Las vastas llanuras del Alma

Vivir después de Jung

Por Alexis López Tapia

Carl Gustav JungLa obra de Carl Gustav Jung es enormemente variada y extensa. Durante sus 86 años se interesó por diversos campos del conocimiento, llegando a ser erudito en varios de ellos. Su producción literaria es, consecuentemente, muy amplia, reflejando tanto sus intereses y preferencias personales, como el propio desarrollo teórico de sus postulados a lo largo de la vida.

Jung es un típico representante del hombre de «nuestro tiempo». Hombre que vivió para ver de niño la caída de los grandes Imperios, combatió y sufrió en las dos guerras mundiales, se aterró ante el poder atómico, conoció la división del planeta en bloques esquizofrénicos y se maravilló con los primeros satélites espaciales. Hombre que —por ende— construyó el mundo en que hoy habitamos. Sus ideas y postulados han influenciado el modo en que hoy percibimos la realidad, al igual que las ideas de otros muchos de sus contemporáneos. Sin embargo, Jung es de algún modo un anacronismo en el panorama de la Ciencia de principios del siglo XX.

Efectivamente, él constituye una de las primeras excepciones concretas al dominante paradigma cartesiano-newtoniano de los siglos precedentes. De cierta forma, constituye uno de los varios precursores que —desde distintas disciplinas—, sentaron las bases de las más modernas concepciones respecto a la percepción de la realidad.

Llegar a este punto no fue de ningún modo simple para el propio Jung. Durante su vida debió luchar continuamente para seguir sus llamados interiores, lo que le significó tener que renunciar continuamente a la tutela de quienes —en principio— actuaban como sus guías. Es el caso de su Padre en el área religiosa, y también de Sigmund Freud.

Paralelamente a ello, Jung mismo debió esforzarse durante años para obtener indicios certeros que le permitieran avanzar en sus postulados teóricos, sin caer en la tentación del simplismo o el conformismo. Ciertamente, hubiera sido muchísimo más fácil quedarse sentado cómodamente en los sillones de lo que ya se encontraba probado, y no seguir buscando nuevos lugares que —además de poco seguros—, le exponían a perder todo lo logrado hasta entonces.

De allí que la vida de Jung haya sido cabalmente una autorrealización, una «individuación», utilizando su propia terminología. Porque efectivamente, todo lo que a Jung le va ocurriendo interiormente es lo que será expresado en sus postulados teóricos.

No hay aquí simples «casos clínicos descritos», sino la propia vivencia del terapeuta, que se transforma de este modo en objeto y observador. Por ello, cada sueño, cada misteriosa coincidencia significativa —de las que, nos señala Miguel Serrano, se encontraba permanentemente rodeado—, cada profundización en el conocimiento de arcanas sapiencias, le llevaba más y más profundamente hacia el conocimiento del «sí-mismo», del propio Ser.

Y, significativamente, en tales periplos llega a percatarse de que debe buscar en el pasado las respuestas del presente... y del futuro. No es casual en absoluto —creemos—, que Jung haya revalorizado los conocimientos del Espiritismo, de la Gnosis, del Tantrismo y de la Alquimia. No es casual que haya bebido en las fuentes originales de un saber que —en su época—, además de casi olvidado se encontraba absolutamente desacreditado.

Este conocimiento arcano, que con la llegada del racionalismo perdió toda sustentación y validez teórica, debía ser «mirado con nuevos ojos» para obtener nuevas respuestas. ¡Si ya los griegos habían conocido los engranajes y escrito sobre robots mucho antes de que éstos se «descubrieran» por nuestra Ciencia! Jung obtiene respuestas porque mira con ojos nuevos, no porque simplemente sea un outsider, como durante mucho tiempo se le consideró.

Este camino solitario hacia el propio Ser, ciertamente le aisló de sus contemporáneos. No en el sentido estricto de la falta de amistades y pares con los cuales debatir y conversar, sino que en el aspecto mucho más profundo de que sus descubrimientos le colocaron por delante de la ciencia de su época.

Tanto es así que incluso hoy en día aún estamos en una labor de integración de sus postulados a las nuevas percepciones de la realidad que —también en parte gracias a ellos—, se están generando en el planeta.

Si Jung hubiese vivido sólo un par de siglos antes, habría sido directamente calificado de Místico —como casi lo fue en su época—, pero, quizá más precisamente, habría sido calificado de Mago o Brujo, y —probablemente— habría terminado sus días en alguna hoguera inquisitorial.

Si Freud tiene la capacidad de sorprendernos y cuestionarnos por su fría y perfectamente posible reducción teórica de toda la esencia humana a lo puramente sexual, Jung nos seduce y nos invita a descubrir una realidad que está más allá de nuestra actual comprensión de las cosas. Una realidad que debe ser aprehendida dejando de lado todos nuestros supuestos tan metódicamente arraigados durante los últimos tres siglos. En palabras del brujo Yaqui don Juan, —citado por Castaneda— para saber [es decir, para de veras saber], «hay que parar el Mundo».

Porque toda la búsqueda de Jung remite a ello. A un conocimiento que está más allá de la comprensión del hombre, a la altura de lo divino que cada uno de nosotros lleva justo al centro del «sí-mismo». Y, para lograr este «cognocer», debemos renunciar a saber. Debemos renunciar a nuestras más arraigadas y profundas certezas. Jung lo hizo, y triunfó.

Perú, 16...: siete personas de distintas clases sociales y quehaceres personales, en el día de la Asunción de la Virgen santísima, se encontraron —todas juntas y a la vez—, sobre el puente de San Mateo. ¿Cómo llegaron allí justamente ese día y a esa hora? ¿Por qué se encontraban todas sobre ese puente, en el momento en que éste —con estrépito ensordecedor y terrible—, se precipitó al profundo abismo que hasta segundos antes había franqueado? ¿Por qué todas esas personas murieron en el accidente? ¿Por qué se derrumbó el puente justo en ese instante? Este hecho verídico mantuvo a un sacerdote peruano, Franciscano según recuerdo, investigando por más de veinte años las causas que llevaron a todas esas personas a morir en el día de la asunción de la Virgen santísima.

¡No pudo encontrar causa alguna! ¡Nunca debieron haber estado allí, y menos todas juntas y a la vez! ¡Ningún motivo las unía, ninguna razón, ninguna causa! Adecuadamente, «Cosas de la Providencia», terminó concluyendo el sacerdote.

Pero Jung no se queda en esto, indaga, explora, cuestiona: «podría resultar que «psique» y «materia» son en realidad el mismo fenómeno, uno observado desde «dentro» y otro desde «fuera»... «en otras palabras, los arquetipos no sólo encajan en situaciones externas; en el fondo tienden a manifestarse en un «arreglo» sincrónico, que incluye a la vez materia y psique». Jung expone un nuevo concepto al que llama «Sincronicidad», «una coincidencia significativa de sucesos exteriores e interiores que no están conectados casualmente». Lo importantes está en la palabra «significativa».

El estudio del sacerdote fue retomado posteriormente con arreglo a esta idea. Lo «significativo» del sincronismo de la muerte de esas siete personas no estaba en las causas que las llevaron a morir en ese momento, sino en las consecuencias que habría tenido justamente el que no hubiesen muerto. El puente no se cae por lo que «había pasado», sino por lo que «habría de pasar»: la historia del Perú, y probablemente de todo este cono Sur habría sido una muy distinta si el Puente de San Mateo no se hubiera caído «casualmente», en ese largo día de la Asunción de la Virgen.

Vivimos en un mundo distinto y peligroso después de Jung. Un mundo donde la unicidad fundamental de la materia y el espíritu se comprueba día a día.

Donde no hay actos ni hechos aislados. Donde, en palabras del Dr. Juan Grau «si se corta una flor, se apaga una estrella».

Vivimos en un mundo distinto y peligroso después de Jung, donde los Símbolos Arquetípicos del futuro se están creando desde los confines más remotos del pasado de la especie. Un mundo que ya no es el mismo desde que en 1969 llegamos a la luna, dejamos nuestra huella y volvimos el rostro hacia la Tierra. Todo cambió ese año. Todo ha vuelto a cambiar desde el año pasado, cuando por primera vez en la historia de la civilización hemos obtenido pruebas de vida en otros planetas y de la existencia de otros planetas en torno a otras estrellas. Todo ha vuelto a cambiar nuevamente a causa de una oveja llamada Dolly, que nos baló en la cara el espanto por los límites de la Ciencia.

Pero tenemos aún un recurso supremo, divino, evolutivo: volvernos quizá más conscientes a expensas de ese gran desconocido que es nuestro propio inconsciente. Extraer de nuestro propio origen los indicios acerca de nuestro destino. Autorrealizarnos en la búsqueda y el conocimiento de aquello que —por ahora—, se encuentra más allá del hombre. Encerrado en el corazón vibrante del «sí-mismo» que cada uno de nosotros lleva al centro del corazón: en medio de las vastas llanuras del alma.

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