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«Me he pasado más de medio
siglo investigando los símbolos naturales y he llegado a la conclusión de que los
sueños y sus símbolos no son estúpidos y sin significado.
Al contrario, los sueños proporcionan la más interesante información para quienes se
toman la molestia de comprender sus símbolos.
Cierto es que los resultados tienen poco que ver con esas preocupaciones mundanas del
comprar y vender. Pero el significado de la vida no está exhaustivamente explicado con
nuestro modo de ganarnos la vida, ni el profundo deseo del corazón humano se sacia con
una cuenta bancaria.
En un período de la historia humana en que toda energía disponible se emplea en
investigar la naturaleza, se presta poca atención a la esencia del hombre, que es la
psique, aunque se hacen muchas investigaciones en sus funciones conscientes.
Pero la parte de la mente de verdadera complejidad y desconocida, en la que se
producen los símbolos, está aún virtualmente inexplorada.
Parece casi increíble que, aún recibiendo señales de ella todas las noches, resulte
tan tedioso descifrar esos mensajes para la mayoría, salvo para unos cuantos que se
toman la molestia de hacerlo.
El mayor instrumento del hombre, su psique, es escasamente atendido y, con frecuencia,
se recela de él y se le desprecia.
«Es solamente psicológico» significa, con demasiada frecuencia, "no es nada".
¿De dónde procede, exactamente, este inmenso prejuicio? Hemos estado tan palmariamente
ocupados con la cuestión de lo que pensamos que hemos olvidado por completo preguntar
qué es lo que piensa la psique inconsciente acerca de nosotros.
Las ideas de Sigmund Freud confirmaron a la mayoría de la gente es desdén que existía
hacia la psique.
Antes de él se la miraba y desdeñaba; ahora se ha convertido en vertedero de detritus
morales.
Este punto de vista moderno es, con seguridad, unilateral e injusto.
Ni siquiera está de acuerdo con los hechos conocidos.
Nuestro conocimiento efectivo de inconsciente nos dice que es un fenómeno natural y
que, como la propia Naturaleza, es, por lo menos, neutral.
Contiene todos los aspectos de la naturaleza humana: luminosos y oscuros, bellos y
feos, buenos y malos, profundos y necios.
El estudio acerca del simbolismo individual, y también del colectivo, es una tarea
inmensa que aún no se domina.
Pero, al fin, se ha iniciado. Los primeros resultados son alentadores y parecen
indicar una respuesta a muchas preguntas incontestadas de la humanidad de hoy día».
Carl Gustav Jung
“El Hombre y sus Símbolos”

Arriba: Stonehenge,
monumento megalítico levantado en la llanura de Salisbury, Inglaterra, hace unos 3.000
años a.C., el cual estaba relacionado con el culto al retorno del Sol Victorioso, tras
el largo alejamiento del invierno, cuando volvía con la potencia regeneradora de la
vida, y traía la potencia fecundante para la tierra.
En la fotografía, momento preciso del amanecer en el solsticio de verano, cuando el
primer rayo del sol está en línea con el centro del monumento y la «hellstone» (piedra
del infierno), distante casi un kilómetro.
El sol ha vencido.
Arquetípicamente, este símbolo se expresará más tarde en los Mitos de Osiris,
Dionisios, Balder, Cristo y otras muchas divinidades resucitadas, las que incluso
pueden rastrearse en América, con la adoración incásica del Inti-Ra —el Sol—, y los
sacrificios rituales en los sitios de Intihuatana, las «piedras del sol», donde el
Inca «amarraba al sol» para que no se perdiera en las tinieblas del invierno, todos
ellos originalmente basados en este antiguo rito de fertilidad y relacionados con la
potencia generadora solar. |
El Lenguaje del Inconsciente
Colectivo
Arquetipos
Por Alexis López Tapia
Jung sostiene que un estrato en cierta medida
superficial de lo inconsciente es —sin duda— personal. Le llama justamente
«inconsciente personal». Ese estrato descansa sobre otro más profundo, que no se
origina en la experiencia y la adquisición personal, sino que es innato. A ésta área
de la psique la denomina «Inconsciente Colectivo».
El escogió la expresión «colectivo» precisamente porque este inconsciente no es de
naturaleza individual, sino universal, es decir, que en contraste con la psique
individual tiene contenidos y modos de comportamiento que son los mismos en todas
partes y en todos los individuos. Dicho de otro modo, es idéntico a sí mismo en todos
los hombres y constituye de este modo, un fundamento anímico de naturaleza
suprapersonal existente en todo hombre.
La existencia psíquica se reconoce sólo por la presencia de contenidos
conciencializables. Por lo tanto, sólo cabe hablar de un inconsciente cuando es
posible verificar la existencia de contenidos del mismo. En el caso del inconsciente
personal, Jung sostiene que sus contenidos son —fundamentalmente— los llamados
«Complejos de Carga Afectiva», que forman parte de la intimidad de la vida anímica.
En cambio, los contenidos del inconsciente colectivo los denomina «Arquetipos», que
significa «tipos arcaicos» y es una paráfrasis explicativa del eidos platónico (los
universales). Al respecto señala que: esa denominación es útil pues indica que los
contenidos inconscientes colectivos son “tipos arcaicos” o —mejor aún— primitivos.
Son arquetípicas las representaciones y doctrinas tribales primitivas, que se han
transformado en fórmulas conscientes transmitidas por la tradición como doctrinas
secretas.
De igual modo, otra expresión de los arquetipos son los Mitos y Leyendas, si bien son
formas especialmente configuradas que se han transmitido a través de largos lapsos
temporales.
De allí que el concepto de Arquetipo de Jung, sólo pueda aplicarse indirectamente a
éstas y otras representaciones colectivas, ya que en estricto sentido designa
contenidos psíquicos no sometidos aún a elaboración consciente alguna. Son datos
psíquicos inmediatos, no elaborados, y por ello difieren de la formulación
históricamente constituida o elaborada. Su manifestación inmediata, tal como se
produce en los sueños y visiones, es mucho más individual, incomprensible o ingenua
que —por ejemplo— en el mito.
El arquetipo representa esencialmente un contenido inconsciente, que al concienciarse
y ser percibido, cambia de acuerdo con cada conciencia individual en que surge.
Jung comprobó que el inconsciente colectivo se expresa a través de estas imágenes
primordiales, las que al ser llevadas a un lenguaje consciente, han dado origen a la
mayoría de los mitos y leyendas de la humanidad. Él señala que el hombre primitivo era
de una subjetividad tan impresionante, que su conocimiento de la naturaleza es
esencialmente lenguaje y revestimiento exterior del proceso psíquico inconsciente. De
allí que fuesen precisamente las imágenes arquetípicas provenientes del inconsciente
colectivo de la especie, las que dieron origen a los mitos, pues la propia psique
humana en sus orígenes era un sujeto actuante y paciente, cuyo proceso el hombre
primitivo veía refrendado en todos los procesos naturales.
Con el surgimiento de estructuras sociales cada vez más complejas, los mitos
primitivos dieron origen a cultos más o menos establecidos, y éstos, a religiones, que
reemplazaron los arquetipos del inconsciente colectivo por dogmas que lo formulaban
con gran amplitud, integrándolo a la consciencia personal de cada integrante de la
sociedad.
Este proceso se remonta ya al neolítico, donde es posible encontrar verdaderas
expresiones plásticas de los llamados «misterios», en sitios tales como Altamira,
Trois Frères y también en sistemas de culto tan complejos y precisos como el que
representan los megalitos de Stonehenge, en Salisbury, Inglaterra. Ciertamente, ello
explica en parte la continua, recurrente y asombrosa similaridad de las
representaciones, cultos y tradiciones religiosas primitivas, especialmente de las más
antiguas de ellas.
Efectivamente, como veremos más adelante, Arquetipos como la Madre, el Héroe, el Rey
sacrificado y otros, son casi tan habituales como las propias culturas humanas, lo que
también explica los principales atributos comunes que tenían la mayoría de los Dioses
paganos, en los cultos politeístas de Europa, Asia y la propia América. De este modo,
nunca le faltaron a la humanidad imágenes poderosas que le dieran protección contra la
vida inquietante de las profundidades del alma. Siempre fueron expresadas las figuras
de lo inconsciente mediante imágenes protectoras y benéficas que permitían expulsar el
drama anímico hacia el espacio cósmico extra anímico.
Sin embargo estas representaciones no son perpetuas, y ya sea tarde o temprano van
perdiendo su cualidad numinosa. Los dioses de la Hélade, Germania y Roma, murieron por
las mismas causas que han matado a los símbolos cristianos. Entonces como ahora, los
hombres descubrieron que estaban ante meras palabras en cuyo significado nunca habían
pensado.
Por eso, la terrible afirmación nietzscheana de que «Dios ha muerto», es válida no tan
sólo para el cristianismo o las religiones ya periciclitadas, sino además para todas
aquellas que algún día nazcan, maduren y se vuelvan a alejar del hombre y su
naturaleza.
Para Jung, el empobrecimiento de símbolos de nuestra civilización tiene un sentido
claro y su propia consecuencia interna: todo aquello en lo cual no se piensa y que
—por lo tanto—, carece de conexión con la consciencia, que sigue evolucionando,
termina por perderse. Y aquello que se pierde no puede ser reemplazado más que
momentáneamente por nuevos dioses provenientes de otras culturas. Los dioses foráneos
tienen maná no gastado, nombres extraños e incomprensibles y hechos sugerentemente
oscuros. Al menos no se entienden, y por eso no resultan banales como los que ya se
han dejado de adorar en los templos propios.
Pero, finalmente, esos otros dioses también han de morir, y entonces, quienes han
perdido los símbolos históricos —aquellos que originalmente surgieron como respuesta a
las demandas del inconsciente colectivo— no podrán contentarse con «sustitutos», y
estarán en un difícil situación: ante ellos se abrirá la nada, frente a la que el
hombre aparta el rostro con miedo. Peor aún, ese vacío se llenará apresuradamente con
ideas políticas y sociales, todas ellas espiritualmente desiertas.
Sin embargo, quienes no se dejan engañar por esta maniobra distractora, deben valerse
enteramente de su confianza en Dios, de lo cual la mayoría de las veces resulta un
miedo aún mayor.
Los arquetipos son el lenguaje del inconsciente colectivo, y su valor al ser
concienciados es que se plasman en símbolos que permiten al hombre controlar sus
impulsos inconscientes. De algún modo, esta idea jungiana presupone la cada vez más
clara certeza de que quienes se apartan de la naturaleza terminan muertos por ella.
Efectivamente, cuando se rechazan los contenidos oníricos por considerarlos simples
fantasías, y se ignoran sus insistentes advertencias para que hayan cambios de
conducta y percepción, el espíritu termina por fragmentarse, dividirse. La
esquizofrenia es el mal del siglo, pero no sólo de este, sino de todos los siglos.
Jung utilizó la interpretación de los arquetipos que se deducían de los sueños para
obtener los significados últimos de éstos, en otras palabras, para saber qué era lo
que el inconsciente estaba pensando y diciendo del consciente de sus pacientes. No
obstante y paralelamente, este estudio abrió una nueva dimensión para la comprensión
de las motivaciones históricas de la espiritualidad humana. Los arquetipos venían a
reemplazar y desplazar la visión freudiana de que toda la religiosidad humana podía
explicarse simplemente como el resultado de procesos de sublimación de aspectos
sexuales, visión que a fuer de ser simplista, limitada y parcial, presuponía una
negación absoluta de la capacidad de trascendencia espiritual del hombre.
Con Jung, podemos comprender por primera vez como la historia de la mal llamada
civilización, es en gran medida la historia de la concienciación de aspectos
inconscientes de la psique humana.
Aspectos que se relacionan directamente con los hábitats en que se han desarrollado
las diferentes razas, que han generado igual cantidad de motivos arquetípicos
particulares, propios de cada componente de la humanidad y, a la vez, propios de la
humanidad entera.
Lo que esto significa en términos de estudio de la evolución cultural de los pueblos
de la tierra es un aspecto que ha sido convenientemente reprimido por la cosmovisión
dominante. Si se llegara a aceptar que la singularidad de la relación
hombre-naturaleza, en cada uno de los biomas que éste ocupa en el planeta, ha
determinado la propia evolución psíquica y cultural de esa raza, ello equivaldría a
reconocer la fundamental, apropiada, bienhechora y claramente adaptativa diferencia
específica entre los diversos grupos humanos. Postulado que evidentemente ataca
directamente el centro de la ideología dominante, para la cual todos los componentes
de la humanidad «han de ser iguales» o «no han de ser».
Por esto quienes navegan en los conceptos jungianos han de ser cautelosos. Si se
siguen las proposiciones del sabio Suizo hasta sus últimas consecuencias teóricas, es
posible comprender la mayoría de las falacias existentes en nuestro actual modo de
vida, tan alejado de los valores, modos y conductas que durante miles de años han
guiado a nuestra especie hacia niveles de conciencia más adaptativos.
Los Arquetipos son el lenguaje del Inconsciente Colectivo, pero son algo más que eso.
Representan las guías fundamentales de la naturaleza humana en su búsqueda infinita de
los más altos seres, que son divinos. |