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Gaia en la
Historia, la Política Por Alexis López
Tapia
Gaia en La Cultura
El enfoque gaiano implica una profunda transformación en nuestro modo de comprender las cosas. Remite a un mundo en que no hay sucesos independientes, en que cada parte afecta al todo y en que el todo resulta mayor que la suma de sus partes.
En un análisis superficial, estos principios parecerían encontrarse acordes con las tendencias homegeneizantes, globalizantes y unificadoras que el sistema parece proponer.
En un análisis superficial, Gaia se encuentra de acuerdo y proporciona una base teórica a visiones del tipo «aldea global», «desarrollo ambientalmente sustentable» e «internacionalización global política y económica».
No obstante, ello es sólo efectivo en la medida que el propio sistema puede utilizar la teoría para sus fines.
En sentido estricto, Gaia supone una completa revolución de nuestra comprensión del poder, del control y del destino de la vida humana en el contexto mayor de la vida planetaria.
Básicamente, ninguna de las ideologías dominantes, posee una estructura teórica original, que se funde en postulados coherentes con la teoría de la Tierra Viva.
Una primera aproximación a este hecho, la proporciona el contraste entre las teorías de la historia [humana], y su interpretación desde la perspectiva Gaiana. Para los filósofos de la historia, desde Arnold Toynbee a Francis Fukuyama, la interpretación de los procesos históricos tiene su origen en y desde una perspectiva social, esto es -para ellos- supra biológica.
Lo anterior se encuentra en desacuerdo con la visión batesoniana que sostiene: "Los procesos políticos no son sino fenómenos biológicos ¿pero qué político sabe esto?".
Paralelamente, Maturana proporciona una base para la comprensión de la sentencia de Bateson, a partir de sus postulados sobre Teoría del Conocimiento. En apretada síntesis, el autor señala que nuestra comprensión del mundo, está íntimamente ligada a nuestra ontogenia, la que es principal y finalmente biológica.
Desde la perspectiva gaiana, hay una profunda indivisibilidad entre la evolución de las especies y la evolución del entorno, como Lovelock sostiene:
De acuerdo a esto, ningún proceso histórico resulta aislado, independiente, de condiciones y condicionantes que en primera y última instancia resultan ser biológicas. Para proponer una nueva visión de lo humano, el sistema debería renunciar a la pretensión de que los procesos históricos se encuentran aislados -que son independientes-, de fenómenos biológicos mucho mayores y que apenas hemos comenzado a vislumbrar.
No se trata en ello de reducir toda la sociología, toda la filosofía y toda la ética a una especie de agregado biológico incluso descartable. Se trata de volver a repostularnos la posición de lo estrictamente humano, en un plano que lo engloba, que lo contiene y que lo modifica en un rango mucho mayor que lo que hasta ahora se había aceptado.
La base teórica de la ideología dominante puede retrotraerse dos fuentes: la visión cartesiana del universo, esto es, el reduccionismo que lleva a la separación absoluta entre mente y cuerpo (Cogito ergo Sum), y el predominio absoluto de la lógica aristotélica en la comprensión del mundo (sistemas lineales de causa y efecto, o principio de causalidad).
En tal sentido, la ideología dominante se estructura sobre la sentencia de que “si algo es bueno, más de lo mismo es mejor”, esto es, un proceso lineal, proyectado al infinito sobre los ejes del tiempo y el espacio, del que se excluyen procesos mentales no “racionales”, como la emoción y la intuición.
Gaia se desarrolla sobre los postulados circulares derivados de la actual comprensión de los sistemas cibernéticos. En ellos, causa y efecto resultan ser «etiquetas» colgadas a instantes definidos subjetivamente, de un único proceso.
En un sistema cibernético -no lineal- causa y efectos no son discernibles aisladamente de la totalidad del fenómeno. Lo anterior implica que no se puede comprender el proceso a través del método cartesiano, reduccionista, ya que las partes no explican el todo, y cualquier sistema teórico que se desarrolle sobre esta noción es limitado y parcial.
De la comprensión de los sistemas cibernéticos surge la Teoría General de Sistemas que sostiene: “en todo sistema, cada una de las variables se relaciona con las demás de una forma tan completa que no cabe establecer separación entre causa y efecto. Una única variable puede ser a la vez causa y efecto. La realidad se resiste a quedarse quieta. ¡Y no es posible desmontarla!”.
Resulta especialmente interesante comprobar que la civilización occidental, antes de la implantación de la cultura judeo-cristiana, poseía un vínculo profundo con el entorno.
Desde sus Dioses hasta sus sistemas sociales estaban imbricados en y con la naturaleza.
Gaia no es sino una de innumerables diosas Tierra o diosas Madres (genéricamente llamadas Venus en arqueología), que -como ha señalado la arqueóloga Marija Gimbutas-, pueden retrotraerse en Europa hasta el final del período Paleolítico Medio y el comienzo del Superior, en la cultura Perigordiense, entre 33 y 35 mil años a. de C.
Como indica la investigadora Bárbara Walker:
En América, la divinidad existía bajo los nombres de Pacha-Mama o Mamanchic para los Incas; Mapu para los Mapuches; Ixchel, la Hera del panteón Maya; Coatlicue para los Aztecas; la Nuna de los esquimales; Tacoma de los Salish; Maka Ina de los Siux Oglalas; Iyatiku de los Keres y Kokyang Wuthi de los Hopis, además de otros muchos. En Africa era Mawu; Nin-hursag en Sumer; Hepat en Babilonia, Mami en Mesopotamia; Isis o Hator en Egipto; Innana, Astarté, Ishtar o Asherah en Oriente Medio; Rhea en Creta; Kubaba en Turquía, Cibeles en Grecia; Semele en Tracia y Frigia; Zemyna en Lituania; Pele en Hawai... la lista es interminable.
El historiador del arte Merlin Stone comenta:
Es posible sostener que hay una profunda ligazón entre estas Diosas y un determinado tipo de proceso social. Son culturas que por definición resultan «ecológicas», en vinculación armónica y orgánica con la Tierra.
Son culturas de procesos productivos
circulares, expresados por medio del uso intensivo de los productos
naturales -carne, pieles, huesos; hojas, tronco, semillas, raíces- y
su continuo reciclaje. Detentan una cosmovisión generalizada
-calificada como «animista» por el sistema-, que en su significado
intrínseco proporcionaba un lugar definido para el hombre en el
entorno, como parte de él, cosmovisión que puede resumirse
adecuadamente en la famosa frase del Jefe Seattle: «La Tierra
no pertenece al Hombre. El Hombre pertenece a la Tierra».
Allí se suplanta sistemática y conscientemente el antiguo culto por la nueva religión. Y hacemos la diferencia entre culto y religión ya que para las creencias originales no había nada que re-ligar. El hombre y la naturaleza eran uno.
Sólo con el cristianismo puede hablarse de religión: el intento de ligar a Occidente -y a todas las culturas del planeta- a un dios que no le pertenece. El cristianismo no sólo utiliza los antiguos lugares de culto, transformados en otras tantas Iglesias y santuarios. Durante más de mil años asesina a los sacerdotes y sacerdotisas de la antigua religión, al principio por Paganos, luego por Herejes, más tarde por Brujos.
Occidente se queda de este modo sin historia. Sin su historia.
Habrá que esperar mil años antes de que -gracias a los árabes-, a través de España vuelvan a recordarse las raíces de Occidente. El Renacimiento no es sino el recuerdo de la cultura precristiana occidental, sintetizada magistralmente por los griegos, conservada hasta el año 415 en la Biblioteca de Alejandría, preservada por Bizancio, traducida al sirio y de éste al árabe y vuelta a Europa desde la España mora. (NdE: ver Pendragón Nº 7, "La angustia de recordar").
El doble error de las teorías de la historia postuladas por la ideología dominante, subyace tanto en su negación del ámbito biológico -ámbito omnipresente en la civilización precristiana-, como en la doctrina de que hay una Solución de Continuidad obvia entre el Mundo Antiguo, la Edad Media y la época Moderna.
Sostenemos que Occidente es amnésico. En sentido estricto, no posee recuerdo de sus raíces históricas. Sólo desde el Renacimiento hemos comenzado -muy lentamente-a recordar.
A través de la Teoría Gaia podemos
remontarnos a los albores de la conciencia humana, de allí al
sentido último y final del Ser Humano en la Tierra Viva. Gaia en la Política
Extrañamente, quienes vienen
sosteniendo los enfoques Gaianos en diversos ámbitos del
pensamiento, se han visto enfrentados a una terrible paradoja
respecto a los aspectos políticos del nuevo paradigma.
Desde nuestra posición, resulta
sintomático que esta paradoja deviene de la imposibilidad de aceptar
que -finalmente-, muchas de las posiciones que se pretenden
establecer como “propias” de una política Gaiana, son básicamente
peticiones de principio a priori, producto de la incapacidad
estructural de los teóricos, de plasmar la concepción gaiana en
nuevos modelos políticos.
Un aspecto en que ello resulta
evidente, es la defensa absoluta de la Democracia como forma de
gobierno intrínseca o lógicamente adecuada a una política gaiana. La
paradoja estriba en que no hay evidencias concretas que señalen que
-desde una perspectiva ecológica-, el sistema democrático resulta
adecuado como forma de gobierno.
Más bien los hechos señalan lo
contrario.
Ante una cultura que fomenta la
individualidad como eje del proceso democrático, se hace evidente
que en Gaia no hay individuo: no existe un ente concebible aislada e
independientemente de los demás. Por definición, Gaia es
orgánica, jerarquizada y poliestructurada.
No obstante, debemos señalar que esta
“jerarquía” no hay que buscarla en estructuras conceptuales
existentes. En tal sentido, quizá el principio de liderazgo es la
visión de jerarquía que más se aproxima a lo que estamos señalando:
una autoridad que proviene de la responsabilidad y de la
entrega total, esto es, altruismo.
¿Cómo se realiza una política basada en
el altruismo?, o mejor, ¿qué estructura política responde a esta
noción?
Humberto Maturana señala: “Sin
altruismo no hay fenómeno social”, y la ecología [el estudio
de las relaciones], nos enseña que en la naturaleza los
fenómenos sociales tienen como origen conductas altruistas. En la
naturaleza, el ser “jefe” implica una voluntad o instinto de
sacrificio absolutos, y de allí una autoridad también absoluta para
con el clan, rebaño o manada.
A modo de ejemplo, dos casos
específicos: En los leones el jefe de manada cumple un rol muy
específico: defender al grupo de otras manadas, vía lucha con los
machos dominantes adversarios, y posible resultado de muerte. Muerto
el jefe, la manada se disgrega, perece como estructura social. Caso
similar en los Lobos y otras muchas especies.
En los elefantes, La jefe de clan
enfrenta el peligro: machos solitarios, leones o humanos. Lo mismo
en las gacelas, los papiones, man-driles y miles de ejemplos. Respecto al hombre, Hitler señala:
Aquí se encuentra, a nuestro entender,
la expresión máxima de una política altruista.
Se podrá argumentar que esta noción
resulta “ideal”, es decir, inalcanzable. No obstante resultaría
igualmente absurdo hablar de cosmovisión sin hablar de utopía. Por
definición un ideal es una utopía, y vice versa.
Se trata en esto de construir una nueva
civilización cimentada -por vez primera en la historia humana-, en
una conciencia profunda de nuestra posición en la naturaleza.
Si hay lugar para desarrollar una
utopía que logre ser alcanzada, si hay lugar para un ideal que pueda
ser una meta, sostenemos que su origen se encuentra en las ideas que
hemos venido presentando.
De allí que cuando hablamos de una
política basada en el altruismo, estemos hablando de un ideal/meta,
concepto que sólo puede surgir de la posibilidad biológica de
llevarlo a cabo.
Si la política y la cultura
alternativas han de poseer un ámbito de desarrollo que les sea
propio, hay que buscarlo precisamente en la raíz del aforismo
“Conócete a ti mismo”, de donde luego “Sé tu mismo”.
Estructuralmente, una visión de esta
naturaleza debe expresarse en una multiplicidad dinámica de sistemas
culturales, sociales y políticos. Por extensión, tales sistemas
comprenden la totalidad, en el sentido de que abarcan
-holísticamente-, comunidades insertas en ecosistemas que están
ligados a ámbitos mayores, hasta llegar a Gaia.
De allí surge la
posibilidad estructural de generar sistemas sociales más concientes,
en un planeta vivo que piensa a través de nosotros. Un resumen provisional de las concepciones respecto del poder y la política generadas por el nuevo paradigma, versus la ideología dominante, lo proporciona Marilyn Ferguson en su libro “La Conspiración de Acuario”, resumen al que hemos agregado nociones propias:
Gaia en la Cultura Alternativa Ante una ideología dominante que sostiene una hegemonía cultural unipolar globalizante, Gaia sostiene la policulturalidad como base de la evolución biosocial. Esta policulturalidad no dice relación con una especie de hetereogeneidad amorfa. Gaia nace y se desarrolla, a partir de la posibilidad estructural de la diferencia como base de la evolución. La ideología dominante persigue el logro de una «unicidad» universal, una «monótona noche en que todas las vacas son negras», citando una de las cáusticas frases hegelianas. Esto se disfraza con la verbosidad humanista, para la cual «todos somos iguales», o «todos somos hermanos». No obstante, a partir del hecho simple de que para referirnos a los seres que sustentan la vida en Gaia, utilizamos el término «especie», se deduce que la especificidad y la particularidad, la rica abundancia de seres y cosas diferentes, son la realidad constitutiva y consubstancial a la vida. El «totalitarismo unificador» del sistema no permite la evolución, de hecho, la niega. Se remite evidentemente a un «fin de la historia», en que a expensas de un supuesto «beneficio colectivo», se suprime la posibilidad de engendrar nuevas y mejores expectativas y posibilidades. La totalidad que nosotros sostenemos, es una estructura ricamente articulada que posee una historia y una lógica interna propia. El holismo en este caso, es resultado de un esfuerzo consciente para verificar como se ordenan las particularidades de la vida en la tierra, como su «geometría» [según lo plantearían los antiguos griegos], hace que el todo sea más que la suma de sus partes. De allí que la totalidad a la que hacemos referencia, no debe confundirse con la «unicidad» de la que hemos hablado, unicidad espectral que torna a la disolución cósmica en una especie de nirvana democapitalista sin estructura alguna. La totalidad gaiana es una estructura ricamente articulada, que posee una historia y una lógica propias. En ella, cada sistema cultural posee su propia articulación, su propia diferencia, su propia y característica historia y lógica. La unicidad del sistema, busca estipular una finalidad inexorable al curso de la evolución humana, lo que lleva implícito un concepto teleológico estrecho -inhumano-, de «ley social», que niega la capacidad de la voluntad del hombre y de la elección personal en favor de la colectividad, para dar forma al curso de los acontecimientos sociales. Estipular que lo social resulta independiente de lo biológico, -por extensión, de lo ecológico-, lleva a generalizar la visión de que las leyes humanas están «fuera» de un contexto mayor, delimitado por la vida en toda su amplitud. Ello se vincula directamente al objetivo de conformar una única cultura global, mixtura indiscernible producto de la trituración de las diferencias culturales. Así también queda en evidencia el verdadero antirracismo del sistema: la definición de que para acabar con el «odio entre las razas» se debe promover una civilización multiracial. Ciertamente, el odio contra una o más razas es antirracismo, ya que implica una actitud contra la naturaleza, contra la raza. Desde la perspectiva Gaiana, la raza es una condición natural de la evolución de las especies. La biodiversidad se basa en el proceso de especiación, cuya manifestación primaria es el surgimiento de razas diferentes a partir de una misma especie. La raza se vincula directamente con el desarrollo de las poblaciones. La capacidad evolutiva de adaptación se sustenta en esta posibilidad. Sin razas no hay fenómeno adaptativo. Sin raza no hay evolución. La visión gaiana sostiene que la etnia de un pueblo es fundamental para comprender su idiosincrasia, su arte, su cultura, su historia y su lógica. Esto es una política racista. El sistema propende a la negación de las individualidades culturales, deshace la adaptación al promover la hibridación, frena la evolución al negar la diferencia. De este modo el sistema propone un modelo político antirracista: contrario a las razas y las culturas. En palabras de Miguel Serrano:
Gaia proporciona un marco teórico extraordinariamente sólido para el desarrollo de una Cultura Alternativa, cultura que se está generando paralelamente en muchos lugares y por muchas personas del Planeta. Esta cultura posee vinculación directa con una historia anterior a la civilización judeo-cristiana, historia por ello inconclusa. La historia de todas las culturas recicladoras, ecológicas y altruistas, enraizadas en un vínculo estrecho con el planeta, desarrollándose a velocidades y en procesos diferentes, unidas estructuralmente por un Inconsciente Colectivo característicamente humano, proyectado en símbolos arquetípicos que han guiado la evolución de la nuestra conciencia hacia una mente aún mayor. En la medida que seamos capaces de promover la diversidad cultural, en la medida en que logremos comprender la diferencia y aprovecharla en beneficio de la colectividad planetaria, la humanidad toda adquirirá nuevos niveles de conciencia. De este modo el gran animal llamado Gaia podrá mirarse y mirar al universo para entender que no está solo, que no es el único, y que la historia de su especie humana es sólo una más entre millares, en un universo infinito, cada vez más vivo... Y cada vez más
conciente.
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