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¿Es otro mundo posible o diferente?
El desencantamiento del mundo

Por Alberto Buela (*) Filósofo Argentino
“La idea de desencanto encierra el quiebre de una relación armónica previa entre hombre-mundo. Así observamos cuatro desencantos bien marcados en el proceso socio-cultural de la historia del mundo. El primero, el paso del mito al logos con el surgimiento de la filosofía griega, el segundo el tránsito del mundo pagano al cristiano, el tercero con el surgimiento de la modernidad y por último el desencanto postmoderno.
Nuestra tesis es que sólo desde un enraizamiento premoderno, en los rasgos entitativos de nuestra índole, es posible superar el desencantado nihilismo de nuestros días, pues no se puede reformar nuestra sociedad recurriendo a los mismos instrumentos- los de la modernidad- que la han llevado a su situación actual.
En cuanto al método optamos por el disenso como el único capaz de crear teoría crítica, pues pensar, y sobre todo desde Nuestra América, es disentir. Disentir ante el pensamiento único y políticamente correcto, pero disentir también ante la “normalidad filosófica” impuesta por el pensamiento europeo”.
La idea de desencanto ha sido utilizada modernamente en sociología por Max Weber y Ernst Troeltsch para interpretar el paso de una etapa a otra en el proceso socio-cultural de la historia del mundo.
El término contiene en sí la idea de “encanto”, bajo su forma negativa y está vinculado a las categorías de secularización o “desdivinización”.
No hay que olvidar al respecto que mundo se dice en griego cosmos () que significa primariamente “limpio o bello”. En nuestros días quedó la cosmética como la ciencia del embellecimiento. Las mujeres la utilizan sobre todo para “encantar a los hombres”. Las ideas de mundano y mundanal nos indican una inserción extralimitada en el mundo. Una sobrecarga de cosméticos, para seguir con el ejemplo, que termina, en general desencantando.
Por otra parte la idea de “encanto” que viene de incanto y que significa en latín pronunciar fórmulas mágicas, hechizar, someter a poderes mágicos indica con el sufijo in aquello que está dentro del canto que en latín significaba cantar para ensalzar acompañándose de un instrumento musical. La idea de encanto tiene dos vertientes, una compuesta por el sometimiento a poderes mágicos, donde el mito está detrás y otra por el sometimiento de los sentidos a la hermosura, la gracia, la simpatía o el talento. Pero además, no debemos olvidar que el encanto encierra también, y este es su aspecto negativo, la idea de aducir razones aparentes y engañosas, pues encanto también significa vender en pública subasta, que como es sabido por todos, es el lugar propicio para el engaño.
Y el mundo, nuestro mundo, es todo esto, el lugar donde nos gozamos y también donde nos padecemos unos a otros.
Observamos, al menos etimológicamente, como la idea de encanto está estrechamente vinculada a la de mundo.
Nosotros vemos cuatro etapas en el desencantamiento del mundo, que marcan a su vez cuatro períodos bien determinados de nuestra historia socio-político-cultural.
1.- El desencantamiento del mundo arcaico
El mundo hasta el surgimiento de la filosofía griega en Mileto hacia el siglo VI a.C. estaba considerado por las cosmologías de los pueblos antiguos – India, Egipto, Caldea, Grecia – como un conjunto de fuerzas de la naturaleza que se personificaban en divinidades.
El salto cualitativo, y nunca acabado de estudiar sobre qué produjo el surgimiento de la filosofía griega, consistió en que ésta reemplazó esas divinidades por elementos naturales- agua, aire, fuego, tierra- y por explicaciones racionales de condensación-dilatación, frío y calor.
Los primeros filósofos buscaron, dentro del mundo y no fuera de él, un principio, un arjé, como causa primera de todas las cosas y a la que debían retornar. Todo salía de los elementos y volvía a ellos en un proceso cíclico de cierta duración (el gran año). Anaximandro (610-546 a.C.) el tercero de los milesios, en el texto más antiguo de la filosofía occidental nos dice: “De donde los entes tienen su origen, hacia allí tienen también su perecer según la necesidad. Pues se pagan pena y castigo unos a otros por su injusticia según el orden del tiempo” Y agrega Teofrastro de quién nos llega el fragmento: “diciendo estas cosas con palabras un tanto poéticas”.
Los dioses siguieron formando parte del mundo pero ya no lo explican, son los distintos principios y sus combinaciones los que lo hacen.
El mundo antiguo, aquel de la sabiduría primordial, sufre el primer desencanto: El mundo puede ser explicado no ya por los dioses sino por los hombres, a través del estudio de las causas y los principios de las cosas.
Se ha producido el paso del mito al logos, aún cuando perduran en los presocráticos, sobre todo en Empédocles y Pitágoras, muchos elementos de las antiguas cosmogonías.
2.- El desencantamiento del mundo pagano
La plenitud de la filosofía griega lograda con Platón y Aristóteles comienza a descender en nuevas y limitadas escuelas filosóficas como el epicureísmo, el estoicismo, el escepticismo y el eclecticismo. Roma recibe así sólo retazos de la gran filosofía griega. El hombre que para el griego es “ánthropos= ”, que proviene de “anathrón ha hopopé ”, investigador de lo que ha visto, es decir, el que contempla, pasa, en el mundo romano, a ser considerado como “homo” que proviene de “humus”, esto es, aquél que tiene los pies en la tierra porque con ella está constituido.
La filosofía termina limitándose al derecho y a su arte supremo la eloquentia u oratoria ciceroniana.
Es en este momento que aparece el cristianismo, con la “novedad histórica” de un Dios único y trascendente al mundo y con ello produce el segundo gran desencantamiento del mundo. Éste deja de estar habitado por dioses de todo tipo y espíritus de todo pelaje, para ser considerado como otra cosa distinta de Dios, incluso lo opuesto a Él.
El cristianismo primitivo no sólo rompe con la cohabitación en el mundo pagano entre hombres, dioses y espíritus, sino que incluso rechaza por boca de San Pablo la filosofía como acceso al saber: “Mirad que nadie os engañe con filosofías falaces y vanas, fundadas en tradiciones humanas, en elementos del mundo y no en Cristo” (Col.2,8)
Así, la única vez que aparece en el Nuevo Testamento la palabra filosofía es bajo un acepción negativa. Claro está que el término filosofía no está utilizado aquí profesionalmente sino en sentido lato, como hoy lo utilizamos cuando decimos: filosofía del fútbol o la filosofía de la empresa.
Ahora bien, la ruptura de la unidad dioses-mundo producida por el cristianismo con su propuesta de un Dios creador trascendente al mundo y su consecuente desencantamiento, la intenta salvar con un nuevo “encantamiento”. Esto es, poblando la distancia que hay entre Dios y el mundo con seres de índole espiritual, como los ángeles, arcángeles y otras criaturas espirituales que median entre uno y otro. Ejemplo de ello nos dejó San Dionisio Areopagita en su tratado "Sobre la Jerarquía Celeste".
El cristianismo posterior recupera la gran tradición de la filosofía griega y vuelca en sus categorías la teología cristiana. Las figuras emblemáticas de Platón y Aristóteles son asumidas respectivamente por San Agustín y Santo Tomás que son los grandes expositores teológico-filosóficos del misterio teándrico, del Dios hecho hombre.
3.- El desencantamiento del mundo cristiano
El mundo cristiano se desarrolla sin sobresaltos hasta finales del siglo XVII en que aparece un nuevo orden de cosas.
Finis saeculi novam rerum faciem aperuit, afirmará Leibniz, el último filósofo que concentró en sí todo el saber de su tiempo (1). Comenzaba, pues, la entronización del culto a la “diosa razón”. Hasta ese momento se sucede un período, casi mil años, de gran expansión misional y, al mismo tiempo, de gran acumulación del saber antiguo. Caballeros, misioneros y monjes realizan el trabajo más pesado de la Alta edad media, también denominado peyorativamente "período oscuro". Viene luego la denominada Baja edad media que tiene su plenitud en el siglo XIII, siglo de las grandes Summas –Alberto Magno, Tomás de Aquino, San Buenaventura, Duns Escoto, etc.-. Nace, en el siglo siguiente con el nominalismo, lo que justamente se denominó la vía moderna, que es proseguida por el Renacimiento en el XV, la Reforma en el XVI y el Racionalismo del siglo XVII. Estos grandes movimientos aún son y pertenecen mutatis mutandi al mundo cristiano. El desencantamiento de éste mundo se produce en el siglo XVIII con la propuesta del racionalismo, ahora, Iluminista y con el movimiento de la Ilustración enciclopédica.
Se inaugura la época de la razón calculadora como acertadamente la denominó Heidegger. Dios deja de ser el centro del universo, el productor de sentido para convertirse en un capítulo de la filosofía denominado teodicea. Aún cuando ya hace dos siglos que los métodos han cambiado, se privilegia el método experimental al especulativo, el desancantamiento del mundo se produce cuando, al decir de Hegel, el bosque sagrado de toda la tradición medieval y premoderna se transforma en “mera leña”. El objeto ya no es lo bello sino que degradándose a objeto material es sólo lo calculable, lo mensurable, lo dominable por la razón.
Sin embargo la razón iluminista intenta su propio “encantamiento” del mundo a través de cinco o seis relatos universales: el progreso indefinido, el poder omnímodo de la razón, la democracia como forma de vida, la subjetivización del cristianismo, la manipulación de la naturaleza por la técnica, la libertad como capricho subjetivo.
Respecto del encantamiento moderno, donde se aprecia que en el origen está el elemento que producirá el desencantamiento, afirmamos junto con nuestro amigo y filósofo Alfredo Mason que: “la construcción más "originalmente" racional y europea, es la utopía (las de Campanella con su "Ciudad del Sol"; Francis Bacon y su "Atlántida" o Thomas Moro y su "Utopia"). Que viene a ser una razón que se concibe a sí como absoluta que ordena un universo según sus propias leyes y que a pesar de lo arbitrario lo consagra como el ideal perfecto. Es la renuncia al mundo real y la opción por el virtual”.(2)
Es dable aclarar que la crítica a estos grandes relatos no va en desmedro de los rasgos positivos que tiene, sin lugar a dudas, la modernidad, por ejemplo: la libertad religiosa, el progreso material en miles de invenciones utilísimas al hombre, como en los campos de la salud, la vivienda, el transporte, la educación, la ciencia, etc. Pero la exaltación o estudio de estos aspectos no es objeto de este trabajo.
Acá intentamos mostrar como algunos de los elementos fundamentales de la modernidad la hicieron entrar en contradicción consigo misma. Analógicamente y para lucimiento académico hablaríamos de la quiebra de los paradigmas al estilo de Thomas Kuhn.
4.- El desencantamiento del mundo moderno
La modernidad, a través de otro de sus relatos: el igualitarismo, error que consiste en confundir la igualdad en dignidad de todo hombre con la igualdad per se, que creyó construir un mundo igual para todos y con validez universal, se fue percatando poco a poco que aquellos principios sobre los cuales había sido edificada se derrumbaban irremisiblemente.
Ahora bien, el fracaso estruendoso de estos principios sagrados de la modernidad ilustrada – el progreso fue en muchos aspectos un retroceso; la razón no pudo explicar todo; la democracia ha sido sólo porcedimental o formal, el cristianismo subjetivado se partió en infinitas sectas, la técnica terminó en Hiroshima y la libertad en un mito. Todas estas contradicciones hicieron de la conciencia postmoderna, conciencia desencantada de la modernidad.
Y aquí llegamos a nuestros días en donde observamos que la postmodernidad pasa a ser en definitiva mera conciencia desilusionada de la modernidad. El publicitado filósofo J. Habermas sostiene, en síntesis, que estamos mal porque no acabó de plasmarse el proyecto moderno. Con esta afirmación el filósofo de la Escuela de Frankfurt
sigue manteniendo el enfoque particular propio de la modernidad y su
propuesta política en una visión aggiornada de la socialdemocracia europea. Y en estos términos no hay salida posible que no sea el desencanto, el nihilismo, el pensamiento débil, lo políticamente correcto. En el fondo el hombre resignado y en desazón, como gustaba decir Gonzalo Fernández de la Mora.
El desencantado nihilismo se expresa, en los mejores, como un crítica
ácida de la situación en que vivimos. Ejemplo de ello es Emile Ciorán.
Pero en una crítica simplemente fenomenológica, descriptiva, y no
metafísica como debiera ser. Porque nuestros mejores hombres hoy
son, también ellos, producto de la modernidad. Hace casi un siglo el
filósofo alemán Georg Simmel (1858-1918) en "Philosophie des
Geldes" decía que la causa de nuestro estado era:
“La falta de algo nítido en el núcleo del
espíritu, y es ello lo que nos impulsa a buscar la satisfacción
momentánea en estímulos, sensaciones y actividades siempre nuevas.
Así es como nos enmarañamos en los tumultos de las metrópolis, en la
manía de viajar, en la salvaje competencia y en la típicamente
moderna infidelidad con respecto a los gustos, estilos, opiniones y
a las relaciones personales”.
Esta carencia de algo nítido en el núcleo del espíritu, de convicciones
profundas, arraigadas y permanentes es la marca a fuego de la
postmodernidad.
Llegamos así al final de los distintos desencantamientos del mundo. Hoy
éste no es otra cosa que una sucesión de imágenes truncas, una especie
de zapping político-cultural en donde todo vale y nada tiene
valor, y entonces nos preguntamos:
¿Es otro mundo posible o diferente?
Nosotros consideramos que la única crítica válida, total, eficaz y
superadora de la modernidad es la crítica premoderna. Así, es desde
las ecúmenes premodernas como la eslava, la iberoamericana o la china
desde donde se puede llevar a cabo más genuinamente esta crítica, porque
aún habemos términos de comparación. Fuimos menos zapados por la
modernidad porque la nuestra fue una tardomodernidad. En
defensa de nuestra tesis recordemos al eximio filósofo mejicano Luis
Villoro Toranzo cuando afirma al respecto:
"Los países del Tercer mundo entramos en
la modernidad en el momento en que empieza a ponerse en crisis. Lo
cual nos coloca en una situación privilegiada: podemos ver “época
moderna” tanto en sus inicios como en sus fines, antes de
aventurarnos plenamente en ella. Estamos frente a una
responsabilidad aún inédita. Podemos evitar el camino que otros
hollaron. Podemos elegir lo que fue avance y liberación en el
proyecto moderno e intentar prevenir sus consecuencias indeseables”
(3)
Es dable
destacar que la crítica a la modernidad que proponemos plantándonos
desde la premodernidad no es un salto atrás o una postura retrógrada,
como puede entenderla cierto progresismo intelectual, sino que es a
partir de los elementos más genuinos que conforman nuestra índole
americana, y que son ciertamente premodernos, desde donde podemos lograr
la superación de la modernidad.
Ni 300 años de colonia pasaron al nudo, ni 200 años de pertinaz
liberalismo con Inglaterra y Francia durante el siglo XIX y Estados
Unidos en el siglo XX, han podido extrañarnos totalmente en lo que somos
y debemos seguir siendo. Cabe recordar aquí la sentencia de Píndaro:
“Serás lo que eres”.
No olvidemos que ya tenemos experiencia fundada de críticas a la
modernidad desde la postmodernidad como es el caso del pensiero
débole, de Vattimo et alia, que terminó en un desencantado
nihilismo, para el cual como en el tango de Discépolo: “Siglo XX
cambalache, lo mismo es un burro que un gran profesor”.
En cuanto al método optamos por el disenso como el único capaz de crear
teoría crítica, pues pensar, y sobre todo pensar desde América, es
disentir. Disentir ante el pensamiento único y políticamente correcto,
pero disentir también ante la normalidad filosófica impuesta por
el pensamiento europeo.
El disenso consiste, desde nuestro genius locci en expresar la
opinión de los menos, de los diferentes ante el discurso homogeneizador
de la ética discursiva o comunicativa de los Habermas y los Apel, que
solo otorga valor moral al consenso.
Es que la ética comunicativa viene, en definitiva, a fundamentar el
mensaje globalizante y homogeneizador de los productores de sentido que
son siempre los dueños del poder.
Esta
ética discursiva e ilustrada viene en tanto que “discursiva”, como un
nuevo nominalismo a zanjar las diferencias con palabras i.e. la
democracia discursiva (Bohman-Avritzer) de las asambleas
populares, y no a través de la preferencia o postergación de valores. Y
en cuanto “ilustrada” sólo permite la crítica de aquellas situaciones
sociales que no encarnen los ideales ilustrados de igualdad y
postilustrados de democracia. Así su crítica nunca va dirigida a los
regímenes socialdemócratas sino a los que decididamente no lo son, como
en Iberoamérica, Castro o Chávez. Más allá de la acepción de estos
personajes políticos.
La ética
de la comunicación es así heredera directa de las sociedades de ideas de
la Revolución Francesa y estas sociedades – corazón del jacobinismo- por
definición no pensaban sino hablaban. La ideología no se piensa porque
puede correr el riesgo de ser criticada, sino que ella habla a través de
su intérpretes como verdad socializada a través del asambleísmo y se
expresa en la religión del consenso (4).
En realidad, este modelo discursivo, que en criollo debería denominarse
modelo conversado, muestra la gran contradicción del pensamiento
progresista de estos primeros años del siglo XXI, que consiste en creer
que se puede reformar la sociedad recurriendo a los mismos instrumentos
que la han llevado a su situación actual.
Hoy el
dios monoteísta del libre mercado ha llegado a privatizar la opinión
pública ya que sólo existe la opinión publicada. Los agentes mediáticos
se han quedado hoy día con la representación exclusiva del pueblo que
ellos han transformado en “gente”. La patria locutora y escribidora
viene reemplazando a los políticos quienes ante la furia privatizadora
de los activos fijos estatales se han quedado sin aparatos del Estado
para ejercer el poder y han cedido su iniciativa al periodismo y los
tecnócratas.
Así como
la imagen televisiva ha reemplazado al concepto escrito, de la misma
manera los mass media han desplazado a los partidos políticos en
el manejo del poder. No es ya el Estado quien tiene el monopolio del
poder como gustaba decir Max Weber, sino que el poder ha deslizado su
centralidad hacia un ciberespacio inasible y siempre cambiante como lo
es el mundo de las redes informáticas que son la que determinan que
países como el en caso de Malasia, México, Brasil o Argentina entren, de
la noche a la mañana, en crisis financieras tremendas, gestadas por
operadores anónimos que especulan desde terminales a miles de kilómetros
de distancia.
Unos pocos políticos y escasísimos pensadores se dan cuenta que esto no
va más. Y si nosotros y nuestras sociedades están mal no es porque el
proyecto moderno no se completó como piensa Habermas, sino porque
doscientos años de pertinaz liberalismo nos ha llevado a tal extremo.
Sin un cambio en los grandes campos de actividad del hombre en
sociedad, todo no será otra cosa que gatopardismo, cambiar algo para
que nada cambie.
Hay que romper el corset a que nos somete el pensamiento progresista
limitándonos a debates culturales, como el del género, el matrimonio de
los homosexuales o los símbolos religiosos en las escuelas, que vienen a
reemplazar al verdadero debate político.
Nosotros
debemos reinventar una nueva representación política, la democracia
postmoderna no propone valores a intentar sino que en tanto conciencia
política desengañada ha quedado reducida a democracia procedimental. Y
si bien hoy , se ha extendido a casi todo el mundo, lo ha hecho sin
profundidad, como en el caso de las democracias africanas o
sudcentroamericanas. La modificación de régimen de representatividad
política de la democracia liberal implica el dejar de lado
de una vez para
siempre la falsa ecuación “un hombre un voto”, pues el hombre es más que
un voto y tiene, por respeto a su propia dignidad, que ser representado
en la totalidad de lo que es. Hay que intentar una democracia de
carácter participativo donde el hombre se manifieste también como
trabajador, profesional, comerciante, docente, cura o milico.
En el
campo económico modificar el régimen de propiedad de la economía
liberal, que entiende a aquella como valor absoluto en sí misma.
Debemos pasar del sentido de propiedad, hoy reducido a cada vez menos
propietarios, para ir a la difusión de la propiedad al mayor número
posible de ciudadanos. Así mismo se debe quebrar el monopolio de la
ley de la oferta y la demanda, recuperando la vieja ley de la
reciprocidad de los cambios de la que ya hablara el viejo Aristóteles en
la "Etica Nicomaquea" (1132b 33) nos dice:
“la reciprocidad debe ser según la
proporción y no según la igualdad”. Lo justo en las
transacciones económicas es que uno de “proporcionalmente” a lo que
recibe y no “igualmente”. No se trasmuta una casa por un zapato. La
proporción del cambio de un producto por otro, más allá de la razón de
necesidad, está dada por la diversidad de trabajo (la acción) que uno u
otro ha requerido. La cuestión del justo precio se ubica aquí.
En el ámbito de la cultura dejar de lado la versión liberal de la misma
que nos viene desde la época de la Enciclopedia francesa con su idea del
valor universal de la cultura racional-occidental e ir al rescate del
principio de identidad, no solo como afirmación de nosotros mismos sino
también como defensa de la diversidad cultural, que se expresa en el
reconocimiento del otro, del diferente a nosotros. Rechazar la nefasta
teoría del multiculturalismo y proponer el pluralismo intercultural.
Esto es, un pluralismo sin relativismo que hace que el mundo sea en
realidad un pluriverso y no un universo como ha pretendido el
pensamiento moderno-ilustrado desde la época de su nacimiento. (5)
Notas
-
Cfr. Hazard, Paul: La crisis de la conciencia europea
1680-1715, Madrid, Ed.Pegaso, 1975.
-
Mason, Alfredo: Comentarios a la primera versión de “El
desencantamiento del mundo”, Buenos Aires, e-amail del
15-3-04.
-
Villoro, Luis: El pensamiento moderno. Filosofía del
Renacimiento, México, F:C.E., 1992, p. 104
-
Cfr.
Furet, Francois: Pensar la Revolución Francesa,
Barcelona, Ed. Petrel, 1980. Especialmente el capítulo: Agustín
Cochin: La teoría del jacobinismo.
-
El desarrollo
pormenorizado de las razones que justifican las medidas propuestas
en estos tres campos puede encontrarse en nuestros libros:
Hispanoamérica contra Occidente, Madrid, Barbarroja, 1996;
Ensayos de Disenso, Barcelona, Nueva República, 1999 y en
Metapolítica y Filosofía, Buenos Aires, Theoría, 2002.
* Comentario y presentación de Robert
Steuckers
Chers amis:
Le Prof. Buela, spécialiste de philosophie grecque antique à Buenos
Aires en Argentine est l’un de nos amis de longue date. Le texte
qu’il nous a envoyé aujourd’hui est CAPITAL et mérite une
lecture très attentive. Il est également idéal pour les travaux des
cellules de l’école des cadres,dans la mesure où la clarté limpide
(et hispanique) des arguments et des thèses de Buela nous permet de
cerner une notion aussi capitale que celle de “désenchantement”,
théorisée en son temps par Max Weber.
Bon travail !
Robert Steuckers
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