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Arquetipos de la Madre Por Alexis López Tapia
Todos los Arquetipos tienen una cantidad imprevisible de aspectos. El caso de la Madre no es la excepción. Citando sólo algunas de sus formas típicas tenemos: la madre y la abuela personales; la madrastra y la suegra; cualquier mujer con la que se está en relación, incluyendo la «nana» o niñera; el remoto antepasado femenino «la eva negra» y la mujer blanca; en sentido figurado, más elevado, la Diosa, especialmente la Madre de Dios —la Virgen—, como madre rejuvenecida, por ejemplo Demeter y Ceres; Sophia, como madre-amante, a veces también del tipo Cibeles-Atis, o como hija —madre-rejuvenecida, amante—; la meta del anhelo de salvación, el paraíso, el reino de Dios, el Walhala. En sentido más amplio la iglesia, la universidad, la ciudad el país, el cielo, el bosque; el mar y el estanque; la materia, el inframundo y la luna.
En América, la divinidad existía bajo los nombres de Pacha-Mama o Mamanchic para los Incas; Mapu para los Mapuches; Ixchel, la Hera del panteón Maya; Coatlicue para los Aztecas; la Nuna de los esquimales; Tacoma de los Salish; Maka Ina de los Siux Oglalas; Iyatiku de los Keres y Kokyang Wuthi de los Hopis, además de otros muchos. En Africa era Mawu; Nin-hursag en Sumer; Hepat en Babilonia, Mami en Mesopotamia; Isis o Hator en Egipto; Innana, Astarté, Ishtar o Asherah en Oriente Medio; Rhea en Creta; Kubaba en Turquía, Cibeles en Grecia; Semele en Tracia y Frigia; Zemyna en Lituania; Pele en Hawai... la lista es interminable. El historiador del arte Merlin Stone comenta:
En sentido más estricto, como sitio de nacimiento o de engendramiento: el campo, el jardín, el peñasco, la cueva, el árbol, el manantial, la fuente profunda, la pila bautismal, la flor como vasija —copihües, rosas, lotos—; como círculo mágico o mandala; como el tipo de la cornucopia, el cuerno de la abundancia, y en sentido aún más estricto, la matriz, el útero, el huevo, toda forma hueca —la tuerca por ejemplo—, el horno, la olla, etc., y como animal, la vaca, el perro, la liebre y todos los animales útiles en general, incluyendo a los primitivos animales asociados a la Diosa que ha estudiado la arqueóloga Marija Gimbutas, como el carnero, el búho, la serpiente, el buitre, el jabalí, el sapo, la rana, el pez, el toro, la abeja y la mariposa. Todos estos símbolos pueden ser ambivalentes, tener un sentido positivo, favorable, fasto, o un sentido negativo, desfavorable, nefasto.
Esta enumeración no pretende de ningún modo ser completa, sólo señala rasgos esenciales del Arquetipo de la Madre. Las características de éste son: lo «materno»; la autoridad mágica de lo femenino; la sabiduría y la altura espiritual que está más allá del entendimiento racional; lo bondadoso, protector, sustentador, dispensador de crecimiento, fertilidad y alimento; los sitios de la transformación mágica, del renacimiento; el impulso o instinto benéficos; lo secreto, lo oculto, lo sombrío, el abismo, el mundo de los muertos, lo que devora, seduce y envenena, lo que provoca miedo y no permite evasión. Si bien es cierto que la figura de la madre que nos ofrece la psicología de los pueblos es —como hemos visto— universal, esa imagen sufre modificaciones de no poca consideración en la experiencia práctica individual. En este terreno parecería resaltar en primer término la significación aparente de la propia madre, no obstante, Jung señala que sólo adjudica una limitada significación a la madre personal. Con ello hace ver que todos los efectos de la madre sobre la psique infantil tan descritos en la literatura, no provienen meramente de la madre personal, sino más bien del arquetipo proyectado sobre la madre, el cual da un fondo mitológico a ésta, y le presta de ese modo su autoridad y numinosidad. La madre personal entonces, sólo influye en el hijo o hija en la medida en que estos proyectan el Arquetipo Materno sobre ella, y ello tiene más que ver con un desarrollo peculiar, propio de la fantasía infantil, que con los efectos traumáticos que había señalado Freud. Por esta razón Jung afirmará que —en aquellos casos de pretendida neurosis infantil—, él comenzará buscando la neurosis en la madre, pues es mucho más probable que un niño se desarrolle normal que neuróticamente, y porque en la mayoría de los casos se puede demostrar la existencia de causas definitivas de perturbación en los padres, especialmente en la madre. Por ello, los contenidos de fantasías «anormales», sólo en parte deben vincularse con la madre personal, puesto que muchas veces poseen contenidos que van mucho más allá de los que podría atribuirse a una persona real. Para efectos de nuestro artículo, la importancia fundamental de Arquetipo de la Madre se relaciona con su cualidad generatriz, que indiscutiblemente es su carácter básico. Bajo este aspecto, podemos sostener desde una perspectiva psicológica la posibilidad efectiva de que las primeras formas sociales hayan correspondido a matriarcados, con un control social sutilmente manejado por el sexo femenino. Ello, porque no tan sólo la mayoría de las religiones nos habla de la Diosa —en sus múltiples aspectos—, como anterior y preeminente sobre los Dioses, sino porque esta imagen paradigmática se condice plenamente con las principales etapas de la maduración de un hombre, incluyendo los ritos de iniciación y separación del regazo materno. De este modo, la psicología jungiana reafirma conceptos que surgen del pasado remoto de los pueblos, y permite comprender fenómenos que —bajo otras premisas conceptuales—, sólo tendrían una muy débil conexión con la realidad. |
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