Uno de
los problemas recurrentes en la definición del Nacionalsocialismo, es su
relación con el Nacionalismo a nivel ideológico. Problema de larga data
que aún hoy día a más de un camarada puede provocarle dudas, y que
trataremos de analizar desde varios ámbitos en el presente artículo.
Como
antecedente preliminar, se ha sostenido durante mucho tiempo que ya en
los primeros años del Gobierno Nacionalsocialista en Alemania, se
produjo un tensión entre ambos polos -el nacionalista y el socialista-,
que terminó en la tristemente célebre "Noche de los Cuchillos Largos" y
el descabezamiento de las S.A.
En esa época las S.A. contaban con más de tres millones de miembros.
Eran la principal fuerza armada del partido, y Röhm -sustentado en este
hecho- había comenzado paulatinamente a propiciar una segunda
revolución, o -si se quiere-, un aceleramiento de las medidas de cambio
del sistema bajo el gobierno nacionalsocialista.
Debe considerarse que en un ámbito puramente ideológico, ni Röhm ni los
hombres al mando de las S.A. tenían clara conciencia del sentido y
significado últimos del nacionalsocialismo. Más combatientes que
ideólogos, fueron los primeros que dieron la lucha contra el comunismo,
y pelearon las calles a los adversarios del partido. A ello se debe en
buena parte la toma de posición -una cuestión producto más de las
circunstancias que de las ideas-, que los llevó a representar la facción
más revolucionaria dentro del gobierno nacionalsocialista.
Es por ello que, aunque a priori podría sustentarse la idea de que, en
términos ideológicos, se enfrentaron los componentes Nacionalistas y los
Socialistas al interior del N.S.D.A.P., el sentido eminentemente
práctico y táctico del enfrentamiento invalida esta visión demasiado
estrecha de los hechos: la expresión concreta de este incidente no tuvo
consecuencias en el ámbito ideológico, sino que básicamente se trató del
afiatamiento del poder personal del Führer, y el restablecimiento del
orden jerárquico, amenazado por la importancia creciente de Ernst Röhm y
poder de las Sturmabteilung (Secciones de Asalto).
Sin embargo, lo que relatamos deja en evidencia un problema fundamental,
que queremos tratar detenidamente en este número: ¿es el
nacionalsocialismo sólo una forma modificada del nacionalismo, o son dos
corrientes básicamente distintas si bien con las mismas raíces
fundamentales?Se ha vuelto un lugar común el identificar al Nazismo con
el Nacionalismo y envolver a ambos bajo el concepto genérico de
Fascismo. Sabemos que esta interpretación no nos pertenece, ya que es
producto de las órdenes de la Internacional Comunista de los años '30,
que -paralelamente a la instauración de los "Frentes Populares"-, recreó
el concepto de Fascismo con un objetivo utilitario: definir al enemigo
es el primer paso para unificar las propias fuerzas.
Esta antigua estrategia ha dado resultado en el tiempo y se ha hecho un
lugar común. Hoy se pueden calificar de Fascistas a un terrorista
palestino, judío, del IRA, la ETA, las GAL o de casi cualquier facción
separatista armada. También a un dictador Africano, a un político
conservador francés, a un candidato a la presidencia rusa, a un Senador
norteamericano pro-aumento de las condiciones de inmigración, a la
política cultural china, a los propios sionistas y, en fin, a cualquiera
que se pretenda descalificar, anatemizar y poner en desventaja
rápidamente.
¿Se puede calificar de Nacionalistas a los separatistas Chechenos?
¿Sí?... ¿puede entonces llamárselos fascistas?... A mayor abundamiento
¿son fascistas, por definición, todos los grupos Nacionalistas alrededor
del planeta? O, a contrario sensu, ¿debemos pensar que no existe un
Nacionalismo que a la vez no sea una forma de Fascismo? ¿Y qué debemos
pensar entonces del Nacionalsocialismo en toda esta confusión?
Lo cierto es que toda esta confusión y aparente paradoja no es tal.
Hemos señalado que el uso del concepto Fascismo en los términos citados
no proviene de nuestra propia cosmovisión. Es con Gramsci que la clásica
visión dialéctica marxista de la historia: burguesía v/s proletariado
(lo estructural), será adaptada -desplazada- a categorías de naturaleza
ideológico-filosófica (lo superestructural).
Burguesía v/s Proletariado será entonces Capitalismo v/s Comunismo,
categorías que se transformarán -a partir del enfoque gramsciano- en
Tradición v/s Modernidad. Finalmente, esta dupla cede lugar a la fórmula
ideológica: Fascismo v/s Antifascismo.
Con la sustitución de la clásica noción Burguesía v/s Proletariado por
la de Fascismo v/s Antifascismo, el horizonte de la lucha política del
marxismo-leninismo se fija -utilizando su propia terminología-, en
"aspectos superestructurales". El adversario ya no es el patrón, sino el
fascista.
Los
comunistas, a partir de Gramsci, convierten al Fascismo en la síntesis
histórica del Mal, como lo era el capitalismo en el marxismo clásico de
corte estructural. Es fascista el que desea defender los valores de la
tradición, sin importar si son valores históricos o metahistóricos;
porque -señalan los marxistas- son esos los valores responsables del
nacimiento del monstruo fascista.
Lo que gana el marxismo con este juego semántico es una connotación
ética. El fascismo es totalitario, es la personificación del mal. Hitler
es el demonio en persona, y Mussolini quizá Belcebú. El marxismo se
apropia -en exclusiva-, de la tarea antifascista y establece la
hegemonía ética de sus postulados para vencer al mal.
En la óptica que señalamos, tanto el fascismo como el antifascismo son
categorías totalizantes, que escapan del ámbito de la historia y
adquieren un valor moral. Fascismo es el mal en cuanto tal. La
concreción histórica de ese "sentido común" que el marxismo desea abatir
y exterminar. Fascista es el principio de autoridad, la tradición, la
nación y toda cultura metafísica o religiosa que se apoye en valores
objetivos. Fascismo es el antiguo sentido común que -con muy bien
manejadas connotaciones tenebrosas-, es presentado por el comunismo como
el enemigo al que hay que destruir.
De este modo, los comunistas lograron ganar la guerra semántica. Y la
ganaron ampliamente: al sustraer el análisis del fascismo de su propio y
preciso terreno histórico, lograron que cualquiera que defienda los
valores tradicionales pierda -por eso mismo-, el derecho a la palabra.
Será un enemigo que hay que suprimir, que hay que callar: con él no se
discute ni se le da opción a discutir. Es un paria ideológico y -lo más
importante-, es la encarnación del Mal.
¿Por qué es importante constatar este hecho en una crítica al
nacionalismo puro? Porque de modo evidente el nacionalismo ha sido
considerado como el origen de los valores que generaron al Fascismo. En
este sentido, es el nacionalismo aquel "sentido común" cuya cría fue el
fascismo.
Entonces,
el primer paso que hay que dar para separar estas aguas turbias,
consiste en invalidar la semántica marxista en el tratamiento de las
ideologías que analizamos. Y no es un paso cualquiera: en anteriores
números hemos tratado someramente la pretensión del sistema de equiparar
al Nacionalsocialismo -verbi gracia-, al Fascismo con el Comunismo, como
las puntas extremas de concepciones que se tocan. ¿Cómo y por qué
sucedió esto?
Cuando se produce la caída de la Unión Soviética y finaliza el mundo
bipolar -de esto no hace muchos años como se recordará-, los adalides
del nuevo orden mundial deben replantear su propia tesis en función de
un mundo en el que ya son o se creen vencedores.
Sorprendentemente utilizan la vieja estrategia semántica marxista: hacen
de los potenciales y acabados enemigos un todo: "lo utópico", y mezclan
en esa denominación a todas las corrientes que en alguna oportunidad
pudieron oponérseles: nacionalismo, nazismo, fascismo; socialismo,
marxismo, comunismo; son de esta forma metidos en el mismo saco
ideológico, y claramente presentados como los perdedores en esta lucha
por la hegemonía mundial.
No sorprende tanto entonces que Fukuyama haya decretado "El fin de la
Historia". Desde esta perspectiva queda claro que tal sentencia es sólo
el grito del que logró llegar primero a la meta, y saltó de júbilo
frente a los demás competidores muertos en el camino.
Sumado a lo anterior, el sistema está propugnando la transformación de
"las utopías" en otras tantas encarnaciones del Mal.
El propio Fukuyama indica en "El Fin de la Historia y el último Hombre":
"Resultó
que la Primera Guerra Mundial sólo era una anticipación de nuevas
formas de maldad que pronto iban a surgir. Si la ciencia moderna
hizo posibles armas de poder destructor sin precedentes, como la
ametralladora y el avión de bombardeo, la política moderna creó un
Estado de poder sin precedentes, para nombrar el cual hubo que acuñar
una nueva palabra: totalitarismo. Apoyado en un eficiente aparato
policíaco, en partidos políticos de masas y en ideologías radicales
que querían controlar todos los aspectos de la vida humana, este nuevo
tipo de Estado aspiraba nada menos que al dominio mundial. Los
genocidios perpetrados por los regímenes totalitarios de Hitler en
Alemania y de Stalin en Rusia no tenían precedentes en la historia y
en muchos aspectos fueron posibles gracias a la modernidad misma
(N.d.A.: lo señala
Jean-François Revel, "But We Follow the Worse...", The National
Interest, 18 - 1989-90, pp. 99-103).
Desde
luego, ha habido muchas sangrientas tiranías antes del Siglo XX, pero
Hitler y Stalin pusieron la tecnología moderna y la moderna
organización política al servicio del mal.
Antes había estado fuera del alcance de las tiranías "tradicionales"
proponerse algo tan ambicioso como la eliminación de toda una clase de
gente, como los judíos de Europa o los kulaks de la Unión Soviética.
Pero ésta era precisamente la tarea que los avances técnicos y
sociales del siglo anterior hacían posible. Las guerras emprendidas
por estas ideologías totalitarias eran también de un tipo nuevo, pues
entrañaban la destrucción de la población civil y de los recursos
económicos, lo que explica la expresión "guerra total". Para
defenderse de esta amenaza, las democracias liberales se vieron
inducidas a adoptar estrategias militares, como los bombardeos de
Dresden e Hisroshima, que en épocas anteriores habrían recibido el
calificativo de genocidios
(N.d.E.: ergo, para
Fukuyama, Dresden e Hiroshima no son genocidios).
Las
teorías sobre el progreso del siglo XIX asociaban la
maldad
humana con un estado atrasado de desarrollo social. Si bien el
estalinismo surgió en un país atrasado y semieuropeo, conocido por su
gobierno despótico, el Holocausto tuvo lugar en un país con la
economía industrial más avanzada y con una de las poblaciones más
cultas y bien educadas de Europa".
(N.d.E.: todas las
negritas son nuestras).
Esta
también es la tesis que propone el pastor evangélico rumano Richard
Wurmbrad, en su libro "Marx y Satán", en que señala:
"El
Marxismo gobierna hoy día a más de un tercio de la humanidad
(evidentemente, escribe antes de la caída de la URSS). Si pudiera
demostrarse que los iniciadores y perpetradores de este movimiento
eran en verdad adoradores del demonio a puertas cerradas, que
explotaron conscientemente los poderes satánicos, ¿no habría que
actuar ante esta verificación tan alarmante?"
... Sólo
podemos agregar que, ciertamente, el pastor trata de demostrarlo... y no
le faltan antecedentes. Recordemos someramente el influjo de las ideas
Cosmistas en la génesis metahistórica del Comunismo: Bogdanov
(1873-1927), importante ideólogo Comunista calificado por Lenin como "el
cerebro número uno" del partido, en algunos de sus escritos glorificaba
a Satanás como "dios del Proletariado" (Ver "Cosmismo y Comunismo", de
Aleksandr Duguin, en Ciudad de los Césares Nº 39).
Y como ejemplo paralelo, Nigel Pennik escribe en "Las ciencias secretas
de Hitler":
"Las
fronteras de una nueva civilización aún pueden levantarse sobre el
conocimiento de tan mala gana desestimado como "ocultista". Aprendamos
del mal uso que hicieron los nazis de estos poderes y no nos alejemos
del bien al apartarnos del mal".
Aunque en
este artículo no vamos a referirnos a este aspecto in extenso,
permítasenos un breve comentario al margen: Wurmbrad es pastor
evangélico; Pennik es ocultista, probablemente masón o rosacruz, y
Fukuyama es autor del Best Seller que proclama que "la democracia
liberal es el punto final de la evolución ideológica de la humanidad"
¿Hay que ser demasiado perspicaz para no ver en ello una relación? A
nosotros por lo menos nos queda bastante claro que, desde esta
perspectiva, la tesis que sustenta Miguel Serrano está absolutamente
validada: al nacionalsocialismo se le ha combatido en todos los frentes
posibles: físicos, metafísicos, políticos, semánticos, exotéricos y
esotéricos.
Lo cierto es que determinante resulta comprobar que para el sistema los
"antifascistas" son tan "malos" como los "fascistas".
Hacer estas precisiones resulta vital antes de comenzar nuestro análisis
de fondo. Con bastante facilidad podemos caer en la semántica de los
enemigos, y terminar creyendo que "cualquiera que critique al
nacionalismo es antifascista".
Por lo anterior, la perspectiva que señalamos resulta imprescindible:
vamos a criticar al nacionalismo desde nuestro propio campo ideológico,
ya que cualquier criterio o utilización del lenguaje y conceptos de los
contrarios invalida automáticamente la crítica.
En el artículo de nuestro primer número -"Nacionalsocialismo a setenta
años de Mein Kampf, Presente y ¿Futuro?"- ya lo señalábamos: "Por ello,
la pregunta enunciada sólo tiene validez dentro de un marco referencial
bastante limitado -si bien poco claro en sus límites- que es el
proporcionado por quienes nos decimos nacionalsocialistas. Por ende,
sólo nosotros podemos -coherentemente-, realizarla y tratar de
responderla". En el caso de este ensayo lo volvemos a reiterar.
Otro aspecto que provoca confusión, y no poca por cierto, es el hecho de
que el Nacionalsocialismo y el Fascismo se presentan como ideologías a
la vez nacionales e internacionales, no obstante el Nacionalismo -por
definición-, excluye una cosmovisión de esta naturaleza: el nacionalismo
es propio, único y característico de cada Nación, incluso de aquellas
que se encuentran bajo el dominio geopolítico, económico o
administrativo de otras. No puede hablarse por ello de un "Nacionalismo
Internacional", no obstante sí concebimos un "Nacionalsocialismo
Internacional" ¿Cómo podemos comprender esta aparente paradoja?
El primer paso consistiría en precisar exhaustivamente los aspectos que
han dado origen al concepto de Nacionalismo, verificar su
autoconsistencia y proyectar sus consecuencias doctrinarias. Para ello
deberíamos recurrir a ejemplos, a paradigmas, donde la aplicación
práctica del Nacionalismo haya quedado demostrada. Y sólo estos hechos
empíricos proporcionarían la base de una definición puramente
doctrinaria, sobre la base de una ideología ya expresada.
En lo señalado, utilizamos premeditadamente el modo condicional, porque
una revisión del concepto implica -necesariamente-, la existencia de una
definición acerca del mismo; definición que -como comprobaremos-, no ha
existido a efectivamente con anterioridad. De allí que, como marco
teórico, debamos utilizar una formulación eminentemente condicional, la
cual -en síntesis- se sostiene sobre la sentencia "Si X fuera Y,
entonces N debería significar Z".
De lo contrario, es decir, de querer sostener a priori una definición
del concepto, cometeríamos el error frecuente de confundir causas con
efectos, ya que en toda sentencia donde X es una incógnita, pretender
extraer su valor sin conocer las restantes variables invalida todo el
desarrollo. Es decir, si no conocemos Y, N y Z, nada podemos tampoco
decir de X.
Aunque parezca complicado el reducir a una formulación de carácter
matemático el centro de nuestra argumentación, lo que estamos diciendo
es que -evidentemente-, en lógica, una proposición debe existir antes de
que extraigamos conclusiones acerca de ella y, como veremos, la
proposición teórica acerca del Nacionalismo no ha existido.
Comencemos:
¿Qué
es el Nacionalismo?
Nacionalismo [sustantivo masculino]. Apego de los naturales de una
Nación a ella propia y a cuanto le pertenece. || Doctrina que exalta
en todos los órdenes la personalidad nacional completa.
Nacionalista [común]. Partidario del nacionalismo. [Úsase
también como sustantivo].
(Diccionario Everest Cúpula, Primera Edición, 1976).
¿Cómo
podemos decir que no hay una definición de Nacionalismo?
Veamos más atentamente la "definición" que propone el diccionario (éste
o cualquier diccionario). Se establecen dos acepciones: "Apego" y
"Doctrina".
En tanto "Apego", la definición es simplemente tautológica. Un natural
de una Nación pertenece a ella. ¿Cómo puede estar apegado a algo, algo
que es parte de ello? Es decir, no puedo dejar de estar apegado a mi
nación por cuanto soy parte de ella. "Apego" no nos dice nada, sólo
señala una consecuencia lógica del hecho de ser parte de una nación, que
es ser parte de ella misma y de todo cuanto le pertenece. Evidentemente,
esta acepción no es una definición, sino una descripción circular del
hecho lógico.
Para efectos de nuestro trabajo, la acepción más importante es la
segunda: "Doctrina que exalta en todos los órdenes la personalidad
nacional completa".
Doctrina es:
Enseñanza
que se da para instrucción de alguno. || Ciencia o sabiduría. || Opinión
de uno o varios autores en cualquier materia.
Es decir, Nacionalismo sería (y aquí comenzamos con los condicionales),
"la enseñanza que se da en cuanto a exaltar en todos los órdenes la
personalidad nacional completa".
Pero, aún debemos ver en qué sentido se usa "personalidad":
Diferencia individual que constituye a cada persona y la distingue de
otra. || Conjunto de cualidades que constituyen a la persona o supuesto
inteligente.
Digamos entonces que Nacionalismo podría ser:
"la
enseñanza que se da en cuanto a exaltar en todos los órdenes la
diferencia individual y el conjunto de cualidades nacionales completas".
Queda
claro del análisis que lo único verdaderamente concluyente de la
supuesta definición es que
"Nacionalismo es realzar el mérito o circunstancias en todos los órdenes
de la diferencia individual y el conjunto de cualidades nacionales
completas".
¿Constituye esto una Doctrina? o, mejor, ¿Constituye esto una ideología?
Si lo concluyente de la definición es el concepto de exaltar, entonces y
lógicamente deberíamos concluir que la doctrina es exaltar, o que
exaltar es la doctrina.
De allí que académicamente, y para salvar la trampa conceptual de una
definición que no está definiendo nada concreto, se haya optado por -y a
modo de explicación-, señalar las "características fundamentales", o
"factores clave" del Nacionalismo:
1.- La raza o etnia: el basamento etnográfico de un pueblo que da
origen a una nación.
2.- El idioma: medio por el cual la nación se comunica y distingue.
3.- Tradición histórica: las costumbres y tradiciones del pueblo que
constituye la nación.
Lo
paradójico resulta del hecho que, cuando el Nacionalismo es exaltado, se
habla de chauvinismo, un galicismo elegantón para decir "patriotería".
¿Y qué tiene que ver en todo esto la Patria?, el "lugar, ciudad o país
en que uno ha nacido". Y, para continuar con las tautologías, es
patriotero el que "alardea excesiva e inoportunamente de patriotismo".
Se nos perdonará lo lato y reiterativo de esta parte del ensayo, pero
resulta básico hacer ver que la definición de Nacionalismo, ni
conceptual, ni doctrinaria ni académicamente existe.
Lo que
hay es una continua y circular reiteración de una afirmación ambigua:
Nacionalista es aquel que exalta lo que es propio de su Nación,
incluyéndose él mismo.
Con respecto a los llamados factores clave, no constituyen más que
enumeraciones de los contenidos propios de una Nación, así como las
hojas, ramas y raíces serían contenidos claves de un bosque, los pelos y
las uñas de un conejo, o las plumas y pico contenidos clave de un
pájaro.
Lo que
se hace -otra vez-, es describir circularmente algo que no tiene
definición porque no constituye un concepto definido.
Pero, seguramente a estas alturas muchos de los lectores estarán
pensando: "bueno, puede ser que la definición no sea correcta, o no
sea la mejor definición; pero tenemos muchos ejemplos prácticos de lo
que sí es Nacionalismo, que sirven mejor que un diccionario para los
efectos de precisar el concepto".
Perfecto. A eso precisamente queríamos llegar. Porque cuando hagamos la
lista de algunos de los considerados principales ejemplos prácticos del
Nacionalismo en el Mundo y en nuestra propia Nación, veremos que allí es
donde más ha incidido la falta de una definición concreta, y es
justamente ello el motivo de nuestra Crítica del Nacionalismo Puro.
Otra pregunta que posiblemente los lectores estarán realizando es: ¿qué
consecuencias prácticas trae para nuestra cosmovisión esta crítica?,
incluso, ¿tiene algún sentido realizarla?, o bien, ¿es positivo para
nuestras ideas esta "desmantelación" del Nacionalismo?
Como no estamos partiendo de peticiones de principio, salvo se considere
como tal la necesidad de centrar la crítica en nuestra propia
cosmovisión, no esperamos que a priori ninguno de nuestros lectores
comparta las posiciones que estamos adoptando. Bien claro tenemos que
sostener una crítica de esta naturaleza nos condiciona automáticamente a
ser criticados. A aceptar la crítica y argumentación contraria.
Pero tenemos la certeza, la certidumbre de que si logramos establecer
sólidamente las bases ideológicas que respaldan nuestros asertos,
estaremos dando un giro fundamental en el curso de nuestras ideas desde
1939 a la fecha. Giro que resulta prioritario e imperioso, ya que -en
nuestra personal concepción-, el Nacionalsocialismo no es un proceso
ideológico terminado. Todo lo contrario, apenas ha sido esbozado. Apenas
ha logrado desarrollarse doctrinariamente, ya que el único gobierno
definidamente nacionalsocialista que ha existido, tuvo una duración de
apenas seis años, debiendo enfrentarse a una guerra que inhibió el
desarrollo de la doctrina desde un ámbito estrictamente ideológico.
En estado de guerra priman -y lo hemos señalado en números anteriores-,
priman las Razones de Estado (las razones de la sinrazón), que no pueden
ser consideradas razones ideológicas dada su propia naturaleza. No hubo
tiempo ni posibilidad de que el pensamiento de la Alemania
Nacionalsocialista evolucionara doctrinariamente, porque la ideología
alcanzó a ser aplicada en forma limitada, reducida y -principalmente-
como producto de las circunstancias y no de las voliciones.
Esto incluso es reconocido por el propio Fukuyama, que señala:
"El
fascismo no existió el tiempo suficiente para sufrir una crisis de
legitimidad, sino que fue vencido por la fuerza de las armas. Hitler y
sus partidarios fueron a la muerte, en su búnker de Berlín, creyendo
hasta el final en la autoridad legítima de Hitler y en la causa nazi.
El atractivo del fascismo se desvaneció en el espíritu de la gente,
retrospectivamente, a causa de esta derrota. Es decir, Hitler había
basado su proclamación de legitimidad en la promesa del dominio
mundial; lo que los alemanes obtuvieron, en lugar de esto, fue una
horrible devastación y el verse ocupados por razas supuestamente
inferiores.
El fascismo resultaba muy atractivo no solamente para los alemanes,
sino para muchos pueblos del resto del mundo cuando se trataba
meramente de desfiles con antorchas y de victorias sin sangre, pero
perdió este atractivo cuando llevó su inherente militarismo a su
conclusión lógica. El fascismo sufría, por decirlo así, de una
contradicción interna: su énfasis en el militarismo y guerra llevaba
inevitablemente a un autodestructor conflicto con el sistema
internacional. Como resultado de esto, no ha sido un rival serio para
la democracia liberal a partir de la segunda guerra mundial.
Desde
luego podemos preguntarnos cuán legítimo sería hoy el fascismo si
Hitler no hubiese sido vencido. Pero la contradicción interna del
fascismo era más profunda que la probabilidad de que hubiese sido
derrotado militarmente por el sistema internacional. Si Hitler hubiese
salido victorioso, el fascismo, de todos modos, hubiera perdido su
raison d'être en la paz de un imperio universal en el cual la nación
alemana no pudiera ya afirmarse por medio de la guerra y la conquista".
(Fukuyama, F. op.
cit.)
Ciertamente, el autor soslaya que -en ese caso (con la Alemania Nazi
victoriosa)-, la democracia liberal
"no hubiera sido un rival para el fascismo a partir de la segunda
guerra mundial",
y además, que el Nacionalsocialismo (al que -consecuentemente con la
semántica del stablishment- Fukuyama insiste en llamar fascismo)
-como veremos más adelante- haya su estabilidad intrínseca y su
legitimidad en el cambio global de sistema, que para eso es una
Cosmovisión, mucho más que en la afirmación de Alemania y los alemanes
por medio de la guerra, afirmación absurda desde el momento en que
soldados de 37 naciones combatieron como SS junto a los alemanes. Todo
el argumento es ultra petita de principio a fin, además de quedar
reducido al absurdo por su propia lógica.
Comprendiendo esto, es que a quienes más beneficia una crítica de la
naturaleza que presentamos, es a nuestro propio modo de pensar y
desarrollarnos. A nuestra propia ontogenia ideológica. Paralelamente,
los propios "Nacionalistas" se verán fortalecidos, aunque ello les
signifique primeramente, reconocer que su toma de posición no se
fundamenta en criterios ideológicos estrictos.
En
términos prácticos, la clarificación que proponemos va mucho más allá de
aspectos semánticos o disquisiciones ideológicas. Se hace necesario más
que nunca que el Nacionalsocialismo sea desligado de ámbitos,
posiciones, personas, grupos y partidos que no le pertenecen y no le
representan.
La constante casi matemática en la formación de grupos, movimientos y
partidos cercanos a nuestras ideas es:
Nacionalistas + Fascistas +
Nacionalsocialistas + "N"
= Nacionalistas (o Fascistas en la semántica gramsciana).
Resulta
clave precisar que en la ecuación el factor "N"
representa una cantidad exorbitante de pseudo-ideologías: Nacional
Revolucionarios, Nacional Sindicalistas, Nacional Bolcheviques, Nacional
Funcionalistas, Nacional Obreros, Nacional Radicales, Falangistas,
Laboristas, Tradicionalistas, Agrarios, Estanqueros, Peronistas,
Corporativistas, Social Cristianos, Nacionalistas Católicos,
Conservadores, Terceristas, Radical Socialistas, Ramiristas,
Justicialistas, Franquistas, Vanguardistas, Skins Heads, Alternativos,
Grupos Antisistema, Pinochetistas y -por supuesto- Neofascistas y
Neonazis.
¿Puede alguien señalar la coherencia ideológica de una ecuación cuyo
resultado doctrinario es, aparentemente, siempre el mismo, a pesar de la
sustitución reiterativa y concomitante de sus variables? ¿Puede alguien
decirnos cómo al sumar Peras, Manzanas y Kiwis (por lo exótico), siempre
resultan Plátanos?
Históricamente, ha sido esta falta de coherencia estructural la que ha
llevado al fracaso recurrente de las organizaciones fundadas bajo las
premisas anteriores. No hay una base consistente, definitoria o
definitiva, que proporcione sustento ideológico a las construcciones que
se levantan sobre su espejismo. Son castillos de naipes doctrinarios,
barridos al infinito ante el soplo -débil incluso-, de un análisis de
fondo o una petición de claridad ideológica.
Pero antes que todos los lectores nos griten: ¡qué demonios están
haciendo!, creyendo entender que de un plumazo borramos la validez
intrínseca de los grupos, hacemos ver que nuestra crítica es puramente
ideológica: que cada cual se organice y se estructure de acuerdo a su
propia naturaleza y pensamiento -lo que es objetivamente valioso y
positivo-, sin que ello implique que debamos aceptar, a priori, la
validez de la ensalada ideológica de la cual, aparentemente, forman
parte. Simplemente señalamos que el enredo conceptual reiterado entre
Nacionalismo (en cualquiera de sus acepciones autosostenidas en la
variable "N") y Nacionalsocialismo ha llevado a los más graves
malentendidos y fracasos en nuestra doctrina y en las organizaciones que
la sustentan. Cada vez que se forma un grupo bajo la denominación
"Nacionalista", y a él se integran -además de las corrientes
mencionadas-, nuestros propios camaradas, el roce interno entre las
posiciones divergentes, por mínimo que sea, termina disolviendo la
organización. ¡Es que no se puede mezclar agua con aceite a menos que se
emulsionen!, lo que en términos ideológicos constituye forzar la
ambigüedad doctrinaria hasta límites insostenibles. Comprender este
fenómeno y sus consecuencias es la base previa para cualquier discusión
-posterior ciertamente- sobre la creación de grupos u organizaciones.
Pero, ¿qué ha sido el Nacionalismo en nuestro país?
En la ponencia titulada: "El primer Nacionalismo Chileno: una
aproximación a sus manifestaciones", presentada en el "Encuentro de la
América Románica" realizado por "Ciudad de los Césares" en Viña del Mar,
Chile, durante septiembre de 1996; Sergio Fritz Roa sostiene que el
Nacionalismo chileno posee su primer antecedente en la figura del Dr.
Nicolás Palacios, quien publica el libro "Raza Chilena" en 1904, texto
"fundamental en el ensayo social y en la sociología", sólo comparable al
escrito de Alejandro Venegas "Sinceridad, Chile íntimo" -según señala el
autor de la ponencia.
Fritz
precisa que los elementos destacables de la obra de Palacios, que
definirán y delimitarán el Nacionalismo en adelante son:
-
Amor por
el "roto" (arquetipo del hombre de pueblo, sencillo, pero muy
patriota y esforzado, quién es el sujeto más afectado por las malas
políticas de gobierno, señala).
-
Admiración
por la obra de la república autoritaria y su gestor, Portales.
-
Simpatía
por los germanos (esto se hallará -sostiene- en la mayoría de los
movimientos nacionalistas chilenos en distintos grados que van desde
una simpatía histórico cultural, hasta una germanofilia declarada como
la de Miguel Serrano).
-
Admiración
por los triunfos militares de Chile y sus historia bélica.
-
Proteccionismo económico y cultural.
-
Y, como
señala Gonzalo Vial, "Rechazo a las ideas socialistas y
anarquistas".
El autor
sostiene que es en 1920 donde hay que buscar el término del primer ciclo
político del Nacionalismo chileno -al que denomina "Generación del
Centenario" (1904-1920)- ya que ese año finaliza su existencia el
Partido Nacionalista, y agrega: "Con él se extingue un modo
particular de nacionalismo, un nacionalismo que en muchos aspectos puede
parecer demasiado emocional, pero que en la gran mayoría de sus
elementos y aportes es un pensamiento de avanzada, desarrollista,
profético y, por sobre todo, de gran sinceridad".
Fritz Roa concluye señalando:
"En
nuestros tiempos es necesaria una reflexión acerca del Nacionalismo, de
sus posibilidades de oposición al Mundialismo -materia en la cual, sin
lugar a dudas, el Nacionalismo debiera ser con todo derecho la opción
frente a los intentos de globalización- y, sobre todo, en lo referente a
su origen"... "El Nacionalismo actual y/o futuro no podrá llamarse
nacionalismo si no reconoce su origen y, al mismo tiempo, se alimenta de
éste".
Resulta sintomático el hecho que el autor no precise en su ensayo, los
aspectos estrictamente ideológicos de lo que denomina la "doctrina
nacionalista". Enumera postulados específicos y elementos genéricos
(nuevamente los "factores clave"), señala actos o posiciones
individuales frente a las problemáticas nacionales, y reconoce lo
demasiado emocional del primer nacionalismo (¿han sido menos emocionales
los posteriores?). No es que desmerezcamos su trabajo, todo lo
contrario. Por su estricta y cuidada formulación, se deduce claramente
que el autor no busca precisar la esencia ideológica del nacionalismo
-que hemos señalado no existe-, y su análisis certeramente se centra en
lo que es aprehendible: el proceso histórico, lo contingente, lo
estructural.
Lo más interesante, a nuestro parecer, es que casi la totalidad de los
postulados específicos que el primer Nacionalismo chileno sostenía
-según la inserción en el diario El Mercurio del 29 de octubre de 1913,
que el autor de la ponencia cita-, serán aplicados equivalentemente en
la Alemania Nacionalsocialista:
"sistema
de economía nacional", "nación industrial fabril y manufacturera",
"tarifas aduaneras protectoras", "institución monetaria central",
"proteccionismo a las actividades culturales y científicas",
"implantación de una legislación del trabajo adecuada a las condiciones
especiales de nuestra vida económico-social y a los intereses del obrero
y de la industria", "fomento estatal a la construcción de habitaciones
obreras", "nacionalización de las industrias de importancia capital",
"sistema de educación pública basada en las tradiciones y
características psicológicas de nuestro pueblo" y, como si todo esto
fuera poco, "proteger la conservación de la raza".
A mayor
abundamiento, el autor concluye:
"el
primer movimiento político seriamente antiimperialista no provino de la
izquierda, como se pudiese pensar -ni tampoco de la derecha-, sino que
fue Nacionalista y contrario a ambos bloques".
Curioso. Veinte años más tarde, estas ideas comenzarán a ser aplicadas
-prácticamente sin diferencias- en la Alemania Nacionalsocialista. Surge
la pregunta obvia: ¿cuál es la base común?
Ahora
bien, ¿qué podemos decir respecto al Nacionalismo del último -creemos
(recuérdese que sólo estamos en 1997)- gobierno autoritario
(dictatorial, antidemocrático o como quiera llamársele) de este siglo en
Chile?
La "Declaración de Principios del Gobierno de Chile",
publicada el 11 de marzo de 1974, contiene tres alusiones fundamentales
al Nacionalismo, a partir de la propia definición del
"Objetivo
fundamental de la reconstrucción: hacer de Chile una gran Nación",
en que señala:"...el
Gobierno de las Fuerzas Armadas y de Orden, con un criterio
eminentemente nacionalista, invita a sus compatriotas a vencer la
mediocridad y las divisiones internas, haciendo de Chile una gran
nación".
Posteriormente, en el punto Nº 4, "Los Valores y el Estilo del
Gobierno Nacionalista", sostiene:"El
nacionalismo chileno, más que una ideología, es un estilo de conducta,
la expresión genuina del ser de la Patria y del alma de su pueblo"...
"Como valores fundamentales del alma nacional, el Gobierno nacionalista
reconoce y proclama: a) La justicia e igualdad ante la Ley... no
admitiendo otra fuente de desigualdades entre los seres humanos que las
que provengan del Creador o del mayor mérito de cada cual. b) La
restauración de la dignidad del trabajo... c) La creación de una moral
de mérito y del esfuerzo personal... d) La sobriedad y austeridad de
quienes mandan... ".
Y, finalmente, el punto Nº 8
"Chile: un Nacionalismo
que mira hacia la universalidad",
señala:
"En un
mundo cada vez más interdependiente, el Gobierno de Chile plantea su
carácter nacionalista en la seguridad de que nuestra Patria
constituye un todo homogéneo, histórica, étnica y culturalmente, no
obstante su disímil geografía. No afirmamos que Chile sea superior o
inferior a otros pueblos. Sostenemos que es diferente, en cuanto tiene
un nítido perfil que le es propio. Pero la búsqueda de una
reoriginación a partir de las entrañas mismas del alma nacional, no
significa que el actual Gobierno plantee un nacionalismo que
empequeñezca la visión de universalidad que el mundo contemporáneo
reclama".
"Un nacionalismo chileno de vocación universalista deberá conjugar
simultáneamente una tradición histórico-cultural que nos liga a la
civilización occidental y europea, con una realidad geoeconómica que,
recogiendo e incorporando esa misma tradición, proyecta a nuestro país
dentro del continente americano y, en especial, de Iberoamérica, a la
vez que le abre perspectivas insospechadas hacia otras civilizaciones y
culturas a través del Pacífico, cuyas posibilidades y riquezas para
Chile deberán ser aprovechadas integralmente"
(las
negritas son
nuestras).
Luego, en el documento "Objetivo Nacional del Gobierno de Chile",
publicado en diciembre de 1975, se reafirma:
"El
nacionalismo que inspira al Supremo Gobierno implica un estilo de
conducta que constituye una genuina expresión de nuestra patria y del
alma de su pueblo", y se precisa que orientará su acción a: c) Impulsar
el desarrollo de los valores morales y espirituales característicos de
nuestra idiosincrasia que orientan a los ciudadanos hacia una vida de
esfuerzo y responsabilidad individual, conjuntamente con un alto
espíritu cívico de acendrado patriotismo".
Si se ha seguido la línea argumental de nuestro ensayo con claridad, se
notará con facilidad que todas estas afirmaciones no constituyen una
definición ideológica del Nacionalismo. Efectivamente, se sostiene que
"más que una ideología", el nacionalismo chileno es un "estilo de
conducta", expresión del "ser de la Patria y del alma de su pueblo" y
por ello se habla de "carácter nacionalista", y no de ideología
nacionalista.
Nuevamente vemos aquí que -imposibilitados de conceptualizar
ideológicamente al Nacionalismo-, los autores se basan en la descripción
de sus características.
Efectivamente: el Nacionalismo no es una ideología,
aún más, no puede definirse en términos ideológicos, ya que sólo puede
intentar definirse en términos descriptivos.
Por eso cualquier análisis de fondo terminará -y el ejemplo patente se
encuentra en los párrafos anteriores- terminará concluyendo que el
nacionalismo sólo puede concebirse como un "carácter", "cualidad",
"estilo", e incluso, "sentimiento".
Preguntamos entonces: ¿cómo puede estructurarse una cosmovisión
Nacionalista si su base conceptual carece de definición operativa? ¿cómo
pueden organizarse grupos, movimientos y partidos sobre la inexistencia
de una ideología concreta?, ¿cómo puede haber una doctrina nacionalista
si no hay primero una ideología que la origine? Finalmente, ¿qué es el
Nacionalismo?
He aquí
el problema fundamental, la raíz profunda de la constante confusión
histórica y política que ha conducido a los Nacionalistas -en Chile y en
el mundo-, a la incapacidad de proponer una cosmovisión teóricamente
sustentable.
Y se nos dirá quizá: "Ustedes en Pendragón pueden argumentar todo lo
que quieran acerca de este tema... pero nosotros somos y seguiremos
siendo Nacionalistas... !y punto!".
¿Qué pasaría entonces, si les demostrásemos -a mayor abundamiento-,
que se puede ser "Nacionalista" sin que exista una "Nación"? y que
-además-, esta posición resulta básica para comprender la fuerza de las
ideas "Antinacionales".
¿Qué pasaría con aquellos de ustedes que se dicen Nacionalistas -esa
gran "N" de la ensalada ideológica de la que hablábamos al principio-,
si les probáramos que la idea que dicen sustentar conduce precisamente a
lo contrario de lo que dicen defender?
¿Qué nos dirían si comprobamos que ser "Nacionalistas" es atentar
directamente contra la "Nación" a la cual pertenecen?
Cómo es esto posible, nos preguntarán... Por eso, si este artículo hasta
aquí les ha parecido un poquito lato... prepárense: vamos a tratar de
demostrar lo imposible. Sino cierto, por lo menos puede resultar
divertido, ¿no creen?
Nacionalismo y Nación
Se puede
ser Nacionalista sin que exista una Nación:
¿Cuál es el pueblo más Nacionalista del Mundo?... escojan:
a) Los
chilenos
b) Los argentinos
c) Los estadounidenses
d) Los rusos
e) Los japoneses
f) Los alemanes
g) Los franceses
h) Los españoles
i) Ninguna de las anteriores
Respuesta
correcta:
i) ninguna de las anteriores...
¿Por qué?
Piensen en un pueblo que no tiene Nación. Que no posee territorio
propio. Que tiene innumerables influencias culturales. Que habla
diferentes idiomas y dialectos. Que tiene múltiples antecedentes
raciales. Que ni siquiera comparte un sólo espacio físico y está en
cualquier lugar del mundo y que -aún así-, posee un "nacionalismo" tan
fuerte, tan preeminente, tan poderoso, que los lleva a inventar una
nación, a conquistar un territorio, a revivir una lengua, a imponer una
cultura y a transformarse en un País... ¿cuál es la respuesta?...
Correcto:
los Judíos.
Para entender esta afirmación nuestra se hace necesario conocer los
fundamentos intelectuales e ideológicos que dieron origen al surgimiento
del Estado de Israel, y -más precisamente-, al Sionismo, impulsor de la
creación de tal Estado.
Theodor Herlz, el fundador del Movimiento Sionista, definió las bases
por las que el pueblo de israel debería obtener una Nación al señalar:
"Sólo la
opresión hace que volvamos a adherirnos al viejo tronco, sólo el odio en
torno nuestro nos convierte en extranjeros una vez más. Por eso somos y
seguimos siendo, querámoslo o no, un grupo histórico de evidente
coherencia. Somos un pueblo: los enemigos hacen que lo seamos, aun
contra nuestra voluntad, como ha sucedido siempre en la historia.
Acosados, nos erguimos juntos, y de pronto descubrimos nuestra fuerza.
Sí, tenemos la fuerza para crear un Estado, y un Estado modelo. Tenemos
todos los medios humanos y materiales necesarios para ello".
(Extracto de: El Estado Judío y otros Escritos, por Theodor Herzl).
Herlz veía la cuestión judía como un problema nacional y racial y no
como un problema de carácter socioeconómico. Para hallarle una solución
había que enfocarlo como un problema de carácter político internacional.
Por lo tanto, Herzl afirmó que los judíos constituían un solo pueblo que
no puede integrarse a los demás pueblos de la tierra. Al mismo tiempo,
este pueblo es rechazado por los demás. Sin embargo, reconoció que un
sector de los judíos se había integrado a las sociedades en las cuales
vivía y, además, reconocía que los judíos se fusionarían en cualquier
otra sociedad si vivían en paz por mucho tiempo. Comentando este aspecto
señalaba: "Esto no favorece nuestras intenciones". El predijo las
posibles críticas a este concepto -que podía ser considerado favorable a
los antisemitas-, cuando habla del Nacionalismo judío que obstaculiza el
proceso de integración y los enfrenta a inesperados peligros. Pero hizo
caso omiso a estas posiciones contrarias.
En términos generales, se puede concluir que:
1.- La
proclamación del Nacionalismo judío y del racismo judío como
fundamento de las ideas Sionistas lleva inevitablemente al aislamiento
de los judíos de los pueblos a los que pertenecen y desestabiliza o
elimina los lazos de ciudadanía que poseen.
2.- A fin de desarraigar a los judíos del seno de las sociedades donde
viven, y trasladarlos a la patria prometida, el Sionismo debe
movilizarlos en contra de la integración, considerándola una solución
fracasada a la llamada cuestión judía.
3.- El Nacionalismo judío y el anti-integracionismo tienen un solo e
inevitable resultado: la emigración judía, que debe ser controlada y
manejada por los propios sionistas para hacerla útil.
En 1933,
las ideas de Herzl habían cuajado, y el diario de la "Unión Sionista de
Alemania" "Jedisch Rundschau" publicaba una síntesis muy precisa
de su desarrollo:
"Los enemigos de los judíos acusan a los sionistas -desde Herzl hasta
nuestros días- de actuar igual que los demás antisemitas, ya que
reconocen la existencia de una "cuestión judía" y pretenden resolverla
en su propio marco, al margen del pueblo anfitrión.
El hecho que los sionistas consideren el moderno antisemitismo como
resultado de la integración de los judíos en sus sociedades, les
obliga a pensar que es necesario hacer esfuerzos destinados a
encontrar una solución sionista final y retornar al judaísmo como
solución nacionalista; lo cual debilitará el antisemitismo y permitirá
que exista una reconciliación entre los judíos y los demás en forma
paulatina y dentro de marcos determinados".
(Ernest Hoffmann:
"El antisemitismo y la solución de la cuestión judía", Jedisch
Rundschau, Alemania, 4/04/1933).
Se pueden
resumir estas ideas en dos conceptos generales. El Sionismo planteaba
que:
a) La
Nación judía existió siempre y su existencia se remonta al mismo
antisemitismo, y
b) No había otra solución de la cuestión judía que no fuera
concentrarlos en su hogar nacional en Palestina, ya que erradicar el
antisemitismo (señalan los Sionistas) de la naturaleza humana (no
judía) es imposible.
Por tal
motivo, Herzl ve en el antisemitismo la fuerza motriz que permitirá
al movimiento sionista lograr sus objetivos y al respecto señala:
"Creo que comprendo el antisemitismo que, en realidad, es un movimiento
muy complejo. Yo lo miro desde el punto de vista judío, sin miedo y sin
odio". Y agrega: "Los antisemitas serán los mejores amigos de
los judíos y los antisemitas sus mejores aliados".
Entonces, ¿sorprenderá que los Sionistas, los Nacionalistas judíos si se
prefiere, se hayan acercado estrechamente a los Nacionalistas de otros
pueblos?... utilicemos esta vez semántica marxista: ¿sorprenderá que los
Fascistas judíos se hayan acercado a los demás Fascistas para lograr sus
planes?
En efecto: siguiendo los pasos de T. Herzl, el sionista revisionista
(revisionista en contexto sionista) Vladimir Jabotensky realizó
contactos con jefes de Estado y antisemitas extremistas, como el
Mariscal Bielsodesky en Polonia, y también con el propio Benito
Mussolini, considerado por Jabotensky como un ejemplo supremo.
Al asumir Mussolini el poder en 1922, le dirigió un mensaje y le mandó
un enviado especial. En 1924, Mazini, representante Oficial del Partido
Fascista Italiano realizó una visita a Palestina para establecer
relaciones con el Partido Fascista Judío. (de "El Estado de Israel y el
Sionismo", George Mekkawi, 1979).
La agencia de noticias de la Italia Fascista "Avanti Moderno" aplaudió
la celebración del Congreso de los Sionistas Revisionistas en 1935
debido al apoyo brindado por este movimiento a Italia durante la campaña
de Etiopía. Al respecto Mussolini declaró al Rabino de Roma, Brato, en
1935:
"Las
condiciones necesarias para el éxito del movimiento sionista son poseer
un estado judío con una bandera judía y lengua judía. Hay una persona
que conoce esto muy bien y es el ciudadano fascista Jabotensky".
Después de esta declaración de Mussolini, David Ben Gurión prefirió
llamar a Jabotensky con el nombre de "Vladimir Hitler".
Jabotensky admiraba enormemente el fascismo e inclusive aspiraba a
copiarlo en Palestina. Una vez dijo:
"¿Qué
queremos? Queremos un imperio judío, al igual que Italia y Francia con
relación al Mediterráneo; queremos en sus orillas un imperio judío".
El
movimiento revisionista de Jabotensky se transformaría luego en la Unión
Sionista Mundial.
Podríamos abundar y abundar en torno a estas relaciones entre Sionismo y
Fascismo, y también aportar otros datos respecto a su relación con el
Nacionalsocialismo y el Nacionalismo Japonés durante la década del 30 y
la Segunda Guerra Mundial. No es necesario. Para efectos de nuestro
ensayo lo importante es comprobar el modo en que el Nacionalismo por sí
mismo no constituye ideología. Es una herramienta. Un medio. Pero no es
una doctrina.
Paradójicamente, el Sionismo constituye la prueba viviente de esta
afirmación: precisamente, el Sionismo sí es una ideología y posee una
doctrina, y gracias a ello logró su objetivo: proporcionar un Estado al
pueblo judío.
Resulta interesante mencionar la visión de Lenin (judío por cierto)
respecto al Sionismo:
"La
idea de un pueblo judío especial es una idea reaccionaria vista desde
su esencia política. La cuestión judía reside en la alternativa:
fusionarse o aislarse. La idea de la nacionalidad judía es
reaccionaria, no sólo para sus promotores, o sea, los sionistas, sino
también para aquellos que tratan de fundirla con las ideas
socialistas. La idea de la nacionalidad judía es totalmente opuesta a
los intereses de los trabajadores judíos porque fomenta ideas
contrarias a la fusión y fomenta el aislamiento en los ghettos".
Queda
claro con esto el porqué los Sionistas no podían utilizar el lenguaje
del Comunismo o de la vieja izquierda en general, dado que él mismo era
rechazado como "solución" desde esas perspectivas.
Entonces, ¿cómo presentan los propios judíos el Sionismo en términos
ideológicos?: lo presentan como una síntesis Nacional - Social:
"Lo
esencial que el Sionismo les dice a los judíos -especialmente a los
jóvenes- es que deben dedicarse ante todo a la solución del problema
de su propio pueblo, ya que también la juventud no judía que se
rebela, se ocupa -ante todo- del problema del pueblo al que ella
pertenece, aún incorporando a esa lucha una concepción social
universalista.
El camino hacia una síntesis tal para el joven judío, es Israel.
En la medida en que Israel tenga éxito en aunar su propio desarrollo
con desafíos universales, crecerán sus propias probabilidades de
atraer jóvenes judíos.
El Sionismo moderno no debe ofrecer desafíos nacionales como opuestos
a los desafíos universales, sino aunarlos, en la medida de lo posible,
en una sola tarea, nacional y universal.
Los dos desafíos esenciales que el Sionismo puede presentar a la
juventud judía son:
a) Construir un puente entre el mundo desarrollado y el mundo en
desarrollo por intermedio de Israel, y
b) Desarrollar en Israel una alternativa social al Capitalismo y al
Comunismo a la vez".
Lo que
tenemos aquí, quieran o no aceptarlo, es el planteamiento de un
Nacionalsocialismo Judío, es decir el "Sionismo Socialista", como ellos
mismo lo denominan.
En este esquema, el Nacionalismo -la exaltación de las cualidades
propias judías- resulta la herramienta básica para promover tanto el
desarraigo de las naciones donde los judíos habitaban, como para
fomentar el antisemitismo, que ayudaba a "empujar" a los menos
convencidos.
Efectivamente, puede haber Nacionalismo sin que exista Nación, y hemos
comprobado esta tesis con un hecho histórico que resulta innegable: la
creación del Estado de Israel.
Ello, porque el Nacionalismo -como hemos demostrado- en sí mismo no es
una Ideología y mucho menos una Doctrina. El Nacionalismo es un
sentimiento, una pasión, un estilo de conducta, un carácter, una
colección de categorías o como desee llamárselo, y que -como tal-
servirá y será utilizado como impulso de una muy diversa serie de
propuestas ideológicas, así como la pasión y los sentimientos de los
hinchas de un equipo de fútbol, genera el impulso que lleva a pagar la
entrada a los estadios, (y -por cierto- repudiar a los hinchas del
equipo contrario) ni más, ni menos.
Es tan
así, que los judíos, que no tenían ni "hinchas ni estadio", lograron
hacerse de los mismos gracias a la existencia de otros "fanáticos" de
los equipos contrarios y -por supuesto- de la estrategia ideológica para
llevarlo a cabo.
Pero, y he aquí el
punto más interesante de este análisis: la subsistencia del Nacionalismo
atenta contra la subsistencia de la Nación.
Desde Platón a Hegel se ha hablado de la "búsqueda de reconocimiento" -thymos-
como el motor de la historia, tesis que desarrolla ampliamente el ya
nombrado Fukuyama. El Nacionalismo es, desde su perspectiva:
"Un
fenómeno específicamente moderno, porque substituye la relación de
señorío y servidumbre por el reconocimiento mutuo e igual (isothymia).
Pero no es plenamente racional, porque ofrece el reconocimiento sólo a
los miembros de un grupo étnico o nacional dado. Es una forma más
democrática e igualitaria de legitimidad que, pongamos por caso, la
monarquía hereditaria, en la cual pueblos enteros se veían como parte
de un patrimonio heredado. No es, pues, sorprendente que los
movimientos nacionalistas hayan estado estrechamente asociados con los
democráticos, a partir de la revolución francesa. Pero la dignidad que
los nacionalistas quieren que se les reconozca no es la dignidad
humana universal, sino la dignidad de su grupo. La exigencia de este
tipo de reconocimiento lleva potencialmente a conflicto con otros
grupos que buscan el reconocimiento de su propia dignidad. El
nacionalismo es, por tanto, muy capaz de sustituir la ambición
religiosa y dinástica como terreno para el imperialismo, y esto es
exactamente lo que sucedió en el caso de Alemania".
Si el
nacionalismo surge allí toda vez que sus categorías existen, entonces
podemos afirmar con certeza que hará aparición al interior de toda
Nación que posea más de un Pueblo en su interior. En el caso de Chile,
más temprano que tarde podremos ver un auge del sentimiento nacionalista
entre los Mapuches, entre los Aymaras y -como los hechos lo atestiguan-,
entre los propios Pascuences.
Los tres
ejemplos mencionados reúnen todas las categorías necesarias que definen
al nacionalismo: raza, cultura, historia y lengua, además de habitar en
un determinado territorio "nacional".
¿Podría sorprender entonces a alguno de los Nacionalistas de nuestro
país que, el día de mañana, un Toqui Mapuche llamara a su pueblo a
combatir a la "Nación Chilena" para formar la "Nación Mapuche"?... Y si
eso los sorprende, ¿por qué no se sorprenden cuando en España la ETA
aboga por la creación de un Estado Vasco independiente, o cuando el IRA
lucha por la autonomía nacional de Irlanda, o cuando los francoparlantes
del Quebec propician la creación de un estado propio en Canadá?
Repetimos: el
Nacionalismo, tal cual está concebido, atenta contra los Estados
Nacionales, porque éstos históricamente no han representado límites
territoriales que abarquen a grupos de evidente coherencia histórica,
cultural, racial o lingüística. Y Chile no es sino uno de cientos de
ejemplos similares... tantos como países en el planeta si se quiere.
Debe reconocerse, y primero debe reconocerse por los propios
Nacionalistas, que la falta de una definición ideológica en las ideas
que dicen sustentar, es el principal obstáculo para que a partir de esas
nociones se logre fundamentar un sistema social legítimo.
Cuando
mucho podrán establecerse sistemas políticos de facto, pero la crisis de
legitimidad se hará presente más temprano que tarde, y la disolución de
esos estados nacionales será la conclusión lógica.
Evidentemente, un Nacionalista debería encontrar legítimas las
aspiraciones de cualquier pueblo por poseer su propia Nación, aunque
ello vaya en detrimento de lo que él mismo considera como su nación. De
allí que un nacionalista chileno debería estar de parte de un
nacionalista mapuche, toda vez que la aspiración de éste es la misma que
él dice sustentar, aunque ello signifique el desmembramiento de lo que
conocemos como Chile.
Todas estas precisiones son necesarias para comprender el porqué debe
modificarse completamente la noción de Nacionalismo, ya que si no se
hace resultará muy difícil para el Nacionalsocialismo transformarse en
una opción legítima. Pero antes, resulta necesario comprobar la fuerza
que las ideas nacionalistas poseen, para oponerse al dominio del sistema
mundial, hoy por hoy triunfante.
Nacionalismo v/s Sistema
Con la
derrota militar del Nacionalsocialismo y el Fascismo, y después de la
caída del Comunismo, asistimos al aparente triunfo del Sistema
Democrático-Neoliberal en el mundo. El Nuevo Orden Mundial, que se
encuentra en franco proceso de instauración a escala planetaria, sin que
haya -aparentemente de nuevo-ninguna ideología, ninguna "utopía" que
pueda oponérsele.
Hemos escuchado en innumerables oportunidades la opinión de destacados
Nacionalistas que afirman, sin embargo, que el Nacionalismo es la única
fuerza con potencia suficiente para detener el avance del Sistema.
Los hechos parecen darles la razón: después de la disolución de la Unión
Soviética hemos asistido a la creación de nuevos estados nacionales. La
ex Yugoslavia se disgregó entre Croatas, Servios, y Bosnios. Ucrania y
Georgia -además de otros- se constituyeron a partir de los restos de la
URRS (sin dejar de considerar que, en el caso de Georgia, se negó la
calidad de minoría nacional a los osetas).
Los nacionalistas pueden sostener que el potencial de formación de
nuevas naciones-Estado es ilimitado. Kurdos, vascos, estonianos, osetas,
tibetanos, eslovenos, irlandeses, chechenos, palestinos y muchos otros
pueblos se encuentran luchando por consolidar sus propios estados
nacionales. Claramente, el Nacionalismo aparece como una fuerza al menos
tan potente como el dominante sistema Democrático-Neoliberal.
Pero, en los hechos, los estados nacionales ya consolidados -el propio
caso de Chile para no ir más lejos-, no han sido capaces, aún contando
con todo el nacionalismo necesario, para oponerse exitosamente a la
instauración del Nuevo Orden Mundial. Ello es principalmente causado por
la inexistencia de una cosmovisión que se oponga de modo radical al
Sistema, que sea más legítima que él, y que proporcione mayor calidad de
vida a los habitantes de cualquier lugar del planeta.
Como
hemos visto, el Nacionalismo no constituye tal cosmovisión. Ni siquiera
alcanza para formar una doctrina o una ideología.
Ciertamente, el Nacionalismo puede formar Estados Nacionales. Israel
es el caso más característico, pero es incapaz de oponer resistencia a
la cosmovisión dominante, porque en sí mismo no constituye una
cosmovisión.
Quienes propugnan la exaltación de los valores nacionales como frontera
conceptual al sistema mundial, olvidan que éste basa su accionar en
aspectos materiales concretos -surge del materialismo y se asienta en
él-, y no en la mantención de determinados aspectos culturales
"locales".
A un tecnócrata de Wall Street no le importa demasiado si en Chile
celebramos con mayor o menos fervor el 18 de Septiembre, o bailamos más
o menos Cueca cada día. A él le interesa principalmente, si en esas
fiestas se puede aumentar el nivel de consumo de determinado producto de
la Compañía Transnacional que representa. Los Españoles podrán seguir
gritando "Ole" en las corridas (ignoro si ello es signo de nacionalismo
o de simple primitivismo), en Chile podremos cantar "el asilo contra la
opresión" a degüello, los argentinos podrán aplaudir a rabiar a los
Chalchaleros, y así, cientos de ejemplos más, característicos de las
costumbres de cada Nación, pero, en los hechos, por sí sola, la
Tradición no basta para oponerse efectivamente al poder del capital
internacional, a la usura o a la sistemática implantación de un único
modelo social, económico y político mundial.
La derrota de cualquiera opción al Sistema se basa -en primer lugar-,
en la incapacidad que ese nuevo sistema tenga para oponerse y superar
todas y cada una de las opciones y valores que el actual posee. De allí
que lo que se necesita es mucho, muchísimo más que la existencia de un
sentimiento Nacionalista, de una Tradición, de una lengua, historia o
cultura propios. Se necesita una Cosmovisión. Una nueva, total y
diferente forma de comprender la realidad, la vida y el universo.
Para quienes han leído hasta aquí, resultará claro entonces que no
estamos en contra del Nacionalismo per se. Nuestra crítica
profunda apunta al Nacionalismo Puro, a ese nacionalismo que se
aísla de la realidad al representar sólo una parte. Que es incapaz de
proponer soluciones concretas a las necesidades de cada pueblo en la faz
del planeta. Que para existir como tal, debería poseer un planeta único,
habitado por sólo una raza, con una sola historia, lengua, tradición y
cultura, cerrado en sí mismo, revolucionando en giros centrípetos
referidos -de igual modo-, a la desaparición evolutiva de esas misma
especie.
La autarquía nacionalista pura, la raza nacionalista pura, la
historia, cultura y lengua pura de un puro estado Nacional es una
imposibilidad histórica, social y empírica.
Así como un electrón desaparece al ser aislado -se transforma en
nada-un País que se cerrara completamente al resto de los países
significaría el término de esa peculiar forma de adaptación.
Y hacemos
hincapié en este crucial aspecto: las razas (lo hemos dicho en otra
parte) son condición natural de la evolución de las especies. La
biodiversidad se basa en el proceso de especiación, cuya manifestación
primaria es el surgimiento de razas diferentes a partir de una misma
especie. La raza se vincula directamente con el desarrollo de las
poblaciones. La capacidad evolutiva de adaptación se sustenta en esta
posibilidad. Sin razas no hay fenómeno adaptativo. Sin razas no hay
evolución.
El sistema dominante propende a la negación de las individualidades
culturales, deshace la adaptación al promover la hibridación, frena la
evolución al negar la diferencia. El totalitarismo unificador del
sistema no permite la evolución, de hecho, la niega. Se remite
evidentemente a un "fin de la historia", en que a expensas de un
supuesto "beneficio colectivo", de una "isothymia" generalizada, se
suprime la posibilidad de engendrar nuevas y mejores expectativas y
posibilidades.
De igual modo, la noción Nacionalista Pura, con su premisa básica de
introyección, de crecimiento hacia adentro, de autarquía cultural,
económica y política, frena de igual modo la evolución al negar la
adaptación, adaptación que es condición básica e inherente a la vida.
Imaginar un País Nacionalista a ultranza, es imaginar un País en guerra
permanente, o bien, un único país sobre la faz de un mundo desolado.
Los Nacionalistas deben reconocer que su opción es tan una opción por la
extinción como la que propugna el sistema. Deben reconocerlo si de algún
modo quieren luchar por un nuevo ser humano, en una nueva sociedad,
donde la Tradición sea un impulso a mayores niveles de adaptación, y no
un freno a la evolución del hombre. Dicho en otras palabras, podemos ser
tan chilenos, argentinos o españoles como queramos, pero serlo a
ultranza significaría habitar un mundo en que estaríamos solos, y donde
-por lo mismo- serlo no tendría significado alguno.
El Nacionalismo es sin duda, la base conceptual del
Nacionalsocialismo. Pero la diferencia fundamental entre ambos es que
uno lleva a la extinción, y el otro favorece y propicia la adaptación,
ello, tanto en términos sociales como biológicos. Eso es lo realmente
importante.
A mis amigos Nacionalistas les insto a pensar profundamente en lo que
hemos tratado en estas páginas. Si el nacionalismo tiene alguna razón
de ser más allá del nacionalismo, esa razón se encuentra asentada
profundamente en lo Social: límite, freno e impulso de mejores, más
justos y legítimos sistemas de vida. El Nacionalsocialismo -esta nueva
cosmovisión que comenzó a construirse en Alemania-, es la única salida.
De eso hablaremos en la última parte de este ensayo.
Nacionalismo y Nazismo
Hemos
meditado profundamente durante este año para terminar de escribir este
ensayo. Desde Febrero, cuando definimos groso modo la pauta de este
número, hasta ahora mismo, esta noche cálida del 21 de Diciembre en que
intentamos -todavía-, plasmar nuestras ideas de modo comprensible y
directo.
En un par de páginas más, Mankepán nos hablará de lo mismo con otras
palabras que, sin embargo, resuenan extrañamente iguales. Efectivamente,
muchos de nosotros ya habíamos llegado a idénticas conclusiones respecto
a lo que tratamos, aún antes de haber escrito una sola letra.
Somos
Nacionalsocialistas, Nazis si prefieren (recuérdese que este ensayo se
escribió antes de la fundación de Patria Nueva Sociedad). Y somos un
tipo diferente de Nacionalsocialistas también. Somos la última
generación de Nazis del Siglo XX, de este siglo que en un par de años se
nos acaba. Somos también los responsables directos de transmitir estas
ideas a las próximas generaciones. De replantear nuestra cosmovisión
para el próximo milenio. Creánnos cuando decimos que esto no es nada
fácil. Es lo más difícil que alguna vez nos hayamos propuesto.
Todo un
año ha sido necesario para decir algo que a muchos de ustedes les
parecerá demasiado simple quizá: somos Nacionalsocialistas. Pero ello
significa mucho más de lo que aparentemente parece.
En estos diez número de Pendragón hemos intentado con mayor o menor
éxito, redefinir, revalorar, recrear y reencantar lo que hoy por hoy
significa sostener estas ideas. Estamos hablando de un nuevo
nacionalsocialismo, de una nueva cosmovisión. Le llamamos de este modo
porque hoy -todavía- es el mejor modo. Porque aún no tenemos otro modo.
Nuestra certeza profunda es que estamos caminando el mismo sendero
que se habría caminado si el Nacionalsocialismo no hubiese sido
derrotado en la Segunda Guerra Mundial.
Estamos
afirmados fuertemente en lo central de la doctrina, en lo substancial.
Desde allí construimos. Y estamos solos y libres y plenamente
conscientes de lo que estamos haciendo. Porque en Pendragón no
pertenecemos a grupo alguno, ni somos un grupo. Somos seres únicos e
individuales... absolutamente distintos, absolutamente similares.
Nuestra intención no es, por ende, coincidir o hacer coincidir a nadie
con nuestros planteamientos. Esto es estrictamente personal, propio de
cada uno de nosotros. Porque básicamente queremos hacer pensar, hacer
meditar.
Hemos tenido cincuenta años para escuchar, leer y aprender todo lo que
era necesario para continuar caminando por la ruta que nos señaló el
Führer. Es hora de que nos pongamos en marcha. Dejamos atrás a los que
nos precedieron, y nos hemos alejado mucho de ellos en términos
conceptuales. No estamos, definitivamente, pensando para mañana, estamos
pensando -tratando de pensar-, para el próximo milenio, quizá para más.
Este motivo básico es el que nos llevó a escribir el ensayo que estamos
concluyendo.
Demasiadas veces habíamos asistido a la formación de agrupaciones que
-bajo ese ubicuo denominativo de "nacionalistas"- arrastraban a los
camaradas a experimentos ideológicos que terminaban enteramente alejados
de los substancial de nuestra ideología. Efectivamente, el Nacionalismo
Puro, a secas, es contrario a la esencia del Nacionalsocialismo.
El uno, lo hemos dicho, apela a la segregación, a la rigidez estructural
que lleva indefectiblemente a la guerra, dando la razón a los adalides
del sistema que plantean que la "Megalothymia" inmanente en el
Nacionalismo constituye la base de su autodestrucción. De paso,
validados por una semántica firmemente arraigada por el comunismo,
utilizan la generalización de "Utopías" para descalificar de un palmo a
toda ideología que pueda oponerse a su carro de triunfo. Obvian así el
hecho simple de que el Nacionalsocialismo no es una Ideología derrotada
en el plano de las ideas. Lo fue -y hasta cierto punto incluso- en el
plano militar, en el plano de la Guerra. Pero basta mirar la historia un
poquito para ver cómo las ideas no perecen al morir quienes las
sustentan, al menos, no perecen si es que contienen algo de verdad.
¿Acaso las ideas de Galileo perdieron un ápice de validez, al tener que
doblegarse ante el poder de la Iglesia para poder continuar vivo?
Cierto: "y sin embargo, se mueve". ¡Por cierto que se mueve!
Nos
parece por ello, que el sólo hecho de estar escribiendo, al igual que
muchos camaradas a lo largo del planeta escriben lo propio, deja en
claro que este muerto ideológico está bien vivo.
Por otro lado, está la cuestión del Poder, del PODER en mayúsculas para
reforzar la idea. Entendemos que el poder político es parte, una pequeña
parte, de un poder mucho mayor. De un poder que está vinculado
directamente a nuestra naturaleza, y que en necesario descubrir por cada
uno de nosotros en Sí-mismo. Este poder está relacionado con caminos
iniciáticos que entroncan directamente con la Tradición, y comenzaron a
ser recordados por el Nacionalsocialismo en Alemania.
Hemos
hablado en los Editoriales de casi todos los números acerca de esto en
diferentes formas. La "Voluntad de Poder" nietzscheana no es más ni
menos que eso mismo. La posibilidad de transmutar el destino que nos
fija el Eterno Retorno a través de la concentración absoluta en el Ser,
y de allí su expresión en el Hacer. Esto es el centro de la verdadera
Política, su origen y consecuencia.
Y para quienes -incluso a estas alturas-, encuentren demasiado
alambicados nuestros planteamientos lo diremos de otro modo: la lógica
del sistema atenta contra la evolución de la especie humana al negarle
trascendencia, al equipararla a una máquina básicamente motivada por
impulsos, en su mayoría sexuales, dispuesta y predispuesta al placer por
sobre todas las cosas. Una visión del ser humano que se establece sobre
la noción del egoísmo inmanente de los genes y que lleva,
indefectiblemente, a la explotación sistemática y total de los recursos
disponibles, de todo el planeta, del propio hombre por el hombre: homo
lupus homine, al decir de los romanos. Esta lógica, basada y proyectada
en el materialismo contiene el germen de la total destrucción
existencial, y se entronca directamente con las teología judeo-cristiana
dominante, teología de esclavos, hecha por esclavos y productora de
esclavos. Teología que se asienta sobre las mismas bases conceptuales
que dieron origen al Nacionalismo en su forma más radical.
Oponerse a estas cuestiones no pasa por un simple ejercicio intelectual
en que seamos capaces de proponer una "alternativa" viable a lo que
sucede. Nuestra propuesta es mucho más absoluta que un radicalismo que
gira centrípeto siguiendo los brazos de la gamada. Ni siquiera podemos
llamarnos "radicales", porque lo nuestro va mucho más allá. Ni siquiera
estamos planteando "otra" alternativa. Lo que está en juego en la
posibilidad de construir una nueva cosmovisión es la posibilidad
empírica de escapar de la extinción biológica, de escapar de la muerte.
Sustentamos que el Nacionalsocialismo ha sido uno de los intentos más
serios y consistentes por escapar de este destino, porque sus raíces se
hunden más allá del propio Nacionalismo que lo originó, y sus ramas
llegan mucho más alto que lo que hasta ahora incluso nosotros mismo
habíamos podido ver.
La negación del materialismo que plantea nuestra doctrina no tiene que
ver con una petición de principios simple y que puede ser fácilmente
aceptada por todos. Supone básicamente "recordar", porque ya hemos
señalado anteriormente que somos amnésicos. Olvidamos nuestra ligazón
profunda con el entorno, con los Arquetipos y con el Inconsciente
Colectivo de la especie, que nos llevaba de la mano hacia la superación
del hombre, hacia el superhombre camino hacia Dios.
Olvidamos
porque fuimos vencidos una mil veces por las fuerzas de la oscuridad:
del oscurantismo Medioeval, del oscurantismo del "Siglo de las Luces",
del oscurantismo Cartesiano-Newtoniano, del oscurantismo de la Razón
Pura, y -para nuestro propio pesar-, del oscurantismo aún peor del
Nacionalismo Puro.
Hoy, sumidos hasta el tuétano en el oscurantismo Consumista, asistimos
al triunfo de la lógica del esclavo. De la lógica que lleva a la
destrucción del Ser en medio de una "Isothymia" que deja a los hombres
"sin pecho", prestos a servir de abono a las liquidaciones de bienes
transables en el siempre menospreciado "mercado del espíritu". Que los
remite a un puro conjunto más o menos domeñado de impulsos, transados en
beneficio de mayores placeres expresados en bienes materiales.
El Nacionalsocialismo supone básicamente escapar de la lógica del mundo
que terminó por concretarse en el Siglo XIX, y que concluyó por derrotar
las fuerzas del recuerdo en la última guerra mundial. Supone trascender
el materialismo y conectarse directamente con una física y una biología
que están día a día más cerca de la Mística, y de las Tradiciones más
sagradas en torno a las que se formó la humanidad. De allí que esta
"Crítica del Nacionalismo Puro" sea la constatación básica a la hora de
repensar nuestra ideología. Los Estados Nacionales hoy por hoy,
tienen importancia en la medida que representan Mercados específicos,
donde los arquitectos del marketing del Nuevo Orden Mundial pueden
aplicar sus diseños de compra y venta en distintas formas cada vez más
eficaces.
No podemos pensar en que el Nacionalismo, con su falta de definición,
con su carencia de doctrina, con su visión estrecha de la realidad,
pueda servir para oponerse de algún modo al dominio del Sistema. Y esto,
básicamente porque su concepción deviene de las mismas bases que dieron
origen al sistema: el Nacionalismo es tan decimonónico como el Marxismo
y el Liberalismo. Son tres ramas de un mismo árbol ideológico.
Si realmente puede hablarse de un fenómeno ideológico "Moderno" (en el
sentido que los propios adalides del sistema lo entienden), es
únicamente el Nacionalsocialismo -el Fascismo si se quiere adherir a esa
semántica- el que puede ser definido como tal.
El Nacionalsocialismo es el único experimento ideológico propio de la
Modernidad. Surge a partir de la negación del materialismo que la física
ya había comenzado a develar a comienzos del siglo. Se apoya en las
modernas teorías sicológicas y está a caballo sobre la percepción de la
realidad que hemos logrado concretar en este siglo. Se origina en una
visión de la biología que es el primero en reconocer y proyectar, y que
nos ha tomado cincuenta años para llegar a comprender a cabalidad.
Todo ello explica que la física, la química, la economía, la ecología e
innumerables ciencias y técnicas más de la Alemania Nacionalsocialista,
hayan avanzado en seis años lo suficiente para oponerse a una guerra que
involucró a más de cien países en su contra. Porque lo que había detrás
era el inicio de una nueva Cosmovisión, de una nueva forma de comprender
la realidad y que -por lo mismo- estaba más allá de un "radicalismo"
simple, como nos han querido vender los siervos del señor oscuro.
Ello y no otra cosa -ese espíritu de sacrificio y disciplina
alemanes al que tanto se apela para explicar la potencia del Reich en
sus inicios-, es lo que explica el inusitado éxito y logros del
Nacionalsocialismo en sus inicios.
Si el Comunismo había fracasado en instaurar una ética del trabajo, y el
Capitalismo había dejado atrás el valor del sacrificio en pro de la
colectividad, el Nacionalsocialismo aunó ética, sacrificio y
satisfacción personal en una nueva concepción de la relación entre
"Señores y Siervos", porque ya no había más "Señores", y tampoco todos
eran "Siervos". No impuso la "Isothymia" como solución a la búsqueda de
reconocimiento, ni tampoco exacerbó la "Megalothymia" como compensación,
porque la razón de ser en el Nacionalsocialismo era la relación
par inter pares. El idealismo concebido como el sacrificio de la
vida misma por los miembros de la propia comunidad. El idealismo
concebido como la oposición más humana -más legítima- a ese egoísmo
genético que nos lleva a "matar al otro para obtener reconocimiento", en
palabras de Hegel. El idealismo que no considera la negación de la
personalidad ni la exacerbación del individualismo como vía para la
existencia humana, y que tampoco se asienta en un puro racionalismo para
encontrar la felicidad: materia y espíritu, sentimiento y razón,
izquierda y derecha, todo a la vez y sin ninguna síntesis que nos lleve
a una nueva dialéctica propia del eterno retorno de los que están atados
a su propio karma.
Esta Voluntad de Poder, del propio Poder, es la que proporciona la ética
del guerrero del Ser. Del guerrero que sabe que su peor enemigo -y por
ello su mejor oponente- se encuentra dentro de Sí-mismo. Esta fue la
invitación que un hombre nos dejó planteada hace más de medio siglo, y
esta es la invitación que debemos aceptar para caminar con pasos seguros
por la senda del mañana.
Ser
Nacionalsocialistas es un desafío que comienza primero por vencernos a
nosotros mismos. La política que de ello devenga está aún por
construirse. Pero tengamos clara noción de lo que ello significa: ¡basta
de formar ensaladas ideológicas con gente a la que aún le falta
muchísimo para comprender que están superados por la Historia, se digan
Nacionalistas o como se digan! Tener esto claro es el primer paso para
proyectar nuestras ideas al futuro.
El factor Social como razón básica que nos hace ser humanos, y no
la lucha o la muerte por el reconocimiento del otro, es lo que
diferencia substancialmente al nacionalsocialismo de otras corrientes
similares.
En tanto Nacional, nuestra doctrina posibilita y fomenta la adaptación
por medio de la diferencia: el respeto de la Cultura, de la Raza y todo
lo que ello implica. En Tanto Social, acepta que el Ser Humano está
definido por vivir en comunidad. El Volk, la comunidad de sangre, en que
se retoman estructuras "Tradicionales" de reparto y valoración del
trabajo que pueden retrotraerse hasta el propio estado de los
Cazadores-Recolectores, primeros en establecer una ética basada en el
sacrificio personal en pro de la comunidad, de los Pares.
De allí que insistamos en la denominación "Nacionalsocialista" -ambos
términos juntos, y no inadecuadamente separados como muchos camaradas
los escriben-, porque sólo a través de la concepción Nacional pueden
expresarse la diferencias naturales de las Razas de nuestra especie, y
sólo a través de lo Social podremos evolucionar hacia nuevas y mejores
formas de adaptación.
De allí que legítimamente el Nacionalsocialismo pueda proyectarse a la
vez como una ideología Nacional e Internacional. Porque posee una lógica
interna que hace posible su aplicación por cada Nación del Planeta, y a
la vez genera los mecanismos para que estas razas evolucionen junto a
las otras. El fomento de la diferencia, de la infinita multiplicidad
cultural, de la rica variedad de formas, costumbres y tradiciones es la
base de mejores relaciones humanas, de mejores relaciones
internacionales (como -ahora- lo reconoce el propio Sistema), y de
mejores relaciones económicas y sociales.
Ese es el valor y la potencia de las ideas que estamos sustentando, y
hacia allá debemos enfocar nuestros esfuerzos al proyectar la doctrina
el próximo milenio.
Nuestra Crítica del Nacionalismo Puro es también la crítica a aquellos
que -sintiendo interiormente que en realidad son Nazis-, prefieren optar
por el consenso con el sistema utilizando una denominación menos "dura".
Nada van a obtener excepto legitimar el estado de cosas que pretenden -o
por lo menos sienten que pretenden- cambiar por otras mejores. ¿Por qué
legitiman la semántica del sistema al adscribir a una "doctrina" que
-hemos probado- no es tal? A los siervos del señor oscuro no les hace
ningún daño contar con unos cuantos miles de "Nacionalistas", que en el
mejor de los casos les darán nuevas y mejores razones para entronizar su
poder. Que la ETA o el IRA pongan una bomba más o asesinen a tal o cual
personaje, es simplemente la justificación que el sistema tiene para
instaurar un definitivo estado policial mundial, que ampare eficazmente
el trabajo de explotación de las Multinacionales. La incipiente
instauración de un sistema legislativo anti-terrorista internacional nos
da la razón en esto.
Por otro lado, la exacerbación del nacionalismo será siempre la
herramienta básica a utilizar para el fomento del armamentismo y las
doctrinas basadas en la Seguridad Nacional. La justificación más simple
que tienen los vendedores internacionales de armas para ofrecer sus
productos.
Y, por
último, aunque los Nacionalistas del mundo terminaran por construir
tantos estados Nacionales como etnias existen, ¿sería esto una barrera a
la entronización definitiva del Nuevo Orden Mundial? ¿Detendrían de
algún modo a las Multinacionales en su control de la economía del
Planeta? ¿Resolverían el desequilibrio Norte-Sur en la utilización de la
energía de la Tierra? Lo más probable es que la existencia de más
estados nacionales fuera un fomento al mercadeo mundial de productos
especializados: Tome Coca-Cola en Haití, Burma, Nepal, Irlanda o
Singapur, las etiquetas serán distintas, pero el dinero irá a parar a
los mismos bolsillos ¿o no? Incluso podría ser un eficaz acicate para la
creación de nuevas y mejores formas de dominación internacional: cada
vez que hubiese una sobreoferta de productos podrían controlar el
Mercado quitando allí donde sobra, y poniendo allí donde falte.
Lo repetimos: el mejor apoyo al sistema por parte de los que tienen
alguna cercanía con nuestras ideas, o de los nuestros que quieren
ponerse una máscara más "amistosa", es quitarle lo Social a lo Nacional,
y quedarse en un Ismo sin sentido, un Nacionalismo que los llevará de la
mano a la extinción de la especie: ¡si el territorialismo tiene a lo
menos 200 millones de años de existencia y -evidentemente- los
Dinosaurios ya no dominan la Tierra!
Centrarnos en el Ser, en el ser Nacionalsocialistas es lo único
realmente trasgresor que queda.
No hay
otra ideología que pueda oponerse de modo eficaz al dominio omnipotente
del Sistema. Ese es nuestro llamado en este año. En este año en que todo
cambió.
Repensar
nuestra ideología parte por aceptar verdaderamente lo que somos: no una
-otra- alternativa, no una utopía sin destino, no un conjunto de ideas
que el próximo milenio terminará por olvidar.
Si hay algún "Fin de la Historia" para nuestra historia, parte en el
momento mismo en que nos queremos olvidar de lo que realmente somos. En
que queremos desconocer nuestra propia Naturaleza.
El Nacionalsocialismo es lo único que le queda al Nacionalsocialismo. Lo
demás, lo demás no importa nada.