|
Chile no es una Democracia... y apenas si le queda algo de República
¿Por qué somos
Republicanos?
Por Alexis López Tapia
Presidente de Patria Nueva Sociedad
Vivimos en un Sistema donde se ha institucionalizado el uso
del concepto Democracia, sin que ello signifique -en absoluto- el Gobierno
del Pueblo. Por ello, se hace indispensable comprender ciertas cuestiones
básicas, que sin embargo tienden a ser olvidadas.
Estados Unidos sostiene ser una Democracia… “la más
grande del mundo”, en la cual, no obstante, sólo el 50% del electorado
participa en las Elecciones, y a su vez, el 50% del electorado trabaja
para el Gobierno, recibe sus subsidios, o depende en alguna manera de él.
En palabras de Gore Vidal: “Hoy en EE.UU. no hay un Gobierno del
Pueblo, sino un Gobierno del Gobierno. El candado está cerrado”.
Cuba a su vez, también sostiene ser una Democracia, con la
curiosa premisa de que se puede elegir a cualquier gobernante… siempre que
sea Fidel Castro, y que se puede elegir cualquier sistema de Gobierno…
siempre que sea la “Revolución”.
En contradicción a esa realidad, otros argumentan que la
Democracia tiene más que ver con la existencia de diversas
corrientes políticas, que tengan capacidad de proponer a la Nación sus
diferentes propuestas de Gobierno.
Al respecto, no deja de ser sintomática la “definición” que
Joaquín Lavín dio hace poco al concepto: para él, “Democracia es
alternancia en el Poder”. Lo curioso es que esta afirmación implica de
algún modo que las minorías tienen asegurado el ejercicio del Gobierno,
aunque ello sea contradictorio con la expresión de la voluntad popular
mayoritaria a través del voto.
Estos ejemplos permiten comprender rápidamente que
“Democracia” hoy significa muchas cosas diferentes según quién quiera
definirla y para qué se desea aplicar.
Pero veamos qué significaba Democracia en sus orígenes,
hace más de 25 Siglos, en Atenas, donde el concepto tuvo su primera
expresión concreta:
Atenas, ¿una Democracia?
El connotado escritor Robert Cohen –de la tribu de los
sacerdotes de Israel-, en el Capítulo IV de su libro “Atenas, una
Democracia”: Clístenes y el Nacimiento de una Democracia”, sostiene:
“Es singular el destino del noble clan de los alcmeónidas.
Uno de los más aristocráticos de Atenas por sus orígenes, cuenta entre sus
miembros a los dos más ardientes creadores de la democracia, Clístenes y
Pericles. ¿Hay que atribuir su liberalismo hereditario a una baja
ambición, a la idea de servirse como trampolín de la credulidad popular?
¿Es menester ver en sus actos la prueba de la simpatía irresistible hacia
la muchedumbre, que los impulsa a exagerar los privilegios de ella? Sin
duda ni una ni otra de estas dos hipótesis es absurda. Pero vamos a
sorprender en plena tarea a Clístenes, el ilustre representante de la más
antigua dinastía republicana (1).
Después de la partida de Hipias la situación política de
Atenas no dejaba de ser, como puede suponerse, bastante confusa. El
arcontado, ocupado hacía largos años por un pisistrátida, correspondió
primero a cierto Iságoras, hombre hábil, puesto que a un mismo tiempo era
amigo de los tiranos caídos, de los nobles y del rey de Lacedemonia,
Cleomenes. En aquella ocasión se oye hablar por primera vez de hetairías, especie de clubs aristocráticos, que apoyaron su acción y
lo ayudaron a expulsar a Clístenes secundado a pesar de ello por todos los
partidarios de la democracia. Pero para asegurar más su victoria, Iságoras
cometió la falta de llamar en su ayuda a los espartanos, que expulsaron a
setecientas familias de Atenas con el pretexto de haber realizado, de
acuerdo con los alcmeónidas, un sacrilegio, al participar en la represión
sangrienta que había seguido a la tentativa de Cylón.
Cuando comprendió que estaba en peligro de desaparecer, la
Bulé de Solón (2), que no había sido suprimida jamás, decidió
organizar la resistencia contra aquellos extranjeros que se entrometían en
sojuzgar a Atenas. A su voz, la muchedumbre recobró ánimos y se sublevó.
Rechazó a Cleomenes, a Iságoras y a sus amigos en la Acrópolis, y los
bloqueó allí durante dos días sin víveres y sin agua. Al tercer día, se
llegó a un acuerdo con las condiciones siguientes:
Cleomenes y sus hombres evacuarían el Ática; Iságoras sería
entregado a los atenienses; a Clístenes se le levantaría el destierro con
todos los demás desterrados. En cuanto volvió, Clístenes mandó ejecutar a
uno de los cómplices de Iságoras; pues éste había logrado escapar. El
camino quedaba despejado. Seguro ya de la confianza del pueblo, el
alcmeónida emprendió la tarea de continuar la obra de Solón (508-507).
Si es cierto que se debe admirar tanto más una obra cuanto
mayores dificultades se han tenido que superar para llevarla a buen
término, convengamos en que la obra de Clístenes merece amplio tributo de
elogios. Trabajó rodeado sin cesar de peligros — interiores, exteriores —
sin que ninguno de ellos hubiera logrado jamás desviarle de la línea recta
que le había trazado desde el primer día su espíritu rigurosamente
matemático. Nos complacemos en representarnos a aquel ateniense tan noble,
que ha comprendido cuáles son los problemas que hay que resolver,
aislándose de la muchedumbre, elaborando su plan, presentándolo como un
todo que es menester tomar por entero o dejarlo. Es realmente la única vez
en la historia de Atenas en que se tiene la impresión de hallarse en
presencia de un hombre que posee ideas resueltas, se propone aplicarlas
porque le parecen justas, y se niega a modificarlas al arbitrio de sus
contemporáneos, o al azar de los acontecimientos. En semejante caso, no
hay duda que se pueden obtener resultados duraderos. Raramente se cosecha
entonces gratitud ni gloria. Clístenes, que tanto hizo por el pueblo de
Atenas, no era popular ni lo fue jamás. En el siglo V no se pronuncia
mucho su nombre. Entonces sólo emerge el de Solón, ya lo hemos dicho, como
el del verdadero fundador de la Democracia. Los modernos han vengado a
Clístenes con exceso; porque le han atribuido un talento genial que no
tuvo. Atenas necesitaba un cerebro frío y tranquilo para restablecer el
orden en una ciudad turbada por las pasiones; un administrador lúcido y
previsor mucho más que un jefe de imaginación brillante; una vez más, tuvo
la suerte de hallar en el momento oportuno al hombre que le convenía.
Era evidente que mientras existieran los moldes
tradicionales de la ciudad, sobreviviría el poderío de los grandes clanes
aristocráticos, y se perpetuaría la inferioridad de los excluidos de
ellos. Era, pues, necesario romper aquellos moldes o hacerlos inútiles.
Clístenes elige este segundo medio.
Así, un Estado esencialmente religioso aún en su
estructura, será sustituido por el Estado más laico de Grecia, a lo menos
en apariencia o, más exactamente, superpondrá éste a aquél. Tal es la
principal de sus iniciativas; y, como vamos a ver, bastará para cambiar el
destino del país.
Deja, pues, subsistir las células originales, las fratries y las
gené, pero no las reconoce. Dejan de ser la base
de las instituciones sobre las cuales estriba la vida pública. Inventa
una división completamente artificial de la comarca, el demo, el
común. El Ática contará con cien, en adelante, de importancia
desigual por su superficie o por el número de sus habitantes; pero de
importancia igual por su papel político.
No se les pertenece ni por derecho de alcurnia, ni por un
privilegio adquirido por la riqueza. Se pertenece a tal demo únicamente
porque se reside en su territorio. Pero aquellas cien repúblicas, con un
jefe cada una de ellas, el demarca, una asamblea, el ágora., ¿no van a
comprometer a unidad misma de Atenas y destruir en parte las ventajas que
ha sacado del sinoecismo? En modo alguno; porque Clístenes tiene buen
cuidado de incorporarlas en el antiguo organismo renovado: la tribu.
¡Pero qué trastorno! De cuatro tribus que había, él hace
diez. Eran gentilicias: se convierten en locales. Tenían nombres de los
que se encuentran siempre en las ciudades jónicas; en adelante, tendrán
por epónimos (3) a héroes escogidos por el dios Apolo (4).
Y sobre todo, ved cómo están compuestas. Ya no hay grupos en su seno;
no hay más que ciudadanos, individuos
venidos de todos los rincones del Ática y sabiamente mezclados. Hasta una
vez desmenuzados los clanes, Clístenes temía la reconstitución de los
partidos regionales que se habían contrapuesto en tiempo de Pisístrato.
Así, afecta a cada una de las tribus de las demos tomadas por tercios en
la llanura, en la costa y en la montaña. Esta vez, estaba seguro de que no
volverían a renacer ya las luchas de otro tiempo. Nobles y plebeyos,
cultivadores, mercaderes, pescadores, forman una vasta y misma masa. Cien
demos y diez tribus: únicamente aquellas cifras serán las que contarán en
la Atenas clásica.
En cuanto a las magistraturas, cada colegio tiene diez
miembros, uno por cada tribu. El ejército poseerá diez regimientos, uno
por tribu. El Senado, en lugar de cuatrocientos miembros, tendrá
quinientos, cincuenta por tribu, designados por las demos en proporción al
número de sus habitantes. Rigor aritmético en que se hubiera complacido
Pitágoras, y que no cesará de inspirar en adelante el pensamiento de todos
los hombres de estado en gestación de reformas.
Otras medidas atestiguan que Clístenes se ha propuesto
hacer menos agobiante la tutela de los Dioses sobre la ciudad de Atenas.
Sólo ellos regulaban todavía el calendario según el año lunar. Las
fiestas, las ceremonias religiosas, las fechas de entra da en sus cargos
de los arcontes y de los tesoreros, todo era determinado por el ciclo de
trescientos cincuenta y cuatro días del astro nocturno. Los
acontecimientos importantes de la vida pública, Clístenes los pone ahora
en relación con las fases del año solar de trescientos sesenta días,
aumentado en treinta días a intervalos regulares. La Asamblea y la Bulé
reparten sus trabajos en diez períodos iguales de treinta y seis o de
treinta y nueve días. El año civil y el año religioso cesan de coincidir
durante un siglo aproximadamente.
Todavía se lleva más lejos la secularización del Estado
ateniense. Fiel a su método, Clístenes se guardó mucho de atacar
directamente el Areópago y al Arcontado, venerables colegios. Pero despoja
al uno de una parte de sus privilegios judiciarios en beneficio de los
Quinientos y de la Ecclesia, y -frente al otro- levanta una
magistratura nueva, la Estrategia.
Los diez estrategas se convierten en los verdaderos jefes
de guerra de la ciudad, y también, por una evolución inevitable, como más
adelante se verá, en sus verdaderos jefes en tiempo de paz. Una hábil
combinación del sorteo y de la elección permitió designar a los mejores y
más dignos para ocupar aquel puesto, que pronto había de ser el principal
en la democracia. Clístenes pensaba en todo.
Y pensaba principalmente en poner su régimen al abrigo de
un acto de fuerza de los oligarcas y de los amigos de los tiranos a los
que procura despojar para siempre del poder. Tal es el objeto de su famosa
ley acerca del ostracismo. Desde que se van estudiando los códigos
primitivos de Oriente, su principio parece quizás menos original de lo que
se ha supuesto durante mucho tiempo. No era cosa desconocida, en efecto,
el desembarazarse de un criminal o de un individuo contaminado de algún
desdoro, invitándolo imperiosamente a encontrar en otro sitio que no fuera
su país un asilo temporal o definitivo. Pero toda vía no se había
imaginado nunca emplear semejante procedimiento para apaciguar las
pasiones políticas; tampoco nunca se había determinado la manera de
aplicarlo con tanta blandura y rigor a la vez: en esto se reconoce la
lógica de Clístenes al mismo tiempo que su humanidad.
Antes de él, la costumbre resolvía muy sumariamente el caso
del que se atrevía a turbar con alguna acción suya la tranquilidad pública
o comprometer la independencia de la ciudad. Se le declaraba en atimia,
es decir, como expulsado de la sociedad regular, expuesto a ser muerto por
cualquiera o, en tal caso, obligado a huir. Y la misma amenaza pesaba
sobre todos los suyos, sobre todos los miembros de «su raza», mirados como
solidariamente responsables de su delito.
Ahora bien, Clístenes había ya mostrado por dos veces su
espíritu de moderación. En 511-10, no había expulsado a todos los
pisistrátidas, sino únicamente a los herederos directos de Hipias. En
508-7 no había pedido más que el castigo de Iságoras y de los más comprometidos de sus compañeros.
Conceder al pueblo entero el derecho de designar al hombre
a quien había que castigar por que representaba un peligro para el Estado,
pero castigarlo a él sólo, fijar de antemano la pena en que iba a
incurrir, y las condiciones en las cuales había de ser pronunciada: he
aquí las preocupaciones esenciales de Clístenes.
Propone pues a la Ecclesia que inflija un destierro
de diez años — el cual, además, siempre podría ser abreviado con un
decreto de amnistía — al hombre de quien se sospechase que aspiraba a
convertirse en tirano. Y es más, aquel destierro estaba rodeado de algunos
atenuantes. El culpable dispone de diez días para despedirse de los suyos.
Fuera de una zona determinada —más allá de la Eubea y de la Argólida—
puede escoger la residencia que le plazca. Conserva el disfrute de su
riqueza, que no es siquiera confiscada. Y aún aquel destierro no era
pronunciado sino en circunstancias tales que eran ciertamente difíciles de
realizar, puesto que no se podía recurrir al ostracismo sino una vez al
año, entre enero y marzo; porque la Asamblea del pueblo debía haber
mostrado la intención de aplicarlo dos semanas antes por lo menos, y era
menester, en fin, que un mínimo de seis mil sufragios se concentrasen
sobre un mismo nombre, enorme cifra, inverosímil casi, cuando
recordamos lo que escribe Tucídides acerca del absentismo de los
atenienses en la Ecciesia.
Clístenes podía echar una ojeada satisfecha al hermoso
edificio que acababa de construir. Era a la vez armonioso y sólido. Había
plasmado un pueblo de ciudadanos libres e iguales; lo había emancipado del
yugo de los Olímpicos. Confiaba el porvenir de aquel pueblo a su propia
cordura, pero había señalado límites razonables a su voluntad. Otra época
comenzaba para Atenas, y tenemos derecho a preguntarnos si no hubo en 506
algo así como una primera reorganización de las Panateneas, a fin de
adaptar mejor aquella antigua fiesta religiosa a las ambiciones de la
joven democracia.
A continuación, la ciudad hubo de defenderse para vivir.
Hizo cara valientemente a numerosos peligros. Supo, el mismo año, rechazar
a los espartanos, a los tebanos y a los eubeos, que la habían atacado. La
victoria le dio ánimos para continuar la obra de Clistenes, aunque no se
sabe si él estaba allí todavía para dirigir los es fuerzos de sus
partidarios. Las atribuciones de la Bulé, eje del régimen, fueron
retocadas. El Servicio Militar se convirtió en obligatorio.
Con todo, el horizonte permanecía muy sombrío. Lacedemonia
acechaba la ocasión de un desquite. Tebas no se consolaba de haber perdido
Platea. Mar adentro, Egina aparecía envidiosa y agresiva; temía la
expansión del comercio ateniense. En Oriente, Hipias intrigaba sin
descansar para con el rey de los reyes.
Ya estamos al alba del siglo V ¿Será para Atenas el de su
decadencia o el de su gloria? Podríamos adivinarlo con sólo seguir sus
acciones en medio de los peligros que amenazan la existencia de la raza
helénica”.
Dejemos a Cohen responder la pregunta en los siguientes
capítulos de su obra, y concentrémonos en lo substancial que él apunta del
nacimiento de la “primera” Democracia.
Es claro que las reformas de Clístenes implicaron
–fundamentalmente-, por una parte la derogación de la Tradición, la
eliminación de los resabios de Teocracia, la eliminación o contención del
poder de los Oligarcas, y –por otra-, una completa reelaboración de la
estructura social tradicional: es decir, el surgimiento del Ciudadano.
Todo ello, no obstante, no habría sido posible sin otro
elemento, anterior y más importante: Atenas fue, antes que una Democracia,
una República.
En el próximo capítulo veremos por qué.
Notas
(1) En la época anterior hubo siempre un Rey –Basíleus
(de donde viene la palabra Basílica), con la función de un Gran Sacerdote.
A su lado se instaló el Polemarca, quien debía llevar a los hombres a la
Guerra. También un magistrado llegó a ser uno de los cargos más
importantes de la Ciudad, el Arconte. En adelante, se dirá “cuando fulano
era arconte”, para precisar en qué año había ocurrido tal o cual
acontecimiento; el arconte da su nombre al año; es epónimo. Su función se
llega a confundir con el propio Derecho: él es el Derecho. Al Rey, el
Polemarca y el Arconte, se agregarán luego 6 Tesmostetes, que deberán
organizar la justicia pública. Todos ellos constituirán el venerable
colegio de los Arcontes, pues el título del primero será utilizado para
designarlos a todos.
Sin embargo, en un
comienzo cada uno de ellos deberá celebrar sus sesiones en lugares
diferentes: el uno bajo el pórtico del ágora (plaza pública), el otro en
el Epiliquio –en la orilla derecha del Iliso-, y el tercero, al pie de la
Acrópolis –en el Pritaneo-, con objeto de hacer visibles para todos la
repartición de atribuciones, reunidas hasta entonces en una sola mano.
Este es, verdaderamente, el origen de la República.
(2) Bulé: el concejo primitivo de la época de los
Reyes, que incluía a los Reyes de las fratrías y de las tribus, quienes se
reunían junto al rey de la ciudad. En época previa a Clístenes, este
concejo se había reducido a sólo quienes previamente habían sido Arcontes.
Se reunían en la colina de Ares, de donde provino su nombre posterior, el
Areópago, donde debían intervenir en los procesos judiciales y –de ese
modo- evitar que el Pueblo se sublevase.
(3) Héroes que dan nombre al país.
(4) Esto es, respondiendo su oráculo en Delfos a las
consultas que se le hacen. |