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La utopía de lo posible Por Alexander Wolf
Considerando los presagios: cometas, extraterrestres vía forense, la muerte de las ideologías, el control mundial de la babilonia cibernética, el Papa por venir, los augurios de Notre Dame, los bloques post guerra fría, el cierre del camino a la Tierra Hueca -por lo menos para quienes sufren con los rayos U.V.-, el término del Yuga de la sangrienta Diosa del hierro, la aparición del Búfalo Blanco, el inalcanzable equilibrio económico mundial, la catástrofe ecológica planetaria, la superpoblación, el hambre, la guerra disgregada, el sida y tantos otros; no nos debiera sorprender que ya se encuentren en franco desarrollo los nuevos movimientos milenaristas, apocalipsistas y sostenedores del juicio final. Igual fenómeno ocurrió en la Europa del siglo X. En las postrimerías del 900 se suscitó un intenso movimiento de reconversión y perdón. Los ricos entregaban sus posesiones a la iglesia y se transformaban en ascetas, los siervos abandonaban el trabajo y se refugiaban en las iglesias, los peregrinos se multiplicaron camino a Roma, Compostela y Jerusalén. La Iglesia alimentó el incipiente fuego de reconversiones con plegarias y sermones que llamaban con más y más fuerza a un mea culpa mundial -por lo menos de ese mundo-. Con el despliegue del Islam los presagios parecían cumplirse. Los infieles se adueñaban de los Santos Lugares y muchos cristianos se convertían a la nueva fe. Sumado a lo anterior, la aparición de fenómenos celestes -cometas, meteoritos, crudísimos inviernos, veranos tórridos, malas cosechas y diversos augurios-jaurías de lobos hambrientos, plagas de ratas, además del hambre, peste y guerra, confirmaban que el fin de los tiempos había llegado. Estos hechos metafísicos tenían su contraparte en los Estados. Caían reyes y señores feudales, los terratenientes luchaban entre sí, la inestabilidad política parecía sumarse a la del clima. Europa volvía a ser raptada por el genio de la locura. Surgieron sociedades secretas, se multiplicaron las sectas, se añadieron nuevos nombres a la larga lista de herejías. La tensión social aumentó. Hubo revueltas. Los campesinos no producían, las ciudades agonizaban de hambre. Sólo los fuertes y poderosos -por lo menos aquellos que no habían hecho abandono del mundo temporal al donar sus bienes a la Iglesia- lograban subsistir en buenos términos. Cerca del final del siglo, una Europa convulsionada entre la ira y el terror se aprestaba para vivir sus últimos momentos en la tierra. Y la calamidad aumentaba con los días. El último año del siglo hubo un aumento incontenible de suicidios y asesinatos. Se suicidaban parejas enamoradas, matrimonios de corta y larga data, los padres mataban a sus hijos al nacer, las peleas eran a muerte, los enterradores no daban abasto. Al llegar el 31 de Diciembre del 999 una ola fría de pánico recorrió toda Europa. Esa noche hubo más muertes que durante todo el año. Las iglesias se hallaban colmadas de fieles que rezaban y cantaban en espera del Mesías. Se quintuplicaron las donaciones. Cientos huyeron hacia los montes y buscaron abrigo en las cuevas. Muchedumbres desnudas se entregaban a los últimos placeres de la carne. Miles de borrachos recorrían las calles. Familias, villas enteras se entregaron a la muerte. Al llegar la medianoche, como quien cierra los ojos, el mundo contuvo la respiración. Las lúgubres campanas anunciaron el final de los tiempos. Dos... las plegarias elevaron su tono... cinco... los amantes morían en éxtasis... seis... un solitario gallo, despierto por el bullicio, cantó creyendo llegado el amanecer... Ocho, las lágrimas se secaron. Diez, un ahogado grito de terror fue contenido en las gargantas. Once, las miradas se volvieron al cielo. Doce... los ojos del mundo se cerraron en espera del golpe final. ¿Qué pensamientos cruzaron el inconsciente colectivo? ¿qué deseos parecieron desvanecerse con la última campanada?. Atontado, convulso, perdida la noción del tiempo, inconsciente, el mundo se sumergió en la oscura noche del día final, hasta que la aurora anunció el perdón y la dicha. ¿Qué mundo fue el que contempló el nuevo amanecer? Lo cierto es que fue el mismo. Para unos, el nuevo amanecer fue como el sentimiento de quien espera que -dentro de la misteriosa caja- se halle ese regalo tan ansiado, y al abrirla encuentra lo menos deseado. Por ello, ese mundo pareció desilusionarse, y sentir el nuevo día como una traición a sus sueños, anhelos y esperanza. Allí nació la duda. Para otros fue el perdón. Las alegres campanas gritaron ¡Aleluya!, ¡hemos sido perdonados!, ¡salve a la gloria de tu nombre, Dios de misericordia y perdón!, ¡gracias padre nuestro, porque hemos sido salvos por tu infinita compasión!. Allí nació la fe. No. Lo cierto es que no fue el mismo. Porque algo cambió. Algo fue roto para jamás volver a unirse. Algo nuevo había nacido de entre el terror y la ira. Porque aunque entonces nadie lo pudo comprender, ciertamente un nuevo mundo había nacido de entre las ruinas del anterior. El fin de una civilización se asemeja a la muerte de un enfermo incurable. Vivirá, es cierto, más allá de sus deseos y posibilidades. Pero al cabo morirá. Morirá cuando nadie lo espere. Cuando ya sea demasiado tarde para lamentarlo. Morirá como los recuerdos: con el sabor agridulce de lo que fue, que ya no era y que jamás volverá a ser. La muerte cerebral precederá a la muerte del cuerpo. La conciencia abandonará la mente antes de que cese el último latido. Lentamente, el frío invadirá los inertes miembros. El rictus se fijará en las facciones. El último aliento se escapará por los labios. Impertérritos, los especialistas tratarán de prolongar la vida. Toda la tecnología será puesta al servicio del ser que expira. Se realizarán los intentos de rigor. El agotado corazón latirá unas cuantas veces más. Hasta que ya nada se pueda hacer. Hasta que nada más se haga. La civilización morirá, aunque sus bases físicas, su tecnología, su energía y sus mecanismos se conserven durante un lapso aún mayor. Pero la muerte será irreversible. Porque de nada servirá un cuerpo vivo para un alma muerta. Allí habrá nada. Non alma nata. Non alma vita. En palabras de Goethe: "En el ocaso de las civilizaciones, aparecen los fantasmas". Pero, a diferencia con el milenio que comentábamos, este final del mundo no lo es sólo para una tierra del porte de Europa. Es la Aldea Global, la civilización supranacional la que morirá.
De uno u otro modo, el año 2000 es una fecha sincronística. Fin de Año, de Siglo, de Milenio, de Yuga y de Era (años más, años menos, según lo ortodoxo que se sea). No son sólo los "occidentales" -si es que este concepto resulta aún válido- los que esperan el final de los tiempos. El dos mil es un año planetario. Realmente implica a "todo el mundo". Puede ser que la globalización de las comunicaciones, por no citar a la economía, la política y la religión -por lo menos sus sincretismos- haga que el dos mil realmente sea percibido como un punto límite por toda la faz del planeta. Porque lo más probable es que los Chinos lo pre-sientan igual, aunque para ellos estemos más menos en el cinco mil. Pero, ¿cómo hemos llegado a habitar esta aldea global? Y, ¿cómo afectará a las pequeñas tribus la destrucción de la aldea?... Probablemente, el final sea mucho menos catastrófico que los augurios que lo preceden. Pequeñas comunidades autosuficientes, por lo menos autoconsistentes, lograrán pasar a la nueva civilización sin grandes sacrificios. Y mientras más básicos -menos dependientes- sean sus sistemas de vida, más adaptables serán al cambio de sistema. En realidad, tal cambio no les afectará en modo alguno directamente. Piénsese en las tribus montañesas de Borneo y Java. Las comunidades Pigmeas Centro Africanas. Las tribus Yanomami del corazón de Brasil. Nuestras propias comunidades Pehuenches Icalma adentro. De uno u otro modo, los cambios globales llegarán a ellas sólo como reflejos, como indicios de que "algo pasó en el mundo de afuera". Porque realmente, sus economías, sus medios de producción, su cultura y sus interrelaciones han sufrido sólo en escasa medida la incorporación a la aldea global. Básicamente, son menos dependientes de la variación del sistema mundial que de sus propios sistemas. E incluso, cuando se han visto afectados en forma directa -vía expropiación de tierras, impacto tecnológico y transculturización- lo han sido sólo superficialmente, limitadamente. Porque para nadie resulta sorprendente ver a un Pehuenche manejando la camioneta de la empresa maderera, pero la familia de ese mismo hombre está paralelamente recogiendo pehuenes para el próximo invierno. Se podrá acabar la empresa maderera, se podrá acabar la bencina a nivel mundial, pero el próximo invierno seguirá habiendo piñones para alimentar a la familia. Somos los que vivimos inmersos en la aldea, los que desde nuestro nacimiento -vía moderna clínica o por lo menos hospital- hemos sido sujetos -objetos quizá- de la dependencia del sistema, los que realmente viviremos el fin de la civilización. Cuando millones de seres humanos sobre la faz del planeta vean que el gran sueño de un mundo rico, sano, culto y en paz, se destroza a pedazos. Cuando la tecnología se trasforme finalmente en el supremo regidor de la conciencia, y nos veamos convertidos en personajes patéticos, dignos de un Blade Runner, Brazil o Mad-Max, entonces comprenderemos que el fin de la civilización ya ocurrió. Pasó sin que nos diéramos cuenta, sin que lo percibiéramos, al punto de que -como sonámbulos- seguimos caminando en el sueño de la gran civilización del futuro, que ya había muerto. Porque ciertamente nos encontramos inmersos en la actual civilización sin siquiera percibirlo completamente. Las cadenas de sujeción conductual son tan sutiles, tan finas y resistentes, que seguiremos encadenados aunque el carcelero deje abierta la jaula. En cierto modo, nos pareceremos a los animales en cautiverio prolongado, que se niegan a abandonar la jaula para internarse en el nuevo mundo. Han encontrado la seguridad, el calor y el alimento a cambio de la libertad, y la libertad no es -en sí misma- suficiente compensación para abandonar la prisión. E incluso, ante la posibilidad de un final atómico, de un total y completo intercambio nuclear masivo, ello sólo afectaría directamente a los civilizados, a los maniatados habitantes de la city mundial. Muchos sobrevivirían los impactos. A miles no les afectaría la radioactividad de modo inhabilitante. Pero esas masas deambularían por un mundo que siempre estuvo a su alcance -a algunas decenas de kilómetros ciudad afuera- y del que no obstante, nada podrían obtener para seguir subsistiendo. Quizá la muerte directa habría sido más "humana" que la muerte por inanición biológica, por inadaptación mental, producto de la extrema dependencia de un medio ambiente artificial, y de sus también artificiales sistemas de sobrevivencia. En "Cántico a San Leibowitz", de Walter M. Miller, se desarrolla la tesis de un mundo post-atómico, en que los científicos han sido eliminados por la masa sobreviviente acusados de ser los culpables de la hecatombe. En tal mundo, tras siglos de vivir en un sistema muy similar al feudalismo, en oscuros conventos alejados de las nuevas polis se desarrollan -se redescubren- las bases tecnológicas del mundo que fue. Y la "chispa de la civilización" vuelve a iluminar el planeta. Y nuevamente -una y otra vez en un Eterno Retorno- esa civilización se autodestruye al reencontrar la energía atómica. Porque nuestra memoria es frágil, y nuestra conciencia histórica es aún menor. Es que esta especie humana sólo tiene conciencia de sí misma desde hace unos siete mil años. El diez por ciento de la historia es histórico, el noventa por ciento pertenece a la prehistoria. Setenta mil años que no se resumen ni se explican por siete mil. Y en este último siglo del segundo milenio -del séptimo tal vez-, en tan sólo cincuenta años, hemos generado tales cambios que quizá necesitemos de todo un nuevo concepto de la historia para explicarlos. Y ni aún así tendremos una mejor conciencia histórica. Tal vez sólo tendremos una más amplia -más superficial- comprensión del fenómeno histórico, no de la historia en sí misma. De allí que cuando esta civilización se acabe, sea muy poco lo que en verdad podamos recordar, bueno o malo. Este siglo será una leyenda, y a quienes en mil o dos mil años más les corresponda otro fin de era, de nada servirá volver la vista atrás en busca de respuestas. No las habrá, como incluso ahora para nosotros no las hay. No obstante, un profundo optimismo surgido de nuestro propio escepticismo nos lleva a presentir que este cambio apunta en una dirección hasta ahora impensada. Porque a diferencia de las miles de pasadas civilizaciones, la nuestra posee -de algún modo- una mayor conciencia de sí misma que todas las anteriores. Es como si el inconsciente colectivo hubiese acumulado demasiadas certezas de su existencia como para seguir siendo inconsciente. La posibilidad real de un próximo fin de la civilización se está volviendo certeza en este mismo instante. Más allá de los presagios, más allá de las sectas, de los augurios, profecías y visiones. La utopía -ese lugar inexistente- de una nueva civilización se está generando en este mismo momento. ¿Cómo? ¿dónde? Respecto al cómo, quizá debiésemos recurrir al concepto de la profecía autocumplida. Si esta civilización ha esperado durante dos mil años su fin, tal vez ese fin se encuentre justificado -definido- por la propia espera. Desde esta perspectiva, el propio hecho de que la civilización judeo-cristiana sea finalista -que considere como objeto de su existencia la espera de la llegada de Dios y el Juicio Final- genera la posibilidad de que efectivamente ese día llegue. Efectivamente, esta es una de las pocas -sino la única- civilización que se ha construido en la espera de su final. Ni los Caldeos, ni los Egipcios, ni los Asirios, Hititas, Babilonios, Griegos, Romanos, Tibetanos, ni siquiera los, Aztecas e Incas conceptualizaron sus civilizaciones de un modo tan finalista. Incluso los Mayas, una de las civilizaciones -Altas Culturas para los más conservadores- con más conciencia de los ciclos históricos (para los mayas, su historia se remontaba al 13 de agosto -en gregoriano retroactivo- o al 17 de septiembre -en juliano- del año -3113 [3113 a.C.], sin mencionar la data hindú que es aún mayor), no entendían la historia como una causa para un efecto determinado. Su civilización terminó -ciertamente- en medio de presagios y profecías, pero no a causa de ellas. Y ni siquiera tenemos certeza de cuáles fueron las causas reales de su fin (una variación de las condiciones ecológicas producto de su propio impacto tecnológico se presume como la más factible... habría que aprender si fuese aún posible).
Su conceptualización de la historia surge precisamente como respuesta al día final, a la muerte, a lo desconocido. Desde San Juan se espera el día del Apocalipsis. Y conste que estamos hablando de un mito del que los hebreos son los principales sostenedores y los cristianos sus mejores exponentes. Llegará seguramente ese día. Pero no lo hará ni en la forma ni en el modo en que se ha esperado. Esta civilización se está derrumbando porque sus propias nociones no han sido suficientemente amplias como para abarcar las certezas que han generado. La crisis de percepción de la que nos habla Capra (ver "El Tao de la Física" y especialmente "El punto Crucial"), se ha vuelto tan generalizada que ni siquiera somos capaces de percibirla realmente. Y viene al caso citar otra novela premonitoria: Las Crisálidas, de John Wyndham. Es este también un mundo post-atómico, en que bastas zonas del planeta han quedado absolutamente inhabitables producto de la radiación. En sus límites, luchando generación tras generación, los restos de una humanidad doliente se esfuerzan por combatir a las nuevas mutaciones. Tratando de preservar las cosas "según Dios las creó al principio", y al hombre como el ser que posee "cuatro miembros, y en cada miembro cinco dedos", quienes tienen la desgracia de nacer con alguna mutación -dedos demás, brazos y piernas demasiado largos, etc.- son enviados a los límites, previa esterilización. No obstante, surge un tipo de mutación que no es detectada -al menos al principio- ya que se trata de una mutación de la conciencia: pequeños niños tienen la habilidad de comunicarse entre sí sin palabras. Telepatía evidentemente. Sucede que al final -siendo adolescentes- son descubiertos y perseguidos, escapando hacia los límites. Pero una pequeña -que ha nacido con una capacidad de contacto mental inaudita- logra comunicarse con otros telépatas al otro lado del mundo. Allí la telepatía es normal, y una nueva civilización -alta tecnología incluida- se encuentra desarrollando toda una nueva cultura basada en su nuevo nivel de conciencia. El hecho es que las nuevas mutaciones se estaban generando calladamente desde los restos de la vieja humanidad. Eran crisálidas por emerger. Es entendiendo esta analogía, que tenemos la absoluta convicción de que el fin de la civilización -esta utopía de lo posible- se está desarrollando bajo nuestras propias narices. Y aquellos que tengan mejor olfato -tal vez quienes no conviven con el smog todos los días- sean los primeros que se den cuenta y reaccionen en concordancia. Y por eso mismo es que desde aquí -el último rincón del Imperio-, podamos asistir como los principales invitados al palco de honor de la destrucción del sistema, para trasformarnos -acabada la función- en los primeros actores de la nueva historia. Si dicha trama se desarrollará bajo el símbolo de la cruz gamada o bajo otro, aún está por verse. Lo cierto es que, a lo menos, el derrumbe del sistema terminará afectando también nuestro modo de entender al mundo. De allí que el nuevo mundo deba ser construido a base de materiales absolutamente nuevos -símbolos incluidos- ya que en realidad, nadie sabe en que se transformará la swástika, al girar vertiginosamente en saludo a la Nueva Era.
Publicado en Revista Pendragón Nº 5. |