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No estamos solos... y no somos tan
diferentes
Gaia, el ADN y la Exobiología

Por Alexis López Tapia
Director Revista Acción Chilena

Durante la reciente
presentación de un libro (1) tuve oportunidad de discutir brevemente
con un Físico a propósito de la existencia de vida en otros
planetas.
Una de sus afirmaciones era que, de surgir
vida en otros planetas, su ADN debería ser fundamentalmente
diferente al de la vida en la Tierra.
Mi opinión al
respecto fue completamente diferente, y en este breve ensayo expongo
mis argumentos.
Las
condiciones para el surgimiento de Vida
son discretas y restringidas
Lo que hasta ahora
sabemos del surgimiento de la Vida en la Tierra, y los recientes
descubrimientos acerca de Marte –rastros de actividad bacteriana (2)
en un meteorito marciano encontrado en la Antártica (Science, Agosto
1996); y las actuales exploraciones de los Robots Spirit y
Opportunity (3) que han detectado rastros concretos de la antigua
presencia de agua líquida superficial (Agosto 2004)-, indican con
claridad que las condiciones necesarias para el surgimiento de Vida
son discretas y restringidas.
Tanto el Spirit
como el Oportunity ya habían encontrado antiquísimas evidencias de
agua en Marte en sus misiones previas, pero nuevos datos recogidos
recientemente por los instrumentos científicos del Spirit sugieren
que el líquido creador de la vida fue en el pasado más abundante de
lo que se había pensado.
"Esto es diferente de las rocas
sobre la planicie, donde vimos estratos y vetas aparentemente
debido a efectos de pequeñas cantidades de agua. Aquí tenemos
una alteración más extensa y profunda, que sugiere una cantidad
mucho mayor de agua".
Estos
descubrimientos apuntan a la posibilidad de que Marte haya podido
generar vida en el pasado, ya que sus condiciones hace unos 3.200
millones de años eran similares a las existentes en la Tierra en esa
misma época.
Estas condiciones
dependen de varios factores, que dicen relación con la génesis de un
planeta en cualquier sistema solar.
a) Los Materiales de la Vida
Evidencia reciente
apunta a que los planetas que surgen en torno a estrellas nuevas se
pueden formar relativamente rápido:
“Hemos encontrado que las nuevas
estrellas jóvenes de 10 millones de años muestran todos los
indicadores de que podrían estar formando nuevos sistemas
planetarios similares a nuestro Sistema Solar. Esto sugiere que
la formación de planetas es un proceso rápido que sólo toma unos
pocos millones de años” (5).
Sin embargo, la
composición de dichos planetas –hijos de estrellas nuevas-, puede
ser muy diferente a los planetas formados en torno a estrellas de
segunda generación, como nuestro Sol.
En efecto, son
estos planetas de estrellas de segunda generación –estrellas
producto de la anterior explosión de una Supernova que altera una
nebulosa- los que están compuestos de la mayoría de los elementos
necesarios para el surgimiento de la Vida.
En comparación, los
materiales disponibles para un Planeta hijo de una estrella nueva
–surgida de una nebulosa no alterada por la explosión de una
Supernova- no son tan variados.
Lo que ocurre con
la formación y evolución de una estrella de segunda generación está
directamente determinado por la masa inicial con que se formó: si su
masa es igual o superior a 0,075 M (M= Masa del Sol: 2x1030
kg.), entonces podrá transformarse en una estrella Amarilla como la
nuestra, o si esa masa es aún mayor, en alguna de las muchas e
inestables gigantes que existen.
Si la protoestrella
tiene una masa inferior a 0,075 M, entonces se formarán las llamadas
enanas marrón. Este año se ha verificado la posibilidad de que
incluso estas estrellas enanas, si logran acumular suficiente
materia en un disco proto planetario podrían formar varios planetas.
Así lo ha señalad un equipo de astrónomos del Centro Smithsoniano
Harward para la Astrofísica, dirigidos por Kevin Luhman:
“Esta enana marrón y su disco
podrían evolucionar y convertirse al final en una versión en
miniatura de nuestro sistema solar”, ha dicho Luhman.
“Podría haber una multitud de sistemas solares en miniatura
ahí fuera, en los que los planetas orbitan enanas marrones”,
ha añadido.
¿Puede un planeta que orbita una enana
marrón engendrar y mantener la vida?
Según Luhman y sus colaboradores, no puede
descartarse. Una enana marrón es mucho más fría que nuestro sol,
y, como es demasiado pequeña para que se inicien en su núcleo
las reacciones nucleares, se enfría poco a poco durante su
periodo vital. Por tanto, para que el agua se mantenga en estado
líquido, un planeta debería orbitar mucho más cerca de esta
estrella de lo que lo hace la Tierra.
Además, hace notar Luhman, “si la
vida existe en ese sistema, tendría que estar adaptándose
continuamente a la menguante temperatura de la enana marrón. Sin
embargo, no puede desecharse la posibilidad de que, puesto que
la estrella se enfría lentamente mientras envejece, un planeta
pueda permanecer en la “zona habitable” que permite el estado
líquido del agua durante un periodo de tiempo extenso, quizá lo
suficiente para que la vida evolucione” (6).
No obstante, la
cuestión es que –incluso en el evento de que surgiera vida en un
sistema solar de una enana marrón-, ella estaría determinada por los
materiales disponibles en el propio planeta, y para que estos
materiales fuesen variados, necesariamente deberían haber sido
originalmente fabricados al interior de una Super Nova.
Este aspecto es
vital, ya que en condiciones de “pobreza” relativa de elementos
químicos, la posibilidad del surgimiento de moléculas complejas se
ve seriamente limitada: la tendencia en tales condiciones es a
generar cristales (incluso en presencia de agua, como en las
Geodas), pero la complejidad necesaria para el surgimiento de
hidrosoles (mezcla de sólidos, gases y líquidos), y su
estabilización como coloides que den origen a coacervados, o
monómeros estables bases de los polímeros complejos, requiere la
presencia cualitativa y cuantitativa de muchos más elementos
químicos que los necesarios para la formación de un simple cristal.
b) El cinturón orbital de la Vida:
Temperatura y Energía
El segundo aspecto
a considerar en las condiciones necesarias para el surgimiento de la
vida, es, precisamente la órbita que un planeta tiene en torno a su
sol: planetas demasiado lejanos o demasiado cercanos tenderían
rápidamente a congelarse o estarían en permanente ebullición: ambos
extremos son completamente inadecuados para la existencia de agua
líquida superficial, y por ende, para el surgimiento y estabilidad
de moléculas complejas.
Sin embargo, no
sólo es necesario que el planeta orbite en torno a la estrella en la
faja donde la presencia de agua líquida es posible: además es
necesario que la energía ambiental disponible sea de la magnitud
necesaria.
Al respecto, el
padre de la Teoría Gaia, James Lovelock, señala:
“Un físico decimonónico, Reynolds,
observó que las turbulencias de líquidos y gases aparecían
únicamente cuando el flujo superaba un cierto nivel crítico en
relación con las condiciones locales. Para calcular la magnitud
adimensional de Reynolds basta conocer las propiedades del
fluido en cuestión y sus condiciones locales de flujo. De modo
semejante: para que aparezca la vida, el flujo de energía ha de
ser lo suficientemente importante, no sólo en cuantía sino
también en calidad, en potencial. Si, por ejemplo, la
temperatura de la superficie del Sol fuera de 500° centígrados
en lugar de serlo de 5.000° y su distancia a la Tierra se
redujera correspondientemente, de tal modo que recibiéramos la
misma cantidad de calor, las diferencias climáticas respecto a
las condiciones reales quizá fueran escasas, pero la vida nunca
habría hecho acto de presencia. La vida requiere una energía lo
bastante potente como para romper las uniones químicas: la mera
tibieza no basta.
Si fuéramos capaces de establecer
magnitudes adimensionales como la de Reynolds para caracterizar
las condiciones energéticas de un planeta estaríamos en
condiciones de construir una escala cuya aplicación nos
permitiría predecir dónde sería posible la vida y dónde no.
Aquellos que, como la Tierra, reciben un flujo continuo de
energía solar superior a los mencionados valores críticos
estarían en el primer supuesto, mientras que los planetas
exteriores, más fríos, caerían dentro del segundo”
(7).
Tomando esto en
consideración, posibilidad antes mencionada del surgimiento de vida
en Planetas que orbiten alrededor de Enanas Marrones es dudoso: la
temperatura podría ser ideal, ¿pero sería suficiente la energía?
Aún incluso cuando
las condiciones anteriores se cumplan, -elementos, energía y
temperaturas adecuadas-, el surgimiento de la vida no desemboca
necesariamente en un Planeta Vivo: las evidencias de Marte así
parecen indicarlo. Si el devenir físico del Planeta genera procesos
físico químicos que limiten o terminen impidiendo los procesos de
reproducción inicial pre-biótica, la generación de ecosistemas
autorregulados se vuelve incierta: la vida ocupará todo el entorno
de condiciones físicas que permitan su existencia, pero si dicho
entorno no existe, la vida tampoco puede existir.
El Ladrillo
de la Vida
Cuando en la
Tierra decimos “Organismo” estamos diciendo “Carbono”.
En efecto, la
totalidad de las formas de vida del planeta están determinadas por
estructuras sobre bases de Carbono, y no es por azar:
El carbono es único en la química porque
forma un número de compuestos mayor que la suma total de todos los
otros elementos combinados.
Con mucho, el grupo
más grande de estos compuestos es el constituido por carbono e
hidrógeno. Se estima que se conoce un mínimo de 1.000.000 de
compuestos orgánicos y este número crece rápidamente cada año.
Aunque la clasificación no es rigurosa, el carbono forma otra serie
de compuestos considerados como inorgánicos, en un número mucho
menor al de los orgánicos.
El hecho de que la
Vida haya surgido en torno a moléculas de carbono es fundamental:
los procesos físicos necesarios para el surgimiento del primer
autoreplicante requerían de un elemento con capacidad de establecer
ilimitadas relaciones con los demás: debía ser un elemento muy
promiscuo, y como veremos, no todos lo son:
Hay algunos
elementos que simplemente son completos “misántropos”: son los
llamados “gases nobles”, que en condiciones regulares no forman
uniones ni siquiera entre sus propios átomos: el helio, el neón, el
argón, el kriptón, el xenón y el radón. Dada la disposición de sus
capas atómicas son químicamente inertes, y debido a esta carencia
de reactividad química, no forman moléculas diatómicas, sino que
están constituidos por átomos individuales, y por ello podemos
excluirlos como materiales para la construcción de moléculas
complejas.
Otros elementos son
“monógamos” por naturaleza, son los elementos diatómicos, que se
presentan siempre en pareja: el hidrógeno, nitrógeno, oxígeno,
flúor, cloro, bromo, yodo y astato. A los últimos cinco se les
conoce como Halógenos (formadores de sales), y son demasiado
reactivos como para encontrase libres en condiciones regulares, por
ello siempre forman compuestos, y sus enlaces atómicos son sumamente
fuertes: son unas parejas demasiado estables y celosas como para ser
la base de moléculas complejas, aunque ciertamente el hidrógeno, el
nitrógeno y el oxígenos participan habitualmente de ellas.
En esta lógica
podríamos seguir con los elementos triatómicos, poliatómicos y así,
pero lo que realmente importa es la capacidad de un elemento para
combinarse con muchos otros, no sólo consigo mismo, y en eso sí hay
limitaciones: de los 118 elementos químicos conocidos, hay una
familia en particular que tiene esta propiedad: precisamente la
familia del Carbono, donde se incluyen el Silicio, el Germanio, el
Estaño, el Plomo
Todos ellos son
elementos electronegativos, porque tienen la tendencia a
tomar electrones transformándose en aniones, y de todos ellos, el
más electronegativo es –precisamente- el Carbono (2,55 de
electronegatividad en la tabla de Pauling). En otras palabras, el
Carbono siempre está buscando atraer electrones: “no le gusta estar
solo”.
Sumado a lo
anterior, el Carbono tiene valencia 4, es decir, puede establecer 4
uniones simultáneamente con otros átomos o consigo mismo. Este es
uno de los valores más altos en la química para átomos pequeños.
En segundo lugar,
el carbono es capaz de unirse a sí mismo para formar largas cadenas,
o incluso redes tridimensionales, y se trata de uniones muy fuertes;
el caso más extremo lo tenemos cuando cada átomo de carbono se une a
otros cuatro, constituyendo así una estructura formada sólo por
carbono: esa estructura es el diamante, la sustancia más dura
conocida.
Sin llegar a tales extremos, es evidente que la unión de 2
ó 3 átomos de carbono será muy fuerte. Además, a esas cadenas o
redes de carbono pueden unirse otros átomos, especialmente los otros
antes mencionados, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno. Se forman así
muchísimos compuestos enormemente complejos, justamente el tipo de
complejidad que hace posible la vida.
¿Sería posible otro elemento que
sustituyera al carbono?
Tendría que ser un
elemento abundante, y que formara gran cantidad de uniones consigo
mismo y con otros elementos.
De los cinco
elementos más abundantes, ya descartamos al helio porque no forma
compuestos. El hidrógeno y el oxígeno tienen valencia 1 y 2, por lo
que sólo pueden formar compuestos muy sencillos. En teoría, podría
haber una cadena formada por átomos de oxígeno, pero lo más parecido
es el peróxido de hidrógeno, formado por 2 átomos de hidrógeno y dos
de oxígeno (es el principal componente del agua oxigenada). El
nitrógeno tiene valencia 3, y puede unirse a otros tres átomos. Sin
embargo, no se conocen cadenas de varios átomos de nitrógeno. Por lo
tanto, sólo nos queda el carbono, entre los 5 elementos más
abundantes del universo.
¿Y no hay algún otro que, sin ser tan
abundante, sea lo suficientemente abundante para tenerlo en cuenta?
El mejor candidato
es el silicio –un familiar del Carbono-, que es un elemento muy
abundante en las rocas y, por lo tanto, en cualquier planeta tipo
terrestre. El silicio forma, con el oxígeno la sílice, que forma las
arenas de las playas. Y la mayoría de las rocas son silicatos, es
decir derivados de sílice. Además, el silicio tiene valencia 4,
igual que el carbono.
¿Puede haber vida basada en el silicio? Es
difícil.
Empezando porque el
silicio no forma cadenas ni redes consigo mismo. Es un átomo
demasiado grande para poder formar ese tipo de estructuras. Lo más
parecido son las estructuras con oxígeno como unión entre dos átomos
de silicio; se forman así cadenas y redes tridimensionales de gran
tamaño, pero el resultado es casi siempre una roca.
Estos compuestos
de silicio y oxígeno (es decir de sílice) carecen de las
complejidades de los compuestos de los seres vivos, son demasiado
simples; además, son todos sólidos insolubles, que sólo reaccionan
estando fundidos a temperaturas del orden de 1.000ºC (temperaturas
típicas de la lava fundida, pero no de los seres vivos).
Sólo existen unos
compuestos de silicio que tienen algunas propiedades conocidas en
los compuestos de los seres vivos; son las siliconas,
compuestos de silicio, carbono, oxígeno e hidrógeno. Podrían existir
siliconas en algún ser vivo, pero si nos fijamos bien, ya se nos
coló el carbono por el camino... De todos modos, todos los
compuestos de silicona conocidos son artificiales, no se conoce
ninguno natural en un ser vivo.
¿Cuál fue
el primer autoreplicante?
Los estudios más recientes
indican que las primeras estructuras autopoiéticas habrían sido
frutos de los ácidos Ribonucléicos (ARN), y no del ADN
(8).
“En lo que se refiere al ADN, los
problemas son diferentes. Como el ARN, el ADN también requiere
de proteinas para autoduplicarse, de modo que en el ambiente
primitivo de la Tierra, los hipotéticos ADN primordiales no
podrían haber servido de molde para ser copiados sin el auxilio
de enzimas. Además, los desoxirribonucleótidos (las unidades que
al unirse entre sí constituyen el ADN) son producidos por los
seres vivos actuales a partir de los ribonucleótidos (las
unidades que al unirse entre sí constituyen el ARN), lo que
indica que el ADN debe haber aparecido mucho más recientemente
que el ARN en el curso de la historia evolutiva de la Tierra.
Por otra parte, el ADN es más
resistente que el ARN a la descomposición por hidrólisis (en el
caso del ADN la hidrólisis es la separación de los
desoxirribonucleótidos que lo constituyen por incorporación de
agua) y esto haría más difícil el reciclaje de monómeros
(desoxirribonucleótidos) a partir de los polímeros descartados
por la selección natural. Los hechos enunciados sugieren que
resulta poco probable que haya ocurrido una colonización del
ambiente acuático primordial de la Tierra a través de moléculas
autorreplicables de ADN”.
“Un argumento adicional a favor del
ARN es que todos los componentes que participan de la síntesis
química del ARN ya han sido obtenidos en el laboratorio en
condiciones que simulan el ambiente primitivo de la Tierra,
mientras que a pesar de los esfuerzos realizados, no ha sido aún
posible sintetizar en las mismas condiciones a la desoxirribosa,
el azúcar componente estructural del ADN”.
Sin embargo, a
finales de la década de los ’80, Robert Shapiro y Gerald F. Joyce
formularon una crítica a esta teoría cuando preguntaron:
¿Puede el ARN, con todos sus
componentes, ser sintetizado en las condiciones primitivas a una
velocidad mayor que la de su destrucción por la radiación
ultravioleta, por hidrólisis o por su reacción con otras moléculas
del ambiente?
La respuesta fue
que ello no era posible. (9)
“Dificultades como
las mencionadas están llevando a los investigadores a buscar otro
polímero primordial autorreplicable. Este podria ser, tal vez, muy
semejante al ARN pues se piensa que habrían existido sustancias de
comportamiento semejante, o sea "análogos del ARN".
Existen muchas
sustancias de este tipo.
La atención se
concentró en un determinado tipo de análogos del ARN que podrían
existir en los ambientes acuáticos de la Tierra primitiva: los
aciclonucleósidos derivados del glicerol. (El prefijo " aciclo"
indica que el compuesto que reemplaza a la ribosa carece de la
estructura cíclica cerrada en anillo de la ribosa). Estos compuestos
podrían haber sido formados en dos etapas: primero por la
condensación del glicerol con formaldehído y la generación de
hemiacetales y luego por la reacción de estos hemiacetales con bases
nitrogenadas. En el ambiente primitivo, la incorporación de fosfato
a partir de polifosfatos podría haber generado análogos de los
ribonucleótidos.
Un aspecto que hace
atractiva esta hipótesis lo constituye el hecho de que la
estabilidad del glicerol es muy superior a la de la ribosa, lo que
puede haber permitido su acumulación en los ambientes acuáticos de
la Tierra primitiva en cantidad suficiente como para formar los
aciclonucleósidos. Una ventaja adicional es que estos compuestos no
tienen isómeros ópticos "indeseables". Los aciclonucleótidos pueden
polimerizarse (generando análogos del ARN) y formar los moldes
necesarios para la autorreplicación de estos polímeros. Procesos
similares pueden haber ocurrido con otros tipos de análogos del ARN.
Por esa razón, el
problema que hoy preocupa a los investigadores es determinar cómo se
pasó del "mundo de los análogos del ARN'' al "mundo de los ARN".
Quizá, los primeros análogos del ARN estaban compuestos de
diferentes variedades de análogos y podrían contener, incluso,
algunos "auténticos" ribonucleótidos. La selección natural en el
"mundo de los análogos del ARN" debe haber favorecido aquellos
polímeros que presentaban una mejor relación entre capacidad de autoduplicación y resistencia a la destrucción.
En un plazo corto
en términos de la evolución (no más de 0,4 eones) se habrían ido
seleccionando progresivamente aquellos polímeros con mayor cantidad
de "auténticos" ribonucleótidos. De ese modo, poco a poco, habría
aparecido el "mundo de los ARN". En el curso de este proceso, los
análogos del ARN habrían iniciado la síntesis de las primeras
proteínas por mecanismos muy primitivos. Las primeras proteínas
podrían haber desempeñado una función importante en la selección
positiva de los ARN”.
El papel de
los Virus
Otra línea de
investigación reciente ha surgido con el estudio de los retrovirus y
su rol en la Evolución: al parecer ellos tendrían una función
muchísimo más relevante que la que hasta ahora se les ha asignado en
términos de sus efectos sobre la salud (10).
Para el Doctor
Máximo Sandín, de la Universidad Autónoma de Madrid, los Virus
serían realmente las piedras fundamentales de la evolución, ya que
ellos habrían sido los primeros “transportadores” de los genes, y su
rol sería fundamental en el surgimiento de los organismos
pluricelulares. Al respecto señala:
“…el astrónomo galés Alfred Hoyle,
publicó en 1982 un cuadernillo titulado "Evolution from Space"
en el que especulaba sobre la posibilidad de que la capacidad de
los virus de integrarse en los genomas de los seres vivos y
permanecer en ellos en forma de "provirus", podría ser un
mecanismo de adquisición de secuencias complejas de genes
disponibles para su eventual uso, como respuesta a cambios
ambientales.
Aunque su propuesta fue ignorada, cuando no
ridiculizada, por algunos biólogos "ortodoxos", lo cierto es que
daría respuesta a los problemas planteados anteriormente. Es
decir, sería la "hipótesis poco convencional" que explicaría los
extraños "hechos fundamentales" de la Evolución.
¿Existen datos que permitan
considerar seriamente esta hipótesis?
Veamos algunos: en los últimos años,
los estudios moleculares de los genomas animales y vegetales
están arrojando resultados sorprendentes. En todos ellos se han
identificado abundantes secuencias de ADN que son "virus
endógenos".
La mayoría se consideran derivados de virus exógenos
que "infectaron" las diversas especies en el pasado, y que se
han convertido en endógenos mediante la inserción en células
germinales. Algunas han sufrido mutaciones, aunque todavía es
posible relacionarlas con virus actuales.
Al haber perdido sus
zonas terminales han perdido su capacidad de salir de su zona de
inserción. Pero otras, que no la han perdido, están en forma de
elementos móviles o elementos transponibles que, en algunos
casos, como el retroelemento Gypsy de Drosophila, son capaces de
reconstruir su cápsida y reinfectar de nuevo”.
Al respecto, agrega
en un trabajo posterior:
¿Son los virus un (misterioso) "caso
especial" entre las distintas posibles manifestaciones de la
vida, o son un elemento fundamental de ella?. Veamos que nos
sugieren los datos:
En los genomas animales y vegetales se
han identificado cantidades variables de ADN denominadas "virus
endógenos". Existen diferentes tipos y la mayoría se consideran
derivados de virus exógenos que "infectaron" las diversas
especies en el pasado, y que se han convertido en endógenos
mediante inserción en células germinales.
Se están identificando, en número
creciente, miles de secuencias de origen vírico que participan
activamente en las funciones vitales de distintos tejidos (Coffin,
94). Algunas de estas secuencias se pueden considerar verdaderos
"fósiles genéticos"; son provirus "antiguos" que han sufrido
múltiples mutaciones, aunque todavía es posible relacionarlos
con algunos retrovirus actuales, y al haber perdido sus zonas
terminales (son partículas virales defectivas), han perdido su
capacidad de salir de su zona de inserción. Pero otras, que no
las han perdido, están en forma de elementos móviles o elementos
transponibles (TE).
Son secuencias de ADN capaces de
moverse e insertarse, o insertar copias de sí mismas en
distintas localizaciones del genoma. Estos elementos se han
clasificado en dos grupos: Transposones, que se reinsertan
directamente mediante copias de ADN y Retrotransposones, que lo
hacen mediante copias de sí mismos realizadas por ARN que,
mediante la transcriptasa inversa, se transcribe en ADN que se
inserta en otra parte del genoma. La implicación de estos
elementos en la formación de las "secuencias repetitivas" de los
genomas (que en el hombre se calculan constituyentes del 25% del
total) es obvia.
Y aunque las asunciones de los cálculos de la
Genética de Poblaciones les atribuyen un carácter "no funcional"
(Charlesworth et al., 94), necesario para que se ajuste a la
hipótesis del ADN egoísta, lo cierto es que secuencias de este
tipo, como las LINE (long inserted elements) (Mathias et al.,
91) codifican proteínas con actividad de transcriptasa inversa
necesaria para la movilidad de diversos tipos de retroelementos,
entre los que existen algunos implicados en la formación y
funcionamiento del cristalino del ojo de mamíferos (Brosius &
Gould, 92).
En cuanto al origen (y condición
actual) viral de estos elementos, recientemente (Kim et al., 94)
se ha podido comprobar que el retroelemento Gypsy de Drosophila
es, en realidad, un retrovirus con capacidad de reconstruir su
cápsida y reinfectar de nuevo.
Tal vez sea la explicación de la
existencia de transposones compartidos por el hombre con
artrópodos, nemátodos y planarias (Auxolabéhère, 92; García et
al., 95; Oosumi, 95). (11)
Basado en estas evidencias, el Dr. Sandín
propone un nuevo modelo evolutivo:
“Este modelo se podría sintetizar de
esta forma: el origen y evolución de la vida sería un proceso de
integración de sistemas complejos que se autoorganizarían en
otros sistemas de nivel mayor.
Las unidades básicas serían las
bacterias que cuentan con todos los procesos y mecanismos
fundamentales de la vida celular, cuyos componentes parecen
haberse conservado con muy pocos cambios a lo largo del proceso
evolutivo.
Los virus, mediante su mecanismo de integración
cromosómica, serían los que, bien individualmente, bien mediante
combinaciones entre ellos, introducirían las nuevas secuencias
responsables del control embrionario de la aparición de nuevos
tejidos y órganos, así como de la regulación de su
funcionamiento”.
La Vida
Embarazada
Aún debemos agregar otra
consideración de mayor alcance: el Surgimiento de Vida en un
Planeta supone la expansión de esa vida hacia otros planetas, la
“reproducción planetaria”, como correlato de la reproducción de las
especies.
Es la tesis del Dr. Miguel
García Casas, del Instituto de enseñanza secundaria La Morería
de Mislata, en Valencia, quien sostiene que necesariamente el
resultado de un Planeta Vivo, es la evolución de sus especies para
generar condiciones que permitan "exportar" vida a otros planetas:
“¿Es la vida un mensajero entre planetas?;
si es así ¿qué puede aportar a éstos? ¿Es la vida un sistema
inercial que se opone a la pérdida de energía del planeta?; esto
podría explicar que en planetas con un alto efecto invernadero
como Venus no existiera vida, puesto que las nubes reemplazarían
su función, pero en planetas sin atmósfera sí debería existir
vida, puesto que el calor que proviene del Sol se pierde
rápidamente.
¿Es la vida un camino extraño que abre
ventanas aún más extrañas a la energía?, ¿cómo vamos a
explicarlo si no sabemos cuál es la naturaleza de la energía?”.
“La panespermia contempla la posibilidad
de que la vida tenga su origen en un lugar extraterrestre.
Introducidos en una mecánica universal de tipo panespérmico, el
sistema biológico terrestre debería contribuir a la propagación
de la vida. Desde luego una pregunta sumamente interesante es la
siguiente: ¿qué sería mas eficaz para propagar un sistema
biológico, fiar en los cometas y el azar para que a partir de
moléculas desprovistas de vida, surja por generación espontánea
la vida, o utilizar la energía que los seres vivos son capaces
de obtener para dirigir a determinadas semillas vivas a largos y
penosos viajes?.
En todos los casos en los que se ha creído
que se presentaban los procesos de generación espontánea, la
ciencia ha demostrado que no se producían. Podemos decir que el
único caso que la ciencia admite como posible es el que
conduciría a la aparición de la vida en la Tierra. Es evidente
que si no ha sido en este planeta, en otro lugar anterior ha
tenido que surgir la vida en alguna ocasión por primera vez. Sin
embargo una vez aparecida y llegado al grado tecnológico que en
la actualidad posee nuestra especie y por tanto el sistema
biológico terrestre, ya es posible pensar en llevar la vida a
otros planetas. De hecho existen planes científicos que
contienen estrategias de transformación de la superficie
marciana que incluyen llevar la vida al planeta rojo.
Nuestra tecnología se encuentra en una
fase expansiva y muy poco podemos saber de los medios técnicos a
nuestra disposición dentro de unos miles de años. La cuestión
referente al modo en que la vida terrestre puede llegar a otros
lugares queda abierta y se resolverá en el futuro. Al fin y al
cabo el Universo está lleno de caminos espaciales y de astros
ávidos de materia que continuamente lanzan cánticos de sirenas
disfrazados de energía gravitatoria, para atraer a la nave de
Ulises que transporta los genes de la vida universal”
(12).
Nuestra
Tesis:
Las formas de Vida serán similares
en cualquier parte del Universo
Con todo lo
expresado, llegamos a la proposición central de este ensayo:
las formas de vida son básicamente similares
en cualquier parte del Universo.
Lo anterior, tanto
porque las condiciones necesarias para su surgimiento y desarrollo
son –como vimos- discretas y restringidas, así como porque la
generación de una estructura molecular autoreplicante inicial,
deberá superar los mismos procesos selectivos que se produjeron en
nuestro planeta.
Estas
estructuras estarán basadas fundamentalmente en Carbono y no en
otros elementos, como el Silicio, lo que no está determinado
cuantitativamente –hay más Silicio que Carbono en la Tierra-, sino
cualitativamente: de todos los elementos disponibles, como vimos, el
Carbono es el más idóneo para ser el ladrillo de la Vida en
cualquier parte del Universo donde se den las condiciones
necesarias.
Por el mismo
motivo, la estructura genética molecular de una especie
extraterrestre no será fundamentalmente diferente a la nuestra:
las condiciones que permitieron el surgimiento de los ARN análogos,
del propio ARN y finalmente del ADN, serán homólogas en cualquier
planeta donde se produzcan las condiciones para que este proceso de
desarrolle.
Por ello, la
estructura genética final no debería ser ni fundamental ni
radicalmente diferente a la nuestra: las posibilidades de generar
largas cadenas moleculares sobre eslabones de carbono también son
discretas, y sólo un rango limitado cumple las condiciones de
estabilidad y plasticidad estructural necesarias para el surgimiento
de autoreplicantes viables.
Adicionalmente,
está el hecho de que la Naturaleza es Económica: una vez que se
establecen las condiciones para que los autoreplicantes se generen,
comienzan inmediatamente a regir criterios adaptativos, selectivos y
de especiación. Probablemente en ello, los Virus extraterrestres
jueguen también un rol fundamental al permitir la combinación
temprana de segmentos de genéticos viables.
Establecida la
secuencia genética primordial predominante, la totalidad de las
formas de vida se desarrollarán a partir de ella, y habrá muy
pocas oportunidades para nuevos experimentos: la economía genética
se establece desde el comienzo.
En la misma lógica,
si bien los fenotipos posibles en un planeta vivo podrían ser muy
diferentes, o al menos tan o más variados que los que surgieron en
la Tierra, estas formas de vida deberán adaptarse a condiciones
planetarias –Gaianas-, que serán análogas a las de nuestro
Planeta. Por ello, podría esperarse encontrar especies que
por convergencia evolutiva resultaran análogas y homólogas a las que
se desarrollaron aquí, si bien sus líneas filéticas podrían ser
completamente diferentes.
A mayor
abundamiento, de existir especies inteligentes y “racionales” en
dichos planetas, las condiciones ecológicas, sociales y
culturales que permitieron su evolución también serán análogas a las
que permitieron nuestra propia evolución: no serán
fundamentalmente diferentes a nosotros mismos.
Y finalmente, si la
tesis de la Tierra Embarazada es correcta, tampoco debería
sorprendernos que especies inteligentes y más antiguas que la
nuestra hayan comenzado a “sembrar” de Vida su Galaxia hace ya mucho
tiempo: quizá simplemente “infectando” con virus y bacterias otros
planetas potencialmente Vivos.
Eso incluso podría
implicar que incluso nuestro propio planeta vivo sea el resultado de
una antigua panspermia Exo Gaiana, por lo que -en estas condiciones-
nuestro ADN sería el resultado local de un patrón más
extendido: un patrón general.
O quizá al
revés: si la humanidad logra superar su actual tendencia a la
autodestrucción, es posible que en algunos cientos de miles de años
más, logremos que el ADN de la Tierra encuentre un nuevo Planeta
para poblar.
Un Planeta
donde, en algunos eones más -cuando ya la Tierra no exista- y si las
condiciones son adecuadas, otros seres inteligentes se pregunten
también: ¿cómo será la vida en otros Planetas?
Quizá entonces,
al mirar hacia el espacio profundo, algunos de ellos verán con
sorpresa su propio rostro reflejado en las Estrellas.
Notas
-
(1) Luis Heinecke
Scott, “Método de Intelección Estratégica”, "Universidad de las Américas”, 11 de Agosto 2005.
-
(2)
http://www.solarviews.com/span/marslif6.htm
-
(3)
http://marsrovers.jpl.nasa.gov/home/index.html
-
(4)
http://www.terra.com/actualidad/articulo/html/act181575.htm
-
(5)
http://www.cida.ve/~briceno/formacion_estelar.html
-
(6)
http://ciencia.astroseti.org/planetary/articulo.php?num=2318
-
(7)
Lovelock, James E.
«La Hipótesis Gaia, una nueva visión de la vida sobre la
tierra», Editorial Hermann Blume, Madrid, 1986.
-
(8)
http://www.ciencia-hoy.retina.ar/hoy17/origen.htm
-
(9) Origins of Life,
vol. 18, 1988, págs. 71-95, y Nature, vol. 338,1989, págs.
217-224
-
(10)
Dr. Máximo Sandín, “La Función de los
Virus en la Evolución”,
http://www.uam.es/personal_pdi/ciencias/msandin/virus.html
-
(11)
Dr. Máximo Sandín,
"Teoría Sintética,
Crisis y Revolución"
-
(12) Dr. Miguel García Casas;
“La Tierra Embarazada”
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