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Por Alexis López Tapia
Carl Gustav Jung no es ajeno al fenómeno descrito. Generalizando, podríamos afirmar que durante la primera mitad de este siglo, su pensamiento se vio opacado y minimizado ante la potestad intelectual que en el campo de la psicología ostentó Sigmund Freud, ciertamente su mentor y maestro. Ha transcurrido la otra mitad del siglo. Una nueva generación conceptual «se ha parado sobre los hombros de la anterior» —parafraseando el potente aforismo de Newton—. Junto a ello, el pensamiento jungiano ha ido paulatinamente desplazando la visión freudiana en ámbitos cada vez mayores de nuestra comprensión del hombre, y de su posición en el cosmos. Efectivamente: Jung se paró sobre los hombros de gigante de su maestro Freud, y su vista abarcó nuevos confines conceptuales que no podían ser percibidos sino desde ese más alto sitial. No obstante, en cátedras y academias se continúan privilegiando las ideas de Freud, mientras toda una nueva generación de psicólogos adscribe en su mayoría al pensamiento de Jung. ¿Es acaso insoluble esta paradoja, o simplemente tenemos mucho de esquizofrenia en nuestra percepción del conocimiento? ¿Por qué una visión del ser humano que sólo nos refiere a un conjunto más o menos domeñado de impulsos animales, básicamente sexuales y nada de espirituales, continúa siendo preponderante o al menos privilegiada, en una estructura del conocimiento que ha llegado seriamente a sospechar que el propio espíritu puede ser tan o más real que la materia en la que se expresa? Dicho de otro modo: ¿Por qué permanecemos tan fácilmente ligados a la concepción freudiana del hombre, cuando la más dura de las ciencias, la física, ha venido desarrollado modelos que respaldan y confirman las ideas jungianas respecto a lo básicamente espiritual del ser humano y la naturaleza? No es sólo que haya una cierta predilección por Freud, predilección entendible desde la perspectiva de que nuestra civilización aún no ha superado el legado newtoniano-cartesiano. Es que todavía incluso en nuestra época Jung debe ser «descubierto» y —por cada nuevo descubridor—, recién entonces comenzado a ser comprendido. Hay por cierto muchas obras de divulgación. No estamos hablando de un absoluto desconocido y menos de un paria de la ciencia ortodoxa. Simplemente señalamos que —pese a la gran cantidad de conceptos provenientes de las ideas de Jung que utilizamos continuamente—, su aporte no ha terminado de ser integrado y enmarcado en la nueva estructura del conocimiento que está formándose en nuestra época. Y éste es quizá el hecho fundamental: Jung es, junto a muchos otros, uno de los precursores de una nueva estructura del conocimiento. De un nuevo Paradigma de la Ciencia. Estructura paradigmática en gestación, a medias nacida o casi nacida. Inconclusa, incipiente, precoz aún para poder visualizarla con precisión. Y, lo más importante, Jung es, personalmente, un paradigma de este cambio de paradigma del que estamos hablando. Sincronísticamente, su proceso personal tiene una alta similaridad con el propio proceso que ha vivido la estructura de la ciencia en nuestro siglo. De materialista a espiritualista, de física a metafísica o, si se prefiere, de newtoniana-cartesiana y einsteniana, a holística, cuántica y acausal. No sólo nos parece que cada nuevo «redescubrimiento» que se haga de Jung es importante. Nos parece que la adecuada valorización de su pensamiento es hoy más que nunca una necesidad. Necesidad que se hace plausible al contemplar los cada día más estériles intentos de constreñir al ser humano en una estructura mecanicista, puramente instintiva y claramente no trascendente. Necesidad que resume la aspiración del espíritu humano por dejar de ser la cuerda tendida eternamente entre la bestia y el superhombre. Necesidad que refleja la propia línea evolutiva de la vida en la tierra, tendida en el infinito hacia nuevos y mayores niveles de conciencia, a la zaga de un Dios que, no por más comprendido, se nos hará finalmente alcanzable. Y no es que con este trabajo pretendamos ni por asomo «comprender» la totalidad del pensamiento jungiano. Este intento de redescubrimiento tiene más de constatación que de certidumbre. Efectivamente, ignoramos la mayor parte... Intuimos lo demás. Por eso Jung.
Descendía de una familia que había contado entre sus integrantes con destacados médicos y científicos, los que pueden rastrearse sólo hasta los primeros años del siglo XVII, en la ciudad de Maguncia, cuyos archivos parroquiales fueron quemados durante el sitio de la ciudad por los franceses, en 1688. Entre estos antecesores se cuenta el doctor en medicina y jurisprudencia Carl Jung, rector de la Universidad de Maguncia, quien falleció en 1654. El bisabuelo de Jung, Franz Ignaz (1759-1831), se casó con Sophie Ziegler. También era médico, y en la época de las guerras napoleónicas tuvo a su cargo un establecimiento sanitario, y se mudó con su familia a Mannheim. El abuelo y homónimo de Jung, Carl Gustav (1794-1864), fue la personalidad más conocida entre sus antepasados. Una legendaria tradición familiar afirma que este C. G. Jung era hijo natural de Goethe (ver recuadro). Fue nacionalista-revolucionario, y participó en las protestas que, con ocasión de los trescientos años de la Reforma, se manifestaron en Wartburg (1817) a favor de una Alemania unida. Fue encarcelado durante un año y emigró a Paris, donde conoció al geógrafo y naturalista Alexander von Humboldt (1769-1859), que lo recomendó para la universidad de Basilea, donde estudió medicina y posteriormente llegó a ser Rector. De su matrimonio con Sophie Frey (su tercera esposa), hija del alcalde de Basilea, nació Paul, el padre de Jung, quien estudió lenguas clásicas en Gotinga, especializándose en hebreo y árabe. No obstante, Paul Jung no continuó con su carrera científica de filólogo, sino que se convirtió en un modesto pastor de aldea, y —en contraposición con su famoso y extravertido padre—, fue más bien intravertido y modesto.
A los 19 años, en 1895, Carl Gustav rinde exámenes de Bachillerato para ingresar a la escuela superior de Basilea, aprobando todos los exámenes salvo el de matemáticas, inscribiéndose en la Facultad de Medicina, donde estudia los siguientes cinco años. Durante sus estudios, Jung es profundamente influenciado por Friederich Nietzsche, quien ya se encontraba internado por enajenación mental. En el año de su muerte, Jung recuerda la profunda influencia que ejercía el filósofo entre los jóvenes estudiantes de Basilea, y en él mismo, el futuro médico de almas inspirado por aquel «adivino de almas». "Pasé mi juventud en la ciudad en la que Nietzsche había vivido y enseñado filología clásica; crecía, pues, en una atmósfera que vibraba todavía bajo el impulso de su doctrina, aun cuando la mayoría de las veces su crítica hayó muchas resistencias. No pude sustraerme al influjo de su inspiración. Era sincero, cosa que no puede decirse de muchos eruditos cuya carrera y cuyo prestigio significan para ellos mucho más que la verdad". Además de "Así habló Zaratustra", la obra que más impresionó a Jung fue "Consideraciones intempestivas", que le abrió los ojos: "En todo, Nietzsche era para mí el único hombre de aquella época que me proporcionaba respuestas adecuadas a ciertas preguntas acuciantes que yo, por aquel entonces, sólo podía intuir", señala a un teólogo estadounidense. ¡Ambos, Nietzsche y Freud, hijos de pastores, recibirán respuestas decisivas para sus vidas lejos de la casa de sus padres y de la Iglesia!.Recordamos la frase de Demian a Sinclair: "Quien quiere nacer, tiene que destruir un Mundo". Durante sus estudios universitarios, Jung tiene serios problemas económicos, al punto que su padre debe solicitar le sea ortorgada una Beca, la que, para vergüenza del hijo, le es concedida. A fines del otoño de 1895, Paul Jung deja su servicio en la Parroquia, y fallece el 28 de enero del año siguiente. Los estudios universitarios de Jung, recién iniciados, corrían el serio riesgo de verse frustrados. La familia no contaba con reservas económicas de importancia. No existían en aquel entonces pensiones regulares para las viudas de pastores. La familia viaja a vivir con unos parientes a la cercana Bottminger Mülhe, y entre éstos y otros ayudan al joven a continuar sus estudios, con préstamos en dinero, que en su último año ascendían a casi tres mil francos, una suma considerable en aquella época. Al finalizar su segundo semestre, Jung comienza a estudiar un libro sobre los inicios del espiritismo, publicado en 1882 por la Society for Physical Research. Esto, sumado a la lectura de filósofos como Schopenhauer y Kant le llevan a replantear su visión acerca de la medicina. Señala: «Aunque me resultaban extrañas y dudosas, las observaciones de los espiritistas constituyeron para mí los primeros informes acerca de los fenómenos psíquicos objetivos... Yo hallaba tales posibilidades sumamente interesantes y atractivas. Enriquecieron mi existencia. El mundo adquiría profundidad y relieve». Esto le llevará más tarde a visualizar que su tarea es doble: por una parte, no existe para él alternativa alguna a los estudios médicos, llevados a cabo con seriedad, los cuales le proporcionan los presupuestos teóricos y prácticos necesarios para el ulterior ejercicio de la profesión; por otra parte, la resolución de romper el estrecho cerco de los «fetiches sin vida de la ciencia» y conquistar un espacio libre —el que sin duda no puede aún definir con precisión—, para la indagación de la mente y para la amplificación del conocimiento del hombre. Finalmente, al leer el tratado de Psiquiatría del Dr. Richard von Krafft-Ebing, señala: «De pronto el corazón me latió con fuerza. Debí ponerme de pie y recuperar el aliento. Me sentí poderosamente excitado, pues gracias a una repentina iluminación había llegado a comprender que no podía existir para mi otro objetivo que no fuese la psiquiatría. Sólo en ella podían confluir las dos corrientes de mis intereses y abrirse camino, confundiendo su impulso. Se encontraba allí el terreno común de la experiencia de los hechos biológicos y de los espirituales, terreno que yo había estado buscando por todas partes y en ninguna había hallado. Allí estaba finalmente el lugar en que se producía el encuentro de la naturaleza y el espíritu». Jung estudia, finalmente, psiquiatría.
Sólo seis años más tarde declarará sus pretensiones a Emma, quien inicialmente lo rechazó. En aquel entonces se había doctorado en medicina y tenía un puesto en un clínica prestigiosa. No obstante, en el segundo intento tiene suerte. En 1902, cuando viaja a París a estudiar con Janet, Jung está ya comprometido. Inmediatamente después de su regreso tiene lugar la boda, el 14 de febrero de 1903. Después de pasar la luna de miel en el lago Como, los Jung se establecen en la clínica Burghölzli. Pasado un año nace el primer hijo del matrimonio, Agatha, el 26 de diciembre de 1904; le siguen Gret, en 1906 y Franz en 1908. Dejan la casa en Burghölzli y se hacen construir una propia, en Küsnacht, y, —de acuerdo a lo que Jung soñaba desde niño—, directamente junto al lago. A los tres primeros hijos se añaden Marianne, en 1910, y Helene, en 1914. En la puerta de entrada de la casa, Jung hace grabar en carácteres latinos una frase que había leído por primera vez a los dieciocho años en un escrito de Erasmo de Rotterdam: Vocatus atque non "Se le llame o no, Es, pues, una religiosidad más bien primitiva aquella bajo cuya protección C. G. Jung se sitúa junto a su familia, y en la cual se incluye conscientemente a los pacientes, en cuya atención tiene destacada participación Emma, quien se transformará con el correr del tiempo en una divulgadora de la obra de su esposo, formadora de nuevos discípulos, compañera intelectual y, finalmente, colega y primus inter pares. «Freud fue el primer hombre realmente importante que llegué a conocer. Ningún otro hombre de los que hasta entonces había conocido podía compararse con él. En su concepción nada era trivial. Me pareció extraordinariamente inteligente, perspicaz y notable en todos los sentidos. No obstante, las primeras impresiones que recibí de él continuan siendo para mí poco nítidas, y en parte aún no las comprendo»
En un primer momento, e incluso después de su alejamiento, Jung defiende a brazo partido las tesis freudianas. Su respuesta ante el intento de las autoridades por censurar su acercamiento teórico al psicoanális es patente: "Si lo que Freud dice es la verdad, estoy con ello. Mandaré a paseo la carrera si me obliga a poner límites a la investigación y silenciar la verdad. Y continuaré tomando partido por Freud y sus ideas. Pero, sobre la base de mis propias experiencias, no estoy dispuesto a admitir que todas las neurosis sean provocadas por la represión sexual o por traumas sexuales. En ciertos casos es así, pero en otros no. Sea como fuere, Freud ha abierto un nuevo camino para la investigación, y la actual irritación contra él me parece absurda". Una vez publicados los Estudios de asociación diagnóstica (1905), Jung le envía a Freud su nueva obra para demostrar también ante él sus méritos. Las referencias que Franz Bleuer dio a Freud a propósito del activo médico no habían dejado de tener sus efectos. En abril, Freud hace saber a su "estimado señor colega" que "por impaciencia" ya tenía en su poder los Estudios. Se inició así un amplio, "condenado" —según señala Jung más tarde—, intercambio de cartas, que se extiende hasta abril de 1914.
El 5 de octubre Jung escribe a Freud, haciéndole notar sutilmente —ya en esos momento iniciales— su posición respecto de la teoría sexual. La réplica de Freud, a vuelta de correo, se refiere a ese punto. En Viena no pueden pasar por alto que los simpatizantes de Zurich manifiesten tales reservas. De ahí la esperanza de Freud acerca de "que, si bien hace tiempo había sospechado, a partir de sus escritos, que usted no entendía la valoración que hace de mi psicología a mis opiniones acerca de la cuestión de la histeria y de la sexualidad, no renuncio a la esperanza de que con el correr de los años se aproxime a mí más de lo que ahora considera posible". Las diferencias entre los dos hombres están, pues, señaladas —de colega a colega y ciertamente con afecto— con toda claridad desde sus primeras cartas. Por el momento no hay —aún— motivos que abran un abismo entre ambos. A lo largo de los siete años siguientes el intercambio epistolar entre los dos hombres se vuelve asombrosamente intenso. A excepción de la última etapa, casi no hay una semana en que no se despache una carta —a menudo varias—desde Viena a Zurich y de Zurich a Viena. Finalmente, prevén un encuentro personal para comienzos de 1907: el domingo 3 de marzo a las 10 en la casa de Freud. "Nos encontramos a la una de la tarde y hablamos casi sin interrupción durante trece horas". Jung confiesa que también a él, como a muchos de sus contemporáneos, Freud le pareció primero un hombre "de apariencia algo extraña": "Lo que me dijo acerca de su teoría sexual, me impresionó. A pesar de eso, sus palabras no podían eliminar mis procupaciones y mis dudas. Las manifesté más de una vez, pero en cada oportunidad él se refirió a mi falta de experiencia. Freud tenía razón: en aquel entonces no tenía yo la suficiente experiencia como para fundamentar mis objeciones. Yo veía que su teoría sexual revestía para él una importancia enorme, tanto personalmente como en sentido filosófico. Ello me impresionó, pero yo no lograba comprender en qué medida esa evaluación positiva dependía en él de sus presupuestos subjetivos y en qué medida dependía de experiencias verificables". A Jung también le parece cuestionable la concepción que Freud tiene del espíritu. Lo que no puede explicarse inmediatamente como una descarga de la líbido sexual, el maestro suele caracterizarlo como «psicosexualidad». Si bien esta hipótesis no puede considerarse en absoluto como un descubrimiento de Freud, Jung retrocede aterrorizado ante la idea de tener que concebir la totalidad de la cultura humana como el resultado patológico de la sexualidad reprimida. ¿No es la sexualidad también un fenómeno enteramente atávico, esto es, una fuerza insondable que se haya muy por encima de la capacidad del ser humano? Aproximadamente dos años más tarde, esa primera impresión de Jung parece confirmarse cuando Freud le recomienda a su interlocutor con gran apremio: «Mi querido Jung, prométame no renunciar nunca a la teoría sexual. Ella es lo más importante de todo. Mire: tenemos que hacer de ella un dogma, un baluarte inalterable». Y al preguntar Jung, sorprendido, ¿un baluarte contra qué?, el otro le respondió: «Contra la negra marea del ocultismo». El comentario de Jung en sus memorias es el siguiente:
Sin embargo Jung continuó trabajando con Freud, e incluso realizaron juntos un viaje a EE.UU., pero las fundamentales diferencias de enfoque en sus respectivas experiencias clínicas y en los fundamentos teóricos de las mismas, les llevan a acentuar —especialmente de parte de Freud—, la dificultad de mantener una relación personal. La ruptura es sólo una cuestión de tiempo. De un tiempo muy breve. La carta de Jung del 6 de enero de 1913, con membrete de la Sociedad Psicoanalítica Internacional, es de una brevedad elocuente: [Se añade una frase con una comunicación de carácter administrativo, y el final]: atentamente, Jung". De ese modo queda atrás, para siempre, la época de las cartas pormenorizadas y amistosas. Subsistirá aún una vinculación formal —por motivos profesionales—, muy breve.
Dadas las limitaciones de espacio y tiempo, no reseñaremos detalladamente el posterior trabajo de Jung, que lo llevó a definir su posición desligándola del psicoanálisis de Freud y de la psicología individual de Adler. Forman parte de ello, entre otras obras, «Transformaciones y símbolos de la líbido», y las conferencias Fordham, pronunciadas en Nueva York. Entre 1918 y 1926, Jung profundiza una serie de conocimientos que le llevarán a alejarse radicalmente de las tesis sostenidas por sus antecesores, abriendo un amplio campo nuevo de experimentación y exploración. Precisamente, en la época que se dedicaba a los textos gnósticos —por los años 1912 y 1913—, Jung había previsto los principales aspectos teóricos de una de sus mayores aportaciones teóricas a la psicología: el proceso de «individuación». Es en esa época cuando emerge a su conciencia el hecho de que la «individuación», como proceso de autorrealización, determina el «ser-hombre» del hombre. Debieron pasar muchos años antes de que Jung pudiera captar con más exactitud ese fenómeno, pues: "Individuación significa: convertirse en un ser individual, y, en la medida en que por individualidad entendemos nuestra singularidad más interna, última e incomparable, individuación es convertirse en el propio Sí-mismo. Por eso, «individuación» puede traducirse como «autorrealización». Al inicio de esta biografía, señalamos que la vida de Jung era «un sendero hacia el sí-mismo». Esta afirmación se basa en el hecho de que durante toda su vida, extensa en obras y sucesos, Jung fue aproximándose cada vez más a una nueva concepción del rol y razón del ser humano en la tierra. Este proceso interior, que le llevó por hasta entonces inexplorados derroteros del alma humana, fue a la vez una autoiniciación en los misterios más profundos de la psique, de la ciencia y del espíritu.
Esta perspectiva aún está en desarrollo, y se encuentra recibiendo aportes desde diferentes disciplinas y visiones de la realidad. Herederos conceptuales del trabajo jungiano hay en casi la mayoría de las Ciencias actuales, y también en otros muchos campos profesionales no necesariamente científicos. Las ideas que Jung desarrolló, han encontrado eco de este modo, en rincones muy apartados del quehacer humano, y le sitúan claramente como uno de los precursores de un nuevo Paradigma en la civilización humana. Ciertamente, este Paradigma no está concluido, se encuentra en gestación. Pero muchos de sus principales aspectos fueron concebidos e intuidos por el sabio de Zurich. De hecho, casi con medio siglo de anticipación escribió sobre la llegada de la Era de Acuario, señalando en 1940: «Este es el año en que nos acercamos al meridiano de la primera estrella de Acuario. Es el movimiento de la tierra admonitorio de una nueva época». Para nosotros, Jung es uno de los más destacados adalides de la Nueva Era, que —años de más o años de menos—, verá su propio amanecer en una Tierra que será distinta, más bella y mejor gracias a su obra. |