Sostenemos que la noosfera se encuentra pasando la etapa del Inconsciente Colectivo al Consciente Colectivo

La Teoría Gaia
y el fenómeno de la Conciencia

Por Alexis López
1996

Paradójicamente, el padre la Teoría Gaia no llegó a afirmar que su hija intelectual poseyera Conciencia. Por el contrario, James Lovelock se guardó mucho de atribuir a Gaia algún tipo de individualidad, que pudiese ser interpretada por la comunidad científica como la afirmación de que [ella], no es sólo una especie de súper organismo que controla los procesos metabólicos globales, sino que [además] piensa.

Sin duda, asumir una posición de esta naturaleza, hubiese relegado la primitiva hipótesis al cuarto oscuro de la ciencia, sin apelación posible. Lovelock estaba consciente de ello, e hizo lo posible por resguardar su hipótesis de esta interpretación.

No obstante, en varias ocasiones el científico ha reconocido que ha tenido la tentación de considerar a Gaia más allá de sus aspectos de control planetario cibernético.

En ello, no se encuentra solo, y no ha sido el primero.

A comienzos del Siglo VI a. de C., apareció en Grecia Tales de Mileto, el primero de los filósofos presocráticos. Como teórico, pensaba que determinados elementos aparentemente inanimados -la magnetita, por ejemplo-, podían estar vivos, doctrina conocida como hilozoísmo, la «creencia de que el mundo y la vida se penetran mutuamente, que muchas partes del mundo que aparecen inanimadas son en realidad animadas». Una generación después, Anaxímenes sostenía que «el aire funcionaba a modo de respiración del mundo», y Anaxágoras llegó a sostener que «una mente omnipotente controlaba toda la materia, animada e inanimada, aún cuando no estaba en toda ella».

Hipócrates sostenía una visión holística de la vida: «hay una corriente común, una respiración común, todas las cosas se encuentran en simpatía». Finalmente, Pitágoras y su escuela de Crotona llegaron a sostener: «la Tierra es un ser íntegro, vivo, inteligente», idea que también sostuvo Johannes Kepler.

Según el físico Paul Davies de la Universidad de Adelaida, Australia, la aparición del conocimiento, como un fenómeno del universo, en un determinado lugar y en un determinado tiempo concreto, no es ningún suceso casual, sino fundamental.

"Yo, personalmente, creo que la coincidencia entre seres racionales -capaces del pensar matemáticamente- y la estructura matemática de su mundo es tan improbable que tiene que ser única. La relación descrita entre matemáticas y mundo natural nos proporciona una cadena de pruebas en favor de que la inteligencia no ha surgido casualmente en el universo, sino que es una propiedad fundamental de éste".

Al respecto, es importante señalar la definición que Gregory Bateson dio al concepto de Mente. Para Bateson la mente es un fenómeno de sistemas, característico de los organismos vivientes, las sociedades y los ecosistemas. «La mente es una consecuencia necesaria e inevitable de una determinada complejidad, que tiene su origen mucho antes de que los organismos desarrollen un sistema nervioso superior o un cerebro».

Desde la perspectiva sistémica, la vida no es una sustancia o fuerza, ni la mente una entidad que interactúa con la materia. Tanto la vida como la mente son manifestaciones del mismo proceso de autoorganización. La mente es la dinámica de autoorganización, y el cerebro o -para el caso- la célula, es la estructura biológica mediante la cual esa dinámica se realiza.

En la naturaleza, las mentes individuales están enclavadas en mentes mayores: los sistemas sociales y ecológicos, y ellos se integran al sistema mental planetario.

Estas ideas no son enteramente nuevas.

Ya a principios de siglo, Teilhard de Chardin postuló una teoría similar: en "El Grupo Zoológico Humano" señaló que el hombre es el cerebro de la mente planetaria a la que llamó Noosfera.

Poco después de su muerte, en 1955, se publicó en Francia "El fenómeno humano". La primera versión inglesa, editada en 1959 fue recibida como uno de los acontecimientos intelectuales más sobresalientes del siglo.

Chardin sostenía una visión particular de la evolución, que puso en aprietos a la ciencia ortodoxa de su época. El veía el desarrollo del universo material como un fenómeno externo acompañado de un equivalente interno, un dentro de las cosas. Como seres humanos, podríamos vernos exteriormente como organismos biológicos, pero también sabíamos que dentro de nosotros actuaba la conciencia. Al respecto, Teilhard escribió:

"La aparente restricción del fenómeno de la conciencia a las formas de vida superiores ha servido a la ciencia, desde hace mucho tiempo, de excusa para eliminarlo de sus modelos del universo. Una excepción rara, una función aberrante, un epifenómeno... el pensamiento se clasificaba bajo algunos de estos epígrafes con el fin de desembarazarse de él... la conciencia, para integrarse en un sistema mundial, hace necesario que se considere la existencia de un nuevo aspecto o dimensión en la esencia del universo. Es imposible negar que en lo más hondo de nosotros mismos, aparece un "interior" en el corazón de los seres... esto basta para garantizar que, en un grado u otro, este "interior" se imponga como existente en todas partes de la naturaleza desde todo el tiempo. Dado que la esencia del universo tiene un aspecto interno en algún punto de sí mismo, hay, necesariamente un aspecto doble en su estructura, es decir, en todas las regiones del espacio y el tiempo... coextensivo con su Fuera, hay un dentro en las cosas".

Teilhard consideraba que "todo en la naturaleza está básicamente vivo, o, como mínimo, previvo". El estaba seguro de que el cosmos en general estaba "fundamentalmente y principalmente vivo". De no ser así «¿cómo podría la vida surgir de la materia?». Al respecto señalaba "la biología, al formar teorías, apenas ha reparado en la "evolución de la conciencia", apenas la ha estudiado".

Estos conceptos los expresó en forma de un gráfico, al que llamó la curva de la corpusculización: de las partículas elementales del universo nacieron las estrellas; de sus constituciones relativamente sencillas salieron los planetas, por medio de algún agente, donde aparecieron estructuras elementales más complejas, creando la geología. Al respecto señalaba: "observada en su parte central, la evolución de la materia se asocia -en las teorías actuales- a la edificación gradual, mediante formas cada vez más complejas, de los diversos elementos reconocidos por la química y la física".

Para él, por medio de algún agente desconocido, aparecieron las macro-moléculas, al menos en la Tierra, y de ellas, las células sencillas, luego la vida vegetal sencilla, luego la vegetación más compleja y las células también más complejas que culminaron con los organismos superiores.

Teilhard postuló que a organismos más complejos correspondían niveles superiores de conciencia, hasta llegar a los seres humanos, donde el desarrollo de la conciencia alcanzaba un punto crucial: se volvía autor reflexiva, capaz de percibirse a sí misma. La vida se volvía hacia su propio interior por medio del ser humano como agente. Podía observar su propio desarrollo. Su propia historia. Podía preguntar dónde iba.

La humanidad -para Chardin-, era el ápice de la evolución en la Tierra. La vida "nos empuja cada vez más a verla como una corriente subyacente en cuyo flujo la materia tiende a ordenarse sobre sí misma con la aparición de la conciencia".

Chardin pensaba que el hecho de que el mundo fuese redondo era importantísimo, ya que la vida, de haber aparecido en una superficie plana, se habría propagado implacablemente y luego hubiera disminuido de modo paulatino hasta desaparecer.

Pero, en la superficie cerrada de nuestro globo -ese espacio infinito encerrado en una estructura finita- forzosamente tenía que encontrarse consigo misma una y otra vez, creando vínculos e interacciones cada vez más complejos, los cuales iban acompañados de una conciencia creciente. Esto sucedió en el conjunto de la biosfera, pero especialmente en la humanidad (proceso que, a su juicio, empezó realmente en serio durante en neolítico). Al respecto señala:

"La primera fase fue la formación de proteínas hasta llegar a la etapa de la célula. En la segunda fase se formaron complejos celulares individuales, hasta el hombre inclusive. Ahora nos encontramos en el comienzo de una tercera etapa: la formación de un supercomplejo orgánico-social, el cual, como puede demostrarse fácilmente, solo puede ocurrir en el caso de elementos personalizados, reflexivos... la planetización de la humanidad... la humanidad formando gradualmente en torno a su matriz terrestre una sola e importante unidad orgánica, encerrada sobre sí misma; un solo hipercomplejo... archimolécula hiperconsciente, coextensiva con el cuerpo celeste en el que nació".

Para Chardin, la humanidad se encontraba situada en el vórtice de la evolución, y la esfera de conciencia planetaria, la "noosfera" (de noos, conocimiento), se encontraba a punto de cerrarse en sí misma. La noosfera era el dentro de la biosfera, la esfera terrestre de la mente, una capa de conciencia a escala mundial. La noosfera era el "espíritu de la Tierra".

"Nos encontramos en presencia, en posesión real, del superorganismo que hemos estado buscando, de cuya existencia sabíamos intuitivamente", afirmó Teilhard. Según él, la vida se encontraba a las puertas de un cambio aún mayor que la aparición de la conciencia auto reflexiva: "todos nosotros, juntos, y cada uno separadamente", de la manera en que las células del cuerpo tienen su propio nivel de existencia pero se combinan para producir algo que es mayor que sus partes. "Sin duda todo procede del individuo y -en primer lugar- depende del individuo, pero es en un nivel superior al individual donde todo se cumple".

Lo que ocurría con la sociedad humana no era un movimiento desordenado -al azar-, sino "algo que se movía con un propósito, como un ser vivo". Para él, la noosfera era real, tan real como la atmósfera, y no un concepto abstracto. Era una "asombrosa máquina de pensar".

"Lo que equivale en el exterior a la instauración gradual de un basto sistema nervioso (redes de comunicación mundial)... corresponde en el interior a la instalación de un estado psíquico sobre las dimensiones mismas de la Tierra"... esta visión lo llevaba a plantearse que: "hasta ahora nunca hemos visto que la mente se manifestara en el planeta excepto en grupos distintos y en estado estático. ¿Qué clase de corriente se presentará cuando el circuito se complete súbitamente?. Creo que lo que ahora se está formando en el seno de la humanidad planetizada es esencialmente un rebrote de la evolución sobre sí misma (en otras palabras, una revolución)...

En este momento la vida se prepara para efectuar el salto supremo, esencial... ¿Quién puede decir que fuerzas quedarán en libertad, qué radiaciones?"

De allí que él postulara el que, paralelamente a la instauración de un sistema planetario conciente, las capacidades psíquicas de los organismos -y principalmente del ser humano- aumentarían paulatinamente...

"¿no es posible que mediante la convergencia directa de sus miembros pueda [la humanidad planetizada], como si fuese por resonancia, emitir poderes psíquicos cuya existencia todavía es insospechada?... todo el complejo de relaciones interhumanas e intercósmicas se cargará de inmediatez, una intimidad y un realismo como el que desde hace mucho tiempo sueñan y perciben ciertos espíritus especialmente dotados del "sentido de lo universal", pero que nunca se ha aplicado colectivamente".

Finalmente, a través de la aplicación sistemática de la conciencia planetaria a acciones como la comunicación con otros planetas (por vías actualmente llamadas paranormales), y por ende, el mayor incremento de la autoconciencia, la evolución llegaría a alcanzar un "punto terminal noosférico de reflexión", al que dio el nombre de Punto Omega.

Chardin concebía el Punto Omega como un atrayente supremo, atrayendo la conciencia hacia él, y -al alcanzarlo- la conciencia alcanzaría su florecimiento definitivo. En el Punto Omega, la humanidad cesaría en un sentido espacio-tiempo y ascendería de lo "Ultra-Humano", a lo "Trans-Humano en el corazón esencial de las cosas"; no sería la muerte, sino un cambio de estado de proporciones últimas.

Como se sabe, las ideas de Chardin han sido rechazadas por la ortodoxia científica.

Principalmente, la Teoría Sintética de la Evolución es incompatible con su acercamiento al fenómeno de la conciencia como «fin» u «objetivo» del desarrollo de la vida [es tautológica y teleológica].

Desde nuestro punto de vista, una solución teórica al dilema chardineano se encuentra proporcionada en dos frentes amplios: la noción de mente desde la perspectiva batesoniana, y la teoría del Inconsciente Colectivo, de Carl Gustav Jung.

Con Bateson, la curva de la corpusculización se hace innecesaria: la mente es consubstancial a la vida, por extensión, al universo. Sólo hay una diferencia de grado en el modo en que ésta se manifiesta, pero se encuentra plenamente presente desde el propio Big-Bang.

Con Jung, podemos por primera vez acercarnos a la posibilidad de que Gaia efectivamente posea un tipo o especie de Conciencia.

Jung propuso que la unión del intelecto con la mente intuitiva es capaz de desvelar los patrones de la realidad. Introdujo esta visión en un contexto aún más amplio, el Inconsciente Colectivo: una dimensión simbólica universal, especie de memoria racial o almacén de conocimientos común a toda la especie.

«El Inconsciente Colectivo es esa parte de la psique que conserva y transmite la común herencia psicológica de la humanidad».

La fuerza de la visión jungeana aplicada a la Teoría Gaia, nos permite afirmar que -en sentido amplio-, la posibilidad de que un tipo de mente planetaria se desarrolle paralelamente a la evolución de las especies es, al menos, sostenible.

Partiendo de la afirmación de que el inconsciente colectivo actúa a manera de «memoria racial» (sensu stricto: genética), es posible sostener que cada especie -desde las primeras bacterias anaerobias en el mar primordial, hasta el propio ser humano-, atesora la experiencia de la suma total de sus individuos en una estructura mental (no física), que trasciende a quienes la originan, en el caso humano, proyectándose a través de símbolos arquetípicos.

La lógica del análisis nos lleva a sostener que, en determinado momento, la suma de los inconscientes colectivos particulares, conforma una entidad mayor que las partes que lo componen, un Inconsciente Colectivo Planetario, «almacén de conocimientos común a todo el Planeta».

Siguiendo a Bateson, podemos afirmar que esta estructura mental no precisa de un órgano específico para sostenerse. Gaia posee una mente que no se encuentra ubicada en ninguna de sus especies particulares, que las contiene a todas, y que se manifiesta en cada una.

Paralelamente, esta mente planetaria se expresa en un determinado tipo o nivel de conciencia: el «conocimiento que los organismos tienen de su propia existencia, estado y actos».

De allí que sea factible proyectar -tentativamente-, la manifestación de la conciencia Gaiana, a determinados eventos planetarios, como la aparición de fenómenos culturales específicos: las primeras asociaciones pluricelulares, los primeros sistemas sociales, el dominio de tecnologías de control ambiental (fuego, agricultura), e incluso -aventurándonos aún más-, el surgimiento de corrientes de cambio cultural, como la actual tendencia ecológica y todas sus implicaciones.

Estamos bastante seguros de que muchos pensadores en el planeta se encuentran sosteniendo puntos de vista similares, aunque ello no prueba la valía de estas ideas por sí mismas. No obstante, ya que estamos en una labor de proyección de estas nociones, queremos proponer una visión aún mayor.

Gaia, de poseer un determinado nivel de conciencia, se encontraría en condiciones similares a las de un niño que recién comienza a dominar el lenguaje. En amplio grado, en la etapa intermedia entre el inconsciente y los rudimentos de una conciencia plena.

Sostenemos que la noosfera se encuentra pasando la etapa del Inconsciente Colectivo al Consciente Colectivo: la capacidad del Planeta de adquirir plena noción de su existencia, estado y actos.

Sostenemos que el incremento de las comunicaciones globales, el descubrimiento de la existencia de vestigios de vida en otros planetas del sistema solar y el nacimiento de una nueva cosmovisión planetaria -entre otros muchos-, son aspectos del mismo fenómeno: la capacidad creciente de la Tierra Viva para adaptarse a un nuevo nivel de comprensión.

Sostenemos que esta visión es compartida por innumerables mentes en todo el planeta, y que el estudio, discusión y análisis de sus implicaciones resultan de vital importancia para toda la vida en la Tierra.

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Nota

  • Esta es la Segunda parte del trabajo: "La Teoría Gaia en la Cultura y la Política Alternativas", que se presentó a modo de ponencia en el "II Encuentro Iberoamericano de Metapolítica" - "Primer Encuentro de la América Románica de Política y Cultura Alternativas", realizado en 1996, en que participó el entonces Director de Pendragón, Alexis López.