Grupos: buscando el fin del Eterno Retorno

Publicado en Revista Pendragón Nº 9, 20 Enero 1997

 

Con profundo estupor, aquel que deviene de la contemplación de la pura y llana estupidez, hemos asistido a la reiteración de una historia que se repite -una vez más-, como si la comprobación empírica del eterno retorno fuese un privilegio reservado exclusivamente a quienes dicen sostener nuestras ideas.

La disolución y recreación de grupúsculos, grupos y pseudo organizaciones es un hecho que pareciera constituir el leitmotiv de innumerables camaradas a lo largo de nuestro país y, probablemente, en el resto del planeta.

¿Es que en los últimos 52 años no hemos aprendido nada? ¿es que la conciencia que nace de la experiencia nos está vedada?

En términos simples, el sólo hecho de organizar un grupo, generar una estructura y sostenerla sólo en función de ella misma, nada tiene de constructivo.

Ello es una vía directa al fracaso, a la disolución de la organización, a la pérdida del esfuerzo y -lo que es peor-, a la desilusión y frustración de los integrantes, especialmente los más jóvenes.

Las orgánicas deben generarse como resultado de la necesidad de las personas de integrarse a estructuras mayores, no por la percepción o la decisión de los dirigentes o líderes de formar tales estructuras.

En tal sentido, la creación de un grupo no ocurre por la imposición desde "arriba" de tal acción.

El grupo debe generarse por una necesidad común, mutuamente sostenida e individualmente percibida. De allí puede estructurarse una orgánica sólida, cuya expresión en una estructura está definida por la interrelación de los factores capacidad-posibilidad-conocimiento.


Un líder no es quien debe organizarlo todo, resolverlo todo y ordenarlo todo. Un líder es a la vez el vigía en la copa del palo mayor y el capitán del barco, que orienta y ordena al navegante, para que la embarcación sea gobernada en forma segura entre los escollos y arrecifes.


Este proceso no ocurre espontáneamente, y de allí la necesidad de que los líderes generen la adecuada motivación y estímulo para la creación y estructuración del grupo. En tal sentido, debemos admitir que -en principio-, la intención de quienes promueven la creación de grupos es básicamente positiva.

No obstante, la carencia del conocimiento necesario para llevar a buen término esta intención es el problema más común a la hora de resolver las acciones necesarias para llevarlo a cabo.

En primer lugar, hay francamente una confusión entre el rol del dirigente y el del líder. Habitualmente, nuestros líderes conciben la organización como el ámbito de ejercicio directo de su liderazgo, y confunden este ejercicio con la dirección de la organización. Un líder no necesariamente es un buen dirigente, y viceversa.

El líder no tiene por qué ser el dirigente máximo de la organización. La labor de dirigencia -a su vez-, no está directamente vinculada a las funciones que competen al líder.

En una estructura formal, la multiplicidad de labores que deben llevarse a cabo, impiden que el líder que a la vez es dirigente pueda dedicarse en forma óptima a su función básica: esto es, percibir y sintetizar en amplio grado las necesidades e intenciones de los integrantes del grupo, y motivarlos para que -en términos de la estructura generada-, desarrollen estas motivaciones a través de acciones concretas en la organización.

El líder es el que dice: "vamos a ir hacia allá", no porque él lo decida pura y llanamente, sino porque se ha hecho caja de resonancia de la motivación del grupo.

El dirigente es el que dice: "muy bien, para ir hacia allá contamos con esto, y necesitamos esto otro", a razón de un conocimiento directo de la capacidad y posibilidades del grupo de emprender la acción.

Hay aquí un juego de delicado equilibrio, donde líderes y dirigentes ceden y toman alternativamente espacios de poder y control en beneficio directo del grupo. Y es el propio grupo el que evalúa y responde al adecuado liderazgo y dirección.

Cuando un líder desea imponer su criterio en forma personalista y arbitraria, sobrepasando las funciones específicas de los dirigentes, la disolución del grupo es cosa segura.

A la vez, cuando los dirigentes no cumplen sus funciones adecuadamente, atribuyendo el fracaso al líder y exigiendo mayor espacio de poder que el que les corresponde, el grupo pierde coherencia, se desorienta, y termina igualmente por disolverse.

Un líder no es quien debe organizarlo todo, resolverlo todo y ordenarlo todo. Un líder es a la vez el vigía en la copa del palo mayor y el capitán del barco, que orienta y ordena al navegante, para que la embarcación sea gobernada en forma segura entre los escollos y arrecifes.

Ni uno ni otro interfieren en las funciones que le son específicas. El navegante no decide en qué puerto debe fondearse, la velocidad de navegación, o el destino del próximo viaje. El capitán no interfiere en la elección que hace el navegante acerca de los fondos, el movimiento del timón, el seguimiento de las rutas de navegación y el curso que señalan las estrellas. La labor de ambos, mancomunadamente, es llevar a la tripulación, pasajeros y carga, del modo más seguro y por la mejor ruta posible al próximo puerto.

Luego, los grupos que se forman habitualmente colapsan por culpa de los propios líderes y dirigentes, que enfrascados en discusiones y luchas de poder estériles, olvidan conducir la nave por vía segura, aunque a los costados se hallen monstruosos, los escila y caribdis del fracaso y la ruina.

En segundo lugar, quienes forman grupos habitualmente confunden estructura con organización. Consideran que una estructura dada -habitualmente impuesta-, proporciona directamente una organización al grupo.

Sistémicamente hablando, diseñan un organigrama y definen cargos y funciones, sin comprender que la organización surge en y desde el grupo, a través de propuestas y motivaciones que son -fundamentalmente-, personales, ya que reflejan los intereses de los propios integrantes, y no el organigrama que la jefatura desea instaurar.

Organigrama que nada tiene que ver con la conducción del grupo, o las ideas que sostiene el líder y que se expresan en el accionar del grupo.

Arman el edificio estructural sin los cimientos de una organización previa, o -en una imagen más simple-, quieren que el batallón marche a paso de ganso, sin siquiera haber enseñado o saber si los hombres conocen el paso regular (y -además- sin que los integrantes necesariamente deseen marchar).


"La organización es apenas un mal necesario. En la mejor hipótesis, es un medio para alcanzar un fin; en la peor hipótesis, un fin en sí misma"


"La cuestión de la organización interna del movimiento es cuestión convencional y no de principio.

No es la mejor aquella organización que interpone entre la jefatura del Movimiento y sus prosélitos un aparatoso sistema de intermediarios, sino la que se sirve del menos complicado mecanismo; pues, no debe olvidarse que la tarea de la organización consiste en transmitir a una multiplicidad de hombres una determinada idea -que primero surgió en la mente de uno solo- y velar a su vez por la aplicación práctica de la misma.

La organización es apenas un mal necesario. En la mejor hipótesis, es un medio para alcanzar un fin; en la peor hipótesis, un fin en sí misma" (Mein Kampf)

Un segundo aspecto que motiva este continuo formar y reformar de grupos, dice relación con la incomprensión del proceso de formación de una doctrina.

Grupos hay, que diciéndose nacionalsocialistas, ignoran o se abstienen por completo de aspectos esenciales de la ideología, como la comprensión del racismo, la posición ante las religiones, el rol de los aspectos nacionales y sociales, o la estructura económica, orgánica y jerárquica del nazismo.

De allí que a la hora de generar posiciones doctrinarias, los grupos se queden en una especie de limbo ideológico, donde innumerables tesis, hipótesis y teorías ideológicas deambulan como ánimas en pena, buscando su aplicación práctica en aspectos esenciales del accionar del grupo. La ignorancia o no visualización de este fenómeno, lleva a los grupos a menospreciar los aspectos no activos -el "no hacer" en palabras de Lao Tse- de la labor: la formación teórica, ideológica y doctrinaria. Y, como señala el Tao Te King, "con el no hacer se mueven montañas".

Estos aspectos quedan relegados a un segundo plano, siempre pospuestos ante acciones prácticas, acciones que devienen de una superficialidad y falta de sentido esencial en la comprensión de los procesos contingentes.

Esta contingencialidad esencial de los grupos, esta dedicación exclusiva a lo que puede suceder, lleva a un deterioro y desgaste progresivo de los integrantes. Para volver al ejemplo de la nave en busca de puerto, esta actitud remite en el equivalente de una tripulación expuesta desde que se zarpa hasta que se atraca, a la furia de un temporal incontrolable e impredecible. En tal situación, lo menos que puede esperarse es un malestar generalizado, que llevará más temprano que tarde al motín, o -usualmente- al naufragio de la nave.

No puede esperarse que los tripulantes respondan continua y constantemente a maniobras cuyo único fin es mantener la nave a flote, sin visualizar siquiera la luz de algún faro cercano que los guíe a puerto y que les proporcione la seguridad de un sentido y una dirección.

Cuando hemos sostenido que, en la actualidad, el nacionalsocialismo carece de doctrina, nos estamos refiriendo precisamente a este fenómeno. Los grupos que se organizan resultan incapaces de generar doctrina, en tanto evaden compromisos fundamentales con la ideología, y actúan exclusivamente en función de la contingencia.

La doctrina surge toda vez que ante un fenómeno, existe una previa posición ideológica, que se transforma en doctrina al aplicarse estructuradamente a la resolución del proceso. Hay en esto un continuo ciclaje de formas de pensar y modos de actuar. Los referentes esenciales
-los aspectos generales de la cosmovisión ideológica- permanecen como faros que guían las acciones hacia puertos doctrinarios seguros.

Y es función del capitán, del vigía, del navegante y la tripulación, seguir las rutas que señalan estos faros. En ello no hay una reiteración constante de acciones específicas y ya definidas, sino un navegar adecuado a las circunstancias y eventos propios del viaje emprendido. Va en ello toda la capacidad de adaptación y la coherencia interna del grupo.

Se crea doctrina en cada ocasión en que la toma de decisión ante una circunstancia, viene determinada ideológicamente, y se aplica considerando todos los aspectos y relaciones que implicará tal decisión.

Es por ello que la doctrina sólo adquiere consistencia interna, cuando se han considerado todos los aspectos relativos que señala la ideología, y todos los aspectos que devienen de nuestra propia visión doctrinaria. De nuestro propio Ser.

Hay aquí un típico ejemplo de proceso cibernético (del griego kyberne, navegante) y holístico.

Consecuentemente, "el movimiento evita tomar posición en cualquier problema fuera del campo de su actividad política o que para la misma no sea de importancia fundamental" (Mein Kampf).

Nos parecen singularmente importante para esta comprensión, las siguientes palabras de Hermann Hesse, extraídas de "El Juego de Abalorios":

-"¡Oh, si fuera posible saber! -exclamó Knecth-. ¡Si hubiera una doctrina o algo en qué poder creer! Todo se contradice, todo pasa corriendo, en ningún lugar hay certidumbre. Todo puede interpretarse de una manera y también de la manera contraria. Se puede explicar toda la historia del mundo como evolución y progreso y también considerarla nada más que como ruina e insensatez. ¿No hay una verdad? ¿No hay una doctrina legítima y valedera?


"El movimiento evita tomar posición en cualquier problema fuera del campo de su actividad política o que para la misma no sea de importancia fundamental"


El maestro nunca le había oído hablar con tanta vehemencia. Adelantóse un trecho más, luego dijo:

-¡La verdad existe, querido! Mas no existe la "doctrina" que anhelas, la doctrina absoluta, perfecta, la sola que da la sabiduría. Tampoco debes anhelar una doctrina perfecta, amigo mío, sino la perfección de ti mismo. La divinidad está en ti, no en las ideas o en los libros. La verdad se vive, no se enseña. Prepárate a la lucha, Josef Knecht, a grandes luchas; veo claramente que éstas han comenzado ya".

Finalmente, uno de los factores más importantes a la hora de definir el destino de los grupos, dice relación con su posición ante el cambio del sistema. Hay aquí dos posturas encontradas.

1.- La posición de aquellos que sostienen que la lucha debe darse frontal y abiertamente en contra del sistema y desde fuera de él, y:

2.- La de aquellos que sostienen que la lucha debe darse continua y constantemente en contra del sistema y desde dentro de él.

Esta división perceptual lleva, siguiendo sus propias líneas lógicas, a dos resultados absolutamente diferentes:

En el caso de los outsiders, de quienes entienden la lucha por definición como desde fuera del sistema, opera una lógica de enfrentamiento que conduce directamente al fracaso.

El ejemplo más claro está en el Putsch del 9 de noviembre de 1923, y también en nuestro propio Putsch del 5 de septiembre de 1938.

Está lógica del enfrentamiento abierto, equivale tácticamente al intento de un grupo de combatientes, por tomar una colina fuertemente pertrechada, poderosamente armada y eficazmente combativa.

Es la lógica de quienes van a perder, aunque todo parezca señalar lo contrario.

Como posibles ganancias tácticas pueden considerarse al menos dos: el conocimiento que se adquiere de la experiencia (que para el caso de nuestros propios grupos parece ser nulo), y la creación de héroes y mitos que alimenten la llama doctrinal (además de las tumbas del cementerio) tal vez el único resultado valioso de todo este desastre. Los grupos que se organizan en esta forma, sea cual sea su estructura, terminan por imponer e imponerse la lógica del enfrentamiento. Y aunque es probable que no se llegue al caso de un enfrentamiento violento o con resultado de muerte, los integrantes "perecen", ante el continuo batallar sin obtener resultados, o por desgaste.

Es el caso de un velero que quisiera hacer el viaje sin desplegar las velas, y confiado en la fuerza de los remos de los marinos: es decir, una buena galera de lento andar, donde se rema al compás del tambor y se naufraga ante la primera tormenta. Y en ningún caso es el ejemplo de un Drakar, donde los remos son tan importantes como la vela, de acuerdo a las condiciones de navegación.

De allí que el cambio que estos grupos persiguen lo sea sólo en la superficie. El cambio real debe producirse al interior de los integrantes, y luego -después- debe volcarse hacia afuera. Como señalábamos en Pendragón Nº 5: "Nuestra lucha -mi lucha- es un asunto tan interno que podrá precisar décadas para generar un cambio en lo exterior. Pero -y allí está el secreto-, una vez que el proceso se vuelca hacia afuera no hay forma de detenerlo. Genera su propia dinámica histórica. Transforma la realidad a expensas de una voluntad fraguada palmo a palmo en el propio ser. No destruye un sistema que se está suicidando. Ni siquiera le entrega la cuerda. Surge como nueva cultura a partir de su propia naturaleza. De su propia ontogenia para los menos legos.

Así que el hecho de construir una nueva civilización no consiste precisamente en apoyar la caída de la anterior. Ello sólo puede entenderse dentro del propio fenómeno de crisis de la que agoniza. A contrario sensu, la nueva civilización ya está germinando desde la oscura tierra del inconsciente colectivo de la anterior, incluso antes de que la otra muera. Y estas semillas de nueva cultura no pueden ser regadas con los detritus del la cultura en involución. Ellas deben alimentarse por entero del fenómeno que les está viendo germinar" (Editorial Nº 5).

Entonces, cuando predomina la lógica del enfrentamiento, lo único que se logra es proporcionar más y mejores motivos para que el sistema se siga sosteniendo. Hitler señala luego del Putsch: "Nuestro movimiento no tiene necesidad de la fuerza. Vendrá un tiempo en el cual la nación germana conozca nuestras ideas; entonces, treinta y cinco millones de alemanes me seguirán. Una vez en poseción de los derechos constitucionales, le daremos al estado la forma que consideremos mejor" y agrega: "nosotros tomaremos el poder por las vías legales".

La pregunta obvia entonces es: ¿Y cómo combatimos al sistema sin combatirlo?

La respuesta es: No hay nada que combatir que no esté dentro de nosotros mismos. No hay que luchar contra el sistema desde afuera, porque ello sólo contribuye a fortalecerlo. No hay que desgastarse y perecer tratando de tomar una colina estratégicamente defendida y mejor pertrechada que nuestras propias fuerzas.

Y de allí viene la segunda noción: la idea de combatir al sistema desde dentro. No tan sólo desde dentro del propio sistema, sino que desde dentro de nosotros mismos (y mientras más luego se entienda esto, más tiempo tendremos para lo otro).


"Nuestro movimiento no tiene necesidad de la fuerza. Vendrá un tiempo en el cual la nación germana conozca nuestras ideas; entonces, treinta y cinco millones de alemanes me seguirán. Una vez en posesión de los derechos constitucionales, le daremos al estado la forma que consideremos mejor" y agrega: "nosotros tomaremos el poder por las vías legales".


Este combate no se traduce por enfrentar al sistema. Se traduce por fortalecer, estimular y desarrollar la propia noción de ser, el propio grupo o las propias actividades que se deban y quieran desarrollar.

Los grupos que comprenden este sentido fundamental del accionar, son los peores enemigos del sistema. Enemigos a los que el sistema no puede combatir ni destruir como destruye a quienes le atacan. Enemigos que parecen seguirle el juego, que se dejan llevar por la corriente y que, misteriosamente, resultan invisibles.

La subversión, este tipo de subversión, es imposible de detectar y de eliminar por el sistema, ya que no apunta a la destrucción del mismo, sino al fortalecimiento de las propias estructuras subversivas. Es una lógica de feedback, de retroalimentación. Y así, cada vez que el sistema intenta destruirnos nos hace más fuertes. Somos nosotros los que dominamos la colina, ya que estamos detrás y dentro de las líneas de defensa de enemigo. Y nos hacemos fuertes mientras él se ocupa de defenderse de su propia ruina.

Entendemos que esta noción no es de fácil comprensión. Muchos de ustedes gritarán: ¡Y éstos!, ¿qué nos están proponiendo? ¿acaso quieren que seamos dóciles corderos rumbo al matadero?

La respuesta es no.

La respuesta es ser como Lobos Esteparios. La respuesta es fortalecer el propio Clan antes de desgastarse atacando a los contrarios.

La respuesta es aprovechar los espacios de poder que el propio sistema ha generado, y utilizarlos para nuestro propio fortalecimiento y fines. En términos ecológicos, la respuesta es la adaptación. El descubrimiento y utilización de nuevos nichos donde el sistema no puede llegar, ni posee acceso.

En la medida que los grupos logren comprender este modo de actuar, no estarán contribuyendo a la caída del sistema, sino al surgimiento de otro nuevo. No estarán siendo los verdugos de una civilización que agoniza por sí misma, sino siendo los padres de una nueva que se está gestando.

Cualquier intento de atacar al sistema, sin considerar su posición y capacidad resulta en el fortalecimiento del mismo. Y ello ya lo dice Tsun Tzu en "El Arte de la Guerra", y Karl von Clausewitz en "Sobre la Guerra":

Clausewitz señala que, para quienes están a la ofensiva: "La primera consideración es la fuerza de la posición del líder. Luego, debe encontrarse una debilidad en la fuerza del líder y golpear ahí. El ataque debe lanzarse en un frente tan estrecho como sea posible".

Y si quienes están a la ofensiva resultan ser demasiado débiles ante el oponente, pueden utilizar una estrategia de flanqueo: "Un buen movimiento de flanqueo es hacia adentro de un área no disputada (un nicho vacío). La sorpresa es un importante elemento del plan. La persecución (de los objetivos y enemigos) es tan fundamental como el mismo ataque".

Finalmente, si se es un pequeño grupo casi sin fuerzas, puede recurrirse a la guerrilla: "Localizar una sección del sistema lo bastante pequeña para poder defenderla. No importa cuando éxito se logre; nunca actuar como el líder, y: Estar preparado para retirarse en el momento que sea necesario". Y conste que no nos estamos refiriendo a ningún tipo de "Vía Armada".

Estos principios, que si nos remitimos a Tzun Tzu tienen al menos tres mil años, resultan hoy tan válidos como cuando se elaboraron. Y en nuestro caso resulta apremiante conocerlos y aplicarlos.

No podemos seguir permitiéndonos desgastar nuestras escasas fuerzas en ataques frontales al enemigo. En rígidas actitudes que llevan al desastre. En la idea de que combatir al sistema es todo y lo único que debemos y podemos hacer.

Se requiere hoy más que nunca de una flexibilidad y de una capacidad de adaptación que permitan a nuestras ideas renacer del fango espeso de la destrucción de esta civilización.

Y ello sólo puede surgir del continuo fortalecimiento de nuestras propias raíces, más que del ataque al tronco del árbol podrido y a punto de caer. Lao Tse señala:

 

Entre los guerreros hay una máxima:

"Más vale hacer de huésped que de anfitrión

es mejor retroceder un pie que avanzar una pulgada".

Esto es lo que se llama avanzar sin avanzar

repeler sin combatir

enfrentar sin hacer uso de las armas.

No hay peor calamidad

que atacar inconsideradamente.

Atacando inconsideradamente

me expongo a perder mi tesoro.

Por esto de dos ejércitos en batalla

el que más la deplora obtiene la victoria.

Tao Te King, LXIX.

 

Cada uno de los Camaradas que, en virtud de grupos que han intentado atacar al sistema inconsideradamente, ha sido sacrificado, ha perdido la fe y ha renegado de su propia alma, es una victoria que ha obtenido el enemigo sin siquiera tener que atacarnos. Y ya tenemos demasiados muertos en nuestras aras para continuar sacrificando a más a fuer de ser obtusos y rígidos, y no aprender de las experiencias del pasado.

El propio Führer, citando una vez más a Clausewitz, nos señala: "Incluso la derrota, después de una lucha sangrienta y honrosa, asegura el renacimiento de un pueblo y es el núcleo vital que echará las raíces de un nuevo árbol". Las raíces se encuentran profundamente enterradas en nuestra propia Conciencia de Ser, en nuestras propias almas.

La misión fundamental de los grupos es preservar estas raíces, alimentarlas y permitir que prosperen.

Cualquier otra cosa es -definitivamente-, estar apoyando al propio enemigo, y ser sus mejores aliados aún sin desearlo.

 

Alexis López Tapia