|
Los
avances de la biología, y en particular de
la genética molecular, la genómica y la
genética del desarrollo han aportado la
evidencia suficiente para desvelar aquellos
aspectos que planteaban dudas hace tan sólo
unas décadas. Trataremos de aportar en este
comentario las claves necesarias para la
comprensión de los dos fenómenos indicados,
señalando desde este momento que existe un
nexo entre ambos. Por un lado, por la
existencia de genes especiales reguladores
de los cambios morfogenéticos que se
observan a lo largo del desarrollo de una
vida naciente, y por otro, porque estos
mismos genes están implicados en los grandes
cambios morfológicos que han dado lugar a la
aparición, a veces en períodos evolutivos
relativamente cortos, de formas de vida muy
diferentes, que es a lo que se refiere la
macroevolución.
La ciencia a
favor de la vida desde el momento de la
concepción
Es
necesario abundar en las aportaciones de la
Biología Celular y la Genética a la
clarificación del concepto de vida que no es
una cuestión de creencias, o de una u otra
forma de pensar. En los últimos años se han
acumulado pruebas científicas irrefutables
de que la vida humana está ya presente en el
embrión de una célula, el cigoto.
Desde la
Biología Celular hay descubrimientos
recientes que no dejan lugar a dudas. Así,
el Dr. Richard Gardner, un embriólogo de la
Universidad de Oxford (GB), publicó en 2001
en la revista Development unos
experimentos basados en el seguimiento de
unos marcadores físicos, unas gotitas de
grasa, en embriones de ratones a partir del
cigoto que demostraban que desde la
fecundación queda marcado el plano de
desarrollo del individuo, que sin
interrupción se desencadenará desde ese
instante a partir de la primera división
celular. De las dos células, una se erige en
la determinante del desarrollo de las
estructuras embrionarias y la otra de su
protección. A las mismas conclusiones llegó
la Dra. Magdalena Zernicka-Goetz, que en su laboratorio del
Wellcome/Cancer Research en Cambridge (GB),
utilizó fluorocromos de distintos colores
para seguir el desarrollo embrionario
publicando en ese mismo año en
Development unas demostrativas imágenes,
que no dejan lugar a dudas, sobre los
diferentes papeles que ya tienen asignados
las dos células hijas tras la primera
segmentación del cigoto. La Dra.
Zernicka-Goetz concluyó que “en la
primera división celular ya existe una
memoria de nuestra vida”. Ambos
experimentos demuestran muy claramente que
las células embrionarias se estructuran
desde la primera división celular y que,
desde el primer instante, queda definido el
plano general del desarrollo del ser recién
concebido. No es por tanto serio ni ético
alimentar dudas al respecto del comienzo de
la vida humana.
A mayor
abundamiento, el 13 de mayo de 2004, en la
prestigiosa revista Nature se publicó
un trabajo del Dr. Steven Krawetz
Pero
además, la mejor prueba de la existencia de
vida propia en el embrión de una célula es
la de que su identidad genética es
igualmente propia, y que viene determinada
por la nueva combinación de los genes que
recibe de sus padres por la vía de los dos
gametos que se acaban de unir. Es cierto que
antes del embrión no podemos hablar de una
nueva vida, pero es que antes que el embrión
no hay más que gametos. El desarrollo de un
ser humano tiene un comienzo, que es el
momento de la fecundación, y un final, que
es la muerte del individuo.
Controversia sobre el inicio
de la vida humana
A pesar de
las evidencias indicadas, en relación con el
momento en el que se sitúa el comienzo de la
vida humana, han surgido muy diversas
opiniones que aunque están basadas en
principios científicos, no siempre estén
relacionadas directamente con el desarrollo
de una vida naciente.
De este
modo, hay quien ha utilizado como argumento
la “Ley fundamental biogenética”,
emitida a mediados del siglo XIX por el
evolucionista Ernst Haeckel (1834-1919)
[4] . De acuerdo con esta ley “las
etapas del desarrollo del embrión, la
ontogénesis, recapitulan la historia
evolutiva, la filogénesis”. Quienes
aplican esta Ley interpretan que el embrión
recorre durante su desarrollo las diversas
etapas de las formas animales inferiores a
él antes de que llegue a su apariencia
humana verdadera., lo cual es aceptable en
lo que a la apariencia morfológica se
refiere y además incuestionable desde que
Haeckel convirtió su teoría en ley, en la 9º
edición de su Historia de la Creación
Natural, en 1866. Sin embargo, como se
verá más adelante las diferentes etapas del
desarrollo de un ser humano, como de
cualquier otra especie animal, no se puede
entender como una serie sucesiva de seres
diferentes, sino como un proceso de
modificación morfogenética de un mismo ser.
Resulta
grotesca también la idea expuesta por
Aristóteles en su libro De la generación
de los animales
[5] , cuando decía: ”Primero está lo
vivo, luego el animal, y por ultimo el
hombre”. Esta tesis, como la anterior no
se sostiene hoy habiendo sido superada por
la evidencia biológica, que no concibe un
cambio de individuo y menos aun de especie a
lo largo de la embriogénesis. Del germen de
una planta surge una planta, del cigoto de
un gusano, surge un gusano, y del de un ser
humano surge un ser humano. Es ridículo por
lo tanto pretender la estratificación del
desarrollo del ser humano y extrapolar lo
que no son más que etapas diferenciales de
su morfología a su condición de ser vivo
perteneciente a diferentes especies. La
Biología no aplica el concepto de especie en
el ámbito de la edad, el aspecto morfológico
o la etapa del desarrollo en que se
encuentra un individuo, sino a conjuntos de
individuos diferentes que comparten un
acervo genético común, cuando tras alcanzar
la madurez sexual no existen barreras de
intercambio reproductor.
Lo que
parece evidente es que la existencia de un
ser vivo es algo que depende en su tipología
y modo de vida de la información contenida
en su genoma. Desde la perspectiva de la
Genética actual no se sostiene el hecho de
que los cambios morfológicos, por muy
drásticos y aparentes que sean en la
morfogénesis del ser que se está
desarrollando, se deban interpretar como una
sucesión de seres, sino como las distintas
etapas por las que atraviesa el desarrollo
de un ser singular como consecuencia del
cumplimiento de un programa de expresiones
genéticas en espacio y tiempo, existente
desde el momento de la concepción. La
singularidad se basa en que la información
genética contenida en los genes, que hacen
posible la modificación o la aparición
gradual de todas las estructuras del ser en
crecimiento, es propia de cada individuo,
con la única excepción de los gemelos
monocigóticos. En suma, el desarrollo es
dinámico, no consiste en una sucesión de
formas. No consiste en unas estructuras que
se disuelven y se transforman en otras
nuevas y distintas, sino que estas se
construyen sobre la base de las
anteriormente existentes.
En
términos sencillos el programa de desarrollo
morfogenético está establecido en el ADN,
que se constituyó en el momento de la
concepción y del que se trasmiten réplicas
exactas (salvo mutación espontánea) a todas
las células de la vida naciente. Sí pasamos
de una célula (cigoto) a billones de células
(adulto), es importante reconocer que el
individuo único y singular es el mismo
siempre y en cada momento, y es el fruto de
la suma de las células que lo constituyen,
ya que todas contribuyen en el mismo grado,
todas proceden de la división de las
preexistentes, todas forman parte del mismo
individuo y todas tienen la misma
información genética, aunque se exprese de
forma diferente en los distintos tejidos,
órganos y sistemas a lo largo de la vida.
Aunque todas las células contienen todos los
genes, en cada célula sólo estarán activos
aquellos genes cuya actividad es necesaria
para atender un papel funcional específico
(células nerviosas; musculares; hepáticas,
etc.), para contribuir a un momento clave
del desarrollo (diferenciación de células
precursoras de ectodermo; formación del
endodermo; diferenciación de tejido
nervioso, etc.), o para hacer frente a una
necesidad del organismo en relación con su
entorno (células T del sistema inmunológico
para atender una infección; proliferación de
células sanguíneas, etc.).
El embrión: ¿ente biológico o
entelequia filosófica?

En una
primera aproximación me atrevería a afirmar
rotundamente que para la Biología un embrión
es una realidad viva, es un ente vivo en las
primeras etapas de su desarrollo. Sin
embargo, en la cuestión que nos ocupa han
aparecido enfoques no biológicos, que tratan
el tema de la vida naciente desde una
concepción más filosófica que científica.
Así, el Prof. Diego Gracia
[6] centra el debate sobre el valor
humano del embrión en desarrollo en el
concepto filosófico de constitución
y, dejando a un lado que el hilo conductor
del desarrollo embrionario está dirigido por
la información genética configurada en la
concepción, se plantea cuándo el ser
naciente tiene entidad constitutiva, es
decir cuándo se le debe atribuir la realidad
de ser humano. Como buen seguidor de Xavier
Zubiri, el Dr. Gracia se plantea el momento
en que a lo largo del desarrollo la
estructura en crecimiento adquiere
suficiencia constitucional de acuerdo
con la terminología acuñada por el filósofo
Xavier Zubiri señalaba que para que haya
suficiencia constitucional debe haber
sustantividad y Diego Gracia
[7]
no reconoce en la información genética
constituida en el momento de la fecundación
la sustantividad necesaria para que exista
suficiencia constitucional. La consecuencia
de este tratamiento es que al no reconocerse
la realidad humana hasta la octava semana,
en el tránsito de la fase embrionaria a la
fetal, todo el camino recorrido por el
embrión hasta ese momento no merece la
consideración de realidad humana, quedando
de este modo justificada la negación de
cualquier derecho a la entidad biológica
naciente. De la misma opinión es el Prof.
Pedro Lain Entralgo
[8]
Mención
aparte merece el genético Carlos Alonso
Bedate, que niega la condición de
ser humano al embrión antes de la octava
semana, no sólo por carecer de sustantividad
y suficiencia constitucional, sino además
por “la dependencia del genoma del
embrión del genoma de la madre, sin cuya
dependencia devendrían molas hidatiformes”.
A este respecto, hay que señalar puntos de
discrepancia. Primero, creo inapropiado el
uso del término genoma, pues el acento no
debe ponerse en la información genética del
individuo naciente, la misma desde la
constitución del cigoto e idéntica antes,
durante y después de la implantación, y más
allá durante la etapa fetal, de adulto y
hasta la muerte. El acento debería centrarse
en la capacidad potencial del embrión para
desarrollarse normalmente de no mediar una
perturbación en su normal desarrollo, que
por supuesto pasa por la implantación y
protección en el seno materno.
En segundo
lugar, había que precisar algo sobre la
aparición de una mola hidatiforme.
Para Suárez, una mola hidatiforme
se produce como consecuencia de una
aberración consistente en la fecundación de
un ovocito por dos o más núcleos
espermáticos, sin que lleguen a fusionarse
los núcleos ni a constituirse un embrión
zigótico viable. Los ovocitos así fecundados
son incapaces de desarrollarse por lo que
sensu stricto no llegan a ser embriones,
al no constituirse como un ente vivo en su
primera etapa de desarrollo. Es importante
señalar la diferencia entre este tipo de
embriones y los que fuesen portadores de
anomalías cromosómicas, aunque la propia
aberración indujera una merma de la
viabilidad, como ocurre con cualquiera de
las aberraciones cromosómicas responsables
de cerca del 50% de los abortos espontáneos.
Con más razón las que fuesen viables, como
por ejemplo las que definen el síndrome de
Down, debida a la trisomía del cromosoma 21,
o el síndrome de Turner, caracterizado por
una dotación incompleta de los cromosomas
sexuales (45,X0), etc.
Lo cierto
es que ni cualitativa ni cuantitativamente
debe darse tanta importancia a la apariencia
como a la información genética, una realidad
presente e invariable desde el comienzo del
desarrollo y de la que depende el aspecto
morfológico y morfogenético de cada momento
de la vida del ser humano. Las distintas
formas del embrión, desde unas pocas
células, a la mórula, el blastocisto que
anida en el útero, la gástrula, el feto que
sobreviene después, no son sino etapas
sucesivas que a pesar del cambio de
apariencia no representan una permuta
cualitativa en el embrión que se está
desarrollando, sino morfológica y
cuantitativa, en lo que al tamaño y al
aumento del número de células se refiere.
Es cierto
que una vez que se ha efectuado la
anidación, a partir de la tercera semana se
produce la gastrulación y con ella la
formación de las capas germinales primitivas
de las que surgirán los primeros tejidos y
órganos del organismo humano. Sin embargo,
no es menos cierto que el momento de la
anidación no supone ningún cambio en la
esencia o en la existencia del embrión, ya
que es este mismo el que sufre una
transformación en relación con su entorno.
Lo que ocurre a partir de esta etapa crucial
para el desarrollo es que se acentúa la
relación y dependencia entre el embrión y el
ambiente materno, hasta el extremo de que un
embrión no acogido en el ambiente materno se
detiene y se colapsa en su desarrollo y
muere. Como señala María Dolores Vila-Coro“La anidación en el útero
materno no añade ni quita nada a la nueva
vida en sí misma; lo que hace es
suministrarle las condiciones ambientales
óptimas para su desarrollo”.
Al
coincidir la manifestación de la forma
humana con las etapas posteriores a la
anidación del embrión en el útero materno,
en su versión moderna, la hipótesis de la
animación retardada, hace hincapié en la
importancia de dicho momento, como
fundamental para la aparición de la vida
humana. Sin embargo, sí bien es cierto que
el útero materno es necesario para que el
embrión llegue a adulto, también lo es que
el embrión, en cualquiera de las etapas de
su desarrollo muestra su capacidad de
modificación continua y no deja de
pertenecer a la misma especie humana que el
adulto que lo acoge. Por ello podemos
afirmar que el embrión, antes de implantarse
en el útero, es ya un ser humano.
El absurdo
concepto de preembrión
Por otra
parte, hay quien sostiene que la condición
humana de la vida naciente depende de la
individualidad del embrión. Es decir que no
se ha de conceder la condición de vida
humana a algo que no tiene garantizada la
formación de un único individuo. Para los
defensores de esta idea, en los primeros
estadios del desarrollo embrionario, hasta
la anidación, no se debería llamar ser
humano al embrión, sino considerarlo como un
conglomerado de células humanas. El
fundamento es que antes de que se produzca
la anidación, un ovocito fecundado puede
derivar hacia más de un individuo (gemelación
monocigótica) y en ocasiones, se puede
producir un embrión por la fusión de dos
embriones (quimera). Según estas
observaciones, la individualidad del embrión
no queda garantizada hasta la anidación. Por paradójico que
resulte, esta cuestión fue planteada por un
sacerdote católico salesiano, filósofo y
teólogo australiano llamado Norman Ford, profesor de Etica
en la Universidad de Melbourne, que
planteaba el problema de la gemelación
como dificultad fundamental para que exista
un ser humano individual, al señalar que “la
potencialidad de la división gemelar
monocigótica es incompatible con el status
personal”. Esta forma de pensar dio paso
a la idea de la bióloga inglesa Jeanne
McLaren, que estableció que hasta el 14º día
después de la concepción no debe hablarse de
embrión, sino de preembrión o
proembrión.
Lo que
podemos señalar brevemente es que en esta
concepción se olvida de nuevo el significado
de la identidad genética, elemento
constitutivo determinante de la
configuración de cada individuo. El Dr. Ward
Kischer
Contra
quienes se apoyan en el falso concepto del
preembrión para definir una etapa en
la que el ser naciente no debiera ser
considerado como una vida humana, habría que
decirles que si como causa de este argumento
deciden sacrificar un preembrión, lo
que están sacrificando no sólo es una vida
humana, sino potencialmente más de una.
En suma,
el hilo conductor de la vida de cualquier
ser es la información genética, y ésta no
cambia desde la concepción hasta la muerte,
lo que cambia es el repertorio de
actividades genéticas en cada tipo de
células o momento del desarrollo. En
términos sencillos podemos decir que sí hay
un continuum genético debe entenderse
que también hay un continuum
biológico.
¿Es clave la
evolución para entender el desarrollo
ontogenético?
El
desarrollo de un ser vivo, con sus
morfologías cambiantes sucesivas, que es a
lo que han prestado su atención los autores
que sostienen ideas basadas en la ley
biogenética fundamental de Haeckel, nos
lleva a plantear el fenómeno de la evolución
y en particular, la llamada
macroevolución, desde la perspectiva de
la Genética.
Antes de
explicar a que se refiere el término
macroevolución, conviene explicar la
base científica de la propia evolución. Al
contemplar la enorme biodiversidad existente
en todo tiempo y lugar nos preguntamos cómo
se han llegado a formar estos organismos y
estructuras con diseños tan perfectos y
útiles. Esto nos lleva a considerar dos de
las características inherentes a los seres
vivos, la capacidad de cambio, que
llamaríamos mutabilidad, que se
explica sobre la base de la propia
naturaleza molecular del material genético,
y la tendencia a conservar lo que es válido
para la adaptación al ambiente en el que
viven. Ambas características inspiraron las
explicaciones evolutivas a la biodiversidad.
La
evolución biológica, como casi todas las
grandes teorías científicas que en cierto
modo producen un cambio conceptual en
nuestra visión del mundo, tuvo un proceso
histórico complicado y ha sufrido varias
modificaciones, respecto a la aportación
inicial de Charles Darwin, en particular por
los descubrimientos de varias disciplinas
biológicas a lo largo del siglo XX. Las
ideas relativas a la transformación del
mundo biológico surgieron a principios del
siglo XIX, primero con la aportación del
naturalista francés Jean Baptiste de Lamarck
(1744-1829), que trató de explicar el
transformismo de las especies en base a una
influencia directa del ambiente sobre las
estructuras y órganos de los seres vivos,
expresado en su obra Filosofía Zoológica , con la expresión “la
función crea el órgano”. Más tarde, a
mitad del siglo XIX, el inglés Charles
Darwin (1809-1882) daba una explicación más
convincente en su obra principal “El
Origen de las Especies”,publicado en 1859, en el que
proponía que la principal fuerza responsable
de los cambios que explican la biodiversidad
es la selección natural, que opera a
lo largo del tiempo y que se nutre de la
diversidad heredable preexistente en las
poblaciones.
La
selección natural, el argumento fundamental
del darwinismo, se basa en cuatro principios
esenciales: a) La capacidad de reproducción,
es decir, el aumento en número de los seres
vivos con el tiempo; b) La existencia de
variación genética entre los individuos de
una población; c) El hecho de que al menos
algunas de estas variantes afecten a la
capacidad de sobrevivir o reproducirse de
los organismos; d) El que estas variantes, a
las que hoy llamamos mutaciones, sean
heredables.
En esencia
el principio de la selección natural de
Darwin quiere decir que unos individuos de
una población, o de una especie, con unas
características más favorables para
sobrevivir y reproducirse que otros, no sólo
dejan más descendientes, sino que además
transmiten sus ventajosas características a
sus hijos, circunstancia que se define con
la expresión superioridad adaptativa.
La consecuencia será un cambio gradual de
las características genéticas de la
población o de la especie de generación en
generación, que se irá haciendo cada vez más
eficaz en su capacidad de vivir en el
hábitat concreto en el que se encuentra. A
este cambio gradual y lento en las
características heredables en el seno de las
poblaciones y de las especies es a lo que
llamamos microevolución.
Tras el
resurgir de la Genética, a principios del
siglo XX, se añaden los elementos necesarios
para entender la teoría de la Evolución que,
tal como la planteó Darwin, adolecía del
conocimiento de los mecanismos de la
mutación y la herencia. De este modo se
demostró que la evolución se produce porque
hay variación genética y que ésta surge como
consecuencia de mutaciones aleatorias en los
genes, cuya transmisión quedaba explicada
tras los experimentos de Mendel. De entre
las alternativas de un gen, presentes en los
individuos de una población, las
preexistentes y las que pueden surgir en
cada generación por mutación, perdurarán con
el tiempo fundamentalmente las que mejores
oportunidades de adaptación ofrezca a sus
portadores. Esto es lo que constituye la
base de entendimiento de la selección
natural y que en su concepción moderna
quedaba expresado en la llamada Teoría
Sintética de la Evolución, o
neo-darwinismo. Esta readaptación de la
teoría de Darwin se desarrolló entre 1930 y
1950 y se basa en las leyes de la herencia y
en los modelos matemáticos aportados por
diversos autores como Fisher, Haldaney Wright, que explicaban el cambio
gradual de las características genéticas de
las poblaciones. Al mismo tiempo se
descubrió la naturaleza y la estructura de
la molécula de la vida, el ADN y la
universalidad del código genético, todo lo
que apoyaba sin paliativos el origen común
de todos los seres vivos.
La Teoría
Sintética de la Evolución se fundamenta en
dos mecanismos independientes:
1.- La
Evolución consiste en un proceso gradual de
sustitución de alelosen el seno de una población,
generación tras generación. La fuente de
variabilidad de estos alelos serían las
mutaciones puntuales que ocurren al azar por
errores no reparados durante la replicación
de las secuencias del ADN de los genes.
2.- El
material genético es sólo la materia prima,
pero lo que dirige el proceso evolutivo es
la Selección Natural.
El primero
de estos fundamentos lo expresó Theodosius
Dobzhansky, uno de los autores más
importantes del neo-darwinismo, considerado
como el fundador de la Genética de
Poblaciones experimental, de la siguiente
manera “La Evolución es un cambio en la
composición genética de las poblaciones”.
El segundo forma parte consustancial de
la teoría de la Evolución acertadamente
explicada por Charles Darwin (1809-1882).
De acuerdo
con el evolucionista Ernst Mayr (1997)“los matemáticos
demostraron convincentemente que, incluso
mutaciones con ventajas relativamente
pequeñas, eran favorecidas por la selección,
y sus hallazgos ayudaron a superar varias
objeciones a la Selección Natural”.
La
Teoría Sintética de la Evolución explica
la variación de formas de vida y la
diversidad entre los individuos de cada
especie en cada tiempo y lugar. El
entendimiento de la evolución en términos
genéticos supuso la aceptación definitiva
del darwinismo. De acuerdo con este enfoque,
la diversidad biológica observada pero no
explicada por Darwin, se debe a la capacidad
para el cambio que tienen los genes, a
través de las mutaciones, unida a la
selección de las combinaciones más adecuadas
para los diversos ambientes. Hoy sabemos que
con la mutación y la recombinaciónde los genes se crea la
materia prima, sobre la que opera la
selección natural y en cierta medida el
azar. La flexibilidad del genoma para el
cambio y la gran diversidad de ambientes de
la biosfera completan el escenario necesario
para dar una explicación lógica a la
aparición de formas de vida adaptadas a las
más insólitas condiciones de vida. De este
modo la “síntesis moderna” o
“neo-darwinismo”, explicó perfectamente el
fenómeno de la microevolución y logró
la reconciliación de la evolución por
selección natural con la moderna genética.
A pesar de
la claridad alcanzada tras el conocimiento
del papel de la variación genética, la
teoría moderna de la Evolución se encontró
con su mayor dificultad al tratar de
explicar cómo se producía la aparición de
formas de vida diferentes a lo largo del
tiempo, a veces en períodos de tiempo
sorprendentemente cortos desde el punto de
vista evolutivo, un fenómeno que recibió la
denominación de macroevolución, para
diferenciarlo del cambio lento y gradual
definido como microevolución.
El término
macroevolución fue acuñado por el
entomólogo ruso Iurii Filipchenko en 1927,
que intentó reconciliar la genética
mendeliana con la evolución. Hoy, el término
macroevolución se utiliza para
referirse a cualquier cambio evolutivo en o
por encima del nivel de la especie. Se
emplea para referirse a la partición de una
especie en dos (especiación o cladogénesis)
o para el cambio de una especie hacia otra
nueva con el tiempo (anágenesis). También se
aplica para referirse a cualquier cambio que
haya ocurrido en los niveles superiores al
de la especie, como la evolución de nuevos
géneros, familias u otros taxones.
Existe por
lo tanto un contraste entre los términos
microevolución y macroevolución.
La microevolución se refiere a
cualquier cambio evolutivo por debajo del
nivel de especie, y sobre todo como hemos
señalado describe los cambios en las
frecuencias génicas (alelos) dentro de las
poblaciones de una especie. La
macroevolución trata de explicar
los grandes cambios que se observan entre
los distintos grupos biológicos.
Al
principio y como consecuencia de la fuerza
de la demostración empírica de la evolución
en términos genéticos, la macroevolución
se consideró como una extension de la
microevolución. A este respecto,
Theodosius Dobhansky señaló: “…con los
conocimientos actuales estamos obligados a
colocar a nivel de igualdad los mecanismos
de la micro- y la macroevolución”. Sin
embargo, aparte de Theodosius Dobzhansky y
Ernst Mayr, muy pocos escritores neo-darwinianos
usaron el término macroevolución,
haciendo referencia preferentemente a los
cambios de genes y de frecuencias alélicas,
sin mencionar el nivel de los cambios al
hablar de evolución, en poblaciones de una
especie o por encima de la especie.
El término
macroevolución incurrió en
desaprobación en los tratados de algunos
autores, como el evolucionista Richard
Goldschmidty el paleontólogo Otto
Schindewolfque no lo asumían, pues
defendían la teoría de la ortogénesis
que explica los cambios heredables como
producto de tendencias evolutivas más que
por selección natural. En sustitución de una
explicación científica del fenómeno de la
macroevolución se recurrió a diversas
explicaciones, como el creacionismo,
la panspermia o la evolución
puntuada.
Sin
embargo, el término macroevolución
fue reavivado por otros investigadores, como
Stephen Jay Gouldy Niles Eldredge, que también interpretaban
la evolución en términos de ortogénesis,
pero con un sentido diferente. Estos autores
defendían la teoría del equilibrio
puntuado no estableciendo ninguna
diferencia entre la microevolución y
la macroevolución. Para esta
corriente lo que produce los cambios es el
hecho de que los genes se combinan y se
intercambian entre los individuos de una
especie, mientras que al establecerse
barreras de intercambio entre especies
distintas cesa el flujo génico y se acelera
la divergencia.
¿Son
explicables en términos genéticos la
macroevolución y el desarrollo ontogenético?
La
respuesta concluyente hoy, tras la
aportación de los llamados proyectos genoma
y conocidas las secuencias del ADN de muchos
organismos, incluida la especie humana es
que sí. La Genética no sólo ha dado una
explicación mucho más coherente y
convincente de la variación a escala
evolutiva que ninguna teoría anterior, sino
que a escala individual es capaz de explicar
la morfogénesis de los seres vivos. Tanto la
macroevolución como el desarrollo
morfogenético son el resultado de fenómenos
explicables en términos de variación
genética, habiéndose añadido en tal sentido
nuevas evidencias sobre la función de genes
capaces de intervenir en ambos procesos.
El punto
de encuentro entre ambos fenómenos es
precisamente la explicación del proceso de
la variación morfogenética, pero no
entendido como una sucesión de formas de
vida, sino como el resultado de la
transformación de una misma forma de vida a
lo largo del desarrollo debido a la
activación de genes.
Como se ha
señalado con relación a la morfogénesis, hay
quienes por razón de la apariencia de unas
estructuras que sucesivamente van cambiando
y que sólo al cabo de varias semanas
alcanzan el parecido a un ser humano, niegan
la condición de vida humana al embrión
durante las primeras etapas del desarrollo.
Por otro lado, con relación a la filogénesis,
hay quienes niegan que la macroevolución
pueda explicarse como un fenómeno evolutivo
de cambio de unas formas de vida en otras.
Salvando
la escala temporal a que se refieren los dos
fenómenos, hay bastante en común entre
quienes niegan la macroevolución, y se
aferran a ideas creacionistas o de
panspermia, y quienes niegan la continuidad
en el desarrollo de un embrión, o la
condición biológica de la especie de que se
trate, en sus diversas etapas, antes y
después de la anidación, o incluso más tarde
en el desarrollo morfogenético. En ambos
casos se cuestiona el principio de la
continuidad y se recurre a la idea de una
aparición sucesiva de formas de vida.
Circunscrito a la embriogénesis humana se
llega a afirmar que en los primeros estadíos
del desarrollo embrionario, hasta la
anidación, no se podría hablar con propiedad
de ser humano, sino que habría que
considerarlo como un conglomerado de células
humanas sin identidad propia.
Tal como
se ha visto, hasta finales de los setenta
las teorías y las corrientes de
interpretación no permitían distinguir con
claridad la microevolución y la
macroevolución. Ambos fenómenos se
aplicaban por igual para explicar la
variación evolutiva dentro de una población
a lo largo del tiempo, como entre especies.
Sin embargo, entre los genéticos y los
evolucionistas existía la sensación de que
aceptada la combinación de los procesos de
mutación y selección natural para explicar
la microevolución, faltaba una
explicación más convincente de la
macroevolución. Sorprendía la
observación de los cambios tan enormes de
arquitectura corporal, que se apreciaban en
algunas líneas evolutivas en tiempos
asombrosamente cortos. Estaba el hecho de la
llamada “explosión del Cámbrico”, un
fenómeno de aparición de tipos de formas de
vida de invertebrados de una gran diversidad
en apenas un período de tiempo de unos 40
millones de años. Se echaba en falta también
una explicación convincente de que las
radiaciones adaptativas fuesen tan dispares
entre unos grupos de organismos y otros. Así
por ejemplo, ¿por qué de los Mamíferos
placentarios han llegado hasta nuestros días
más de 4.600 especies pertenecientes a unos
20 órdenes, que es como decir patrones
morfológicos diferentes, en 75 millones de
años de evolución, mientras que dentro de
los anfibios, las ranas, en el doble de
tiempo evolutivo sólo han dado lugar a unas
3.050 especies pertenecientes a un único
patrón morfológico?, ¿por qué la riqueza de
producción de tipos o arquitecturas
biológicas ha sido tan diverso en distintas
etapas evolutivas y grupos taxonómicos?,
¿qué puede explicar la rápida remodelación
morfogenética dentro de algunos grupos?.
Una joven
rama de la genética, la Genética del
Desarrollo ha resuelto estas cuestiones y ha
puesto las cosas en su sitio, al demostrar
que los grandes saltos de tipos morfológicos
que se observan entre grupos de especies
diferentes, así como a lo largo del
desarrollo de un embrión, son explicables
gracias a la existencia de unos genes
especiales. Yendo paso a paso, lo primero
que es necesario tener presente, para
entender el fenómeno de la diferenciación en
términos genéticos, es que a los efectos del
desarrollo debe haber una fuerte implicación
de un tipo de genes que serían los
responsables de los cambios morfogenéticos.
En segundo lugar, demostrada la existencia
de estos genes, sería necesario demostrar
que éstos, con las lógicas variaciones, se
conservan en los genomas de diferentes
grupos de especies que difiriesen en su
arquitectura corporal, como gusanos,
insectos, mamíferos, etc. La conservación de
genes que intervienen en el desarrollo, con
sus potenciales mutaciones explicaría dos
hechos: el origen filogenético común de
todos los seres vivos, algo por otra parte
innecesario dada la evidencia que aporta la
universalidad del código genético, y la
posibilidad de que sus mutaciones afectasen
precisamente a los cambios de arquitectura
corporal, que se traducen en los grandes
saltos de formas de vida en cortos espacios
de tiempo a los que se refiere la
macroevolución, no explicada
satisfactoriamente hasta ahora.
La existencia de genes
reguladores de la morfogénesis
Los
avances en Genética del Desarrollo y el
análisis de los genomas han puesto en
evidencia que en efecto, en lo que a las
decisiones de organización corporal en todas
las especies multicelulares hay dos tipos de
genes: los genes estructurales que
son los responsables directos de las
estructuras morfológicas, dado que cuando se
activan dan lugar a los tipos de proteínas
que determinan la función específica de cada
célula, y los genes reguladores, que
son los que dirigen la expresión de los
genes estructurales, tanto en tiempo como en
lugar. Buscando un símil fácil de entender,
los genes estructurales son los encargados
de ejecutar las órdenes mientras que los
genes reguladores son los que las dictan,
sería como el director de una orquesta y los
músicos que la componen. En los sistemas
genéticos celulares, los genes reguladores
bajo ciertos estímulos que vienen del
exterior reconocen cuando debe producirse
una proteína necesaria para cumplir una
actividad y dictan la orden necesaria para
que se activen los genes estructurales
necesarios. Como consecuencia la célula o
tejido en que esto se produce inicia o
consuma un proceso de especialización.
De acuerdo
con esto el desarrollo de un ser vivo
pluricelular y complejo tras la fecundación,
a partir del cigoto, se debe al hecho de que
las células que van aumentando en número por
sucesivas divisiones, aun conteniendo la
misma información genética, se diferencian y
se especializan como consecuencia de la
expresión diferencial de los genes
estructurales bajo la batuta de los genes
reguladores. En distintos tejidos y órganos,
y en distintos períodos de tiempo durante el
desarrollo, se activan o inactivan unos u
otros genes, mediante fenómenos de
regulación de la expresión, inducida o
reprimida por la actividad de los genes
reguladores. De este modo la variación
morfogenética se explica como consecuencia
de un programa de actividades genéticas
perfectamente establecido desde el momento
de la fecundación.
Los
avances de la tecnología del ADN han
permitido el abordaje del análisis de los
genomas en las últimas décadas. De este modo
han surgido varias líneas de actuación. La
genómica estructural trata de
conocer la organización, el orden de los
genes y de las diferentes secuencias en el
genoma de una especie. El
conocimiento de las secuencias de los genes
abre la posibilidad de descifrar su
papel biológico, incluido el de los tipos de
células y momento del desarrollo en que se
expresan, es lo que se llama genómica
funcional. De este modo, una vez que se
ha conseguido descifrar el mensaje genético
completo del genoma de una especie, y tras
conocer el papel funcional de los genes que
encierra, se podría utilizar esta
información a modo de un libro de
instrucciones para interpretar el
desarrollo ontogenético, y en particular
para conocer cómo se disparan las órdenes de
activación o silenciamiento de los genes
estructurales desde los genes
reguladores.
La
actividad genética diferencial se relaciona
de este modo con la genómica a través
del análisis de la denominada proteómica.
Si en un organismo pluricelular complejo
existen células diferenciadas, es porque en
ellas están funcionando unos genes al tiempo
que están reprimidos otros. Como sabemos,
los genes se expresan mediante la
transcripción de los ARN mensajeros, y éstos se traducen en
proteínas. La proteómica lo que hace
es analizar las actividades genéticas a
través del análisis de las proteínas
producidas. Dado que el paso de información
de un gen a la molécula de ARN mensajero se
denomina transcripción, el análisis de los
ARN-m de cada célula nos permite también
conocer las actividades diferenciales de que
depende la especialidad de la célula
anallizada, es lo que se llama el
transcriptoma de las células. El
análisis de la identidad y cantidad de las
proteínas de una célula es más dificil que
el de los ARNm, pero es clave para entender
cómo se expresa el genoma completo.
El
conocimiento del genoma, el
transcriptoma y el proteoma de
una serie de especies permite evidenciar
cómo está organizada la información genética
en su conjunto y de forma comparada, y
conocer el programa de actividades genéticas
secuenciales de que depende el desarrollo
morfogenético de los individuos de cada
especie. Hoy sabemos que de la actividad de
un sólo gen regulador en un momento dado
surge la señal molecular de la que depende
la activación de uno o más genes
estructurales. Desde un punto de vista de la
jerarquía de las actividades genéticas los
genes reguladores son más trascendentes que
los estructurales en la marcha general del
desarrollo morfogenético, dado que son los
que dirigen el proceso y marcan la pauta de
la diferenciación celular, la emergencia de
un tipo de tejido, la reorganización de una
serie de células para conformar un órgano,
etc., todo ello ejecutado por los genes
estructurales bajo su dependencia.
Una vez
que ha surgido y se ha organizado un
determinado sistema, órgano o tejido, la
propia actividad de las células de éste
determina la síntesis de proteínas
específicas, que se acumulan en el
citoplasma celular y pueden ejercer como
factores inductores de la actividad de
nuevos genes reguladores. Estos, a su vez
pueden inducir o reprimir la actividad de
otros genes estructurales y así
sucesivamente. De este modo, las actividades
genéticas funcionan en cascada, y se activan
o inactivan en el momento en que toca y
donde toca. La fenomenología que hoy sabemos
acompaña el desarrollo paulatino de un
embrión por sucesivas divisiones celulares,
la formación de gradientes y campos
morfogenéticos determinantes de la
existencia de linajes celulares
diferenciados entre sí, ha sido objeto de
numerosos estudios en organismos sencillos
como la mosca de la fruta, Drosophila
melanogaster o el gusano
Caenorhabditis elegans y constituye una
de las páginas más brillantes de la moderna
Biología.
Conservación
evolutiva de los genes reguladores de la
morfogénesis
En 1977,
Francois Jacob propuso como metáfora que “la
evolución funciona como un ingeniero”
que, a falta de elementos nuevos para
construir sus máquinas, tuviese que manejar
elementos viejos previamente existentes para
hacerlas. En este caso estaríamos hablando
más de bricolaje que de auténtica
ingeniería. Trasladado al campo de la
evolución de los genes y los genomas, serían
necesarias dos tareas para conseguir nuevas
formas de vida tomando los elementos de
otras formas previamente existentes. Por un
lado haría falta que se produjese alguna
modificación o ajuste de las piezas
disponibles, los genes estructurales, y por
otra, se podría entender una modificación
del diseño general de los componentes del
viejo organismo para el logro de un sistema
biológico nuevo, que incluso fuese capaz de
ejercer nuevas tareas, para lo que bastaría
la modificación de los sistemas de
regulación de la expresión.
Se
entendería de esta forma la aparición de
nuevas funciones como por ejemplo la
capacidad de volar de las aves a base de la
modificación de las extremidades anteriores
de sus ancestros reptiles, o la aparición de
los primitivos peces (anfioxos) a partir de
las larvas de unos invertebrados marinos
(tunicados) por el adelanto en el desarrollo
del momento en que aparece la madurez
sexual, que en los citados invertebrados
tiene lugar en la fase adulta cuando la
larva desciende al fondo marino y se hace
sedentaria, etc.
Investigaciones recientes sobre la
estructura de los genes, y en particular la
evidencia que se va acumulando a través de
los proyectos genoma, confirma e incluso
magnifica la idea de Jacob. De acuerdo con
Jacob, lo que diferencia a una mariposa de
un león, una mosca de un pato, un gusano de
una ballena, o un chimpancé de un hombre, en
lo que a la organización genómica se
refiere, se debe mucho menos a la diferencia
en sus constituyentes químicos que a la
organización y distribución de estos
constituyentes.
En los
últimos años se ha demostrado que los genes
y moléculas reguladoras y los mecanismos de
regulación son prácticamente los mismos en
toda la escala evolutiva de los metazoos.
Aunque el papel regulador haya cambiado en
los genes bajo su mando, el orden de
actuación o las zonas del organismo en que
se manifiesta su actividad siguen siendo los
mismos. Así por ejemplo, los principales
factores reguladores de la expresión
genética y todos los sistemas de
comunicación de señales inter- e
intracelulares, desde los que se basan en
receptores de tirosina kinasa hasta los
canales de hierro, están muy conservados.
Cuando se estudian las secuencias de los
genes que codifican esos factores en
diferentes especies de animales, se
comprueba además que su extraordinaria
conservación estructural es comparable al
del papel funcional general de muchos de
ellos, en la formación de patrones y en su
contribución a la órganogénesis que da lugar
a diferentes morfologías del adulto y
sistemas de desarrollo.
Otro
ejemplo es el de la extraordinaria
conservación de los genes que intervienen en
el desarrollo en invertebrados y
vertebrados. De esta forma, se ha encontrado
una sorprendente similitud en la estructura
y función de los llamados genes
homeóticos, que intervienen en
decisiones sobre el destino morfológico de
los linajes celulares en el desarrollo
temprano de Drosophila y del ratón.
Los genes homeóticos más importantes
se denominan Hom en los invertebrados
y Hox en los vertebrados. Estos
sistemas se han encontrado en todos los
grupos animales y están asociados en
complejos de varios genes, muy próximos
entre sí en los mismos cromosomas, lo que
sugiere un origen por duplicación a partir
de genes ancestrales, En el modo de
controlar el desarrollo están involucrados
un conjunto de genes Hox que son los
reguladores que dirigen la expresión
de otros genes estructurales,
regulados por proteínas específicas. Este
conjunto de elementos ha sido denominado
sintagma por Antonio García Bellido, un importante investigador
del campo de la Genética del Desarrollo.
Un caso
notable es el de la similitud entre las
agrupaciones de genes homeóticos Hox,
de los Mamíferos, los de los sistemas HOM-C
del coleóptero Tribolium castaneum, y
los llamados ANT-C y BX-C de
la mosca de la fruta Drosophila
melanogaster. Es interesante el hecho de
que los genes presenten sus subunidades
génicas dispuestas en un orden lineal
correspondiente al de su expresión espacial
corporal. Se ha propuesto que los genes
homeóticos Hom y Hox
aparecieron al mismo tiempo que la
segmentación en la explosión del Cámbrico,
hace unos 570 millones de años. Sin embargo
se han encontrado genes homólogos a los
Hom y Hox en plantas, hongos,
gusanos y otros animales no segmentados,
como medusas y esponjas, lo que parece
indicar que el origen de los genes
precursores de los complejos Hom y
Hox, que intervienen en las decisiones
del desarrollo corporal de los animales es
anterior al origen de los invertebrados, tal
vez anterior al de los seres pluricelulares
en el Precámbrico y desde luego muy anterior
a la diversificación de los animales y a la
evolución de un eje corporal
antero-posterior diferenciado. Este es un
claro ejemplo de cómo viejos genes muy
conservados han podido intervenir en la
macroevolución, manteniendo su papel
regulador pero interviniendo de forma
diferencial en los planes generales del
desarrollo ontogenético.
Antonio
García Bellido, explica de la siguiente
forma el asombroso impulso macroevolutivo
del Cámbrico que condujo a la aparición de
muy diversas formas de vida en apenas 10
millones de años: Una gran variedad de
philla de organismos Protostomos (gusanos
anélidos, moluscos y artrópodos), y los
Deuterostomos (equinodermos y cordados) han
surgido en un “Big-Bang” entre 530 y 520
millones de años, en la base del Cámbrico
(550-500 millones de años.), con una
impresionante explosión de la diversidad y
disparidad morfológica. El registro fósil
del Cámbrico incluye miembros de más de
treinta planes corporales correspondientes a
unos hábitats bentónicos marinos de costa
comparables a los actuales; unos hábitats
aparentemente constantes y estables. Esto
significa, que en un lapsus de tiempo, en
ambientes muy estables y por lo tanto sin
una gran presión de la selección natural,
surgieron nuevos sistemas genéticos
reguladores de la morfogénesis, a partir de
viejos genes presentes en organismos más
simples previamente existentes. Estos
sistemas genéticos nuevos condujeron a la
aparición de modos de locomoción
completamente nuevos y a numerosos tipos de
seres depredadores bentónicos y pelágicos,
filtradores, recolectores, carroñeros y
detritivoros que excavaban, andaban,
flotaban, se adherirían a las rocas o
nadaban. La explosión del Cámbrico llenó
muchos de los nichos ecológicos presentes en
los hábitats marinos poco profundos y dio
paso a todos los importantes grupos de
animales existentes en la actualidad. Un
matiz importante es la escasa o nula
importancia de la selección natural en esta
explosión, que sin embargo operaría después
para permitir la continuidad de los nuevos
organismos surgidos o eliminarlos, como lo
demuestra la desaparición sin remisión de
muy diversas y raras formas de vida
(animales con concha y otros de cuerpo
blando de difícil clasificación) que
circunscriben sus restos fósiles a la citada
etapa, muy bien representada en los fósiles
hallados en Burgess Shale, cerca de la
ciudad de Field, en la Columbia Británica
(USA).
Las mutaciones en los genes
reguladores explican la macroevolución
Dicho lo
anterior, la aplicación de estos
conocimientos al entendimiento de los
mecanismos de la microevolución y la
macroevolución la podríamos situar en
la respuesta a las siguientes cuestiones:
¿qué ocurre si se producen mutaciones en los
genes estructurales?, ¿qué ocurre si las
mutaciones se producen en genes reguladores
de los que depende la actividad de los genes
estructurales?. Es fácil de entender que si
la evolución utiliza como materia prima las
mutaciones genéticas, éstas tendrán distinta
repercusión de producirse en genes
estructurales o en genes reguladores. Se
debe admitir que la trascendencia, de cara a
la variación morfogenética, será mayor
cuando la mutación afecte a los genes
directores, que a los dirigidos. Una orden
no cumplida o cumplida a destiempo puede
tener una mayor consecuencia para el
desarrollo morfogenético que una orden
cumplida erróneamente. De cara a la
evolución de las formas biológicas puede ser
más trascendente retrasar, adelantar o
anular una parte del programa del desarrollo
ontogenético, que errar en el producto de
una pieza del mismo, del mismo modo que un
fallo en la interpretación de la partitura
por el director de una orquesta, es más
grave que el de un músico que diera una mala
nota en la ejecución de la pieza musical de
un concierto.
La
Genética del Desarrollo nos permite explicar
que una mutación en un gen estructural dará
lugar a la modificación de su producto, una
proteína, normalmente por la sustitución,
pérdida o adición de algún aminoácido en la
cadena polipeptídica que lo constituye. La
repercusión de este cambio puede ser mayor o
menor, dependiendo del papel funcional de la
proteína. Muchas de estas mutaciones son
negativas y la selección actúa en su contra
cuando afectan a la eficacia biológica de
sus portadores. Ocasionalmente, surgen
mutaciones en los genes estructurales que
aportan ventajas a sus portadores y en este
caso la selección favorece su conservación.
Este tipo de mutaciones en genes
estructurales es al que se refiere la
microevolución. Su repercusión se
circunscribe al carácter modificado en el
individuo en que aparece y por lo tanto la
manifestación habrá de esperar a su
transmisión y extensión en las poblaciones
venideras si realmente es favorecida por la
selección natural.
Sí por el
contrario las mutaciones afectan a los genes
reguladores, la repercusión es
considerablemente mayor, por afectar a la
cascada de actividades de los genes
estructurales bajo su mando. Pero además, la
manifestación afectará más que al cambio de
una proteína en particular, a un cambio en
el programa de actividades de desarrollo. De
este modo, las consecuencias de las
mutaciones en genes reguladores serán las de
la aparición de variaciones en los planes
del desarrollo, con repercusión posible en
el modo o el momento en que se organiza un
órgano, o algún elemento de la arquitectura
corporal del organismo en que se produce. Es
decir mediante este tipo de mutaciones se
puede explicar la aparición de nuevos tipos
de organismos en cuanto a sus patrones de
desarrollo morfogenético en tiempos
evolutivos relativamente cortos, ya que lo
que varía no son los “ladrillos del
edificio” que se construye, sino los
planos de la obra. Mediante este tipo de
mutaciones se explica la variación que
subyace en la macroevolución.
Las
morfologías cambiantes del embrión bajo la
batuta de los genes reguladores
Del mismo
modo que la macroevolución se explica
por los efectos bruscos de las mutaciones en
genes reguladores, los cambios morfológicos
que se aprecian durante el desarrollo de los
embriones son consecuencia de las
actividades diferenciales de los genes
reguladores. Lo cierto es que hoy no hay
argumentos para discutir la condición de la
vida humana en todas y cada una de las
etapas por las que transcurre su desarrollo.
A nadie se le ocurre dudar que un embrión de
un anfibio, una larva de erizo de mar, o la
crisálida de un insecto, que desde la
formación del cigoto constituyen etapas
concretas que muestran diversas morfologías
del desarrollo de estos organismos, son
fases bien definidas del ser vivo que está
en un proceso dinámico de formación
ontogenética, del que al final surgirá un
anfibio, un erizo de mar o un insecto
adulto. Nadie cuestiona que cada una de esas
formas, embrión, larva, crisálida o imago,
definen etapas de una vida única y la misma
desde la fecundación hasta la muerte.
Paradójicamente, cuando se trata de un ser
humano, se pretenden diferenciar etapas de
mayor o menor categoría vital, o de mayor o
menor dignidad. En distintas especies
biológicas es cierto que la independencia
del nuevo ser se manifiesta antes o después.
En la mosca de la fruta, así como en general
en las especies oviparas, tras la puesta de
los huevos el desarrollo de los
descendientes se realiza con aparente
independencia de la madre. Salvo en el caso
de las aves, que requiere una etapa de
incubación dada su condición de animales de
sangre caliente. En los Mamíferos las cosas
son diferentes y el desarrollo ontogenético
es mucho más dependiente de la madre. Al
igual que el resto de los Mamíferos
euterinos en el hombre existe la necesidad
de un ambiente fisiológico, que hace de la
unidad fetoplacentaria un claustro obligado
e insustituible para que se complete el
desarrollo de la vida naciente, pero esta
dependencia no tiene porqué rebajar en lo
más mínimo el grado de dignidad del ser
humano naciente que existe en el embrión,
que está determinado en su propio acervo
genético, quedó constituido en el momento en
que se fusionaron los gametos materno y
paterno, y que paulatinamente se irá
manifestando.
El ser
humano comparte con todas las especies
pluricelulares un proceso de desarrollo más
o menos complejo que les lleva desde la
célula embrionaria inicial y única hasta la
constitución del adulto, y comparte con los
vertebrados más evolucionados, muchas de las
características biológicas que han permitido
su éxito evolutivo. Entre ellas la
reproducción sexual fruto de una relación
entre individuos de sexo distinto, que
garantiza la diversidad genética por medio
de la meiosis y la fecundación, el
desarrollo vivíparo intrauterino embrionario
y fetal que garantiza las condiciones
óptimas necesarias para el equilibrio
ontogenético y finalmente la vida social.
Todos los caracteres morfológicos,
fisiológicos y en interacción con el
ambiente, las pautas del comportamiento que
se va configurando tras el nacimiento,
tienen su origen en el patrimonio genético
singular de cada persona, que no varía desde
la concepción. Es por ello por lo que cabe
afirmar que el hombre, siendo inmutable en
su identidad genética, lo es del mismo modo
en su esencia humana y en su condición de
persona, por lo que, desde la concepción
hasta la muerte, debe ser considerado
persona en el mismo grado. Como
consecuencia, el ser humano naciente, en
cuanto a persona desde el momento de la
concepción, debe ser sujeto de derechos
inviolables. Por su especial dignidad, un
ser humano ni en el estado embrionario ni en
cualquier otra etapa de su desarrollo debe
ser considerado y tratado como un medio para
otros fines. Un ser humano es un fin en si
mismo.
Nicolás Jouve de la
Barreda
|