Los símbolos primordiales de la Vida en la Tierra

Arquetipos de la Madre

Por Alexis López Tapia

La Venus de Laussel, bajorrelieve en caliza de un abrigo en Laussel, Dordoña, Francia. Nótese la mano izquierda sobre el abdomen y el cuerno con 13 líneas en la mano derecha. Gravetiense, Perigordiense Superior. Circa 25.000 – 20.000 a.C.

Todos los Arquetipos tienen una cantidad imprevisible de aspectos. El caso de la Madre no es la excepción. Citando sólo algunas de sus formas típicas tenemos: la madre y la abuela personales; la madrastra y la suegra; cualquier mujer con la que se está en relación, incluyendo la «nana» o niñera; el remoto antepasado femenino «la eva negra» y la mujer blanca; en sentido figurado, más elevado, la Diosa, especialmente la Madre de Dios —la Virgen—, como madre rejuvenecida, por ejemplo Demeter y Ceres; Sophia, como madre-amante, a veces también del tipo Cibeles-Atis, o como hija —madre-rejuvenecida, amante—; la meta del anhelo de salvación, el paraíso, el reino de Dios, el Walhala. En sentido más amplio la iglesia, la universidad, la ciudad el país, el cielo, el bosque; el mar y el estanque; la materia, el inframundo y la luna.

La Venus de Willendorf: escultura auriñacense  en caliza de 11 cms., uno de los más bellos y conocidos ejemplos de las llamadas “venus prehistóricas” de gorda figura con los pechos y las caderas muy detacados. Los pequeños brazos descansan sobre los pechos. Circa 30.000 – 27.000 a.C.La Madre Tierra en su infinidad de denominaciones: Como indica la investigadora Bárbara Walker:

«A la tierra se le han dado miles de nombres femeninos -Asia, Africa, Europa- recibieron el nombre de manifestaciones de la Diosa. Diversos países llevaban el nombre de alguna antepasada o de otra manifestación de la Diosa: Libia, Rusia, Anatolia, Lacio, Holanda, China, Jonia, Akkad, Caldea, Escocia [Scotia], Irlanda [Eriu, Erin, Hera], fueron sólo unos pocos. Cada nación dio a su propio territorio el nombre de su propia Madre Tierra».

En América, la divinidad existía bajo los nombres de Pacha-Mama o Mamanchic para los Incas; Mapu para los Mapuches; Ixchel, la Hera del panteón Maya; Coatlicue para los Aztecas; la Nuna de los esquimales; Tacoma de los Salish; Maka Ina de los Siux Oglalas; Iyatiku de los Keres y Kokyang Wuthi de los Hopis, además de otros muchos. En Africa era Mawu; Nin-hursag en Sumer; Hepat en Babilonia, Mami en Mesopotamia; Isis o Hator en Egipto; Innana, Astarté, Ishtar o Asherah en Oriente Medio; Rhea en Creta; Kubaba en Turquía, Cibeles en Grecia; Semele en Tracia y Frigia; Zemyna en Lituania; Pele en Hawai... la lista es interminable.

El historiador del arte Merlin Stone comenta:

«No nos... encontramos ante una desconcertante miríada de deidades, sino ante una variedad de títulos que son el resultado de lenguajes y dialécticas diversos, pero cada uno de los cuales se refiere a una divinidad femenina muy parecida... se hace evidente que la deidad femenina en el Próximo Oriente, en Oriente Medio y en muchas otras partes del mundo, era venerada como Diosa, del mismo modo que la gente hoy piensa en Dios».

En sentido más estricto, como sitio de nacimiento o de engendramiento: el campo, el jardín, el peñasco, la cueva, el árbol, el manantial, la fuente profunda, la pila bautismal, la flor como vasija —copihües, rosas, lotos—; como círculo mágico o mandala; como el tipo de la cornucopia, el cuerno de la abundancia, y en sentido aún más estricto, la matriz, el útero, el huevo, toda forma hueca —la tuerca por ejemplo—, el horno, la olla, etc., y como animal, la vaca, el perro, la liebre y todos los animales útiles en general, incluyendo a los primitivos animales asociados a la Diosa que ha estudiado la arqueóloga Marija Gimbutas, como el carnero, el búho, la serpiente, el buitre, el jabalí, el sapo, la rana, el pez, el toro, la abeja y la mariposa.

Todos estos símbolos pueden ser ambivalentes, tener un sentido positivo, favorable, fasto, o un sentido negativo, desfavorable, nefasto.

Esta extraordinaria escultura de marfil de mamut emula la posición de la Venus de Willendorf con los brazos sobre los grandes pechos y las amplias caderas. Perigordiese Superior, Des Rideaux en Lespugue, Alta Garona, Francia. Circa 23.000 a.C.Un aspecto ambivalente son las diosas del destino —Parcas, Moiras, Graeas, Nornas—. Un aspecto nefasto la bruja, el dragón y todo animal que envuelve a sus víctimas en un abrazo, como un gran pez o la serpiente, la tumba, el sarcófago, la profundidad de las aguas, la muerte, el fantasma nocturno y el cuco, Lilith, etc. En su aspecto positivo puede ser un Hada, una Princesa, etc.

Esta enumeración no pretende de ningún modo ser completa, sólo señala rasgos esenciales del Arquetipo de la Madre. Las características de éste son: lo «materno»; la autoridad mágica de lo femenino; la sabiduría y la altura espiritual que está más allá del entendimiento racional; lo bondadoso, protector, sustentador, dispensador de crecimiento, fertilidad y alimento; los sitios de la transformación mágica, del renacimiento; el impulso o instinto benéficos; lo secreto, lo oculto, lo sombrío, el abismo, el mundo de los muertos, lo que devora, seduce y envenena, lo que provoca miedo y no permite evasión.

Si bien es cierto que la figura de la madre que nos ofrece la psicología de los pueblos es —como hemos visto— universal, esa imagen sufre modificaciones de no poca consideración en la experiencia práctica individual.

En este terreno parecería resaltar en primer término la significación aparente de la propia madre, no obstante, Jung señala que sólo adjudica una limitada significación a la madre personal. Con ello hace ver que todos los efectos de la madre sobre la psique infantil tan descritos en la literatura, no provienen meramente de la madre personal, sino más bien del arquetipo proyectado sobre la madre, el cual da un fondo mitológico a ésta, y le presta de ese modo su autoridad y numinosidad.

La madre personal entonces, sólo influye en el hijo o hija en la medida en que estos proyectan el Arquetipo Materno sobre ella, y ello tiene más que ver con un desarrollo peculiar, propio de la fantasía infantil, que con los efectos traumáticos que había señalado Freud.

Por esta razón Jung afirmará que —en aquellos casos de pretendida neurosis infantil—, él comenzará buscando la neurosis en la madre, pues es mucho más probable que un niño se desarrolle normal que neuróticamente, y porque en la mayoría de los casos se puede demostrar la existencia de causas definitivas de perturbación en los padres, especialmente en la madre. Por ello, los contenidos de fantasías «anormales», sólo en parte deben vincularse con la madre personal, puesto que muchas veces poseen contenidos que van mucho más allá de los que podría atribuirse a una persona real.

Para efectos de nuestro artículo, la importancia fundamental de Arquetipo de la Madre se relaciona con su cualidad generatriz, que indiscutiblemente es su carácter básico. Bajo este aspecto, podemos sostener desde una perspectiva psicológica la posibilidad efectiva de que las primeras formas sociales hayan correspondido a matriarcados, con un control social sutilmente manejado por el sexo femenino. Ello, porque no tan sólo la mayoría de las religiones nos habla de la Diosa —en sus múltiples aspectos—, como anterior y preeminente sobre los Dioses, sino porque esta imagen paradigmática se condice plenamente con las principales etapas de la maduración de un hombre, incluyendo los ritos de iniciación y separación del regazo materno.

De este modo, la psicología jungiana reafirma conceptos que surgen del pasado remoto de los pueblos, y permite comprender fenómenos que —bajo otras premisas conceptuales—, sólo tendrían una muy débil conexión con la realidad.


La Diosa Madre en el Paleolítico y la Actualidad

Especialmente relevante por sus conexiones con los primeros estudios psicológicos, el Arquetipo de la Madre es, sin duda, uno de los primeros símbolos concienciados en la historia de la humanidad. Existen representaciones cuya data supera los 30 mil años, en pleno auriñacense europeo, las que con impresionante claridad reflejan los principales aspectos del símbolo, y habitualmente se hayan asociados a determinados estadios culturales pre y agroalfareros o semiagrícolas.

La importancia de este Arquetipo no estriba sólo en el hecho de que la mayoría de los clásicos complejos freudianos se hayan asociados a sus manifestaciones, sino además, en que constituyó la base del desarrollo de la mayoría de las religiones del planeta. Efectivamente, estudios modernos han ido verificando cada vez con mayor certeza que —en el origen de la mayoría de las concepciones mitológicas del mundo—, eran Diosas-Hembras las Supremas deidades, siendo los Dioses, acompañantes menores, con la misma función reproductora que los zánganos en un panal de abejas.

Uno de los estudios más interesantes y provocadores al respecto se titula «Cuando Dios era mujer» («When God was a Woman», Ed. Harvest Book, San Diego, 1978), del historiador del arte Merlin Stone, el que a través de un extenso y bien documentado trabajo, relata la historia de la más vieja de las religiones: la religión de la Diosa, y el rol que jugará esta antigua adoración en las actitudes del judeocristianismo hacia las mujeres. Paralelamente, la destacada arqueóloga de la Universidad de California, Marija Gimbutas, ha publicado más de veinte libros sobre el tema, incluyendo «El lenguaje de la Diosa», en que utiliza las bases formuladas por C. G. Jung, para establecer los significados de las innumerables formas simbólicas asociadas al Arquetipo de la Madre.

Ornella Mutti reeditando una de las poses más antiguas de la humanidad: la Diosa Madre encinta.
 

Es que sin duda estos símbolos conservan —incluso en nuestra época—, una numinosidad y poderío de los que bien da cuenta el contemporáneo culto a María, con sus innegables lazos hacia la Diosa-Madre-Tierra, pese a las precisiones teológicas vaticanas al respecto. Efectivamente, imágenes como la Virgen de Guadalupe, conservan en toda su pureza los símbolos propios del arquetipo (la virgen está parada sobre una media luna creciente, entre otros varios detalles), lo que las ha llevado a transformarse en objeto del fervor y confianza popular.

El Arquetipo de la Madre se vincula de este modo con los más remotos procesos de concienciación de nuestra especie, y su estudio detallado en todas las culturas del planeta, podría proporcionar valiosas herramientas y conocimientos olvidados, que permitieron a nuestra especie —en un mundo muchísimo más peligroso que el actual—, sobrevivir y prosperar cuando sólo éramos un puñado de hombres sobre la tierra.

Si a alguien se debió este éxito, sin duda hay que atribuirlo a las mujeres, verdaderas depositarias del saber ancestral, en contacto íntimo y permanente con los frutos, ciclos y dones de la tierra. Custodias de los poderes curativos, reproductores y generatrices, así como de los misterios de la vida, el nacimiento y la muerte. La pasión, la lujuria y la disolución. Amas del fogón y la preparación de los alimentos.

Cabe señalar que la hermosa dama de nuestra fotografía, la actriz italiana Ornella Mutti, quien posó embarazada para esta foto, se une arquetípicamente con la —en su estilo—, también hermosísima Venus de Laussel, ya que ambas ejecutan uno de los gestos de maternidad más antiguos de la humanidad. Sus manos descansan, señalan y protegen al nuevo ser que llevan en el vientre.

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