Acción Chilena

 

Por Carlos Keller R.

 

Primera Editorial de la Revista Acción Chilena
Santiago de Chile, Enero 1934  - Vol 1, Nº1

 

I

 

La decadencia de los pueblos suele atribuirse a menudo a causas materiales. Para explicarla, se alegan factores económicos, o también la influencia de una riqueza adquirida con excesiva facilidad, guerras perdidas, cambios habidos en la composición racial, etc.

Todos estos factores pueden y suelen acompañar una decadencia, pero no son su causa. Salvo casos de fuerza mayor, la descomposición y anarquía que interrumpe la marcha de los pueblos, proviene de factores espirituales.

Los períodos de auge se caracterizan por la acción de todos los individuos, en un determinado sentido. Los prohombres de esas épocas señalan a los pueblos grandes ideales, encienden en sus corazones la llama de una alta espiritualidad, les fijan rumbos hacia el futuro. Y la marcha de los pueblos es la realización de estos supremos ideales nacionales.

En los períodos de decadencia, en cambio, la nota característica es la ausencia de tales ideales. Puede que en pequeños grupos ellos continúen vivos: en la nación, considerada como un conjunto orgánico, ellos pierden todo su sentido. No hay rumbos fijos, la existencia de los pueblos es un eterno vaivén, algo informe, vago e indefinido.

En tales épocas no es posible con seguir un avance de la civilización, porque el ambiente en que se vive asfixia toda iniciativa. Los grupos en que se ha dividido la colectividad, se hacen una guerra sin cuartel, y el resultado de esta falta completa de concordancia de voluntades, es la anulación de todo ideal colectivo. La diversidad de opiniones produce el efecto de una compensación absoluta: las naciones dejan de existir.

 

II

 

Desde la Guerra del Pacífico y la revolución del ‘91, el pueblo chileno entró en un periodo de decadencia, caracterizado por el predominio de los factores negativos.

Indudablemente, el progreso material que podemos observar desde la Guerra del Pacífico, es consecuencia de las riquezas que nos aportó. Pero ese progreso material ha sido un simple movimiento de reflejo, debido al auge material de otras naciones, que han venido a extender su sistema económico a nuestro territorio.

La industria salitrera, cuya conquista nos costó tanta sangre, ha llegado a parar, después de medio siglo de desarrollo, totalmente en manos extranjeras. Las minas de cobre, antaño la gran riqueza nacional, ya no son nacionales. El beneficio de la plata ha terminado completamente. Nuestra agricultura no produce artículos de exportación en cantidad suficiente, para pagar con ellos, los artículos alimenticios que importamos del extranjero. En una palabra: la política económica seguida después de la Guerra del Pacífico, ha desnacionalizado casi completamente al país, y lo que nos hemos acostumbrado a denominar la economía chilena, es, sencillamente, un apéndice de otros sistemas económicos.

El pueblo chileno, que hasta la Guerra del Pacífico y la revolución del ‘91, desarrolló admirables cualidades en todos los campos de las actividades humanas que emprendió, el dominio del desierto del Norte y de las selvas del Sur, que produjo inteligencias sobresalientes y que supo gobernarse con honestidad y energía, este mismo pueblo se ha acostumbrado, después de aquellos acontecimientos, a vivir de rentas derivadas del esfuerzo extranjero.

El Estado chileno vivía durante decenios casi exclusivamente de la renta que le pagaba el consumidor extranjero de nuestro salitre y de los derechos que le entregaba el comerciante extranjero que internaba manufacturas extranjeras a nuestro país. El peón y el empleado vivían a la sombra de esas mismas empresas. Pero aún las clases superiores, las profesiones liberales, derivaban sus emolumentos de honorarios pagados por empresas extranjeras.

Muy escasos eran los chilenos que meditaran y actuaran por su cuenta. ¡Era tan fácil, tan holgado, contentarse con las migajas que nos entregaban los demás pueblos! ¿Para qué molestarse, mientras otros nos liberaban de la necesidad de pensar y actuar?

 

III

 

Esta situación de inferioridad y de dependencia, se manifestaba en pavorosa forma en nuestra estructura política.

No obstante haber aumentado extraordinariamente los gastos públicos después de la Guerra del Pacífico, de crearse una infinidad de nuevas reparticiones y de la inflación habida en el burocratismo, la revolución del 91 vino a destruir el Estado de Chile.

Lo que así hemos llamado desde 1891, no era ni Estado ni Gobierno. Manuel Montt, con los escasos recursos de que disponía y la miserable máquina administrativa con que actuaba, realizó una labor de estadista cien veces superior a la de casi todos los gobernantes que hemos tenido desde el ‘91.

La razón es obvia: antes del ‘91 disponíamos de un Estado en la acepción genuina de la palabra, desde entonces no lo tenemos.

Antes del 91, las medidas legislativas eran muy parcas. En cambio, se realizaba una vigorosa y eficiente labor administrativa. Los gobernantes de aquel tiempo sabían muy bien que el progreso de un país no se obtiene promulgando leyes, pues “las leyes se respetan, pero no se cumplen”. Sabían ellos que todo el progreso se deriva de la acción y no de las palabras y la letra muerta. Y ellos actuaban.

Después del ‘91, el Estado de Chileno ha sido mucho más que un gran distribuidor de las rentas obtenidas del esfuerzo extranjero. Como todo el sistema económico nacional estaba basado en las migajas que dejaban en el país los sistemas económicos extranjeros que se extendieron hasta acá, no se requería acción económica alguna de parte del Estado.

La así llamada “política” económica de nuestros gobernantes y parlamentarios, consistía, en su mayor parte, en secundar a las empresas privadas en su lucha con el Estado de Chile.

Como todo el sistema imperante consistía en repartir rentas derivadas, todos deseaban participar en este reparto. Se inventaron las formas más extravagantes, para conseguir algo en este reparto, desde las “coimas” directas, hasta los honorarios y las participaciones de los abogados y parlamentarios.

Naturalmente, este sistema no se limitaba a las rentas derivadas de empresas extranjeras, aunque en ellas tuvo su origen, sino que se hizo extensivo a toda la vida nacional. El Estado fue desposeído de esta manera, de toda voluntad propia. Era un simple protector de las franquicias conseguidas por medio de “empeños”, generalmente ilícitos y bien remunerados.

La quimera del oro vino a predominar, en la más amplia forma en la vida nacional. El afán de participar en la distribución del botín, aniquiló la honestidad, probidad y modestia del periodo en que se nos denominaba “la Prusia de la América del Sur”. El pueblo fue sacrificado miserablemente. Nadie se preocupaba de desarrollar sus cualidades y de mejorar las condiciones en que vivía. No obstante el enorme aumento de la burocracia educacional, su acción efectiva en el sentido de un progreso de la cultura popular, ha sido casi nula.

 

IV

 

Pero, debemos preguntarnos, ¿ha tenido que ocurrir forzosamente todo esto así como se produjo? ¿No existen fuerzas vivas en nuestro pueblo, que están dispuestas a reaccionar vigorosamente en contra de estas condiciones y continuar las honrosas tradiciones del período anterior a la revolución del ‘91?

Indudablemente, las hay. Se constituyen ellas por el hacendado que trabaja inteligentemente sus tierras, transformando el suelo en un instrumento de producción; por el industrial que ha sabido hacer crecer su establecimiento, mediante un trabajo honrado y tesonero; por el artesano que desea crecer y extenderse; por el obrero que ha constituido un hogar respetable y que desea surgir; por el estudiante que pasa las noches meditando sobre la forma cómo podrá hacerse útil a su país, por el maestro, en lejanos caseríos, que ama a la juventud en cargada a su guarda y trata de inculcarle el sentimiento del deber, de la disciplina y el anhelo de mejorar su situación. En una palabra, se constituye por gente de toda categoría y situación, que no ha sido afectada en su estructura moral por la descomposición que sobrevino después de la Guerra del Pacífico, que pretende conquistarse una situación mediante un esfuerzo personal y tesonero, y que ama a su país en forma verdadera y profunda, desentendiéndose de toda fraseología vana y hueca.

Todas estas fuerzas sanas del país han demostrado suficiente entereza moral, para retirarse de la vida pública, una vez convencidas de que el honrado y honesto no disponían de influencia alguna en ella.

Como consecuencia del retiro de los honestos, la vida pública del país ha sido anarquizada hasta sus fundamentos.

Se introdujo, resultado de la revolución del ‘91, el sistema político democrático parlamentario. Fue este hecho el mayor de todos los desatinos cometidos por una burguesía descompuesta por la influencia del oro.

Salvo en Inglaterra, donde subsisten condiciones políticas muy especiales, la democracia formalista ha sido un rotundo fracaso en todos los países donde se ha querido introducirla. Su consecuencia ha sido en todas partes una descomposición moral de los pueblos, y si a pesar de ello, algunos de han podido surgir, ello se debe a las fuerzas vivas de aquellas naciones, que se han dedicado a actuar por su cuenta.

En Chile, cuarenta años de democracia formalista, han sido suficientes para conducirnos al borde de un precipicio.

La nación se encuentra totalmente anarquizada y dividida. El parlamento se descompone en una infinidad de grupos y subgrupos, que defiende  intereses particulares o que tratan de participar en el reparto del botín que representan el presupuesto y los contratos fiscales. Fuera del parlamento, existe una milicia armada, que trata de impedir la toma de la Moneda. Al frente de ella se encuentran los grupos de oposición, descontentos con la situación imperante. El Presidente de la República no es respetado en su cargo. Existe animosidad en contra de las fuerzas armadas. La alta política ha cedido su lugar a la polémica folletinesca. Un observador imparcial tiene la impresión de que existe peligro de que todos estos grupos se precipiten  unos sobre los otros, para aniquilarse recíprocamente.

¿Cree alguien honradamente en la salvación del país por medio de esta democracia formalista? ¿Hay realmente una persona medianamente ilustrada en el Parlamento, que tenga alguna fe en la labor de esa pretendida democracia, que se considere un portavoz de la “soberanía nacional”? ¿No se manifiesta en todos esos “representantes del pueblo” el más profundo escepticismo acerca de la triste farsa que nos presentan?

¿Es este el pueblo chileno de honrosas tradiciones? ¿Es esta la raza que, bajo las órdenes de Baquedano, triunfó en Chorrillos y Miraflores?

Ya lo expresé: al margen de este mundo, separado de él por un precipicio, lleva su vida tranquila y laboriosa el verdadero pueblo chileno, aquel que se ha retirado del caos político, aquel que constituye una inmensa familia de gente nervuda, emprendedora y patriótica, aquel que no reconoce las diferencias de clases, aquel que desea obedecer pero obedecer a jefes cuyo ejemplo personal los haya colocado en la situación que ocupan.

A ese pueblo chileno se dirige: “Acción Chilena’. Para él se publican estas hojas.

 

V

 

Es preciso que esa gran familia chilena anónima se una, que medite sobre su situación y haga valer sus derechos.

Los tiempos de la democracia formalista han pasado y no volverán. Aquel sistema político pudo mantenerse mientras nuestra economía constituía un apéndice de otros sistemas económicos; mientras había rentas derivadas de ellos que repartir.

La crisis económica que estalló en 1929 significa un completo cambio de estructura. Las fuerzas que desencadenó el liberalismo del siglo XIX han venido a destruir la economía mundial. Los capitales que cruzaban libremente las fronteras, han desequilibrado las balanzas de pagos, y los pueblos se han dado cuenta la necesidad de defenderse, de ordenar las condiciones en que viven y de poner término al caos que sobrevino.

Ya no se trata de discutir sobre la conveniencia de preferir esta doctrina o aquella: se trata sencillamente, de defender la existencia de los pueblos.

Ello implica que todos los problemas se han convertido actualmente en asuntos políticos y que los ciudadanos sanos y honestos, tienen la obligación —una obligación fundamental para con su familia— de preocuparse de la causa pública, siempre que no acepten voluntariamente su aniquilamiento. Esta obligación no significa que militen en un partido y que se dediquen a defender en el parlamento sus intereses particulares, sino que significa que militen en el único partido que podrá haber en el futuro y que se denomina: la nación chilena.

Las ideas derivadas de la revolución francesa y que imperaban durante el siglo pasado, han hecho la más espantosa crisis. Quienes todavía la defienden, se están batiendo de retirada, pero su defensa es tan pobre, que apenas tendremos que preocuparnos de ella en estas hojas.

El objeto de esta Revista no consiste en hacer crítica destructiva sino en servir de hogar a las ideas constructivas que han surgido en los últimos años y que nos permiten trazar el camino hacia un futuro más humano. Tendrán cabida primordial, pues, en “Acción Chilena”, las nuevas ideas; constructivas del siglo XX, suficientemente consolidadas en la hora que vivimos, para ser divulgadas en nuestro ambiente

Pero no debe pensarse por ello que esta Revista pretenda propiciar el injerto de sistemas extranjeros a nuestro sistema político. La experiencia que hemos hecho, en cuarenta años de aplicación práctica, con el sistema democrático-parlamentario, artificialmente injertado a nuestro ambiente, nos servirá de advertencia, para no repetir una nueva y servil imitación. “Acción Chilena” será, como lo dice su nombre, la Revista esencialmente nacional, que estudiará y divulgará soluciones chilenas, adaptando, sí, las ideas extranjeras que se hayan desarrollado sobre el mismo campo y que nos puedan servir de ejemplo.

 

VI

 

He ahí lo que pretende esta Revista.

La fragmentación de nuestra colectividad ya no puede ser más completa. Casi podría afirmarse que la satisfacción de los deseos que tiene cada chileno, exigiría la constitución de un Estado especial para cada ciudadano. La falta de concordancia de voluntades está produciendo como, ya se expresó, un efecto absolutamente destructivo.

Sin embargo, en el fondo de cada grupo, de cada fragmento, existe alguna tendencia común que los une en dos grandes movimientos que son los característicos de la hora actual: el marxismo y su gran contradictor: el fascismo.

El primero pretende materializar el mundo en forma mucho más acentuada de lo que está ya en la actualidad. Desea rebajar a todos los individuos al nivel del más infeliz, para que su voluntad mande y ordene.

El segundo reconoce, en toda su amplitud, lo absurdo, injusto e inhumano que es el mundo que nos legó el siglo pasado y su intención no consiste, de manera alguna, en conservarlo y. continuarlo, sino que es tan revolucionario como el primero. Pero en vez de materializar, pretende espiritualizar, porque tiene fe en la fuerza del espíritu y cree que sólo él da sentido a la vida. Desea, además, que la fuerza del espíritu restablezca en la colectividad el sentido de la responsabilidad de los dirigentes y dignifique la vida de las masas. Pretende realizar la selección de los más aptos, a fin de que ellos dirijan a la colectividad, no en su beneficio particular, sino cumpliendo una misión divina que la comunidad les ha confiado.

Todo lo que se discute, anhela y pretende en nuestro tiempo, converge hacia el marxismo y el fascismo. Es inútil querer substraerse a esta antinomia. Es también inútil desear restablecer el pasado, que no volverá.

Los pueblos sanos y jóvenes no discuten acerca de lo que fue, sino que dedican todo su interés a lo que vendrá. La esterilidad e infructuosidad de la mentalidad que domina entre nosotros en el momento actual, se manifiesta en forma drástica en las estúpidas discusiones sobre los hechos de los últimos diez años, como si de ellas dependiera nuestra salvación y no de los infinitos y gigantescos problemas del presente, que nos invaden e inundan.

“Acción Chilena” no participará en aquellas discusiones. No interesan; aún más: las considera altamente perniciosas y destructivas. No representan, para ella, más que un veneno que se inculca a nuestro morboso organismo, con el fin de aniquilarlo totalmente.

Así como condena esta infructuosa agitación producida alrededor de nuestro pasado inmediato, considera como de alta traición, toda tentativa de alterar el orden establecido mediante un asalto del poder.

Para destruir, el régimen parlamentario-democrático imperante, no es preciso ‘hacer absolutamente nada. Lo único que se precisa, es que se le permita actuar durante algún tiempo más. Su ruina será la consecuencia lógica e inevitable de su propia actuación. Ya ha bamboleado varias veces en los últimos años. Su caída definitiva sobrevendrá pronto, sin necesidad de que nadie se preocupe de ella.

El deber de la hora actual no consiste en destruir: consiste en construir.

Debemos preguntarnos: ¿Qué vendrá después de la democracia formalista? Y he ahí la contestación que ya di: habrá marxismo o fascismo.

Existe, sí, una tercera alternativa. Puede también advenir la dictadura personal, el caudillismo, que tanta miseria ocasionó en este continente. Pero, probablemente, esta alternativa no se presentará entre nosotros, y en todo caso, aún cuando se realizare, no sería de duración.

La verdadera antinomia no es otra que el marxismo o el fascismo. Y debemos aceptar, en forma inequívoca y absoluta, una de estas dos soluciones.

Es ese el problema de fondo que plantea “Acción Chilena”. En sus hojas, todos nuestros problemas serán enfocados bajo este punto de vista y todas las soluciones que se propondrán, cumplirán éste requisito.

Está Revista parte, pues, de premisas bien claras y precisas y su aparición no obedece a otra finalidad que a aquella de analizar nuestra realidad sobre esta base. Si se quiere, esta actitud significa combate, pero combate con armas límpidas, combate motivado por convicciones inamovibles, combate en pro de un Chile más grande y más bello.