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Una
contabilidad macabra
El Mito del Holocausto
Tomado de "Los Mitos Fundacionales del Estado de Israel" Capítulo II, Nº 3
Genocidio:
destrucción metódica de un grupo étnico por exterminio de sus individuos.
"A semejanza de la promesa divina contenida en la Biblia,
Tres términos se emplean frecuentemente para definir el trato que fue infligido a los judíos, por el nazismo: Genocidio, Holocausto, Shoah. El término Genocidio, en un sentido preciso, por su propia etimología, significa exterminio de una raza. ¿Hubo, durante la guerra, un genocidio de judíos? El término genocidio, en todos los diccionarios, tiene un sentido concreto. La definición del Larousse por ejemplo (citada más arriba) no puede aplicarse al pie de la letra más que en el caso de la conquista de Canaán por Josué, donde se nos ha dicho que en cada ciudad conquistada: no quedó ningún superviviente (237).La palabra fue empleada en Nüremberg de forma completamente errónea puesto que no se trataba del aniquilamiento de todo un pueblo, como fue el caso de los exterminios sagrados de los Amalecitas, de los Cananeos y de otros pueblos cuando el libro de Josué dice por ejemplo que en Eglón y en Hebrón: "no quedó ningún superviviente" (238) o en Hagor: "se pasaron a todos los seres humanos a cuchillo, no dejaron vivo a ningún ser animado" (239). Por el contrario, el judaísmo (su definición como raza pertenece al vocabulario hitleriano) ha conocido una expansión considerable en el mundo desde 1945. Sin duda alguna los judíos fueron uno de los blancos preferidos de Hitler en razón de su teoría racista de la superioridad de la raza aria, y por la asimilación sistemática que hizo entre los judíos y el comunismo, que era su principal enemigo (de ello dan testimonio las ejecuciones de millares de comunistas alemanes, y luego durante la guerra, su encarnizamiento contra los prisioneros eslavos). Creó el término judeo-bolchevique para definirlos a todos juntos. Desde la creación de su partido nacionalsocialista, resolvió en primer lugar extirpar el comunismo y expulsar a todos los judíos de Alemania y después de toda Europa cuando llegara a ser su amo. Y esto, de la forma más inhumana: primero por la emigración, después por la expulsión, y, durante la Guerra, por el encarcelamiento en campos de concentración en la propia Alemania al principio. Después seguiría con la deportación, inicialmente a Madagascar, donde se constituiría un vasto ghetto de judíos europeos, y después hacia el Este a los territorios ocupados, sobre todo a Polonia, donde los eslavos, judíos y gitanos fueron diezmados, en primer lugar por los trabajos forzados al servicio de la producción de guerra, y después por las terribles epidemias de tifus de cuya magnitud dan testimonio la multiplicidad de hornos crematorios. ¿Cuál fue el balance atroz del ensañamiento hitleriano contra sus víctimas políticas o racistas? La Segunda Guerra Mundial causó 50 millones de muertos, de los que 17 millones eran soviéticos, y 9 millones alemanes. Polonia, los demás países ocupados de Europa, y los millones de soldados de Africa o de Asia movilizados para esta Guerra que, como la Primera, había nacido por rivalidades occidentales, pagaron un pesado tributo de muertos. La dominación hitleriana fue algo distinto de un vasto progrom en el que los judíos fueron, si no los únicos, al menos las principales víctimas, como una cierta propaganda quiera hacernos creer. Fue una catástrofe humana que, desgraciadamente, no tiene precedentes, pues Hitler aplicó a los blancos lo que los colonialistas europeos, desde hacía cinco siglos, aplicaban a los hombres de color (20 millones de africanos fueron deportados a las Américas porque los negreros obtenían un esclavo por cada 10 muertos en la lucha por la captura. Esta trata costó a Africa de 100 a 200 millones de muertos), o lo que se hizo a los Indios de América, de los que 60 millones sobre 80 fueron aniquilados (también por trabajos forzados y por epidemias más que por las armas). El mito era ventajoso para todos: hablar del mayor genocidio de la historia era para los colonialistas occidentales intentar olvidar sus propios crímenes, la diezma de los Indios de América y la trata de esclavos africanos, para Stalin, borrar sus represiones salvajes. Para los dirigentes anglo-norteamericanos era diluir la matanza de Dresden, del 13 de febrero de 1945, que hizo perecer en las llamas causadas por las bombas de fósforo, en pocas horas, a 200.000 civiles y sin justificación militar, puesto que el ejército alemán se batía en retirada en todo el Frente del Este ante la ofensiva terrorífica de los soviéticos que en enero se encontraban ya en el Oder. Más aún para los Estados Unidos, que lanzaron sobre Hiroshima y Nagasaki bombas atómicas causando más de 200.000 muertos y cerca de 150.000 heridos condenados a un problema mayor o menor de larga duración (240). Los objetivos no eran militares sino políticos. Churchill escribía, en 1948, en su libro "La Deuxiéme Guerre mondiale": "sería falso suponer que la suerte de Japón se decidió por la bomba atómica" (241).El almirante norteamericano William A. Leahy, en su libro I was there (Yo estuve allí), confirma: "En mi opinión el empleo de esta brutal arma en Hiroshima y Nagasaki no fue de gran ayuda en la guerra contra Japón". En efecto, el Emperador de Japón Hirohito ya había iniciado la negociación para la rendición de su país, desde el 21 de mayo de 1945 a través de la Unión Soviética (que aún no se encontraba en guerra contra Japón), por mediación de su Ministro de Asuntos Exteriores y el Embajador soviético Malik. El Príncipe Konoye fue invitado a desplazarse a Moscú para negociar directamente con Molotov (242). En Washington se conocían perfectamente las intenciones japonesas: Malik informaba de la correspondencia entre el Ministro de Asuntos Exteriores y su corresponsal en Moscú (243). El objetivo perseguido no era por tanto militar sino político, como lo reconoce el Ministro norteamericano del Aire, Finletter, al explicar que el empleo de las bombas atómicas tenía por finalidad poner a Japón Knock-out antes de la entrada de Rusia en guerra (244). El almirante norteamericano Leahy concluye (op. cit.): "Al emplear las primeras bombas atómicas, nos pusimos al nivel moral de los bárbaros de la Edad Media; esta arma nueva y terrorífica, que se utilizó en una guerra no civilizada, es una barbarie moderna, indigna de cristianos". De esta forma todos estos dirigentes, a los que un verdadero Tribunal Internacional formado por países neutrales hubiera colocado en el banquillo de los criminales de guerra junto a Goering y su banda, descubrieron en las cámaras de gas, los genocidios y los holocaustos, una coartada inesperada para justificar, sino para borrar, sus propios crímenes contra la humanidad. El historiador americano W. F. Albright, que fue Director de la American School of Oriental Research, en su mayor libro de síntesis De l'âge de pierre à la chrétienté. Le monothéisme et son évolution (245), tras justificar los exterminios sagrados de Josué en su invasión de Canaán, escribe: "Nosotros, norteamericanos, no tenemos quizá derecho a juzgar a los Israelitas, puesto que hemos exterminado a millares de indios en todos los rincones de nuestro gran país, y hemos reunido a los que quedaron en grandes campos de concentración" (246).El término holocausto, aplicado al mismo drama desde los años setenta a partir del libro de Elie Wiesel: La Nuit (1958), y popularizado por el título de la película Holocausto, señala aún mejor la voluntad de hacer del crimen cometido contra los judíos un acontecimiento excepcional, sin comparación posible con las matanzas de otras víctimas del nazismo, ni incluso con ningún otro crimen de la Historia, pues sus sufrimientos y sus muertes tenían de esta forma un carácter sagrado. El Larousse Universal (247) define así el holocausto: "sacrificio utilizado por los judíos, y en el cual la víctima era completamente consumida por el fuego". El martirio de los judíos se convirtió así en algo no comparable a cualquier otro sacrificio y lo más cercano a la Crucifixión de Jesús en la teología cristiana, inaugurando así una nueva época. Lo que permitió decir a un rabino: "La creación del Estado de Israel fue la respuesta de Dios al Holocausto". Para justificar el carácter sacral del Holocausto era necesario que hubiera habido un exterminio total, era necesario para ello que se contemplara una solución final del problema judío que fue el exterminio. Ahora bien no se ha encontrado ningún texto que permita atestiguar que la solución final del problema judío era, para los nazis, el exterminio. El antisemitismo de Hitler está vinculado, desde sus primeros discursos, a la lucha contra el bolchevismo (emplea constantemente la expresión judeo-bolchevismo); los primeros campos de concentración que mandó construir estuvieron destinados a los comunistas alemanes y en ellos perecieron algunos miles, incluido su jefe Thaelman. En cuanto a los judíos fueron imputados por él con las acusaciones más contradictorias: primeramente, eran —decía— los actores más activos de la revolución bolchevique (Trotski, Zinoviev, Kamenev, etc.); simultáneamente eran, según él, los capitalistas más explotadores del pueblo alemán. Así pues era importante, después de haber liquidado al movimiento comunista, y preparado la expansión de Alemania hacia el Este, a la manera de los caballeros teutónicos, aplastar a la Unión Soviética, lo que fue, desde el principio hasta el final de su carrera, su preocupación central, obsesiva, y que se manifestó durante el período de su poder, en la ferocidad con los prisioneros eslavos (polacos y rusos). Creó también, durante la guerra contra la URSS, los Einsatzgruppen, es decir unidades encargadas de luchar especialmente contra la guerra de los partisanos soviéticos y eliminar a sus comisarios políticos, incluso cuando habían sido hechos prisioneros. Entre éstos, muchos judíos, heroicos, como sus camaradas eslavos, fueron masacrados. Lo que demuestra las limitaciones de la propaganda sobre el antisemitismo soviético. No se puede pretender a la vez que los soviéticos separaran a los judíos de puestos importantes y afirmar al mismo tiempo que los judíos constituían la mayor parte de los comisarios políticos de los partisanos a quienes los Einsatzgruppen tenían la misión de abatir. Es difícil imaginarse una realidad semejante: que la dirección de los partisanos tras las líneas enemigas (donde la deserción y la colaboración eran lo más fácil) fuera confiada a los judíos si hubiera existido alguna desconfianza. Cuando Hitler fuera el amo del continente, quería llevar a cabo una de las ideas más monstruosas de los nazis respecto a los judíos, vaciar Alemania y después Europa de ellos (judenrein). Hitler procedió por etapas: • • La segunda etapa fue la expulsión pura y simple, cumpliendo el propósito de enviarles a todos a un ghetto mundial. Concretamente y tras la capitulación de Francia, a la isla de Madagascar, que pasaría a estar bajo control alemán, después que Francia indemnizara a los antiguos residentes franceses. El proyecto fue abandonado, no tanto por el hecho de las reticencias francesas, como en razón de la importancia del tonelaje de barcos necesario para llevar a cabo la operación que, en tiempo de guerra, Alemania no podía dedicar a esta tarea.• La ocupación hitleriana del Este de Europa, y en especial Polonia, hizo posible lograr la solución final: vaciar Europa de judíos deportándoles en masa a estos campos exteriores. Fue aquí donde sufrieron los peores padecimientos, no sólo como todas las poblaciones civiles en tiempos de guerra, los bombardeos aéreos, el hambre y las privaciones de toda clase, las marchas forzadas, mortales para los más débiles, al evacuar los centros, sino también los trabajos forzados en las condiciones más inhumanas para contribuir al esfuerzo de guerra alemán. Auschwitz-Birkenau era, por ejemplo, el centro más activo de las industrias químicas de la I. G. Farben. Finalmente las epidemias, y en concreto el tifus, hicieron espantosos estragos en una población subalimentada y reducida al agotamiento.¿Es necesario acudir a otros métodos para explicar la terrible mortalidad que sacudió a las víctimas de tales tratos, y a exagerar desmesuradamente las cifras, con el riesgo de verse posteriormente forzados a revisarlos a la baja?, con ejemplos tan embarazosos como los citados en páginas anteriores, o la del velódromo de Invierno de París, que indicaba que el número de judíos que allí fueron encerrados era de 8.160 y no de 30.000 como indicaba la placa inicial, que ha sido ya retirada (248). No se trata de establecer una contabilidad macabra. El asesinato de un solo inocente, sea judío o no lo sea, constituye ya un crimen contra la humanidad. Pero si el número de víctimas no tiene, a este respecto, ninguna importancia, ¿por qué aumentarla, desde hace más de medio siglo hasta la cifra fatídica de los 6 millones?
237.- Números XXI, 35. 238.- Josué X, 37. 239.- Josué XI, 14. 240.- Paul-Marie de la Gorce: 1939-1945. Une guerre inconnue. Ed. Flammarion. París 1995, p. 535. 241.- Churchill, La Deuxième Guerre mondiale, Volumen VI. 242.- Paul-Marie de la Gorce: 1939-1945. Une guerre inconnue. Ed. Flammarion. París 1995, p. 532. 243.- Paul-Marie de la Gorce: 1939-1945. Une guerre inconnue. Ed. Flammarion. París 1995, p. 533. 244.- Saturday Review of Literatura del 5 de junio de 1944. 245.- W. F. Albright, De l’âge de pierre à la chrétienté. Le monothéisme et son évolution Traducción francesa: Ed. Payot, 1951. 246.- W. F. Albright, De l’âge de pierre à la chrétienté. Le monothéisme et son évolution Traducción francesa: Ed. Payot, 1951, p. 205. 247.- Larousse Universel, 2 volúmenes, París, 1969, p. 772. es un destacado intelectual francés, que fue prisionero de campos de concentración nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Posteriormente fue fundador de la LICA (Liga internacional contra el antisemitismo), actual LICRA (Liga internacional contra el racismo y el antisemitismo). Fue miembro de la Comisión Política del Partido Comunista Francés, y ha dedicado los últimos años a escribir libros de denuncia contra los fundamentalismos religiosos: El Islam, el Cristianismo y el Judaísmo. Este último, "Los Mitos fundacionales del Estado de Israel", le trajo como consecuencia un juicio, y la presión de los lobbyes judíos para que el texto no se publicara nuevamente en Francia. Para escapar a la censura, Garaudy publicó el libro en Internet como Zamisdat, es decir, libre de derechos, para que cualquier persona pudiese leerlo y reproducirlo. |