hacer, y seguidos por los que, en cualquier caso, quieran y puedan. Está lejos la envidia de los coros divinos. Y, sin embargo, cuando van a festejarse a sus banquetes, marchan hacia las empinadas cumbres, por lo más alto del arco que sostiene el cielo, donde precisamente los carros de los dioses, con el suave balanceo de sus firmes riendas, avanzan fácilmente, pero a los otros les cuesta trabajo. Porque el caballo entreverado de maldad gravita y tira hacia la tierra, forzando al auriga que no lo haya domesticado con esmero. Allí se encuentra el alma con su dura y fatigosa prueba. Pues las que se llaman inmortales, cuando han alcanzado la cima, saliéndose fuera, se alzan sobre la espalda del cielo, y al alzarse se las lleva el movimiento circular en su órbita, y contemplan lo que está del otro lado del cielo.

A este lugar supraceleste, no lo ha cantado poeta alguno de los de aquí abajo, ni lo cantará jamás como merece. (1) Pero es algo como esto – ya que se ha de tener el coraje de decir la verdad, y sobre todo cuando es de ella de la que se habla-: porque, incolora, informe, intangible esa esencia cuyo ser es realmente ser, vista sólo por el entendimiento, piloto del alma, y alrededor de la que crece el verdadero saber, ocupa, precisamente, tal lugar. Como la mente de lo divino se alimenta de un entender y saber incontaminado, lo mismo que toda alma que tenga empeño en recibir lo que le conviene, viendo, al cabo del tiempo, el ser, se llena de contento, y en la contemplación de la verdad, encuentra su alimento y bienestar, hasta que el movimiento, en su ronda, la vuelva a su sitio. En este giro, tiene ante su vista a la misma justicia, tiene ante su vista a la sensatez, tiene ante su vista a la ciencia, y no aquella a la que le es propio la génesis, ni la que, de algún modo, es otra al ser en otro – como ese otro que nosotros llamamos entes -, sino esa ciencia que es de lo que verdaderamente es ser. Y habiendo visto, de la misma manera, todos los otros seres que de verdad son, y nutrida de ellos, se hunde de nuevo en el interior del cielo, y vuelve a su casa. Una vez que ha llegado, el cochero detiene los caballos ante el pesebre, les echa pienso, ambrosía, y los abreva con néctar.

Tal es, pues, la vida de los dioses. De las otras almas, la que mejor ha seguido al dios y más se le parece, levanta la cabeza del auriga hacia el lugar exterior, siguiendo, en su giro, el movimiento celeste, pero, soliviantada por los caballos apenas si alcanza a ver los seres. Hay alguna que, a ratos, se alza, a ratos se hunde y, forzada por los caballos, ve unas cosas sí y otras no. Las hay que, deseosas todas de las alturas, siguen adelante, pero no lo consiguen y acaban sumergiéndose en ese movimiento que las arrastra, pateándose y amontonándose, al intentar ser unas más que otras. Confusión, pues, y porfías y supremas fatigas donde, por torpeza de los aurigas, se quedan muchas renqueantes, y a otras muchas se le parten muchas alas. Todas, en fin, después de tantas penas, tienen que irse sin haber podido alcanzar la visión del ser; y, una vez que se han ido, les queda sólo, la opinión por alimento. El por qué de este empeño por divisar dónde está la llanura de la Verdad, se debe a que el pasto adecuado para la mejor parte del alma es el que viene del prado que allí hay, y el que la naturaleza del ala, que hace ligera al alma, de él se nutre.

He aquí ahora la ley de Adrastea: Toda alma que, en el séquito de algún dios, haya vislumbrado algo de lo verdadero, estará indemne hasta el próximo giro y, siempre que haga lo mismo, estará libre de daño. Pero, cuando por no haber podido seguirlo, no lo ha visto, y por cualquier azaroso suceso se va gravitando llena de olvido y dejadez, debido a este lastre, pierde las alas y cae a tierra.

Entonces es de ley que tal alma no se implante en ninguna naturaleza animal, en la primera generación, sino que sea la que más ha visto la que llegue a los genes de un varón que habrá de ser amigo del saber, de la belleza o de las Musas tal vez, y del amor; la segunda, que sea para un rey nacido de leyes o un guerrero y hombre de gobierno; la tercera, para un político o un administrador o un hombre de negocios; la cuarta, para alguien a quien le va el esfuerzo corporal, para un gimnasta, o para quien se dedique a cuidar cuerpos; la quinta habrá de ser para una vida dedicada al arte adivinatorio o a los ritos de iniciación; con la sexta se acoplará un poeta, uno de ésos a quienes les da por la imitación; sea la séptima para un artesano o un campesino, y para un tirano la novena. De entre todos estos casos, aquel que haya llevado una vida justa es partícipe de un mejor destino, y el que haya vivido injustamente, de uno peor. Porque allí mismo de donde partió no vuelve alma alguna antes de diez mil años –ya que no le salen alas antes de ese tiempo -, a no ser en el caso de aquel que haya filosofado sin engaño, o haya amado a los jóvenes con filosofía. Éstas, en el tercer período de mil años, si han elegido tres veces la misma vida, vuelven a cobrar sus alas y, con ellas, se alejan al cumplir esos tres mil años.  Las demás, sin embargo, cuando acabaron su primera vida, son llamadas a juicio y, una vez juzgadas, van a parar a prisiones subterráneas, donde expían su pena; y otras hay que, elevadas por la justicia  a algún lugar celeste, llevan una vida tan digna como la que vivieron cuando tenían forma humana. Al llegar el milenio, teniendo unas y otras que sortear y escoger la segunda existencia, son libres de elegir la que quieran. Puede ocurrir entonces que una alma humana venga a vivir a un animal, y el que alguna vez fue hombre se pase, otra vez de animal a hombre.

Porque nunca el alma que no haya visto la verdad puede tomar figura humana.

En efecto, conviene que el hombre comprenda según lo que se llama “idea”, yendo de muchas sensaciones a una sola cosa  comprendida por el razonamiento. Esto es, por cierto, la reminiscencia de lo que vio, en otro tiempo, nuestra alma, cuando iba de camino con la divinidad, mirando desde lo alto a lo que ahora decimos que es, y alzando la cabeza a lo que es en realidad. Por eso es justo que sólo la mente del filósofo sea alada, ya que en su memoria y en la medida de lo posible, se encuentra aquello que siempre es y que hace que, por tenerlo delante, el dios sea divino. El varón, pues, que haga uso adecuado de tales recordatorios, iniciado en tales ceremonias perfectas, sólo él será perfecto. Apartado, así, de humanos menesteres y volcado a lo divino, es tachado por el vulgo como de perturbado, sin darse cuenta de que lo que está, es “entusiasmado”,  poseído por un dios”.

 

Comentario

 

En este mito Platón va a hablar sobre el alma y su naturaleza, diciéndonos que se parece a un carro alado conducido por un cochero y tirado por dos caballos. Así, al comienzo nomás va a retomar su teoría de que el alma tiene tres partes. La concupiscible que es la mayor parte, la irascible y la racional. De la mayor o menor primacía de una de estas partes o funciones deriva Platón los principales caracteres de los hombres: “el filósofo o teorético, el político o ambicioso y voluptuoso o codicioso” (República: 581 c 4).(2) Esto mismo afirma en la República(435 c) cuando vincula las tres partes del alma con las clases que constituyen la ciudad: los artesanos y comerciantes, los soldados o fuerzas auxiliares y los gobernantes.

A su vez Platón deriva sus virtudes luego llamadas cardinales (cardinis = gozne) sobre las que girarán todas las otras de las partes del alma. Así la sophrosyne o templanza será la virtud de la parte concupiscible; la andreia o fortaleza de la irascible y la phrónesis o prudencia de la racional. Y sobre ellas, responsable de su equilibrio, la dikaiosyne o justicia.

En el presente mito las partes están vinculadas a los dos caballos y al conductor. El caballo blanco y manso corresponde a la parte irascible del alma, que mira hacia arriba,  mientras que el negro y mañero representa el aspecto concupiscible que tira siempre para abajo. El conductor o látigo es el parte racional, en tanto que el carro alado representa el equilibrio de la marcha cuando el conductor logra conducir, como hacen los dioses, sin sobresaltos y dulcemente sus caballos.

En este mito se quiere mostrar que, a pesar de todo, cuando el cochero logra dominar el caballo mañero y puede echar una mirada hacia arriba, más allá de la bóveda celeste donde circulan los carros de los dioses,  al mundo de las Ideas, que son la verdadera realidad, esto le permitirá al alma cuando se encarne en un cuerpo recordar ese mundo ideal y le vuelven a crecer las alas que la llevan a un impulso hacia el más allá, de la mera materia.  Este es el impulso de los poetas, de los filósofos, de los sabios, de los artistas quienes “así apartados de humanos menesteres y volcados a lo divino, son  tachados por el vulgo como de perturbados, sin darse cuenta de que lo que está, es “entusiasmado”,  poseído por un dios”.

Este “dios” debe entenderse como todos los grandes valores que dan sentido superior a la vida como lo son la búsqueda de la belleza, la verdad, la justicia, el amor, la bondad, el goce, la paz y la salud en su doble sentido, como sanidad y como salvación.

Viene luego la ley de Adrastea, epíteto de Mémesis, que significa la justicia distributiva, término  que podemos traducir por lo inevitable, según la cual toda alma que haya visto algo de lo verdadero no se implantará en ningún animal sino en el hombre, pues sólo éste puede comprender la Ideas, ”, yendo de muchas sensaciones a una sola cosa  comprendida por el razonamiento. Esto es, por cierto, la reminiscencia de lo que vio, en otro tiempo, nuestra alma, cuando iba de camino con la divinidad”.

Recurre finalmente Platón a su teoría de la reminiscencia (anamnhsiV  = anámnesis) que consiste en el despertar del conocimiento que el alma poseía antes de venir a este mundo por haber disfrutado de la contemplación de las Ideas. Aprender no es adquirir nuevos conocimientos sino recordar lo conocido en la existencia anterior. En el Menón realiza un prueba experimental apelando a la mayéutica socrática y a través de preguntas hábilmente dirigidas logra que un esclavo ignorante demuestre el teorema de Pitágoras.  

 

Notas

1.- Recuerda esto la afirmación de San Pablo cuando hablando del cielo dice: Ni ojo vió, ni oído oyó lo que tiene preparado Dios para los que le aman”. 

2.- Esta tripartición del alma está presente de la misma manera en Aristóteles cuando afirma en la Etica Nicomaquea: “Tres son los principales tipos de vida: de la que acabamos de hablar (la voluptuosa), la vida política y la vida contemplativa” 1095 b 17.-

 

(*) Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires

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