El alma de la Raza

Jorge Gonzalez von Mareés

 

Materia contra Espíritu: he aquí, resumida en tres palabras, la gran lucha en que se halla trabado el mundo del presente. Todos los trastornos políticos y sociales que sacuden a los pueblos en esta hora de revueltas y convulsiones sin término, tienen su raíz única, en la violenta colisión de estas dos interpretaciones antagónicas de la vida. Ninguna de las actividades del hombre puede sustraerse a su influencia; en todas ellas se hace sentir la oposición irreductible de ambas tendencias: tanto en política, como en literatura, en arte y hasta en religión. Guerra implacable, de cuyo descenlace depende la fisonomía que la humanidad habrá de adoptar en época venideras.

    El triunfo del liberalismo, en el siglo pasado, significó el avasallamiento de los valores espirituales que hasta entonces habían presidido y encauzado la existencia de los pueblos. La vida entera pasó a ser regida por las fuerza de la razón y el dinero. La política, cedió el paso a la economía; la tradición jurídica, al formulismo legalista; la intuición artística al intelectualismo y el tecnicismo; la religiosidad, al recionalismo escéptico. El hombre se creyó libertado para siempre de las cadenas de la tradición y de la sangre, y sometió el ritmo de su existencia a una finalidad única: la conquista del bienestar material.

    Este auge materialista alcanzó su plenitud en el primer cuarto del siglo XX, en el que se rindieron a él los postreros reductos del espíritu. El afán de lucro, la carrera frenética tras los progresos técnicos, el intelectualismo envanecido, lanzaron a las capas sociales dirigentes en una verdadera orgía materialista, que destruyó hasta sus últimos fundamentos éticos. Al mismo tiempo, las doctrinas marxistas de renovación social, que hicieron arrancar todas las miserias populares de la subsistencia de los sentimientos y las instituciones tradicionales, inculcaron en las masas un profundo desprecio por esos sentimientos e instituciones. Todo ello trajo como consecuencia un absoluto relajamiento moral de las sociedades, y la pérdida completa, por parte de éstas, de sus virtudes colectivas.

    Pero ha sido este mismo frenesí de libertinaje y destrucción el que ha provocado -en los últimos años-, una vigorosa reacción de las reservas espirituales que permanecían relegadas en lo más profundo del alma popular. Uno en pos de otro hemos visto surgir, en el corto espacio de una década y en todas las latitudes del mundo civilizado, potentes movimientos de rebelión contra la tiranía materialista. De las entrañas de las naciones, del seno mismo de las masas envilecidas por el contagio marxista, y aún de las propias esferas dominadas por el furor plutocrático, han brotado fervorosas falanges de juventud, dispuestas a presentar batalla por la reconquista de la primacía espiritual para sus pueblos.

    Tal es el significado de todos los Movimiento Nacionales que en estos momentos captan las corrientes de juventud en el mundo de Occidente.

    Cualesquiera que sean las denominaciones de estos movimientos y sus características particulares, todos ellos obedecen a un imperativo común: la liberación del espíritu de la tiranía materialista y la reconquista de las virtudes heróicas de los pueblos.

    Son la raza, la sangre de los antepasados, las tradiciones de orgullo nacional, los pilares que sirven de sostén a esos movimientos; son ellas las que impelen a la juventud a erguirse en un brioso y romántico gesto de reconquista de lo valores espirituales vejados y pisoteados por la avalancha materializadora.

    Los conceptos de Patria, Religión, Familia -fundamentos eternos de nuestra vida social-, son levantados del cieno en que yacían y vueltos a colocar en los puestos de honor y preeminencia que les corresponden. Y junto con restituir esos conceptos inmortales a su alta posición jerárquica, las nuevas fuerzas avanzar resueltamente al encuentro de una verdadera Justicia Social.

    A la tiranía anónima del dinero, característica de la organización liberal, oponen la concepción de la sociedad estructurada y dirigida por las fuerzas responsables del trabajo; a la caza del hombre por el hombre, el principio de solidaridad social; a la explotación del haber común en beneficio de los más afortunados y audaces, el servicio esforzado de todos en bien de la colectividad nacional.

    Chile no podía quedar al margen de este proceso de reconstrucción espiritual. Su pasado heróico y austero, las centenarias virtudes nacionales, no podían morir supultados bajo la ola materialista. A pesar de la descomposición general, el espíritu de la raza se mantenía incólume, y bastó el llamado sincero de algunos hombres, para que este espíritu despertara viril y pujante de su prolongado letargo.

    Es esta la misión histórica del Nacismo. El, en momentos de desorientación e incertidumbre, cuando el caos político y social parecía arrastrarnos definitivamente al desastre, supo hacer oír su voz clara y enérgica: para salvar al país, no son programas lo que hace falta, sino que una vigorosa reacción contra el materialismo ambiente. La superación de las miserias materiales y morales que afligen al pueblo chileno sólo se conseguirá si ese pueblo se demuestra capaz de aglutinarse en torno a un ideal Nacional, que, apoyándose en las nobles tradiciones del pasado, infunda en la masa las energías espirituales necesarias para vencer los gérmenes de destrucción.

    Así hablaron los fundadores del Nacismo. Lenguaje extraño, sin duda, en el medio del vértigo materialista, pero que -sin embargo-, no cayó en el vacío. Muchos hombres jóvenes supieron comprenderlo, y se unieron anhelosos de llevarlo a la realidad. Y fue así como, al correr de los días y de los meses, el viejo espíritu criollo, deprimido y moribundo, comenzó a volver a la vida. En pequeños círculos primero, en compactas formaciones más tarde, ese espíritu, remozado y vibrante, conmueve hoy todos los ámbitos del territorio nacional.

    Para las mentalidades superintelectualizadas o para las conciencias petrificadas por las ansias económicas, tal vez resulte absurdo e incomprensible en que se pretenda hacer reaccionar a un pueblo hambreado y cubierto de harapos, con invocaciones a su pasado glorioso y a su orgullo colectivo. Pero esos cerebros, que creen sentir y pensar con el pueblo, se encuentran, en realidad, a una infinita distancia de los verdaderos pensamientos y sentimientos populares. Es, precisamente, esa masa miserable, que ningún beneficio ha obtenido con el auge materialista, la que más vigorosa conserva su adhesión a las fuerzas eternas del espíritu. Esa masa guarda, bajo sus harapos, un claro concepto de lo que significan los sentimientos heróicos de patriotismo, del deber, del sacrificio, de la justicia.

    Nada de extraño tiene, por eso, que el Nacismo haya prendido de preferencia entre los humildes, y que su formidable fuerza de avance reciba su impulso principalmente de los más modestos de sus componentes. Ha sido el ejemplo constante y sacrificado de esos hombres rudos, que nada poseen y a quienes nada tampoco se les ofrece en particular, el incentivo más poderoso que han tenido los dirigentes nacistas para perseverar sin desmayo en su tarea.

    ¡Pueblo admirable, que bajo sus lacras y miserias físicas, oculta un alma magnífica de virilidad y de pureza!

    Hoy, después de casi cuatro años de infatigable batallar, los hombres del Nacismo pueden sentirse orgullosos de la labor ya realizada. Gracias a ella, un pueblo en pleno proceso de desintegración está renaciendo de sus escombros. La fe en los destinos patrios vuelve a latir vigorosa en los pechos de miles de chilenos; el espíritu de sacrificio, el sentimiento del deber, la concepción heróica de la vida, bullen de nuevo en la juventud.

    Hay un anhelo fervoroso de renunciamiento, de servir con abnegación un ideal, de luchar con la bravura de antaño y de morir estoicamente por la causa de la Patria.

    ¡Es el alma legendaria de la raza que retorna por sus fueros, escudada por la legiones grises del Nacismo!

 

Jorge Gonzalez von Mareés
1935

 

Acción Chilena