Crítica del Nacionalismo Puro


Por Alexis López Tapia

Original Publicado en
Revista Pendragón Nº 10
20 de abril de 1997

 

Uno de los problemas recurrentes en la definición del Nacionalsocialismo, es su relación con el Nacionalismo a nivel ideológico. Problema de larga data que aún hoy día a más de un camarada puede provocarle dudas, y que trataremos de analizar desde varios ámbitos en el presente artículo.

Como antecedente preliminar, se ha sostenido durante mucho tiempo que ya en los primeros años del Gobierno Nacionalsocialista en Alemania, se produjo un tensión entre ambos polos -el nacionalista y el socialista-, que terminó en la tristemente célebre "Noche de los Cuchillos Largos" y el descabezamiento de las S.A.

En esa época las S.A. contaban con más de tres millones de miembros. Eran la principal fuerza armada del partido, y Röhm -sustentado en este hecho- había comenzado paulatinamente a propiciar una segunda revolución, o -si se quiere-, un aceleramiento de las medidas de cambio del sistema bajo el gobierno nacionalsocialista.

Debe considerarse que en un ámbito puramente ideológico, ni Röhm ni los hombres al mando de las S.A. tenían clara conciencia del sentido y significado últimos del nacionalsocialismo. Más combatientes que ideólogos, fueron los primeros que dieron la lucha contra el comunismo, y pelearon las calles a los adversarios del partido. A ello se debe en buena parte la toma de posición -una cuestión producto más de las circunstancias que de las ideas-, que los llevó a representar la facción más revolucionaria dentro del gobierno nacionalsocialista.

Es por ello que, aunque a priori podría sustentarse la idea de que, en términos ideológicos, se enfrentaron los componentes Nacionalistas y los Socialistas al interior del N.S.D.A.P., el sentido eminentemente práctico y táctico del enfrentamiento invalida esta visión demasiado estrecha de los hechos: la expresión concreta de este incidente no tuvo consecuencias en el ámbito ideológico, sino que básicamente se trató del afiatamiento del poder personal del Führer, y el restablecimiento del orden jerárquico, amenazado por la importancia creciente de Ernst Röhm y poder de las Sturmabteilung (Secciones de Asalto).

Sin embargo, lo que relatamos deja en evidencia un problema fundamental, que queremos tratar detenidamente en este número: ¿es el nacionalsocialismo sólo una forma modificada del nacionalismo, o son dos corrientes básicamente distintas si bien con las mismas raíces fundamentales?Se ha vuelto un lugar común el identificar al Nazismo con el Nacionalismo y envolver a ambos bajo el concepto genérico de Fascismo. Sabemos que esta interpretación no nos pertenece, ya que es producto de las órdenes de la Internacional Comunista de los años '30, que -paralelamente a la instauración de los "Frentes Populares"-, recreó el concepto de Fascismo con un objetivo utilitario: definir al enemigo es el primer paso para unificar las propias fuerzas.

Esta antigua estrategia ha dado resultado en el tiempo y se ha hecho un lugar común. Hoy se pueden calificar de Fascistas a un terrorista palestino, judío, del IRA, la ETA, las GAL o de casi cualquier facción separatista armada. También a un dictador Africano, a un político conservador francés, a un candidato a la presidencia rusa, a un Senador norteamericano pro-aumento de las condiciones de inmigración, a la política cultural china, a los propios sionistas y, en fin, a cualquiera que se pretenda descalificar, anatemizar y poner en desventaja rápidamente.

¿Se puede calificar de Nacionalistas a los separatistas Chechenos? ¿Sí?... ¿puede entonces llamárselos fascistas?... A mayor abundamiento ¿son fascistas, por definición, todos los grupos Nacionalistas alrededor del planeta? O, a contrario sensu, ¿debemos pensar que no existe un Nacionalismo que a la vez no sea una forma de Fascismo? ¿Y qué debemos pensar entonces del Nacionalsocialismo en toda esta confusión?

Lo cierto es que toda esta confusión y aparente paradoja no es tal.

Hemos señalado que el uso del concepto Fascismo en los términos citados no proviene de nuestra propia cosmovisión. Es con Gramsci que la clásica visión dialéctica marxista de la historia: burguesía v/s proletariado (lo estructural), será adaptada -desplazada- a categorías de naturaleza ideológico-filosófica (lo superestructural).

Burguesía v/s Proletariado será entonces Capitalismo v/s Comunismo, categorías que se transformarán -a partir del enfoque gramsciano- en Tradición v/s Modernidad. Finalmente, esta dupla cede lugar a la fórmula ideológica: Fascismo v/s Antifascismo.

Con la sustitución de la clásica noción Burguesía v/s Proletariado por la de Fascismo v/s Antifascismo, el horizonte de la lucha política del marxismo-leninismo se fija -utilizando su propia terminología-, en "aspectos superestructurales". El adversario ya no es el patrón, sino el fascista.

Los comunistas, a partir de Gramsci, convierten al Fascismo en la síntesis histórica del Mal, como lo era el capitalismo en el marxismo clásico de corte estructural. Es fascista el que desea defender los valores de la tradición, sin importar si son valores históricos o metahistóricos; porque -señalan los marxistas- son esos los valores responsables del nacimiento del monstruo fascista.

Lo que gana el marxismo con este juego semántico es una connotación ética. El fascismo es totalitario, es la personificación del mal. Hitler es el demonio en persona, y Mussolini quizá Belcebú. El marxismo se apropia -en exclusiva-, de la tarea antifascista y establece la hegemonía ética de sus postulados para vencer al mal.

En la óptica que señalamos, tanto el fascismo como el antifascismo son categorías totalizantes, que escapan del ámbito de la historia y adquieren un valor moral. Fascismo es el mal en cuanto tal. La concreción histórica de ese "sentido común" que el marxismo desea abatir y exterminar. Fascista es el principio de autoridad, la tradición, la nación y toda cultura metafísica o religiosa que se apoye en valores objetivos. Fascismo es el antiguo sentido común que -con muy bien manejadas connotaciones tenebrosas-, es presentado por el comunismo como el enemigo al que hay que destruir.

De este modo, los comunistas lograron ganar la guerra semántica. Y la ganaron ampliamente: al sustraer el análisis del fascismo de su propio y preciso terreno histórico, lograron que cualquiera que defienda los valores tradicionales pierda -por eso mismo-, el derecho a la palabra. Será un enemigo que hay que suprimir, que hay que callar: con él no se discute ni se le da opción a discutir. Es un paria ideológico y -lo más importante-, es la encarnación del Mal.

¿Por qué es importante constatar este hecho en una crítica al nacionalismo puro? Porque de modo evidente el nacionalismo ha sido considerado como el origen de los valores que generaron al Fascismo. En este sentido, es el nacionalismo aquel "sentido común" cuya cría fue el fascismo.

Entonces, el primer paso que hay que dar para separar estas aguas turbias, consiste en invalidar la semántica marxista en el tratamiento de las ideologías que analizamos. Y no es un paso cualquiera: en anteriores números hemos tratado someramente la pretensión del sistema de equiparar al Nacionalsocialismo -verbi gracia-, al Fascismo con el Comunismo, como las puntas extremas de concepciones que se tocan. ¿Cómo y por qué sucedió esto?

Cuando se produce la caída de la Unión Soviética y finaliza el mundo bipolar -de esto no hace muchos años como se recordará-, los adalides del nuevo orden mundial deben replantear su propia tesis en función de un mundo en el que ya son o se creen vencedores.

Sorprendentemente utilizan la vieja estrategia semántica marxista: hacen de los potenciales y acabados enemigos un todo: "lo utópico", y mezclan en esa denominación a todas las corrientes que en alguna oportunidad pudieron oponérseles: nacionalismo, nazismo, fascismo; socialismo, marxismo, comunismo; son de esta forma metidos en el mismo saco ideológico, y claramente presentados como los perdedores en esta lucha por la hegemonía mundial.

No sorprende tanto entonces que Fukuyama haya decretado "El fin de la Historia". Desde esta perspectiva queda claro que tal sentencia es sólo el grito del que logró llegar primero a la meta, y saltó de júbilo frente a los demás competidores muertos en el camino.
Sumado a lo anterior, el sistema está propugnando la transformación de "las utopías" en otras tantas encarnaciones del Mal.

El propio Fukuyama indica en "El Fin de la Historia y el último Hombre":
 

"Resultó que la Primera Guerra Mundial sólo era una anticipación de nuevas formas de maldad que pronto iban a surgir. Si la ciencia moderna hizo posibles armas de poder destructor sin precedentes, como la ametralladora y el avión de bombardeo, la política moderna creó un Estado de poder sin precedentes, para nombrar el cual hubo que acuñar una nueva palabra: totalitarismo. Apoyado en un eficiente aparato policíaco, en partidos políticos de masas y en ideologías radicales que querían controlar todos los aspectos de la vida humana, este nuevo tipo de Estado aspiraba nada menos que al dominio mundial. Los genocidios perpetrados por los regímenes totalitarios de Hitler en Alemania y de Stalin en Rusia no tenían precedentes en la historia y en muchos aspectos fueron posibles gracias a la modernidad misma (N.d.A.: lo señala Jean-François Revel, "But We Follow the Worse...", The National Interest, 18 - 1989-90, pp. 99-103).

Desde luego, ha habido muchas sangrientas tiranías antes del Siglo XX, pero Hitler y Stalin pusieron la tecnología moderna y la moderna organización política al servicio del mal. Antes había estado fuera del alcance de las tiranías "tradicionales" proponerse algo tan ambicioso como la eliminación de toda una clase de gente, como los judíos de Europa o los kulaks de la Unión Soviética. Pero ésta era precisamente la tarea que los avances técnicos y sociales del siglo anterior hacían posible. Las guerras emprendidas por estas ideologías totalitarias eran también de un tipo nuevo, pues entrañaban la destrucción de la población civil y de los recursos económicos, lo que explica la expresión "guerra total". Para defenderse de esta amenaza, las democracias liberales se vieron inducidas a adoptar estrategias militares, como los bombardeos de Dresden e Hisroshima, que en épocas anteriores habrían recibido el calificativo de genocidios (N.d.E.: ergo, para Fukuyama, Dresden e Hiroshima no son genocidios).

Las teorías sobre el progreso del siglo XIX asociaban la maldad humana con un estado atrasado de desarrollo social. Si bien el estalinismo surgió en un país atrasado y semieuropeo, conocido por su gobierno despótico, el Holocausto tuvo lugar en un país con la economía industrial más avanzada y con una de las poblaciones más cultas y bien educadas de Europa". (N.d.E.: todas las negritas son nuestras).

 

Esta también es la tesis que propone el pastor evangélico rumano Richard Wurmbrad, en su libro "Marx y Satán", en que señala:
 

"El Marxismo gobierna hoy día a más de un tercio de la humanidad (evidentemente, escribe antes de la caída de la URSS). Si pudiera demostrarse que los iniciadores y perpetradores de este movimiento eran en verdad adoradores del demonio a puertas cerradas, que explotaron conscientemente los poderes satánicos, ¿no habría que actuar ante esta verificación tan alarmante?"
 

... Sólo podemos agregar que, ciertamente, el pastor trata de demostrarlo... y no le faltan antecedentes. Recordemos someramente el influjo de las ideas Cosmistas en la génesis metahistórica del Comunismo: Bogdanov (1873-1927), importante ideólogo Comunista calificado por Lenin como "el cerebro número uno" del partido, en algunos de sus escritos glorificaba a Satanás como "dios del Proletariado" (Ver "Cosmismo y Comunismo", de Aleksandr Duguin, en Ciudad de los Césares Nº 39).

Y como ejemplo paralelo, Nigel Pennik escribe en "Las ciencias secretas de Hitler":
 

"Las fronteras de una nueva civilización aún pueden levantarse sobre el conocimiento de tan mala gana desestimado como "ocultista". Aprendamos del mal uso que hicieron los nazis de estos poderes y no nos alejemos del bien al apartarnos del mal".
 

Aunque en este artículo no vamos a referirnos a este aspecto in extenso, permítasenos un breve comentario al margen: Wurmbrad es pastor evangélico; Pennik es ocultista, probablemente masón o rosacruz, y Fukuyama es autor del Best Seller que proclama que "la democracia liberal es el punto final de la evolución ideológica de la humanidad" ¿Hay que ser demasiado perspicaz para no ver en ello una relación? A nosotros por lo menos nos queda bastante claro que, desde esta perspectiva, la tesis que sustenta Miguel Serrano está absolutamente validada: al nacionalsocialismo se le ha combatido en todos los frentes posibles: físicos, metafísicos, políticos, semánticos, exotéricos y esotéricos.

Lo cierto es que determinante resulta comprobar que para el sistema los "antifascistas" son tan "malos" como los "fascistas".

Hacer estas precisiones resulta vital antes de comenzar nuestro análisis de fondo. Con bastante facilidad podemos caer en la semántica de los enemigos, y terminar creyendo que "cualquiera que critique al nacionalismo es antifascista".

Por lo anterior, la perspectiva que señalamos resulta imprescindible: vamos a criticar al nacionalismo desde nuestro propio campo ideológico, ya que cualquier criterio o utilización del lenguaje y conceptos de los contrarios invalida automáticamente la crítica.

En el artículo de nuestro primer número -"Nacionalsocialismo a setenta años de Mein Kampf, Presente y ¿Futuro?"- ya lo señalábamos: "Por ello, la pregunta enunciada sólo tiene validez dentro de un marco referencial bastante limitado -si bien poco claro en sus límites- que es el proporcionado por quienes nos decimos nacionalsocialistas. Por ende, sólo nosotros podemos -coherentemente-, realizarla y tratar de responderla". En el caso de este ensayo lo volvemos a reiterar.

Otro aspecto que provoca confusión, y no poca por cierto, es el hecho de que el Nacionalsocialismo y el Fascismo se presentan como ideologías a la vez nacionales e internacionales, no obstante el Nacionalismo -por definición-, excluye una cosmovisión de esta naturaleza: el nacionalismo es propio, único y característico de cada Nación, incluso de aquellas que se encuentran bajo el dominio geopolítico, económico o administrativo de otras. No puede hablarse por ello de un "Nacionalismo Internacional", no obstante sí concebimos un "Nacionalsocialismo Internacional" ¿Cómo podemos comprender esta aparente paradoja?

El primer paso consistiría en precisar exhaustivamente los aspectos que han dado origen al concepto de Nacionalismo, verificar su autoconsistencia y proyectar sus consecuencias doctrinarias. Para ello deberíamos recurrir a ejemplos, a paradigmas, donde la aplicación práctica del Nacionalismo haya quedado demostrada. Y sólo estos hechos empíricos proporcionarían la base de una definición puramente doctrinaria, sobre la base de una ideología ya expresada.

En lo señalado, utilizamos premeditadamente el modo condicional, porque una revisión del concepto implica -necesariamente-, la existencia de una definición acerca del mismo; definición que -como comprobaremos-, no ha existido a efectivamente con anterioridad. De allí que, como marco teórico, debamos utilizar una formulación eminentemente condicional, la cual -en síntesis- se sostiene sobre la sentencia "Si X fuera Y, entonces N debería significar Z".

De lo contrario, es decir, de querer sostener a priori una definición del concepto, cometeríamos el error frecuente de confundir causas con efectos, ya que en toda sentencia donde X es una incógnita, pretender extraer su valor sin conocer las restantes variables invalida todo el desarrollo. Es decir, si no conocemos Y, N y Z, nada podemos tampoco decir de X.

Aunque parezca complicado el reducir a una formulación de carácter matemático el centro de nuestra argumentación, lo que estamos diciendo es que -evidentemente-, en lógica, una proposición debe existir antes de que extraigamos conclusiones acerca de ella y, como veremos, la proposición teórica acerca del Nacionalismo no ha existido.

Comencemos:

 

¿Qué es el Nacionalismo?

 

Nacionalismo [sustantivo masculino]. Apego de los naturales de una Nación a ella propia y a cuanto le pertenece. || Doctrina que exalta en todos los órdenes la personalidad nacional completa.

Nacionalista [común]. Partidario del nacionalismo. [Úsase también como sustantivo].

(Diccionario Everest Cúpula, Primera Edición, 1976).
 

¿Cómo podemos decir que no hay una definición de Nacionalismo?

Veamos más atentamente la "definición" que propone el diccionario (éste o cualquier diccionario). Se establecen dos acepciones: "Apego" y "Doctrina".

En tanto "Apego", la definición es simplemente tautológica. Un natural de una Nación pertenece a ella. ¿Cómo puede estar apegado a algo, algo que es parte de ello? Es decir, no puedo dejar de estar apegado a mi nación por cuanto soy parte de ella. "Apego" no nos dice nada, sólo señala una consecuencia lógica del hecho de ser parte de una nación, que es ser parte de ella misma y de todo cuanto le pertenece. Evidentemente, esta acepción no es una definición, sino una descripción circular del hecho lógico.

Para efectos de nuestro trabajo, la acepción más importante es la segunda: "Doctrina que exalta en todos los órdenes la personalidad nacional completa".

Doctrina es:
Enseñanza que se da para instrucción de alguno. || Ciencia o sabiduría. || Opinión de uno o varios autores en cualquier materia.

Es decir, Nacionalismo sería (y aquí comenzamos con los condicionales),
"la enseñanza que se da en cuanto a exaltar en todos los órdenes la personalidad nacional completa".

Pero, aún debemos ver en qué sentido se usa "personalidad":
Diferencia individual que constituye a cada persona y la distingue de otra. || Conjunto de cualidades que constituyen a la persona o supuesto inteligente.

Digamos entonces que Nacionalismo podría ser:
"la enseñanza que se da en cuanto a exaltar en todos los órdenes la diferencia individual y el conjunto de cualidades nacionales completas".

Queda claro del análisis que lo único verdaderamente concluyente de la supuesta definición es que "Nacionalismo es realzar el mérito o circunstancias en todos los órdenes de la diferencia individual y el conjunto de cualidades nacionales completas".

¿Constituye esto una Doctrina? o, mejor, ¿Constituye esto una ideología?

Si lo concluyente de la definición es el concepto de exaltar, entonces y lógicamente deberíamos concluir que la doctrina es exaltar, o que exaltar es la doctrina.

De allí que académicamente, y para salvar la trampa conceptual de una definición que no está definiendo nada concreto, se haya optado por -y a modo de explicación-, señalar las "características fundamentales", o "factores clave" del Nacionalismo:
 

1.- La raza o etnia: el basamento etnográfico de un pueblo que da origen a una nación.

2.- El idioma: medio por el cual la nación se comunica y distingue.

3.- Tradición histórica: las costumbres y tradiciones del pueblo que constituye la nación.
 

Lo paradójico resulta del hecho que, cuando el Nacionalismo es exaltado, se habla de chauvinismo, un galicismo elegantón para decir "patriotería". ¿Y qué tiene que ver en todo esto la Patria?, el "lugar, ciudad o país en que uno ha nacido". Y, para continuar con las tautologías, es patriotero el que "alardea excesiva e inoportunamente de patriotismo".

Se nos perdonará lo lato y reiterativo de esta parte del ensayo, pero resulta básico hacer ver que la definición de Nacionalismo, ni conceptual, ni doctrinaria ni académicamente existe.

Lo que hay es una continua y circular reiteración de una afirmación ambigua: Nacionalista es aquel que exalta lo que es propio de su Nación, incluyéndose él mismo.

Con respecto a los llamados factores clave, no constituyen más que enumeraciones de los contenidos propios de una Nación, así como las hojas, ramas y raíces serían contenidos claves de un bosque, los pelos y las uñas de un conejo, o las plumas y pico contenidos clave de un pájaro.

Lo que se hace -otra vez-, es describir circularmente algo que no tiene definición porque no constituye un concepto definido.

Pero, seguramente a estas alturas muchos de los lectores estarán pensando: "bueno, puede ser que la definición no sea correcta, o no sea la mejor definición; pero tenemos muchos ejemplos prácticos de lo que sí es Nacionalismo, que sirven mejor que un diccionario para los efectos de precisar el concepto".

Perfecto. A eso precisamente queríamos llegar. Porque cuando hagamos la lista de algunos de los considerados principales ejemplos prácticos del Nacionalismo en el Mundo y en nuestra propia Nación, veremos que allí es donde más ha incidido la falta de una definición concreta, y es justamente ello el motivo de nuestra Crítica del Nacionalismo Puro.

Otra pregunta que posiblemente los lectores estarán realizando es: ¿qué consecuencias prácticas trae para nuestra cosmovisión esta crítica?, incluso, ¿tiene algún sentido realizarla?, o bien, ¿es positivo para nuestras ideas esta "desmantelación" del Nacionalismo?

Como no estamos partiendo de peticiones de principio, salvo se considere como tal la necesidad de centrar la crítica en nuestra propia cosmovisión, no esperamos que a priori ninguno de nuestros lectores comparta las posiciones que estamos adoptando. Bien claro tenemos que sostener una crítica de esta naturaleza nos condiciona automáticamente a ser criticados. A aceptar la crítica y argumentación contraria.

Pero tenemos la certeza, la certidumbre de que si logramos establecer sólidamente las bases ideológicas que respaldan nuestros asertos, estaremos dando un giro fundamental en el curso de nuestras ideas desde 1939 a la fecha. Giro que resulta prioritario e imperioso, ya que -en nuestra personal concepción-, el Nacionalsocialismo no es un proceso ideológico terminado. Todo lo contrario, apenas ha sido esbozado. Apenas ha logrado desarrollarse doctrinariamente, ya que el único gobierno definidamente nacionalsocialista que ha existido, tuvo una duración de apenas seis años, debiendo enfrentarse a una guerra que inhibió el desarrollo de la doctrina desde un ámbito estrictamente ideológico.

En estado de guerra priman -y lo hemos señalado en números anteriores-, priman las Razones de Estado (las razones de la sinrazón), que no pueden ser consideradas razones ideológicas dada su propia naturaleza. No hubo tiempo ni posibilidad de que el pensamiento de la Alemania Nacionalsocialista evolucionara doctrinariamente, porque la ideología alcanzó a ser aplicada en forma limitada, reducida y -principalmente- como producto de las circunstancias y no de las voliciones.

Esto incluso es reconocido por el propio Fukuyama, que señala:
 

"El fascismo no existió el tiempo suficiente para sufrir una crisis de legitimidad, sino que fue vencido por la fuerza de las armas. Hitler y sus partidarios fueron a la muerte, en su búnker de Berlín, creyendo hasta el final en la autoridad legítima de Hitler y en la causa nazi. El atractivo del fascismo se desvaneció en el espíritu de la gente, retrospectivamente, a causa de esta derrota. Es decir, Hitler había basado su proclamación de legitimidad en la promesa del dominio mundial; lo que los alemanes obtuvieron, en lugar de esto, fue una horrible devastación y el verse ocupados por razas supuestamente inferiores.

El fascismo resultaba muy atractivo no solamente para los alemanes, sino para muchos pueblos del resto del mundo cuando se trataba meramente de desfiles con antorchas y de victorias sin sangre, pero perdió este atractivo cuando llevó su inherente militarismo a su conclusión lógica. El fascismo sufría, por decirlo así, de una contradicción interna: su énfasis en el militarismo y guerra llevaba inevitablemente a un autodestructor conflicto con el sistema internacional. Como resultado de esto, no ha sido un rival serio para la democracia liberal a partir de la segunda guerra mundial.

Desde luego podemos preguntarnos cuán legítimo sería hoy el fascismo si Hitler no hubiese sido vencido. Pero la contradicción interna del fascismo era más profunda que la probabilidad de que hubiese sido derrotado militarmente por el sistema internacional. Si Hitler hubiese salido victorioso, el fascismo, de todos modos, hubiera perdido su raison d'être en la paz de un imperio universal en el cual la nación alemana no pudiera ya afirmarse por medio de la guerra y la conquista". (Fukuyama, F. op. cit.)
 

Ciertamente, el autor soslaya que -en ese caso (con la Alemania Nazi victoriosa)-, la democracia liberal "no hubiera sido un rival para el fascismo a partir de la segunda guerra mundial", y además, que el Nacionalsocialismo (al que -consecuentemente con la semántica del stablishment- Fukuyama insiste en llamar fascismo) -como veremos más adelante- haya su estabilidad intrínseca y su legitimidad en el cambio global de sistema, que para eso es una Cosmovisión, mucho más que en la afirmación de Alemania y los alemanes por medio de la guerra, afirmación absurda desde el momento en que soldados de 37 naciones combatieron como SS junto a los alemanes. Todo el argumento es ultra petita de principio a fin, además de quedar reducido al absurdo por su propia lógica.

Comprendiendo esto, es que a quienes más beneficia una crítica de la naturaleza que presentamos, es a nuestro propio modo de pensar y desarrollarnos. A nuestra propia ontogenia ideológica. Paralelamente, los propios "Nacionalistas" se verán fortalecidos, aunque ello les signifique primeramente, reconocer que su toma de posición no se fundamenta en criterios ideológicos estrictos.

En términos prácticos, la clarificación que proponemos va mucho más allá de aspectos semánticos o disquisiciones ideológicas. Se hace necesario más que nunca que el Nacionalsocialismo sea desligado de ámbitos, posiciones, personas, grupos y partidos que no le pertenecen y no le representan.

La constante casi matemática en la formación de grupos, movimientos y partidos cercanos a nuestras ideas es:

Nacionalistas + Fascistas + Nacionalsocialistas + "N" = Nacionalistas (o Fascistas en la semántica gramsciana).

Resulta clave precisar que en la ecuación el factor "N" representa una cantidad exorbitante de pseudo-ideologías: Nacional Revolucionarios, Nacional Sindicalistas, Nacional Bolcheviques, Nacional Funcionalistas, Nacional Obreros, Nacional Radicales, Falangistas, Laboristas, Tradicionalistas, Agrarios, Estanqueros, Peronistas, Corporativistas, Social Cristianos, Nacionalistas Católicos, Conservadores, Terceristas, Radical Socialistas, Ramiristas, Justicialistas, Franquistas, Vanguardistas, Skins Heads, Alternativos, Grupos Antisistema, Pinochetistas y -por supuesto- Neofascistas y Neonazis.

¿Puede alguien señalar la coherencia ideológica de una ecuación cuyo resultado doctrinario es, aparentemente, siempre el mismo, a pesar de la sustitución reiterativa y concomitante de sus variables? ¿Puede alguien decirnos cómo al sumar Peras, Manzanas y Kiwis (por lo exótico), siempre resultan Plátanos?

Históricamente, ha sido esta falta de coherencia estructural la que ha llevado al fracaso recurrente de las organizaciones fundadas bajo las premisas anteriores. No hay una base consistente, definitoria o definitiva, que proporcione sustento ideológico a las construcciones que se levantan sobre su espejismo. Son castillos de naipes doctrinarios, barridos al infinito ante el soplo -débil incluso-, de un análisis de fondo o una petición de claridad ideológica.

Pero antes que todos los lectores nos griten: ¡qué demonios están haciendo!, creyendo entender que de un plumazo borramos la validez intrínseca de los grupos, hacemos ver que nuestra crítica es puramente ideológica: que cada cual se organice y se estructure de acuerdo a su propia naturaleza y pensamiento -lo que es objetivamente valioso y positivo-, sin que ello implique que debamos aceptar, a priori, la validez de la ensalada ideológica de la cual, aparentemente, forman parte. Simplemente señalamos que el enredo conceptual reiterado entre Nacionalismo (en cualquiera de sus acepciones autosostenidas en la variable "N") y Nacionalsocialismo ha llevado a los más graves malentendidos y fracasos en nuestra doctrina y en las organizaciones que la sustentan. Cada vez que se forma un grupo bajo la denominación "Nacionalista", y a él se integran -además de las corrientes mencionadas-, nuestros propios camaradas, el roce interno entre las posiciones divergentes, por mínimo que sea, termina disolviendo la organización. ¡Es que no se puede mezclar agua con aceite a menos que se emulsionen!, lo que en términos ideológicos constituye forzar la ambigüedad doctrinaria hasta límites insostenibles. Comprender este fenómeno y sus consecuencias es la base previa para cualquier discusión -posterior ciertamente- sobre la creación de grupos u organizaciones.

Pero, ¿qué ha sido el Nacionalismo en nuestro país?

En la ponencia titulada: "El primer Nacionalismo Chileno: una aproximación a sus manifestaciones", presentada en el "Encuentro de la América Románica" realizado por "Ciudad de los Césares" en Viña del Mar, Chile, durante septiembre de 1996; Sergio Fritz Roa sostiene que el Nacionalismo chileno posee su primer antecedente en la figura del Dr. Nicolás Palacios, quien publica el libro "Raza Chilena" en 1904, texto "fundamental en el ensayo social y en la sociología", sólo comparable al escrito de Alejandro Venegas "Sinceridad, Chile íntimo" -según señala el autor de la ponencia.

Fritz precisa que los elementos destacables de la obra de Palacios, que definirán y delimitarán el Nacionalismo en adelante son:
 

  • Creencia en la existencia de una raza chilena y orgullo por pertenecer a ésta.

  • Amor por el "roto" (arquetipo del hombre de pueblo, sencillo, pero muy patriota y esforzado, quién es el sujeto más afectado por las malas políticas de gobierno, señala).

  • Admiración por la obra de la república autoritaria y su gestor, Portales.
     

  • Simpatía por los germanos (esto se hallará -sostiene- en la mayoría de los movimientos nacionalistas chilenos en distintos grados que van desde una simpatía histórico cultural, hasta una germanofilia declarada como la de Miguel Serrano).
     

  • Admiración por los triunfos militares de Chile y sus historia bélica.
     

  • Proteccionismo económico y cultural.
     

  • Y, como señala Gonzalo Vial, "Rechazo a las ideas socialistas y anarquistas".
     

El autor sostiene que es en 1920 donde hay que buscar el término del primer ciclo político del Nacionalismo chileno -al que denomina "Generación del Centenario" (1904-1920)- ya que ese año finaliza su existencia el Partido Nacionalista, y agrega: "Con él se extingue un modo particular de nacionalismo, un nacionalismo que en muchos aspectos puede parecer demasiado emocional, pero que en la gran mayoría de sus elementos y aportes es un pensamiento de avanzada, desarrollista, profético y, por sobre todo, de gran sinceridad".

Fritz Roa concluye señalando:
"En nuestros tiempos es necesaria una reflexión acerca del Nacionalismo, de sus posibilidades de oposición al Mundialismo -materia en la cual, sin lugar a dudas, el Nacionalismo debiera ser con todo derecho la opción frente a los intentos de globalización- y, sobre todo, en lo referente a su origen"... "El Nacionalismo actual y/o futuro no podrá llamarse nacionalismo si no reconoce su origen y, al mismo tiempo, se alimenta de éste".

Resulta sintomático el hecho que el autor no precise en su ensayo, los aspectos estrictamente ideológicos de lo que denomina la "doctrina nacionalista". Enumera postulados específicos y elementos genéricos (nuevamente los "factores clave"), señala actos o posiciones individuales frente a las problemáticas nacionales, y reconoce lo demasiado emocional del primer nacionalismo (¿han sido menos emocionales los posteriores?). No es que desmerezcamos su trabajo, todo lo contrario. Por su estricta y cuidada formulación, se deduce claramente que el autor no busca precisar la esencia ideológica del nacionalismo -que hemos señalado no existe-, y su análisis certeramente se centra en lo que es aprehendible: el proceso histórico, lo contingente, lo estructural.

Lo más interesante, a nuestro parecer, es que casi la totalidad de los postulados específicos que el primer Nacionalismo chileno sostenía -según la inserción en el diario El Mercurio del 29 de octubre de 1913, que el autor de la ponencia cita-, serán aplicados equivalentemente en la Alemania Nacionalsocialista:
"sistema de economía nacional", "nación industrial fabril y manufacturera", "tarifas aduaneras protectoras", "institución monetaria central", "proteccionismo a las actividades culturales y científicas", "implantación de una legislación del trabajo adecuada a las condiciones especiales de nuestra vida económico-social y a los intereses del obrero y de la industria", "fomento estatal a la construcción de habitaciones obreras", "nacionalización de las industrias de importancia capital", "sistema de educación pública basada en las tradiciones y características psicológicas de nuestro pueblo" y, como si todo esto fuera poco, "proteger la conservación de la raza".

A mayor abundamiento, el autor concluye: "el primer movimiento político seriamente antiimperialista no provino de la izquierda, como se pudiese pensar -ni tampoco de la derecha-, sino que fue Nacionalista y contrario a ambos bloques".

Curioso. Veinte años más tarde, estas ideas comenzarán a ser aplicadas -prácticamente sin diferencias- en la Alemania Nacionalsocialista. Surge la pregunta obvia: ¿cuál es la base común?

Ahora bien, ¿qué podemos decir respecto al Nacionalismo del último -creemos (recuérdese que sólo estamos en 1997)- gobierno autoritario (dictatorial, antidemocrático o como quiera llamársele) de este siglo en Chile?

La "Declaración de Principios del Gobierno de Chile", publicada el 11 de marzo de 1974, contiene tres alusiones fundamentales al Nacionalismo, a partir de la propia definición del
"Objetivo fundamental de la reconstrucción: hacer de Chile una gran Nación", en que señala:"...el Gobierno de las Fuerzas Armadas y de Orden, con un criterio eminentemente nacionalista, invita a sus compatriotas a vencer la mediocridad y las divisiones internas, haciendo de Chile una gran nación".

Posteriormente, en el punto Nº 4, "Los Valores y el Estilo del Gobierno Nacionalista", sostiene:
"El nacionalismo chileno, más que una ideología, es un estilo de conducta, la expresión genuina del ser de la Patria y del alma de su pueblo"... "Como valores fundamentales del alma nacional, el Gobierno nacionalista reconoce y proclama: a) La justicia e igualdad ante la Ley... no admitiendo otra fuente de desigualdades entre los seres humanos que las que provengan del Creador o del mayor mérito de cada cual. b) La restauración de la dignidad del trabajo... c) La creación de una moral de mérito y del esfuerzo personal... d) La sobriedad y austeridad de quienes mandan... ".

Y, finalmente, el punto Nº 8
"Chile: un Nacionalismo que mira hacia la universalidad", señala: "En un mundo cada vez más interdependiente, el Gobierno de Chile plantea su carácter nacionalista en la seguridad de que nuestra Patria constituye un todo homogéneo, histórica, étnica y culturalmente, no obstante su disímil geografía. No afirmamos que Chile sea superior o inferior a otros pueblos. Sostenemos que es diferente, en cuanto tiene un nítido perfil que le es propio. Pero la búsqueda de una reoriginación a partir de las entrañas mismas del alma nacional, no significa que el actual Gobierno plantee un nacionalismo que empequeñezca la visión de universalidad que el mundo contemporáneo reclama".

"Un nacionalismo chileno de vocación universalista deberá conjugar simultáneamente una tradición histórico-cultural que nos liga a la civilización occidental y europea, con una realidad geoeconómica que, recogiendo e incorporando esa misma tradición, proyecta a nuestro país dentro del continente americano y, en especial, de Iberoamérica, a la vez que le abre perspectivas insospechadas hacia otras civilizaciones y culturas a través del Pacífico, cuyas posibilidades y riquezas para Chile deberán ser aprovechadas integralmente"
(las negritas son nuestras).

Luego, en el documento "Objetivo Nacional del Gobierno de Chile", publicado en diciembre de 1975, se reafirma:
"El nacionalismo que inspira al Supremo Gobierno implica un estilo de conducta que constituye una genuina expresión de nuestra patria y del alma de su pueblo", y se precisa que orientará su acción a: c) Impulsar el desarrollo de los valores morales y espirituales característicos de nuestra idiosincrasia que orientan a los ciudadanos hacia una vida de esfuerzo y responsabilidad individual, conjuntamente con un alto espíritu cívico de acendrado patriotismo".

Si se ha seguido la línea argumental de nuestro ensayo con claridad, se notará con facilidad que todas estas afirmaciones no constituyen una definición ideológica del Nacionalismo. Efectivamente, se sostiene que "más que una ideología", el nacionalismo chileno es un "estilo de conducta", expresión del "ser de la Patria y del alma de su pueblo" y por ello se habla de "carácter nacionalista", y no de ideología nacionalista.

Nuevamente vemos aquí que -imposibilitados de conceptualizar ideológicamente al Nacionalismo-, los autores se basan en la descripción de sus características.
Efectivamente: el Nacionalismo no es una ideología, aún más, no puede definirse en términos ideológicos, ya que sólo puede intentar definirse en términos descriptivos.

Por eso cualquier análisis de fondo terminará -y el ejemplo patente se encuentra en los párrafos anteriores- terminará concluyendo que el nacionalismo sólo puede concebirse como un "carácter", "cualidad", "estilo", e incluso, "sentimiento".

Preguntamos entonces: ¿cómo puede estructurarse una cosmovisión Nacionalista si su base conceptual carece de definición operativa? ¿cómo pueden organizarse grupos, movimientos y partidos sobre la inexistencia de una ideología concreta?, ¿cómo puede haber una doctrina nacionalista si no hay primero una ideología que la origine? Finalmente, ¿qué es el Nacionalismo?

He aquí el problema fundamental, la raíz profunda de la constante confusión histórica y política que ha conducido a los Nacionalistas -en Chile y en el mundo-, a la incapacidad de proponer una cosmovisión teóricamente sustentable.

Y se nos dirá quizá: "Ustedes en Pendragón pueden argumentar todo lo que quieran acerca de este tema... pero nosotros somos y seguiremos siendo Nacionalistas... !y punto!".

¿Qué pasaría entonces, si les demostrásemos -a mayor abundamiento-, que se puede ser "Nacionalista" sin que exista una "Nación"? y que -además-, esta posición resulta básica para comprender la fuerza de las ideas "Antinacionales".

¿Qué pasaría con aquellos de ustedes que se dicen Nacionalistas -esa gran "N" de la ensalada ideológica de la que hablábamos al principio-, si les probáramos que la idea que dicen sustentar conduce precisamente a lo contrario de lo que dicen defender?

¿Qué nos dirían si comprobamos que ser "Nacionalistas" es atentar directamente contra la "Nación" a la cual pertenecen?

Cómo es esto posible, nos preguntarán... Por eso, si este artículo hasta aquí les ha parecido un poquito lato... prepárense: vamos a tratar de demostrar lo imposible. Sino cierto, por lo menos puede resultar divertido, ¿no creen?

 


Nacionalismo y Nación
 

Se puede ser Nacionalista sin que exista una Nación:

¿Cuál es el pueblo más Nacionalista del Mundo?... escojan:
 

a) Los chilenos

b) Los argentinos

c) Los estadounidenses

d) Los rusos

e) Los japoneses

f) Los alemanes

g) Los franceses

h) Los españoles

i) Ninguna de las anteriores
 

Respuesta correcta:

i) ninguna de las anteriores...

¿Por qué?


Piensen en un pueblo que no tiene Nación. Que no posee territorio propio. Que tiene innumerables influencias culturales. Que habla diferentes idiomas y dialectos. Que tiene múltiples antecedentes raciales. Que ni siquiera comparte un sólo espacio físico y está en cualquier lugar del mundo y que -aún así-, posee un "nacionalismo" tan fuerte, tan preeminente, tan poderoso, que los lleva a inventar una nación, a conquistar un territorio, a revivir una lengua, a imponer una cultura y a transformarse en un País... ¿cuál es la respuesta?...

Correcto: los Judíos.

Para entender esta afirmación nuestra se hace necesario conocer los fundamentos intelectuales e ideológicos que dieron origen al surgimiento del Estado de Israel, y -más precisamente-, al Sionismo, impulsor de la creación de tal Estado.

Theodor Herlz, el fundador del Movimiento Sionista, definió las bases por las que el pueblo de israel debería obtener una Nación al señalar:
"Sólo la opresión hace que volvamos a adherirnos al viejo tronco, sólo el odio en torno nuestro nos convierte en extranjeros una vez más. Por eso somos y seguimos siendo, querámoslo o no, un grupo histórico de evidente coherencia. Somos un pueblo: los enemigos hacen que lo seamos, aun contra nuestra voluntad, como ha sucedido siempre en la historia. Acosados, nos erguimos juntos, y de pronto descubrimos nuestra fuerza. Sí, tenemos la fuerza para crear un Estado, y un Estado modelo. Tenemos todos los medios humanos y materiales necesarios para ello". (Extracto de: El Estado Judío y otros Escritos, por Theodor Herzl).

Herlz veía la cuestión judía como un problema nacional y racial y no como un problema de carácter socioeconómico. Para hallarle una solución había que enfocarlo como un problema de carácter político internacional.

Por lo tanto, Herzl afirmó que los judíos constituían un solo pueblo que no puede integrarse a los demás pueblos de la tierra. Al mismo tiempo, este pueblo es rechazado por los demás. Sin embargo, reconoció que un sector de los judíos se había integrado a las sociedades en las cuales vivía y, además, reconocía que los judíos se fusionarían en cualquier otra sociedad si vivían en paz por mucho tiempo. Comentando este aspecto señalaba: "Esto no favorece nuestras intenciones". El predijo las posibles críticas a este concepto -que podía ser considerado favorable a los antisemitas-, cuando habla del Nacionalismo judío que obstaculiza el proceso de integración y los enfrenta a inesperados peligros. Pero hizo caso omiso a estas posiciones contrarias.

En términos generales, se puede concluir que:
 

1.- La proclamación del Nacionalismo judío y del racismo judío como fundamento de las ideas Sionistas lleva inevitablemente al aislamiento de los judíos de los pueblos a los que pertenecen y desestabiliza o elimina los lazos de ciudadanía que poseen.

2.- A fin de desarraigar a los judíos del seno de las sociedades donde viven, y trasladarlos a la patria prometida, el Sionismo debe movilizarlos en contra de la integración, considerándola una solución fracasada a la llamada cuestión judía.

3.- El Nacionalismo judío y el anti-integracionismo tienen un solo e inevitable resultado: la emigración judía, que debe ser controlada y manejada por los propios sionistas para hacerla útil.
 

En 1933, las ideas de Herzl habían cuajado, y el diario de la "Unión Sionista de Alemania" "Jedisch Rundschau" publicaba una síntesis muy precisa de su desarrollo:


"Los enemigos de los judíos acusan a los sionistas -desde Herzl hasta nuestros días- de actuar igual que los demás antisemitas, ya que reconocen la existencia de una "cuestión judía" y pretenden resolverla en su propio marco, al margen del pueblo anfitrión.

El hecho que los sionistas consideren el moderno antisemitismo como resultado de la integración de los judíos en sus sociedades, les obliga a pensar que es necesario hacer esfuerzos destinados a encontrar una solución sionista final y retornar al judaísmo como solución nacionalista; lo cual debilitará el antisemitismo y permitirá que exista una reconciliación entre los judíos y los demás en forma paulatina y dentro de marcos determinados".
(Ernest Hoffmann: "El antisemitismo y la solución de la cuestión judía", Jedisch Rundschau, Alemania, 4/04/1933).
 

Se pueden resumir estas ideas en dos conceptos generales. El Sionismo planteaba que:

a) La Nación judía existió siempre y su existencia se remonta al mismo antisemitismo, y

b) No había otra solución de la cuestión judía que no fuera concentrarlos en su hogar nacional en Palestina, ya que erradicar el antisemitismo (señalan los Sionistas) de la naturaleza humana (no judía) es imposible.

Por tal motivo, Herzl ve en el antisemitismo la fuerza motriz que permitirá al movimiento sionista lograr sus objetivos y al respecto señala: "Creo que comprendo el antisemitismo que, en realidad, es un movimiento muy complejo. Yo lo miro desde el punto de vista judío, sin miedo y sin odio". Y agrega: "Los antisemitas serán los mejores amigos de los judíos y los antisemitas sus mejores aliados".

Entonces, ¿sorprenderá que los Sionistas, los Nacionalistas judíos si se prefiere, se hayan acercado estrechamente a los Nacionalistas de otros pueblos?... utilicemos esta vez semántica marxista: ¿sorprenderá que los Fascistas judíos se hayan acercado a los demás Fascistas para lograr sus planes?

En efecto: siguiendo los pasos de T. Herzl, el sionista revisionista (revisionista en contexto sionista) Vladimir Jabotensky realizó contactos con jefes de Estado y antisemitas extremistas, como el Mariscal Bielsodesky en Polonia, y también con el propio Benito Mussolini, considerado por Jabotensky como un ejemplo supremo.

Al asumir Mussolini el poder en 1922, le dirigió un mensaje y le mandó un enviado especial. En 1924, Mazini, representante Oficial del Partido Fascista Italiano realizó una visita a Palestina para establecer relaciones con el Partido Fascista Judío. (de "El Estado de Israel y el Sionismo", George Mekkawi, 1979).

La agencia de noticias de la Italia Fascista "Avanti Moderno" aplaudió la celebración del Congreso de los Sionistas Revisionistas en 1935 debido al apoyo brindado por este movimiento a Italia durante la campaña de Etiopía. Al respecto Mussolini declaró al Rabino de Roma, Brato, en 1935:
"Las condiciones necesarias para el éxito del movimiento sionista son poseer un estado judío con una bandera judía y lengua judía. Hay una persona que conoce esto muy bien y es el ciudadano fascista Jabotensky". Después de esta declaración de Mussolini, David Ben Gurión prefirió llamar a Jabotensky con el nombre de "Vladimir Hitler".

Jabotensky admiraba enormemente el fascismo e inclusive aspiraba a copiarlo en Palestina. Una vez dijo:

"¿Qué queremos? Queremos un imperio judío, al igual que Italia y Francia con relación al Mediterráneo; queremos en sus orillas un imperio judío".

El movimiento revisionista de Jabotensky se transformaría luego en la Unión Sionista Mundial.

Podríamos abundar y abundar en torno a estas relaciones entre Sionismo y Fascismo, y también aportar otros datos respecto a su relación con el Nacionalsocialismo y el Nacionalismo Japonés durante la década del 30 y la Segunda Guerra Mundial. No es necesario. Para efectos de nuestro ensayo lo importante es comprobar el modo en que el Nacionalismo por sí mismo no constituye ideología. Es una herramienta. Un medio. Pero no es una doctrina.

Paradójicamente, el Sionismo constituye la prueba viviente de esta afirmación: precisamente, el Sionismo sí es una ideología y posee una doctrina, y gracias a ello logró su objetivo: proporcionar un Estado al pueblo judío.

Resulta interesante mencionar la visión de Lenin (judío por cierto) respecto al Sionismo:

"La idea de un pueblo judío especial es una idea reaccionaria vista desde su esencia política. La cuestión judía reside en la alternativa: fusionarse o aislarse. La idea de la nacionalidad judía es reaccionaria, no sólo para sus promotores, o sea, los sionistas, sino también para aquellos que tratan de fundirla con las ideas socialistas. La idea de la nacionalidad judía es totalmente opuesta a los intereses de los trabajadores judíos porque fomenta ideas contrarias a la fusión y fomenta el aislamiento en los ghettos".

Queda claro con esto el porqué los Sionistas no podían utilizar el lenguaje del Comunismo o de la vieja izquierda en general, dado que él mismo era rechazado como "solución" desde esas perspectivas.

Entonces, ¿cómo presentan los propios judíos el Sionismo en términos ideológicos?: lo presentan como una síntesis Nacional - Social:

"Lo esencial que el Sionismo les dice a los judíos -especialmente a los jóvenes- es que deben dedicarse ante todo a la solución del problema de su propio pueblo, ya que también la juventud no judía que se rebela, se ocupa -ante todo- del problema del pueblo al que ella pertenece, aún incorporando a esa lucha una concepción social universalista.

El camino hacia una síntesis tal para el joven judío, es Israel.

En la medida en que Israel tenga éxito en aunar su propio desarrollo con desafíos universales, crecerán sus propias probabilidades de atraer jóvenes judíos.

El Sionismo moderno no debe ofrecer desafíos nacionales como opuestos a los desafíos universales, sino aunarlos, en la medida de lo posible, en una sola tarea, nacional y universal.

Los dos desafíos esenciales que el Sionismo puede presentar a la juventud judía son:

a) Construir un puente entre el mundo desarrollado y el mundo en desarrollo por intermedio de Israel, y

b) Desarrollar en Israel una alternativa social al Capitalismo y al Comunismo a la vez".

 

Lo que tenemos aquí, quieran o no aceptarlo, es el planteamiento de un Nacionalsocialismo Judío, es decir el "Sionismo Socialista", como ellos mismo lo denominan.

En este esquema, el Nacionalismo -la exaltación de las cualidades propias judías- resulta la herramienta básica para promover tanto el desarraigo de las naciones donde los judíos habitaban, como para fomentar el antisemitismo, que ayudaba a "empujar" a los menos convencidos.

Efectivamente, puede haber Nacionalismo sin que exista Nación, y hemos comprobado esta tesis con un hecho histórico que resulta innegable: la creación del Estado de Israel.

Ello, porque el Nacionalismo -como hemos demostrado- en sí mismo no es una Ideología y mucho menos una Doctrina. El Nacionalismo es un sentimiento, una pasión, un estilo de conducta, un carácter, una colección de categorías o como desee llamárselo, y que -como tal- servirá y será utilizado como impulso de una muy diversa serie de propuestas ideológicas, así como la pasión y los sentimientos de los hinchas de un equipo de fútbol, genera el impulso que lleva a pagar la entrada a los estadios, (y -por cierto- repudiar a los hinchas del equipo contrario) ni más, ni menos.

Es tan así, que los judíos, que no tenían ni "hinchas ni estadio", lograron hacerse de los mismos gracias a la existencia de otros "fanáticos" de los equipos contrarios y -por supuesto- de la estrategia ideológica para llevarlo a cabo.

Pero, y he aquí el punto más interesante de este análisis: la subsistencia del Nacionalismo atenta contra la subsistencia de la Nación.

Desde Platón a Hegel se ha hablado de la "búsqueda de reconocimiento" -thymos- como el motor de la historia, tesis que desarrolla ampliamente el ya nombrado Fukuyama. El Nacionalismo es, desde su perspectiva:

"Un fenómeno específicamente moderno, porque substituye la relación de señorío y servidumbre por el reconocimiento mutuo e igual (isothymia). Pero no es plenamente racional, porque ofrece el reconocimiento sólo a los miembros de un grupo étnico o nacional dado. Es una forma más democrática e igualitaria de legitimidad que, pongamos por caso, la monarquía hereditaria, en la cual pueblos enteros se veían como parte de un patrimonio heredado. No es, pues, sorprendente que los movimientos nacionalistas hayan estado estrechamente asociados con los democráticos, a partir de la revolución francesa. Pero la dignidad que los nacionalistas quieren que se les reconozca no es la dignidad humana universal, sino la dignidad de su grupo. La exigencia de este tipo de reconocimiento lleva potencialmente a conflicto con otros grupos que buscan el reconocimiento de su propia dignidad. El nacionalismo es, por tanto, muy capaz de sustituir la ambición religiosa y dinástica como terreno para el imperialismo, y esto es exactamente lo que sucedió en el caso de Alemania".

Si el nacionalismo surge allí toda vez que sus categorías existen, entonces podemos afirmar con certeza que hará aparición al interior de toda Nación que posea más de un Pueblo en su interior. En el caso de Chile, más temprano que tarde podremos ver un auge del sentimiento nacionalista entre los Mapuches, entre los Aymaras y -como los hechos lo atestiguan-, entre los propios Pascuences.

Los tres ejemplos mencionados reúnen todas las categorías necesarias que definen al nacionalismo: raza, cultura, historia y lengua, además de habitar en un determinado territorio "nacional".

¿Podría sorprender entonces a alguno de los Nacionalistas de nuestro país que, el día de mañana, un Toqui Mapuche llamara a su pueblo a combatir a la "Nación Chilena" para formar la "Nación Mapuche"?... Y si eso los sorprende, ¿por qué no se sorprenden cuando en España la ETA aboga por la creación de un Estado Vasco independiente, o cuando el IRA lucha por la autonomía nacional de Irlanda, o cuando los francoparlantes del Quebec propician la creación de un estado propio en Canadá?

Repetimos: el Nacionalismo, tal cual está concebido, atenta contra los Estados Nacionales, porque éstos históricamente no han representado límites territoriales que abarquen a grupos de evidente coherencia histórica, cultural, racial o lingüística. Y Chile no es sino uno de cientos de ejemplos similares... tantos como países en el planeta si se quiere.

Debe reconocerse, y primero debe reconocerse por los propios Nacionalistas, que la falta de una definición ideológica en las ideas que dicen sustentar, es el principal obstáculo para que a partir de esas nociones se logre fundamentar un sistema social legítimo.

Cuando mucho podrán establecerse sistemas políticos de facto, pero la crisis de legitimidad se hará presente más temprano que tarde, y la disolución de esos estados nacionales será la conclusión lógica.

Evidentemente, un Nacionalista debería encontrar legítimas las aspiraciones de cualquier pueblo por poseer su propia Nación, aunque ello vaya en detrimento de lo que él mismo considera como su nación. De allí que un nacionalista chileno debería estar de parte de un nacionalista mapuche, toda vez que la aspiración de éste es la misma que él dice sustentar, aunque ello signifique el desmembramiento de lo que conocemos como Chile.

Todas estas precisiones son necesarias para comprender el porqué debe modificarse completamente la noción de Nacionalismo, ya que si no se hace resultará muy difícil para el Nacionalsocialismo transformarse en una opción legítima. Pero antes, resulta necesario comprobar la fuerza que las ideas nacionalistas poseen, para oponerse al dominio del sistema mundial, hoy por hoy triunfante.

 

Nacionalismo v/s Sistema

Con la derrota militar del Nacionalsocialismo y el Fascismo, y después de la caída del Comunismo, asistimos al aparente triunfo del Sistema Democrático-Neoliberal en el mundo. El Nuevo Orden Mundial, que se encuentra en franco proceso de instauración a escala planetaria, sin que haya -aparentemente de nuevo-ninguna ideología, ninguna "utopía" que pueda oponérsele.

Hemos escuchado en innumerables oportunidades la opinión de destacados Nacionalistas que afirman, sin embargo, que el Nacionalismo es la única fuerza con potencia suficiente para detener el avance del Sistema.

Los hechos parecen darles la razón: después de la disolución de la Unión Soviética hemos asistido a la creación de nuevos estados nacionales. La ex Yugoslavia se disgregó entre Croatas, Servios, y Bosnios. Ucrania y Georgia -además de otros- se constituyeron a partir de los restos de la URRS (sin dejar de considerar que, en el caso de Georgia, se negó la calidad de minoría nacional a los osetas).

Los nacionalistas pueden sostener que el potencial de formación de nuevas naciones-Estado es ilimitado. Kurdos, vascos, estonianos, osetas, tibetanos, eslovenos, irlandeses, chechenos, palestinos y muchos otros pueblos se encuentran luchando por consolidar sus propios estados nacionales. Claramente, el Nacionalismo aparece como una fuerza al menos tan potente como el dominante sistema Democrático-Neoliberal.

Pero, en los hechos, los estados nacionales ya consolidados -el propio caso de Chile para no ir más lejos-, no han sido capaces, aún contando con todo el nacionalismo necesario, para oponerse exitosamente a la instauración del Nuevo Orden Mundial. Ello es principalmente causado por la inexistencia de una cosmovisión que se oponga de modo radical al Sistema, que sea más legítima que él, y que proporcione mayor calidad de vida a los habitantes de cualquier lugar del planeta.

Como hemos visto, el Nacionalismo no constituye tal cosmovisión. Ni siquiera alcanza para formar una doctrina o una ideología.

Ciertamente, el Nacionalismo puede formar Estados Nacionales. Israel es el caso más característico, pero es incapaz de oponer resistencia a la cosmovisión dominante, porque en sí mismo no constituye una cosmovisión.

Quienes propugnan la exaltación de los valores nacionales como frontera conceptual al sistema mundial, olvidan que éste basa su accionar en aspectos materiales concretos -surge del materialismo y se asienta en él-, y no en la mantención de determinados aspectos culturales "locales".

A un tecnócrata de Wall Street no le importa demasiado si en Chile celebramos con mayor o menos fervor el 18 de Septiembre, o bailamos más o menos Cueca cada día. A él le interesa principalmente, si en esas fiestas se puede aumentar el nivel de consumo de determinado producto de la Compañía Transnacional que representa. Los Españoles podrán seguir gritando "Ole" en las corridas (ignoro si ello es signo de nacionalismo o de simple primitivismo), en Chile podremos cantar "el asilo contra la opresión" a degüello, los argentinos podrán aplaudir a rabiar a los Chalchaleros, y así, cientos de ejemplos más, característicos de las costumbres de cada Nación, pero, en los hechos, por sí sola, la Tradición no basta para oponerse efectivamente al poder del capital internacional, a la usura o a la sistemática implantación de un único modelo social, económico y político mundial.

La derrota de cualquiera opción al Sistema se basa -en primer lugar-, en la incapacidad que ese nuevo sistema tenga para oponerse y superar todas y cada una de las opciones y valores que el actual posee. De allí que lo que se necesita es mucho, muchísimo más que la existencia de un sentimiento Nacionalista, de una Tradición, de una lengua, historia o cultura propios. Se necesita una Cosmovisión. Una nueva, total y diferente forma de comprender la realidad, la vida y el universo.

Para quienes han leído hasta aquí, resultará claro entonces que no estamos en contra del Nacionalismo per se. Nuestra crítica profunda apunta al Nacionalismo Puro, a ese nacionalismo que se aísla de la realidad al representar sólo una parte. Que es incapaz de proponer soluciones concretas a las necesidades de cada pueblo en la faz del planeta. Que para existir como tal, debería poseer un planeta único, habitado por sólo una raza, con una sola historia, lengua, tradición y cultura, cerrado en sí mismo, revolucionando en giros centrípetos referidos -de igual modo-, a la desaparición evolutiva de esas misma especie.

La autarquía nacionalista pura, la raza nacionalista pura, la historia, cultura y lengua pura de un puro estado Nacional es una imposibilidad histórica, social y empírica.

Así como un electrón desaparece al ser aislado -se transforma en nada-un País que se cerrara completamente al resto de los países significaría el término de esa peculiar forma de adaptación.

Y hacemos hincapié en este crucial aspecto: las razas (lo hemos dicho en otra parte) son condición natural de la evolución de las especies. La biodiversidad se basa en el proceso de especiación, cuya manifestación primaria es el surgimiento de razas diferentes a partir de una misma especie. La raza se vincula directamente con el desarrollo de las poblaciones. La capacidad evolutiva de adaptación se sustenta en esta posibilidad. Sin razas no hay fenómeno adaptativo. Sin razas no hay evolución.

El sistema dominante propende a la negación de las individualidades culturales, deshace la adaptación al promover la hibridación, frena la evolución al negar la diferencia. El totalitarismo unificador del sistema no permite la evolución, de hecho, la niega. Se remite evidentemente a un "fin de la historia", en que a expensas de un supuesto "beneficio colectivo", de una "isothymia" generalizada, se suprime la posibilidad de engendrar nuevas y mejores expectativas y posibilidades.

De igual modo, la noción Nacionalista Pura, con su premisa básica de introyección, de crecimiento hacia adentro, de autarquía cultural, económica y política, frena de igual modo la evolución al negar la adaptación, adaptación que es condición básica e inherente a la vida. Imaginar un País Nacionalista a ultranza, es imaginar un País en guerra permanente, o bien, un único país sobre la faz de un mundo desolado.

Los Nacionalistas deben reconocer que su opción es tan una opción por la extinción como la que propugna el sistema. Deben reconocerlo si de algún modo quieren luchar por un nuevo ser humano, en una nueva sociedad, donde la Tradición sea un impulso a mayores niveles de adaptación, y no un freno a la evolución del hombre. Dicho en otras palabras, podemos ser tan chilenos, argentinos o españoles como queramos, pero serlo a ultranza significaría habitar un mundo en que estaríamos solos, y donde -por lo mismo- serlo no tendría significado alguno.

El Nacionalismo es sin duda, la base conceptual del Nacionalsocialismo. Pero la diferencia fundamental entre ambos es que uno lleva a la extinción, y el otro favorece y propicia la adaptación, ello, tanto en términos sociales como biológicos. Eso es lo realmente importante.

A mis amigos Nacionalistas les insto a pensar profundamente en lo que hemos tratado en estas páginas. Si el nacionalismo tiene alguna razón de ser más allá del nacionalismo, esa razón se encuentra asentada profundamente en lo Social: límite, freno e impulso de mejores, más justos y legítimos sistemas de vida. El Nacionalsocialismo -esta nueva cosmovisión que comenzó a construirse en Alemania-, es la única salida. De eso hablaremos en la última parte de este ensayo.

 

Nacionalismo y Nazismo

Hemos meditado profundamente durante este año para terminar de escribir este ensayo. Desde Febrero, cuando definimos groso modo la pauta de este número, hasta ahora mismo, esta noche cálida del 21 de Diciembre en que intentamos -todavía-, plasmar nuestras ideas de modo comprensible y directo.

En un par de páginas más, Mankepán nos hablará de lo mismo con otras palabras que, sin embargo, resuenan extrañamente iguales. Efectivamente, muchos de nosotros ya habíamos llegado a idénticas conclusiones respecto a lo que tratamos, aún antes de haber escrito una sola letra.

Somos Nacionalsocialistas, Nazis si prefieren (recuérdese que este ensayo se escribió antes de la fundación de Patria Nueva Sociedad). Y somos un tipo diferente de Nacionalsocialistas también. Somos la última generación de Nazis del Siglo XX, de este siglo que en un par de años se nos acaba. Somos también los responsables directos de transmitir estas ideas a las próximas generaciones. De replantear nuestra cosmovisión para el próximo milenio. Creánnos cuando decimos que esto no es nada fácil. Es lo más difícil que alguna vez nos hayamos propuesto.

Todo un año ha sido necesario para decir algo que a muchos de ustedes les parecerá demasiado simple quizá: somos Nacionalsocialistas. Pero ello significa mucho más de lo que aparentemente parece.

En estos diez número de Pendragón hemos intentado con mayor o menor éxito, redefinir, revalorar, recrear y reencantar lo que hoy por hoy significa sostener estas ideas. Estamos hablando de un nuevo nacionalsocialismo, de una nueva cosmovisión. Le llamamos de este modo porque hoy -todavía- es el mejor modo. Porque aún no tenemos otro modo.

Nuestra certeza profunda es que estamos caminando el mismo sendero que se habría caminado si el Nacionalsocialismo no hubiese sido derrotado en la Segunda Guerra Mundial.

Estamos afirmados fuertemente en lo central de la doctrina, en lo substancial. Desde allí construimos. Y estamos solos y libres y plenamente conscientes de lo que estamos haciendo. Porque en Pendragón no pertenecemos a grupo alguno, ni somos un grupo. Somos seres únicos e individuales... absolutamente distintos, absolutamente similares. Nuestra intención no es, por ende, coincidir o hacer coincidir a nadie con nuestros planteamientos. Esto es estrictamente personal, propio de cada uno de nosotros. Porque básicamente queremos hacer pensar, hacer meditar.

Hemos tenido cincuenta años para escuchar, leer y aprender todo lo que era necesario para continuar caminando por la ruta que nos señaló el Führer. Es hora de que nos pongamos en marcha. Dejamos atrás a los que nos precedieron, y nos hemos alejado mucho de ellos en términos conceptuales. No estamos, definitivamente, pensando para mañana, estamos pensando -tratando de pensar-, para el próximo milenio, quizá para más.

Este motivo básico es el que nos llevó a escribir el ensayo que estamos concluyendo.

Demasiadas veces habíamos asistido a la formación de agrupaciones que -bajo ese ubicuo denominativo de "nacionalistas"- arrastraban a los camaradas a experimentos ideológicos que terminaban enteramente alejados de los substancial de nuestra ideología. Efectivamente, el Nacionalismo Puro, a secas, es contrario a la esencia del Nacionalsocialismo.

El uno, lo hemos dicho, apela a la segregación, a la rigidez estructural que lleva indefectiblemente a la guerra, dando la razón a los adalides del sistema que plantean que la "Megalothymia" inmanente en el Nacionalismo constituye la base de su autodestrucción. De paso, validados por una semántica firmemente arraigada por el comunismo, utilizan la generalización de "Utopías" para descalificar de un palmo a toda ideología que pueda oponerse a su carro de triunfo. Obvian así el hecho simple de que el Nacionalsocialismo no es una Ideología derrotada en el plano de las ideas. Lo fue -y hasta cierto punto incluso- en el plano militar, en el plano de la Guerra. Pero basta mirar la historia un poquito para ver cómo las ideas no perecen al morir quienes las sustentan, al menos, no perecen si es que contienen algo de verdad. ¿Acaso las ideas de Galileo perdieron un ápice de validez, al tener que doblegarse ante el poder de la Iglesia para poder continuar vivo? Cierto: "y sin embargo, se mueve". ¡Por cierto que se mueve!

Nos parece por ello, que el sólo hecho de estar escribiendo, al igual que muchos camaradas a lo largo del planeta escriben lo propio, deja en claro que este muerto ideológico está bien vivo.

Por otro lado, está la cuestión del Poder, del PODER en mayúsculas para reforzar la idea. Entendemos que el poder político es parte, una pequeña parte, de un poder mucho mayor. De un poder que está vinculado directamente a nuestra naturaleza, y que en necesario descubrir por cada uno de nosotros en Sí-mismo. Este poder está relacionado con caminos iniciáticos que entroncan directamente con la Tradición, y comenzaron a ser recordados por el Nacionalsocialismo en Alemania.

Hemos hablado en los Editoriales de casi todos los números acerca de esto en diferentes formas. La "Voluntad de Poder" nietzscheana no es más ni menos que eso mismo. La posibilidad de transmutar el destino que nos fija el Eterno Retorno a través de la concentración absoluta en el Ser, y de allí su expresión en el Hacer. Esto es el centro de la verdadera Política, su origen y consecuencia.

Y para quienes -incluso a estas alturas-, encuentren demasiado alambicados nuestros planteamientos lo diremos de otro modo: la lógica del sistema atenta contra la evolución de la especie humana al negarle trascendencia, al equipararla a una máquina básicamente motivada por impulsos, en su mayoría sexuales, dispuesta y predispuesta al placer por sobre todas las cosas. Una visión del ser humano que se establece sobre la noción del egoísmo inmanente de los genes y que lleva, indefectiblemente, a la explotación sistemática y total de los recursos disponibles, de todo el planeta, del propio hombre por el hombre: homo lupus homine, al decir de los romanos. Esta lógica, basada y proyectada en el materialismo contiene el germen de la total destrucción existencial, y se entronca directamente con las teología judeo-cristiana dominante, teología de esclavos, hecha por esclavos y productora de esclavos. Teología que se asienta sobre las mismas bases conceptuales que dieron origen al Nacionalismo en su forma más radical.

Oponerse a estas cuestiones no pasa por un simple ejercicio intelectual en que seamos capaces de proponer una "alternativa" viable a lo que sucede. Nuestra propuesta es mucho más absoluta que un radicalismo que gira centrípeto siguiendo los brazos de la gamada. Ni siquiera podemos llamarnos "radicales", porque lo nuestro va mucho más allá. Ni siquiera estamos planteando "otra" alternativa. Lo que está en juego en la posibilidad de construir una nueva cosmovisión es la posibilidad empírica de escapar de la extinción biológica, de escapar de la muerte.

Sustentamos que el Nacionalsocialismo ha sido uno de los intentos más serios y consistentes por escapar de este destino, porque sus raíces se hunden más allá del propio Nacionalismo que lo originó, y sus ramas llegan mucho más alto que lo que hasta ahora incluso nosotros mismo habíamos podido ver.

La negación del materialismo que plantea nuestra doctrina no tiene que ver con una petición de principios simple y que puede ser fácilmente aceptada por todos. Supone básicamente "recordar", porque ya hemos señalado anteriormente que somos amnésicos. Olvidamos nuestra ligazón profunda con el entorno, con los Arquetipos y con el Inconsciente Colectivo de la especie, que nos llevaba de la mano hacia la superación del hombre, hacia el superhombre camino hacia Dios.

Olvidamos porque fuimos vencidos una mil veces por las fuerzas de la oscuridad: del oscurantismo Medioeval, del oscurantismo del "Siglo de las Luces", del oscurantismo Cartesiano-Newtoniano, del oscurantismo de la Razón Pura, y -para nuestro propio pesar-, del oscurantismo aún peor del Nacionalismo Puro.

Hoy, sumidos hasta el tuétano en el oscurantismo Consumista, asistimos al triunfo de la lógica del esclavo. De la lógica que lleva a la destrucción del Ser en medio de una "Isothymia" que deja a los hombres "sin pecho", prestos a servir de abono a las liquidaciones de bienes transables en el siempre menospreciado "mercado del espíritu". Que los remite a un puro conjunto más o menos domeñado de impulsos, transados en beneficio de mayores placeres expresados en bienes materiales.

El Nacionalsocialismo supone básicamente escapar de la lógica del mundo que terminó por concretarse en el Siglo XIX, y que concluyó por derrotar las fuerzas del recuerdo en la última guerra mundial. Supone trascender el materialismo y conectarse directamente con una física y una biología que están día a día más cerca de la Mística, y de las Tradiciones más sagradas en torno a las que se formó la humanidad. De allí que esta "Crítica del Nacionalismo Puro" sea la constatación básica a la hora de repensar nuestra ideología. Los Estados Nacionales hoy por hoy, tienen importancia en la medida que representan Mercados específicos, donde los arquitectos del marketing del Nuevo Orden Mundial pueden aplicar sus diseños de compra y venta en distintas formas cada vez más eficaces.

No podemos pensar en que el Nacionalismo, con su falta de definición, con su carencia de doctrina, con su visión estrecha de la realidad, pueda servir para oponerse de algún modo al dominio del Sistema. Y esto, básicamente porque su concepción deviene de las mismas bases que dieron origen al sistema: el Nacionalismo es tan decimonónico como el Marxismo y el Liberalismo. Son tres ramas de un mismo árbol ideológico.

Si realmente puede hablarse de un fenómeno ideológico "Moderno" (en el sentido que los propios adalides del sistema lo entienden), es únicamente el Nacionalsocialismo -el Fascismo si se quiere adherir a esa semántica- el que puede ser definido como tal.

El Nacionalsocialismo es el único experimento ideológico propio de la Modernidad. Surge a partir de la negación del materialismo que la física ya había comenzado a develar a comienzos del siglo. Se apoya en las modernas teorías sicológicas y está a caballo sobre la percepción de la realidad que hemos logrado concretar en este siglo. Se origina en una visión de la biología que es el primero en reconocer y proyectar, y que nos ha tomado cincuenta años para llegar a comprender a cabalidad.

Todo ello explica que la física, la química, la economía, la ecología e innumerables ciencias y técnicas más de la Alemania Nacionalsocialista, hayan avanzado en seis años lo suficiente para oponerse a una guerra que involucró a más de cien países en su contra. Porque lo que había detrás era el inicio de una nueva Cosmovisión, de una nueva forma de comprender la realidad y que -por lo mismo- estaba más allá de un "radicalismo" simple, como nos han querido vender los siervos del señor oscuro.

Ello y no otra cosa -ese espíritu de sacrificio y disciplina alemanes al que tanto se apela para explicar la potencia del Reich en sus inicios-, es lo que explica el inusitado éxito y logros del Nacionalsocialismo en sus inicios.

Si el Comunismo había fracasado en instaurar una ética del trabajo, y el Capitalismo había dejado atrás el valor del sacrificio en pro de la colectividad, el Nacionalsocialismo aunó ética, sacrificio y satisfacción personal en una nueva concepción de la relación entre "Señores y Siervos", porque ya no había más "Señores", y tampoco todos eran "Siervos". No impuso la "Isothymia" como solución a la búsqueda de reconocimiento, ni tampoco exacerbó la "Megalothymia" como compensación, porque la razón de ser en el Nacionalsocialismo era la relación par inter pares. El idealismo concebido como el sacrificio de la vida misma por los miembros de la propia comunidad. El idealismo concebido como la oposición más humana -más legítima- a ese egoísmo genético que nos lleva a "matar al otro para obtener reconocimiento", en palabras de Hegel. El idealismo que no considera la negación de la personalidad ni la exacerbación del individualismo como vía para la existencia humana, y que tampoco se asienta en un puro racionalismo para encontrar la felicidad: materia y espíritu, sentimiento y razón, izquierda y derecha, todo a la vez y sin ninguna síntesis que nos lleve a una nueva dialéctica propia del eterno retorno de los que están atados a su propio karma.

Esta Voluntad de Poder, del propio Poder, es la que proporciona la ética del guerrero del Ser. Del guerrero que sabe que su peor enemigo -y por ello su mejor oponente- se encuentra dentro de Sí-mismo. Esta fue la invitación que un hombre nos dejó planteada hace más de medio siglo, y esta es la invitación que debemos aceptar para caminar con pasos seguros por la senda del mañana.

Ser Nacionalsocialistas es un desafío que comienza primero por vencernos a nosotros mismos. La política que de ello devenga está aún por construirse. Pero tengamos clara noción de lo que ello significa: ¡basta de formar ensaladas ideológicas con gente a la que aún le falta muchísimo para comprender que están superados por la Historia, se digan Nacionalistas o como se digan! Tener esto claro es el primer paso para proyectar nuestras ideas al futuro.

El factor Social como razón básica que nos hace ser humanos, y no la lucha o la muerte por el reconocimiento del otro, es lo que diferencia substancialmente al nacionalsocialismo de otras corrientes similares.

En tanto Nacional, nuestra doctrina posibilita y fomenta la adaptación por medio de la diferencia: el respeto de la Cultura, de la Raza y todo lo que ello implica. En Tanto Social, acepta que el Ser Humano está definido por vivir en comunidad. El Volk, la comunidad de sangre, en que se retoman estructuras "Tradicionales" de reparto y valoración del trabajo que pueden retrotraerse hasta el propio estado de los Cazadores-Recolectores, primeros en establecer una ética basada en el sacrificio personal en pro de la comunidad, de los Pares.

De allí que insistamos en la denominación "Nacionalsocialista" -ambos términos juntos, y no inadecuadamente separados como muchos camaradas los escriben-, porque sólo a través de la concepción Nacional pueden expresarse la diferencias naturales de las Razas de nuestra especie, y sólo a través de lo Social podremos evolucionar hacia nuevas y mejores formas de adaptación.

De allí que legítimamente el Nacionalsocialismo pueda proyectarse a la vez como una ideología Nacional e Internacional. Porque posee una lógica interna que hace posible su aplicación por cada Nación del Planeta, y a la vez genera los mecanismos para que estas razas evolucionen junto a las otras. El fomento de la diferencia, de la infinita multiplicidad cultural, de la rica variedad de formas, costumbres y tradiciones es la base de mejores relaciones humanas, de mejores relaciones internacionales (como -ahora- lo reconoce el propio Sistema), y de mejores relaciones económicas y sociales.

Ese es el valor y la potencia de las ideas que estamos sustentando, y hacia allá debemos enfocar nuestros esfuerzos al proyectar la doctrina el próximo milenio.

Nuestra Crítica del Nacionalismo Puro es también la crítica a aquellos que -sintiendo interiormente que en realidad son Nazis-, prefieren optar por el consenso con el sistema utilizando una denominación menos "dura". Nada van a obtener excepto legitimar el estado de cosas que pretenden -o por lo menos sienten que pretenden- cambiar por otras mejores. ¿Por qué legitiman la semántica del sistema al adscribir a una "doctrina" que -hemos probado- no es tal? A los siervos del señor oscuro no les hace ningún daño contar con unos cuantos miles de "Nacionalistas", que en el mejor de los casos les darán nuevas y mejores razones para entronizar su poder. Que la ETA o el IRA pongan una bomba más o asesinen a tal o cual personaje, es simplemente la justificación que el sistema tiene para instaurar un definitivo estado policial mundial, que ampare eficazmente el trabajo de explotación de las Multinacionales. La incipiente instauración de un sistema legislativo anti-terrorista internacional nos da la razón en esto.

Por otro lado, la exacerbación del nacionalismo será siempre la herramienta básica a utilizar para el fomento del armamentismo y las doctrinas basadas en la Seguridad Nacional. La justificación más simple que tienen los vendedores internacionales de armas para ofrecer sus productos.

Y, por último, aunque los Nacionalistas del mundo terminaran por construir tantos estados Nacionales como etnias existen, ¿sería esto una barrera a la entronización definitiva del Nuevo Orden Mundial? ¿Detendrían de algún modo a las Multinacionales en su control de la economía del Planeta? ¿Resolverían el desequilibrio Norte-Sur en la utilización de la energía de la Tierra? Lo más probable es que la existencia de más estados nacionales fuera un fomento al mercadeo mundial de productos especializados: Tome Coca-Cola en Haití, Burma, Nepal, Irlanda o Singapur, las etiquetas serán distintas, pero el dinero irá a parar a los mismos bolsillos ¿o no? Incluso podría ser un eficaz acicate para la creación de nuevas y mejores formas de dominación internacional: cada vez que hubiese una sobreoferta de productos podrían controlar el Mercado quitando allí donde sobra, y poniendo allí donde falte.

Lo repetimos: el mejor apoyo al sistema por parte de los que tienen alguna cercanía con nuestras ideas, o de los nuestros que quieren ponerse una máscara más "amistosa", es quitarle lo Social a lo Nacional, y quedarse en un Ismo sin sentido, un Nacionalismo que los llevará de la mano a la extinción de la especie: ¡si el territorialismo tiene a lo menos 200 millones de años de existencia y -evidentemente- los Dinosaurios ya no dominan la Tierra!

Centrarnos en el Ser, en el ser Nacionalsocialistas es lo único realmente trasgresor que queda.

No hay otra ideología que pueda oponerse de modo eficaz al dominio omnipotente del Sistema. Ese es nuestro llamado en este año. En este año en que todo cambió.

Repensar nuestra ideología parte por aceptar verdaderamente lo que somos: no una -otra- alternativa, no una utopía sin destino, no un conjunto de ideas que el próximo milenio terminará por olvidar.

Si hay algún "Fin de la Historia" para nuestra historia, parte en el momento mismo en que nos queremos olvidar de lo que realmente somos. En que queremos desconocer nuestra propia Naturaleza.

El Nacionalsocialismo es lo único que le queda al Nacionalsocialismo. Lo demás, lo demás no importa nada.