La Visión jungiana de la psique

El Inconsciente

Por Alexis López Tapia


según el planteamiento jungiano, la psique se puede comparar a una esfera zon una zona brillante (A) en su superficie que representa a la consciencia. El ego es el centro de la zona (ya que una cosa es consciente sólo si “yo” la conozco). - El “sí-mismo” (Self) es, a la vez, el núcleo y toda la esfera (B); su proceso regulador produce los sueños.

Según el planteamiento jungiano, la psique se puede comparar a una esfera zon una zona brillante (A) en su superficie que representa a la consciencia. El ego es el centro de la zona (ya que una cosa es consciente sólo si "yo" la conozco). El "sí-mismo" (Self) es, a la vez, el núcleo y toda la esfera (B); su proceso regulador produce los sueños. El inconsciente (C) es toda la zona progresivamente más sombreada.

 

Para Jung, la mayor parte de la psique pertenece al inconsciente. En esta perspectiva, la consciencia representa una pequeña parte de lo psíquico, que ha tardado millones de años en aparecer evolutivamente en el planeta. De allí que lo que llamamos la «psique» no sea, en modo alguno, idéntica a nuestra consciencia y su contenido, que constituyen sólo un área.

Gráficamente, esta noción puede representarse como una esfera iluminada por uno de sus lados. La zona directamente bajo la luz es el área consciente, y todo el resto —que paulatinamente se vuelve más y más oscuro—, pertenece al inconsciente.

Fue Sigmund Freud el precursor que primero intentó explorar empíricamente el fondo inconsciente de la consciencia. El trabajó con la suposición general de que los sueños no son algo casual, sino que están asociados con pensamientos y problemas conscientes. De este modo, a través de los sueños se podía explorar esta área oscura de la psique, y obtener respuestas acerca de su naturaleza. Freud desarrolló un método —el psicoanálisis—, que básicamente consistía en generar asociaciones libres del soñante respecto a sus sueños, extrayendo de dichas asociaciones los motivos ocultos que el sueño estaba tratando de expresar y que eran producto de los actos conscientes. Para Freud, estos motivos ocultos eran los Complejos, las áreas dañadas de la psique.

Sobre esta base teórica, Jung comenzó a trabajar con los sueños de sus pacientes, pero pronto se percató de que —si bien la asociación libre permitía obtener indicios acerca de las causas de las dolencias psicológicas de estos (los complejos)—, los propios sueños representaban algo más que simples indicadores de tales estados psicológicos. Llegó a esta conclusión al observar que los sueños pueden reducirse a ciertos tipos básicos, y estos tipos no necesariamente están relacionados de modo directo con la enfermedad del paciente.

Por otra parte, él concluyó que las «asociaciones libres» podían generarse a partir de cualquier elemento o método que permitiera inducir tales asociaciones. Los sueños no eran más útiles a este respecto que cualquier otro posible punto de partida.

Estas nociones le llevaron a deducir que los sueños tenían por sí mismos cierta función especial y más importante que sólo servir de vía de expresión de los complejos. Con mucha frecuencia los sueños tienen una estructura definida de evidente propósito, que indica una idea o intención subyacente, aunque, por regla general, esto último no es inmediatamente comprensible.

Este nuevo pensamiento representó un cambio en la dirección del desarrollo de la psicología de Jung. Paulatinamente, él renunció a las asociaciones libres que se alejaban del texto del sueño y prefirió concentrarse más en las asociaciones propias del mismo, creyendo que el sueño expresaba algo específico que el inconsciente trataba de decir.

El cambio de su actitud hacia lo onírico lo llevó a crear un nuevo método de análisis, una técnica que tomaba en cuenta los diversos y más amplios aspectos de un sueño. Jung deseaba mantenerse lo más cerca posible del sueño mismo y excluir todas las ideas que no vinieran al caso y las asociaciones que pudiera evocar.
Con ese razonamiento, él llegó a la conclusión de que —para interpretar un sueño—, sólo debería utilizarse el material que formara parte clara y visible de él, siendo su propia forma específica la que señalaría qué le pertenece y qué se aleja de él.

Mientras la asociación «libre» de Freud engaña al psicólogo, alejándolo del material onírico en una especie de línea en zigzag, el método que Jung desarrolló es más semejante a una circunvalación cuyo centro es la descripción del propio sueño. Jung insistió en este punto, desentendiéndose de todo intento del paciente para alejarse de la descripción, repitiendo una y otra vez en su labor profesional: «Volvamos a su sueño. ¿Qué le dice el sueño?»

Esta técnica lo llevó a observar que en muchos casos los sueños estaban comunicando una idea muy precisa a la conciencia, cuyo análisis, si se utilizaba la asociación libre, conducía ciertamente a los complejos del paciente, pero se alejaba de la propia noción que el sueño estaba tratando de comunicar.

Estas ideas lo llevaron a determinar dos puntos fundamentales para tratar los sueños. Primero: el sueño debe tratarse como un hecho ante el cual no pueden hacerse suposiciones previas, salvo que —en cierto modo—, tiene un sentido y; Segundo: el sueño es una expresión específica del inconsciente.

A través de la práctica profesional, Jung llegó a la conclusión de que las imágenes e ideas contenidas en los sueños no sólo podían explicarse en función de la memoria, sino que expresaban pensamientos nuevos que —hasta entonces—, jamás habían alcanzado el umbral de la conciencia.

Jung se percató de que muchos de estos pensamientos inconscientes presentan imágenes y asociaciones que son análogas a las ideas, mitos y ritos primitivos. Freud, quien también había observado lo mismo, llamó a estas imágenes soñadas «Remanentes Arcaicos»; la frase sugiere que son elementos psíquicos supervivientes en la mente humana desde lejanas edades, ya que Freud consideraba el inconsciente como un mero apéndice de la consciencia, o como un «basurero que recoge todos los desperdicios de la mente consciente».

Las investigaciones de Jung y su propia noción del inconsciente le llevaron a desechar esta idea. Él halló que las asociaciones e imágenes de esta clase son parte integrante del inconsciente y podían observarse en todas partes, tanto si el soñante era culto o analfabeto, inteligente o estúpido. Para él no había «remanentes» sin vida y sin significado, sino que tales imágenes seguían funcionando y eran especialmente valiosas precisamente a causa de su naturaleza «histórica». Forman un puente entre las formas con que expresamos conscientemente nuestros pensamientos y una forma de expresión más primitiva, más coloreada y pintoresca. Esta forma es también la que conmueve directamente al sentimiento y la emoción.

Para Jung, estas asociaciones «históricas» eran el vehículo entre el mundo racional de la consciencia y el mundo del instinto, ya que, así como el cuerpo humano representa todo un museo de órganos, cada uno con una larga historia evolutiva tras de sí, la mente está organizada en forma análoga.

La mente es un producto con «historia», al igual que el cuerpo en que existe. De allí que la psique humana contenga la totalidad de los procesos psíquicos que se han desarrollado históricamente en la especie.

Esta psique inmensamente vieja forma la base de nuestra mente, al igual que gran parte de la estructura de nuestro cuerpo se basa en el modelo anatómico general de los mamíferos. Jung la llamó «Inconsciente Colectivo».

De este modo, él logró ver las analogías entre las imágenes oníricas del hombre moderno y los mitos primitivos no como «remanentes arcaicos», sino como estructuras psíquicas históricas subyacentes, pertenecientes a la propia especie, imágenes colectivas a las que llamó «Arquetipos» (tipos arcaicos) o «Imágenes primordiales».

Para Jung, los instintos —necesidades fisiológicas percibidas por los sentidos—también se manifiestan en fantasías y con frecuencia revelan su presencia sólo por medio de imágenes simbólicas. A estas manifestaciones corresponden los Arquetipos. No tienen origen conocido y se producen en cualquier parte del mundo. Superficialmente, tales reacciones e impulsos parecen ser de naturaleza íntimamente personal, pero en realidad se basan en un sistema instintivo preformado y siempre dispuesto, que es característico del hombre. Las formas de pensamiento, los gestos entendidos universalmente y muchas de nuestras actitudes siguen un modelo que se estableció mucho antes de que el hombre desarrollara un consciencia reflexiva.

Jung señala que las formas arquetípicas no son modelos estáticos. Son factores dinámicos que se manifiestan en impulsos, tan espontáneamente como los instintos. Ciertos sueños, visiones o pensamientos pueden aparecer repentinamente; y por muy cuidadosamente que se investigue, no puede hallarse cual fue su causa.

No es que tales imágenes no tengan causa, sino que esta es tan remota u oscura que no se la puede ver. Los arquetipos tienen su propia iniciativa y energía específica, que les capacitan, a la vez, para extraer una interpretación con significado (en su propio estilo simbólico), y para intervenir en una situación determinada con impulsos y formaciones de pensamientos propios. En este sentido, actúan como complejos: van y vienen a su gusto y muchas veces obstruyen y modifican nuestras intenciones conscientes de forma desconcertante.

Cuando Jung logró concretar sus nociones en una teoría general válida y autoconsistente, abrió un nuevo campo en el conocimiento de la psique. Como hemos visto, su aproximación al inconsciente lo alejó de Freud, y —como veremos—, le permitió descubrir un nuevo universo de contenidos simbólicos donde —hasta entonces y siguiendo el psicoanálisis clásico—, sólo había una suma enorme de desperdicios conscientes básicamente relacionados con los aspectos sexuales de la naturaleza humana.


Breve historia de la Psique

La historia de la psique se remonta a los albores de la vida en la tierra, unos 2.800 millones de años en el pasado, cuando las primeras formas de vida que surgieron en los mares primordiales, comenzaron a desarrollar sistemas internos de relación con el medio, los que paulatinamente darían origen a sistemas sensoriales y nerviosos cada vez más eficientes, especializados y variados.

Estas organizaciones estructurales de la materia —los seres vivos—, se caracterizan porque, literalmente, se producen continuamente a sí mismos, capacidad estructural definida por H. Maturana como «Organización Autopoiética», la que posee clausura operacional en sus procesos producto de su propia dinámica.

El sistema nervioso opera, a su vez, como una unidad particular, con su propia clausura operacional. Esto permite al ser vivo la ampliación del dominio de estados posibles, lo que surge de la tremenda diversidad de configuraciones sensomotoras que el sistema nervioso le otorga, y lo posibilita a acceder a nuevas dimensiones de acoplamiento estructural al hacer posible en el organismo, una gran diversidad de estados internos con la diversidad de interacciones en que este puede entrar.

En la interacción de la vida con el entorno, lo que equivale a la evolución del propio planeta, las especies con mayores capacidades de acoplamiento estructural, esto es, con mayores capacidades de adaptación, generaron líneas filéticas exitosas, que se perpetuaron en el tiempo.

Dado que el sistema nervioso actúa como un verdadero catalizador de acoplamientos estructurales, las especies con mayor desarrollo psíquico lograron permanecer en cumbres adaptativas que dieron origen a largas líneas filéticas con sistemas nerviosos cada vez más complejos y eficientes.

Cuando a través de la evolución se fueron seleccionando y adaptando nuevos y más eficientes sistemas nerviosos en las correspondientes especies, los dominios estructurales aumentaron progresivamente, hasta que
—con la aparición del hombre—, los dominios de interacción permitieron la generación de nuevos fenómenos, al permitir nuevas dimensiones de acoplamiento estructural.

El más importante de estos fenómenos fue la aparición de la consciencia humana, que es evolutivamente muy reciente, y no se remontaría más allá de unos 70 mil años en el pasado.

El estado civilizado (arbitrariamente fechado con la invención de la escritura, hacia el 4.000 a.C.) supone el último gran acoplamiento estructural de la vida en el planeta, pero —como hemos señalado—, la consciencia misma es una adquisición muy reciente de la naturaleza y aún está en período «experimental».

Es frágil, amenazada por peligros específicos, y fácilmente dañada.

Paradójicamente, la adquisición de la consciencia ha supuesto uno de los mayores peligros para la continuidad de la vida en el planeta. Como aún constituye una pequeña área de la psique, se ha mostrado incapaz de generar un acoplamiento óptimo con el entorno, que está sufriendo las consecuencias de la lenta adaptación de esta última gran cumbre adaptativa.

Las ideas de Jung nos permite comprender la indivisible relación entre el ser humano y la naturaleza, que está seriamente amenazada por el surgimiento del racionalismo cartesiano —al que adscribe Freud—, verdadero límite conceptual a la auto trascendencia del hombre y a la propia perpetuación de la vida en el planeta.


«Me he pasado más de medio siglo investigando los símbolos naturales y he llegado a la conclusión de que los sueños y sus símbolos no son estúpidos y sin significado.

Al contrario, los sueños proporcionan la más interesante información para quienes se toman la molestia de comprender sus símbolos.

Cierto es que los resultados tienen poco que ver con esas preocupaciones mundanas del comprar y vender. Pero el significado de la vida no está exhaustivamente explicado con nuestro modo de ganarnos la vida, ni el profundo deseo del corazón humano se sacia con una cuenta bancaria.

En un período de la historia humana en que toda energía disponible se emplea en investigar la naturaleza, se presta poca atención a la esencia del hombre, que es la psique, aunque se hacen muchas investigaciones en sus funciones conscientes.

Pero la parte de la mente de verdadera complejidad y desconocida, en la que se producen los símbolos, está aún virtualmente inexplorada.

Parece casi increíble que, aún recibiendo señales de ella todas las noches, resulte tan tedioso descifrar esos mensajes para la mayoría, salvo para unos cuantos que se toman la molestia de hacerlo.

El mayor instrumento del hombre, su psique, es escasamente atendido y, con frecuencia, se recela de él y se le desprecia.

«Es solamente psicológico» significa, con demasiada frecuencia, "no es nada".

¿De dónde procede, exactamente, este inmenso prejuicio? Hemos estado tan palmariamente ocupados con la cuestión de lo que pensamos que hemos olvidado por completo preguntar qué es lo que piensa la psique inconsciente acerca de nosotros.

Las ideas de Sigmund Freud confirmaron a la mayoría de la gente es desdén que existía hacia la psique.

Antes de él se la miraba y desdeñaba; ahora se ha convertido en vertedero de detritus morales.

Este punto de vista moderno es, con seguridad, unilateral e injusto.

Ni siquiera está de acuerdo con los hechos conocidos.

Nuestro conocimiento efectivo de inconsciente nos dice que es un fenómeno natural y que, como la propia Naturaleza, es, por lo menos, neutral.

Contiene todos los aspectos de la naturaleza humana: luminosos y oscuros, bellos y feos, buenos y malos, profundos y necios.

El estudio acerca del simbolismo individual, y también del colectivo, es una tarea inmensa que aún no se domina.

Pero, al fin, se ha iniciado. Los primeros resultados son alentadores y parecen indicar una respuesta a muchas preguntas incontestadas de la humanidad de hoy día».

Carl Gustav Jung
“El Hombre y sus Símbolos”


Arriba: Stonehenge, monumento megalítico levantado en la llanura de Salisbury, Inglaterra, hace unos 3.000 años a.C., el cual estaba relacionado con el culto al retorno del Sol Victorioso, tras el largo alejamiento del invierno, cuando volvía con la potencia regeneradora de la vida, y traía la potencia fecundante para la tierra.

En la fotografía, momento preciso del amanecer en el solsticio de verano, cuando el primer rayo del sol está en línea con el centro del monumento y la «hellstone» (piedra del infierno), distante casi un kilómetro.

El sol ha vencido.

Arquetípicamente, este símbolo se expresará más tarde en los Mitos de Osiris, Dionisios, Balder, Cristo y otras muchas divinidades resucitadas, las que incluso pueden rastrearse en América, con la adoración incásica del Inti-Ra —el Sol—, y los sacrificios rituales en los sitios de Intihuatana, las «piedras del sol», donde el Inca «amarraba al sol» para que no se perdiera en las tinieblas del invierno, todos ellos originalmente basados en este antiguo rito de fertilidad y relacionados con la potencia generadora solar.

El Lenguaje del Inconsciente Colectivo

Arquetipos

Por Alexis López Tapia


Jung sostiene que un estrato en cierta medida superficial de lo inconsciente es —sin duda— personal. Le llama justamente «inconsciente personal». Ese estrato descansa sobre otro más profundo, que no se origina en la experiencia y la adquisición personal, sino que es innato. A ésta área de la psique la denomina «Inconsciente Colectivo».

El escogió la expresión «colectivo» precisamente porque este inconsciente no es de naturaleza individual, sino universal, es decir, que en contraste con la psique individual tiene contenidos y modos de comportamiento que son los mismos en todas partes y en todos los individuos. Dicho de otro modo, es idéntico a sí mismo en todos los hombres y constituye de este modo, un fundamento anímico de naturaleza suprapersonal existente en todo hombre.

La existencia psíquica se reconoce sólo por la presencia de contenidos conciencializables. Por lo tanto, sólo cabe hablar de un inconsciente cuando es posible verificar la existencia de contenidos del mismo. En el caso del inconsciente personal, Jung sostiene que sus contenidos son —fundamentalmente— los llamados «Complejos de Carga Afectiva», que forman parte de la intimidad de la vida anímica.

En cambio, los contenidos del inconsciente colectivo los denomina «Arquetipos», que significa «tipos arcaicos» y es una paráfrasis explicativa del eidos platónico (los universales). Al respecto señala que: esa denominación es útil pues indica que los contenidos inconscientes colectivos son “tipos arcaicos” o —mejor aún— primitivos.

Son arquetípicas las representaciones y doctrinas tribales primitivas, que se han transformado en fórmulas conscientes transmitidas por la tradición como doctrinas secretas.

De igual modo, otra expresión de los arquetipos son los Mitos y Leyendas, si bien son formas especialmente configuradas que se han transmitido a través de largos lapsos temporales.

De allí que el concepto de Arquetipo de Jung, sólo pueda aplicarse indirectamente a éstas y otras representaciones colectivas, ya que en estricto sentido designa contenidos psíquicos no sometidos aún a elaboración consciente alguna. Son datos psíquicos inmediatos, no elaborados, y por ello difieren de la formulación históricamente constituida o elaborada. Su manifestación inmediata, tal como se produce en los sueños y visiones, es mucho más individual, incomprensible o ingenua que —por ejemplo— en el mito.

El arquetipo representa esencialmente un contenido inconsciente, que al concienciarse y ser percibido, cambia de acuerdo con cada conciencia individual en que surge.

Jung comprobó que el inconsciente colectivo se expresa a través de estas imágenes primordiales, las que al ser llevadas a un lenguaje consciente, han dado origen a la mayoría de los mitos y leyendas de la humanidad. Él señala que el hombre primitivo era de una subjetividad tan impresionante, que su conocimiento de la naturaleza es esencialmente lenguaje y revestimiento exterior del proceso psíquico inconsciente. De allí que fuesen precisamente las imágenes arquetípicas provenientes del inconsciente colectivo de la especie, las que dieron origen a los mitos, pues la propia psique humana en sus orígenes era un sujeto actuante y paciente, cuyo proceso el hombre primitivo veía refrendado en todos los procesos naturales.

Con el surgimiento de estructuras sociales cada vez más complejas, los mitos primitivos dieron origen a cultos más o menos establecidos, y éstos, a religiones, que reemplazaron los arquetipos del inconsciente colectivo por dogmas que lo formulaban con gran amplitud, integrándolo a la consciencia personal de cada integrante de la sociedad.

Este proceso se remonta ya al neolítico, donde es posible encontrar verdaderas expresiones plásticas de los llamados «misterios», en sitios tales como Altamira, Trois Frères y también en sistemas de culto tan complejos y precisos como el que representan los megalitos de Stonehenge, en Salisbury, Inglaterra. Ciertamente, ello explica en parte la continua, recurrente y asombrosa similaridad de las representaciones, cultos y tradiciones religiosas primitivas, especialmente de las más antiguas de ellas.

Efectivamente, como veremos más adelante, Arquetipos como la Madre, el Héroe, el Rey sacrificado y otros, son casi tan habituales como las propias culturas humanas, lo que también explica los principales atributos comunes que tenían la mayoría de los Dioses paganos, en los cultos politeístas de Europa, Asia y la propia América. De este modo, nunca le faltaron a la humanidad imágenes poderosas que le dieran protección contra la vida inquietante de las profundidades del alma. Siempre fueron expresadas las figuras de lo inconsciente mediante imágenes protectoras y benéficas que permitían expulsar el drama anímico hacia el espacio cósmico extra anímico.

Sin embargo estas representaciones no son perpetuas, y ya sea tarde o temprano van perdiendo su cualidad numinosa. Los dioses de la Hélade, Germania y Roma, murieron por las mismas causas que han matado a los símbolos cristianos. Entonces como ahora, los hombres descubrieron que estaban ante meras palabras en cuyo significado nunca habían pensado.

Por eso, la terrible afirmación nietzscheana de que «Dios ha muerto», es válida no tan sólo para el cristianismo o las religiones ya periciclitadas, sino además para todas aquellas que algún día nazcan, maduren y se vuelvan a alejar del hombre y su naturaleza.

Para Jung, el empobrecimiento de símbolos de nuestra civilización tiene un sentido claro y su propia consecuencia interna: todo aquello en lo cual no se piensa y que —por lo tanto—, carece de conexión con la consciencia, que sigue evolucionando, termina por perderse. Y aquello que se pierde no puede ser reemplazado más que momentáneamente por nuevos dioses provenientes de otras culturas. Los dioses foráneos tienen maná no gastado, nombres extraños e incomprensibles y hechos sugerentemente oscuros. Al menos no se entienden, y por eso no resultan banales como los que ya se han dejado de adorar en los templos propios.

Pero, finalmente, esos otros dioses también han de morir, y entonces, quienes han perdido los símbolos históricos —aquellos que originalmente surgieron como respuesta a las demandas del inconsciente colectivo— no podrán contentarse con «sustitutos», y estarán en un difícil situación: ante ellos se abrirá la nada, frente a la que el hombre aparta el rostro con miedo. Peor aún, ese vacío se llenará apresuradamente con ideas políticas y sociales, todas ellas espiritualmente desiertas.

Sin embargo, quienes no se dejan engañar por esta maniobra distractora, deben valerse enteramente de su confianza en Dios, de lo cual la mayoría de las veces resulta un miedo aún mayor.

Los arquetipos son el lenguaje del inconsciente colectivo, y su valor al ser concienciados es que se plasman en símbolos que permiten al hombre controlar sus impulsos inconscientes. De algún modo, esta idea jungiana presupone la cada vez más clara certeza de que quienes se apartan de la naturaleza terminan muertos por ella. Efectivamente, cuando se rechazan los contenidos oníricos por considerarlos simples fantasías, y se ignoran sus insistentes advertencias para que hayan cambios de conducta y percepción, el espíritu termina por fragmentarse, dividirse. La esquizofrenia es el mal del siglo, pero no sólo de este, sino de todos los siglos.

Jung utilizó la interpretación de los arquetipos que se deducían de los sueños para obtener los significados últimos de éstos, en otras palabras, para saber qué era lo que el inconsciente estaba pensando y diciendo del consciente de sus pacientes. No obstante y paralelamente, este estudio abrió una nueva dimensión para la comprensión de las motivaciones históricas de la espiritualidad humana. Los arquetipos venían a reemplazar y desplazar la visión freudiana de que toda la religiosidad humana podía explicarse simplemente como el resultado de procesos de sublimación de aspectos sexuales, visión que a fuer de ser simplista, limitada y parcial, presuponía una negación absoluta de la capacidad de trascendencia espiritual del hombre.

Con Jung, podemos comprender por primera vez como la historia de la mal llamada civilización, es en gran medida la historia de la concienciación de aspectos inconscientes de la psique humana.

Aspectos que se relacionan directamente con los hábitats en que se han desarrollado las diferentes razas, que han generado igual cantidad de motivos arquetípicos particulares, propios de cada componente de la humanidad y, a la vez, propios de la humanidad entera.

Lo que esto significa en términos de estudio de la evolución cultural de los pueblos de la tierra es un aspecto que ha sido convenientemente reprimido por la cosmovisión dominante. Si se llegara a aceptar que la singularidad de la relación hombre-naturaleza, en cada uno de los biomas que éste ocupa en el planeta, ha determinado la propia evolución psíquica y cultural de esa raza, ello equivaldría a reconocer la fundamental, apropiada, bienhechora y claramente adaptativa diferencia específica entre los diversos grupos humanos. Postulado que evidentemente ataca directamente el centro de la ideología dominante, para la cual todos los componentes de la humanidad «han de ser iguales» o «no han de ser».

Por esto quienes navegan en los conceptos jungianos han de ser cautelosos. Si se siguen las proposiciones del sabio Suizo hasta sus últimas consecuencias teóricas, es posible comprender la mayoría de las falacias existentes en nuestro actual modo de vida, tan alejado de los valores, modos y conductas que durante miles de años han guiado a nuestra especie hacia niveles de conciencia más adaptativos.

Los Arquetipos son el lenguaje del Inconsciente Colectivo, pero son algo más que eso. Representan las guías fundamentales de la naturaleza humana en su búsqueda infinita de los más altos seres, que son divinos.

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