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Y en Chile
¿quién cree o quiere hacer creer en los
Fantasmas?
¿Fascismo en España?

Por José Javier Esparza

¿Existe un fascismo en España? Cualquier
observador diría, a primera vista, que no:
no existe ningún partido, asociación o grupo
de opinión que reivindique esa etiqueta y
que posea una mínima proyección política o
social. Existe, sí, un número indefinido y
variable de grupúsculos y corpúsculos que se
identifican con una estética aproximadamente
neofascista, neonazi y hasta neofalangista,
y que ocasionalmente manchan las paredes
urbanas con pintadas y carteles, pero tales
grupúsculos y corpúsculos son sumamente
reducidos, carecen de representatividad
social alguna y, desde luego, no puede
decirse que constituyan una fuerza política.
Sin embargo, todos los años aparecen en los
escaparates —preferentemente, en los de las
"grandes superficies"— decenas de libros que
nos desvelan los "secretos" del fascismo
español, sus oscuras maniobras, sus
inconfesables propósitos. ¿Cómo es posible
que se publique tanto material sobre un
objeto, si no inexistente, sí al menos
irrelevante? He aquí uno de los grandes
enigmas de nuestro tiempo.
Las "revelaciones" de la literatura
antifascista
Estos libros
suelen aparecer siempre por las mismas fechas:
en torno al 20 de noviembre, aniversario del
fusilamiento de José Antonio y de la muerte de
Franco, fecha litúrgica por excelencia de la
extrema derecha en España. La literatura de la
que hablamos es tan puntual en su aparición que
se diría que marca ya una referencia fija del
calendario comercial, del mismo modo que la
primavera no empieza hasta que lo dice "El Corte
Inglés". Estamos hablando de "libros", en
plural, pero en realidad cabría hablar más bien
del "libro", en singular, porque todos son el
mismo: en todos hallamos las mismas fuentes, los
mismos nombres, la misma estructura y hasta la
misma sintaxis, frecuentemente incorrecta. No es
extraño que sus autores se acusen mutuamente de
robarse el material, dado lo exiguo del campo
que año tras año roturan. Por fortuna para
ellos, el abanico temático crece sin pausa a
través de un procedimiento que podríamos
denominar "alleganza de material de aluvión" y
que funciona del siguiente modo: la literatura
antifascista da pie a reportajes en prensa,
igualmente estacionales; estos reportajes (más
bien "recortajes", pues se trata de collages
con recortes sacados de aquí y de allá) suelen
limitarse a recopilar lo que se ha publicado en
la mentada literatura, pero lo hacen con errores
y tergiversaciones; tales errores, por último,
son luego recogidos por los "autores
antifascistas", en la edición del año siguiente,
como "nuevas revelaciones". Así el floreciente
negocio editorial se alimenta a sí mismo.
Un rasgo
específico de la literatura antifascista es su
carácter de ficha policial: lo esencial de su
contenido es una ensalada de siglas (las de los
mentados grupúsculos y corpúsculos) en
correspondencia con una lista de nombres,
también siempre la misma. En líneas generales,
su objetivo invariable es sentar la existencia
de lazos entre la violencia juvenil de ciertas
tribus urbanas y los grupos de la extrema
derecha política, de modo que un fenómeno social
se "eleva" a la condición de fenómeno político.
Pero como el pulso de la extrema derecha
española es más bien mortecino, el autor, para
añadir interés a la narración, ha de recurrir al
siempre eficaz recurso de las "conexiones", es
decir: establecer vinculaciones, por supuesto
indemostrables (¿pero a quién le importa eso?),
entre minúsculos grupos radicales y
personalidades más o menos conocidas de la vida
política, periodística, literaria, etc. Esta es
una constante tan permanente en toda la
literatura antifascista que se diría constituye
una técnica esencial del género en cuestión. Y
hay que reconocer que sus rendimientos en
materia narrativa son excelentes. Por ejemplo:
un salvaje skin apuñala a un inmigrante mogrebí;
en la casa del skin se encuentra una revista con
las siglas del grupúsculo "x"; en un fanzine
editado por ese grupúsculo —o por otro de nombre
similar— dejó su firma quince años atrás un
adolescente que hoy es joven abogado; tal joven
abogado es en la actualidad mano derecha de un
veterano notario con aspiraciones políticas.
Conclusión evidente: el mentado notario es, en
realidad, un fascista que pretende utilizar a
los skins como secciones de asalto. ¿Delirante?
Lo es. Pero este argumento fue expuesto hace muy
pocos años en un programa de televisión, y no
dentro del ámbito de la "ficción", sino bajo la
etiqueta de "Especial informativo". Ciertamente,
no se trata de algo nuevo: en los Estados
Unidos, en la época de la "purga" de MacCarthy,
también se recurrió a establecer supuestas
vinculaciones cogidas por los pelos entre los
sospechosos de "actividades anti-americanas"; se
bautizó a este procedimiento como "culpabilidad
por asociación". El juego policial de la
literatura antifascista termina alimentando las
peores inquisiciones [1].
Toda inquisición
necesita un "delator". Él es la fuente de la que
brota la investigación, y de su calidad depende
de que la búsqueda sea interesante o que sea una
filfa. En el caso que nos ocupa, las fuentes
esenciales de la literatura antifascista son
cuatro o cinco personas, todas con nombres
propios, todas las mismas en todos los casos, y
todas ellas "fascistas", ya en retiro, ya en
ejercicio. Tales fuentes no proporcionan eso que
se llama "material de archivo" o "prueba
documental", sino que se limitan a contar una
historia; con frecuencia, su propia historia. Y,
como suele ocurrir en estos casos, la fuente
tiende a contar tal historia poniéndose a sí
misma en el centro de los acontecimientos. Así,
y gracias a la vehemente pluma del autor
antifascista, llegamos a conocer de la enorme
trascendencia que para la historia moderna de
Occidente ha tenido cierto oscuro personaje que
en su agitada vida política ha transitado por
una docena de grupúsculos cuyo número de
militantes no ha superado en ningún caso el
centenar, y cuya repercusión objetiva en la vida
social, si hubiera de ser cuantificada, se
reduciría a cero.
Esto exige un
breve excurso. En 1905, el venerable Ernest
Dupré acuñó el término mitomanía para definir
toda una familia de afecciones psíquicas
consistentes en la invencible tendencia del
sujeto a elaborar mentiras y fabulaciones. El
mitómano, por lo general, es un sujeto mediocre
que necesita inventarse su propia autoepopeya
para no ahogarse en el hastío de una existencia
sin horizontes. Hay mitómanos en todas partes, y
algunos ocupan lugares bien visibles, pero el
tipo mitomaníaco es particularmente frecuente en
grupos cerrados y reducidos, ya sea porque en
ellos puede imponer su autorrelato, ya porque
ahí se dan cita otros mitomaníacos dispuestos a
escucharle a cambio de ser escuchados. En sus
comportamientos políticos, el mitómano
experimentaría —de forma sincera, y ahí reside
la patología— que la Historia corre por sus
venas, que sus movimientos son decisivos, que
figura entre los hombres importantes del mundo,
que sus contactos con gentes de alto rango han
dejado en éstas una imborrable impresión. Aunque
hay mitomaníacos de todas las tendencias y de
todas las ideologías, quizá sea cierto que el
tipo mitomaníaco es especialmente abundante en
la ultraderecha contemporánea, lo cual se
debería a una mala digestión de conceptos como
"hombre superior" o "jefe providencial", pues
nada hay tan angustioso como verse obligado a
aparentar grandeza cuando uno es diminuto. Esto,
que vale para el sujeto que se ensalza a sí
mismo colocándose en el centro de la Historia
universal, vale también para el sujeto que
aspira a conmover los cimientos del mundo
poniendo por escrito la triste historia de un
mediocre. Dupré, que todavía no conocía la
literatura antifascista, distinguía una
mitomanía vanidosa, una mitomanía maligna y una
mitomanía perversa, cada una de las cuales
correspondía, respectivamente, al complejo de
inferioridad, a la voluntad de dañar al prójimo
y, por último, a las inclinaciones lúbricas o
venales. Sin descartar la ocasional intervención
de una mitomanía de tipo perverso, estamos en
condiciones de aseverar que la literatura
antifascista, en buena parte de los casos
conocidos, brota de la colusión de una mitomanía
vanidosa (la de la fuente) y otra mitomanía
maligna (la del escribidor). La confluencia de
dos patologías indomeñadas podría explicar, por
otra parte, el tirón popular de estas
narraciones.
Naturalmente, el
subgénero literario que nos ocupa tiene sus
propias reglas de estilo. Así, todo periodista,
gacetillero e incluso escritor profesional que
quiera adentrarse en el exitoso negocio de la
literatura antifascista debe respetar
escrupulosamente esta ley incontrovertible: el
autor debe imperativamente situarse en el papel
de Deus ex machina de la narración, sin citar
jamás las verdaderas ideas de los personajes
mencionados. Los novelistas saben bien cuán
irritante resulta comprobar que el excesivo
apego a la realidad nos ha frustrado una buena
historia. Por eso el literato antifascista debe
eludir cuidadosamente cualquier mención
específica de las ideas, textos o declaraciones
reales de los personajes que pueblan la trama de
la narración. ¿No sería lamentable que una
determinada idea de un determinado sujeto
impidiera incluir su nombre en la nómina de
sospechosos? Lo sería, sin duda; de ahí que los
personajes mencionados en la literatura
antifascista sean, por lo general, entes mudos
que sólo hablan a través del autor. Por otra
parte, nada tan áspero como esa pedante manía
universitaria de citar los textos reales de los
personajes mencionados, enojosa servidumbre que,
además, obligaría al talentoso autor a
desperdiciar su tiempo en lecturas inútiles.
Resulta mucho más efectivo —o sea, mucho más
"impactante"— acumular nombres propios en
función de lo que al autor le interesa señalar:
las ya mencionadas "conexiones", y no en función
de lo que cada personaje realmente dice y es. El
recurso permite, por ejemplo, ofrecer al lector
un apasionante relato en cuyo índice onomástico
aparecen, en fraternal confusión, José María
Aznar, Adolfo Hitler, Gonzalo Fernández de la
Mora, los Ultrasur, Ross Perot, Mussolini, Aleix
Vidal-Quadras, el Frente Atlético, Jorge
Verstrynge, Ricardo Sáenz de Ynestrillas,
Fernando Sánchez Dragó, Tejero y un servidor de
ustedes.
Es verdad que esto
obliga a la literatura antifascista a renunciar
a cualquier pretensión de validez científica,
pues de entrada se ha obliterado un elemento
esencial en la literatura académica, a saber: la
probidad de unas fuentes mencionadas
explícitamente, plúmbeo trámite que, de haber
sido satisfecho, habría arruinado tan fantástica
historia. Del mismo modo, el autor antifascista
también ha de resignarse a que su obra carezca
de relevancia informativa, pues en su búsqueda
desesperada del "impacto" ha sacrificado la
víscera cordial del periodismo, que es la
información veraz, y la ha sustituido por la
simple sospecha infundada. Pero nada de todo
esto habría de suponer una seria censura
literaria para el subgénero que aquí estamos
comentando si no fuera porque, además, estos
libros están muy mal escritos. Y eso sí que es
imperdonable.
Con todo, en la
literatura antifascista, pese a su indigencia
ética y estética, hay tres elementos que merecen
ser revisados con atención. El primero es su
inevitable conclusión, a saber, el hecho de que
en España no existe verdaderamente una "fuerza
fascista" digna de ser tenida por tal,
conclusión que el lector, pese a los esfuerzos
de los autores, termina extrayendo a poco que
lea atentamente estos relatos. El segundo
elemento es el propio hecho de que esta
literatura exista: si el fascismo no deja de ser
una amenaza remota, si ya perdió una guerra y
desde entonces no ha levantado cabeza, si hoy ha
quedado confinado en reducidísimos guetos, ¿a
qué tanto empeño en dibujar los contornos de un
fantasma? Y el tercer elemento que suscita
interés es el mundo que estos libros describen,
las alcantarillas donde se remueve la confusión
informativa, esa selva urbana donde nace el
suceso criminal que luego permite construir la
fábula; ahí existe un problema, ciertamente,
aunque nuestros literatos yerren el tiro. Merece
la pena comentarlos uno a uno, detenidamente.
¿Fascismo en Europa?
Vayamos al primer
elemento de interés. ¿Por qué no hay fascismo en
España? La propia pregunta encierra una trampa
para elefantes, pues nos hace creer que en otras
latitudes sí hay "fascismo". Ahora bien, con
excepción de ciertos grupos nacidos del caos
post-comunista en la Europa del Este, no puede
decirse que en nuestro continente existan
fuerzas políticas relevantes que, en rigor,
admitan la etiqueta de "fascistas", y quienes
habitualmente pasan por tales, que son el Frente
Nacional francés y la Alianza Nacional italiana,
no lo son propiamente hablando.
¿Qué quiere decir
"fascismo"? Al margen de la trampa sovietizante
de considerar "fascistas" a quienes no están de
acuerdo con uno, todos los politólogos saben que
el fascismo, históricamente considerado, es un
ente difícilmente aprehensible. El fascismo
propiamente dicho nació en Italia como una forma
de nacionalismo radical que predicaba un
corporativismo autoritario con tendencia al
totalitarismo. Su éxito despertó formas
imitativas en otros puntos de Europa, pero cada
cual aportó sus conceptos específicos. Por
ejemplo, el nacionalsocialismo alemán se
fundamentaba en una teoría racial que el
fascismo italiano desconocía. Del mismo modo, el
nacionalsindicalismo español mostraba unos
acentos organicistas y católicos que no existían
ni en Italia ni en Alemania, e inversamente, en
el "fascismo" español no aparecen trazas sólidas
de discurso racial. ¿Pueden todas estas
experiencias políticas definirse bajo el común
denominador de "fascismo"? Aquí nos encontramos
con lo que tantas veces ha dicho Juan José Linz:
para el historiador, cada régimen es un caso
único, pero el politólogo está obligado a buscar
los elementos comunes, conceptualizarlos y
reducir toda la inmensa variedad de los
regímenes políticos a unos cuantos tipos
principales. Como cualquier intento por
clasificar a los fascismos nos hundiría en una
casuística inagotable, y no es ese el objeto de
este texto, podemos acogernos al cómodo recurso
del "fascismo genérico" y, siguiendo a Nolte,
considerar "genéricamente fascistas" a todos los
movimientos políticos que comparten las
siguientes seis notas características:
antimarxismo, antiliberalismo,
anticonservadurismo, principio del liderazgo, un
ejército del Partido y el totalitarismo como
objetivo [2]. Si falta cualquiera de estas
características, no puede hablarse propiamente
de fascismo; si están todas, puede hacerse.
Desde este punto
de vista, tanto el Frente Nacional como la
Alianza Nacional o el austríaco Partido Liberal
de Haider (una de las más recientes "bestias
negras" mediáticas) se diferencian de los
"fascismos" clásicos en una larga serie de
rasgos fundamentales: todos ellos admiten
abiertamente —y no tiene mucho sentido dudar de
su sinceridad— el vigente sistema de partidos,
mientras que los fascismos implantaron modelos
de partido único; todos propugnan políticas
económicas de carácter liberal-capitalista,
mientras que los fascismos ponían el acento en
el control estatal; todos son partidarios del
actual status geopolítico bajo liderazgo
norteamericano, mientras que los fascismos
aspiraban a desplegar una potencia militar
propia. Además, entre el Frente Nacional, el
Partido Liberal y la Alianza Nacional existen
también notables diferencias, tanto en su
génesis como en el lugar que ocupan en sus
respectivos mapas políticos nacionales. El
Frente Nacional surge en torno a un personaje,
Le Pen, que logra aglutinar a las dispares
familias de la ultraderecha francesa, desde el
integrismo católico hasta el neofascismo,
pasando por los nostálgicos de Vichy, la
tradición populista y los nacionalistas de la
"Francia sola"; cobra impulso apoyándose en un
serio problema social, el de la inmigración,
frente al que reacciona con un discurso
xenófobo; sus posiciones populistas le reportan
la simpatía de un amplio sector de las clases
menos favorecidas que antes votaba a la
izquierda comunista; por último, su deliberada
automarginación del "consenso" partidista le
convierte en blanco de las invectivas del
sistema, que señala a Le Pen como peligro
público; todo ello hace que no se le pueda
considerar como alternativa de gobierno. El
fenómeno de Haider en Austria, aunque su
protagonista se ha esforzado en diferenciarse de
Le Pen, tiene mucho que ver con el caso francés.
Respecto a la Alianza Nacional italiana, surge
del aggiornamento de un partido, el MSI, que
representaba explícitamente la herencia del
fascismo de Mussolini; cobra impulso a partir de
un problema no social, sino político, cual fue
el colapso del sistema partitocrático italiano a
partir de 1993; su discurso relativamente
moderado y su denuncia de la corrupción le
procuran el apoyo de amplios sectores de las
clases medias que antes votaban a la Democracia
Cristiana; por último, el desprestigio general
de la vieja clase política italiana ha permitido
que la Alianza Nacional, pese a las naturales
censuras de la izquierda, posea una imagen de
fuerza presentable, no "maldita"; todo ello hace
que sí pueda considerarse como una alternativa
de gobierno. Añadamos que entre ambas fuerzas
existe una última diferencia en absoluto
irrelevante: mientras que el Frente Nacional
experimenta regularmente la disidencia de los
pragmáticos, que preferirían bajar el tono de la
demagogia populista en beneficio de cobrarse
mayores opciones de gobierno, la Alianza
Nacional ha de sufrir las disidencias de los
radicales, que preferirían recuperar ciertos
principios ideológicos aunque fuera a costa de
perder poder real [3].
Así las cosas,
hablar de "fascismo" para calificar a la Alianza
Nacional, al Partido Liberal o al Frente
Nacional resulta simplemente falaz desde el
punto de vista politológico. En el caso italiano
podría perfectamente hablarse de post-fascismo,
tal y como ha sugerido su propio líder,
Gianfranco Fini, pues aquí estamos ante un grupo
que recogía expresamente la herencia del
fascismo mussoliniano y que se ha convertido
deliberadamente en otra cosa; un post-fascismo
estrictamente paralelo a ese otro post-comunismo
que caracteriza a los viejos Partidos
Comunistas, como el italiano, reconvertidos en
izquierda socialista y democrática tras el
autodesplome de la Unión Soviética. Respecto al
caso francés, hablar de fascismo o de
postfascismo no tiene demasiado sentido, pues en
Francia no ha existido un fascismo histórico ni
el Frente Nacional defiende posiciones
propiamente fascistas; incluso sus actitudes
xenófobas, que tantos reproches —pero también
tantos votos— le reportan, no responden
exactamente a una doctrina de tipo
nacionalsocialista, pues no reposan sobre una
lógica de supuesta jerarquía racial, sino que se
derivan de una reacción psicológica de exclusión
frente a unos cambios sociales percibidos como
excesivamente bruscos. En realidad, tanto el
Frente Nacional y el Partido Liberal como la
Alianza Nacional han de ser considerados no como
partidos "fascistas", sino como partidos de
derecha radical (en los dos primeros casos, más
radical que en el otro), que han prosperado
gracias a circunstancias sociales muy concretas
y específicas en cada país. Ese es su verdadero
estatuto.
¿"Fascismo" en España?
El caso español es
distinto del italiano, y también del francés. No
hay en la actualidad grandes partidos de derecha
radical, aunque sí existe una larga tradición
autoritaria en la derecha. Tampoco hay,
propiamente hablando, una versión nacional del
fascismo, y las causas que en su momento lo
impidieron ya las explicó Ramiro Ledesma Ramos
en una obra que se llamaba, precisamente,
¿Fascismo en España? Por cierto que el
anarquista Joaquín Marín, en Hacia la segunda
revolución (1935), venía a coincidir con las
tesis de Ledesma. En realidad, lo que en España
más se pareció al fascismo, pero a distancia,
fue el nacionalsindicalismo falangista de la
preguerra, luego absorbido por el magma del
régimen de Franco. Y Franco no instauró un
régimen propiamente fascista, ni siquiera
nacionalsindicalista [4], sino un autoritarismo
inspirado en las doctrinas de la derecha
tradicional.
Con esos
antecedentes, la pregunta verdaderamente
interesante no es por qué no hay fascismo en
España, sino más bien esta otra: ¿Por qué en
nuestro país no existen actualmente fuerzas
importantes de derecha radical que hayan
recogido la herencia de la derecha autoritaria
local, y concretamente del régimen del general
Franco, que de tal cosa es la expresión más
acabada en España? Al fin y al cabo, el
franquismo es la única experiencia dictatorial
de la derecha europea que ha terminado "bien":
no se la llevó la posguerra, como a los
regímenes gemelos de Hungría, Polonia o Rumanía;
sus logros sociales y económicos son evidentes,
muy superiores a los de las dictaduras
comunistas que le fueron contemporáneas, y
comparables a los que alcanzaron las democracias
europeas de esa misma época; además, el sistema
autoritario español se pudo mantener en el poder
durante más tiempo que ningún otro y sin sufrir
una oposición interior masiva; por último, el
régimen se deshizo por sí solo a la muerte del
dictador y sobre la base de la legalidad por él
establecida, sin que lo tumbara una revolución
como la portuguesa o violentos conflictos
intestinos como los que acabaron con el "régimen
de los coroneles" en Grecia. El régimen de
Franco duró casi cuarenta años, puede reclamar
la paternidad de la modernización económica de
España, e incluso definió una estructura
jurídico-política singular para intentar
compensar por algún lado la evidente merma de
libertades civiles. ¿Cómo es posible que los
criterios políticos e ideológicos de ese régimen
no hayan encontrado herederos que pretendan
prolongar su legado tras la muerte del dictador?
La respuesta es
múltiple. En primer lugar, a la muerte de Franco
ninguna de las fuerzas históricas que
encabezaron la sublevación de 1936 estaba ya en
condiciones de ejercer liderazgo social alguno:
la Falange, que nominalmente era el partido del
régimen, fue doblegada sucesivas veces a lo
largo del mismo, pero se acomodó perfectamente a
una situación de privilegio y, quizá por eso, no
se preocupó jamás por esbozar formulaciones
teóricas adaptadas a los tiempos nuevos, de modo
que en 1975 —y aún hoy— decía y pensaba lo mismo
que en 1936; la Iglesia, único vencedor total de
la guerra civil y único poder que realmente
obtuvo de Franco todo lo que solicitó, dejó de
ser fiel al Caudillo a partir de los años
sesenta e incluso prestó cobertura a quienes
auspiciaban cambios radicales, hasta el extremo
de jugar un destacadísimo papel en la
transición; respecto a los carlistas, su opción
política había dejado de tener sentido desde el
momento en que la rama pretendiente renunció a
sus derechos. En segundo lugar, las elites
políticas que gobernaron los "años de oro" del
régimen, desde 1957 hasta 1975, y que podían
haber prolongado la herencia política del
general, se esforzaron por adaptarse a una
situación política comparable a la de las
democracias europeas: tanto las figuras
"aperturistas" del régimen como el "aparato" del
Movimiento Nacional, de cuyas promociones más
jóvenes saldrían luego ministros, presidentes
del Gobierno y hasta ponentes constitucionales,
encabezaron fuerzas políticas de carácter
conservador, liberal o "centrista" muy alejadas
de los propósitos del Estado de las Leyes
Fundamentales; respecto a los teóricos más
jóvenes de este Estado, alguno de ellos fue
apartado del juego por quienes pretendían
enarbolar la herencia de Franco antes incluso de
que el dictador muriera. Y en tercer lugar, y en
la práctica, la verdad es que el régimen tuvo el
heredero que el propio Franco quiso: la
Monarquía encarnada en la persona de Don Juan
Carlos, y las transformaciones que éste
efectuara después sobre el legado del dictador
es harina de otro costal. Así, lo que se
denominó "franquismo sociológico" halló
continuidad, tras la muerte de Franco, en el
sucesor que Franco había elegido y en unas
fuerzas políticas que, dirigidas por relevantes
personalidades del régimen, pactaban una
transformación total del Estado. Si después de
Franco no hubo un "franquismo", eso fue, en
primer lugar, porque Franco no quiso, y después,
porque los franquistas más relevantes tampoco
quisieron. En buena medida, en eso consistió la
transición.
Hay también, por
supuesto, motivaciones de carácter social y
cultural en ese asombroso hecho de que el
franquismo no haya encontrado continuadores
políticos. Ambas pueden reducirse a esta: el
franquismo no fue capaz de proponer una
ideología propia que proveyera de un cauce
político específico a los cambios sociales que
él mismo estaba impulsando. En efecto, el
gigantesco impulso económico e industrial que
vivió España, sobre todo desde finales de los
años cincuenta, tuvo por evidente objetivo dotar
al país de niveles de prosperidad semejantes a
los de las otras naciones europeas. Se desataba
así una "sed de homologación", todavía hoy
vigente, que cifraba como bien supremo el
ponerse a la altura del resto de Europa. Ahora
bien, esa homologación no podía ser sólo
económica, sino también social, porque el
desarrollo económico lleva consigo la adopción
de nuevos comportamientos individuales y
colectivos, de nuevas expectativas y de nuevas
aspiraciones. Y esa homologación social, a su
vez, exige una homologación política, porque los
cambios en los comportamientos sociales exigen
cambios paralelos en los canales de
participación ciudadana en la vida pública. De
lo contrario, se generaría una situación
semejante a la de una olla a presión desprovista
de válvulas de escape. Pues bien: el franquismo,
que de hecho alcanzó la homologación económica y
que se acercó mucho a la homologación social con
el resto de Europa, no fue capaz de crear vías
de homologación política. Lo que más se aproximó
a ese objetivo fue el Estado de las Leyes
Fundamentales: un Estado de Derecho autoritario,
pero de Derecho al fin y al cabo [5], que
proveía márgenes —ciertamente estrechos— para
las libertades públicas y que también establecía
vías concretas de participación popular en el
poder a través de la famosa "democracia
orgánica". Pero el Estado de las Leyes
Fundamentales jamás fue una realidad completa:
tardó más de diez años en ponerse en pie, entre
otras cosas por las reticencias del propio
régimen; la democracia orgánica resultó ser más
orgánica que democrática y no logró nunca
satisfacer las demandas reales de participación
ciudadana; por último, y tras la muerte de
Franco, la idea fue abandonada tanto por la
derecha constitucionalista del 78 como por los
propios "nostálgicos" del régimen.
Hoy, a casi medio
siglo de distancia, causa estupor el hecho de
que el régimen de Franco no desarrollara una
teoría completa de su concepción del Estado, ni
que concediera a sus teóricos el estatuto de
doctrinarios oficiales de aquel sistema
político. Puede entenderse que no se entregaran
a tareas doctrinarias la Falange o el Requeté,
cuyos planteamientos habían sido superados por
la historia, pero que visiblemente no sentían la
necesidad de adaptarse a una realidad que
nominalmente dominaban. Es mucho menos
explicable, por el contrario, el hecho de que
los responsables de los "años de oro" del
franquismo no experimentaran sino muy raramente
la necesidad de dotarse de una cobertura
ideológica que fuera más allá de lo jurídico.
Tal negligencia ideológica obedece, sin duda, al
carácter del propio régimen, nunca muy dado a
las efusiones intelectuales y más preocupado por
obtener resultados prácticos —rasgo en el cual,
por otra parte, se resume muy bien el talante
clásico de la derecha española—. En todo caso,
esa inexistencia de una "ideología franquista"
propició el hecho de que después, tras la muerte
de Franco, los franquistas no supieran
exactamente qué es lo que tenían que defender:
¿La monarquía? ¿La unidad nacional? ¿La economía
de mercado? ¿La moral cristiana? Todo eso podía
defenderse igualmente desde fuera del
franquismo, e incluso contra él. Y esta es otra
de las razones por las que en España no ha
existido una derecha autoritaria capaz de gozar
de una mínima proyección social.
En fin, la derecha
radical, en la España reciente, no ha gozado
jamás de buena salud por la sencilla razón de
que la derecha no necesitaba tal radicalidad. Y
cuando se ha recurrido a ella, el español de
derecha, que ante todo es una "persona de
orden", ha desaprobado abiertamente el intento.
De manera que la llamada ultraderecha española,
vacía de ideas adaptadas a los tiempos, huérfana
de líderes presentables, expulsada del templo de
la transición y del consenso (por méritos
propios), se dedicó a vegetar en guetos cada vez
más angostos. Ni siquiera el Golpe de Estado de
1981 puede considerarse obra suya: todavía han
de pasar muchos inviernos hasta que el ciudadano
común sepa exactamente qué pasó el 23-F, pero,
según todos los indicios, en aquel cruce de
maquinaciones y contramaquinaciones hubo de todo
menos una conspiración de "fascistas". Todos los
grupos de la antigua derecha radical española
pertenecen hoy a la órbita de lo extravagante:
la Falange, escindida en diversos grupúsculos,
se dedica a reivindicar ora el personalismo
cristiano, ora el socialismo tercermundista de
los años cincuenta y sesenta, todo ello
aderezado con las inevitables protestas de
antifranquismo; los carlistas, igualmente
escindidos, oscilan entre un reaccionarismo de
cura trabucaire y un neorruralismo simpático,
pero poco efectivo; los integristas católicos,
aún ignorantes de que están defendiendo una
religión en la que Roma ya no cree, gastan su
tiempo en evocar un mundo que nunca más
existirá. Respecto a los franquistas puros y
simples, cuyo número desciende por mera ley de
Natura, siguen apelando a una vaga nostalgia de
paz y orden mientras, aterrados, contemplan cómo
a su alrededor se agrupan vociferantes niñatos
rapados que dicen ser "fascistas". Y el mundo,
como es natural, se les cae encima —a unos y a
otros. Pero de eso hablaremos después.
El hecho, en fin,
es que en la España de nuestros días no hay
"fascismo" —ni propiamente dicho, ni acusado de
tal— por todas estas razones: porque su única
fuente posible de inspiración histórica, que es
el régimen de Franco, no fue fascista; porque
las transformaciones socioeconómicas que el país
experimentó bajo el franquismo, lejos de crear
masas proletarias que pudieran movilizarse en
torno a un discurso de tipo fascista, creó una
extensa clase media de carácter moderado; porque
esas clases medias, aun en los casos en que
pudieran identificarse como "franquistas", se
hallaron perfectamente representadas por las
elites que, nacidas del franquismo, dirigieron
el proceso de transición; porque las doctrinas
que inspiraron el alzamiento del 18 de julio
fueron incapaces de evolucionar conforme a la
marcha de los tiempos; porque el planteamiento
teórico que mejor se identificaba con el
espíritu del franquismo, a saber, el discurso de
las Leyes Fundamentales, nunca fue adoptado como
cobertura ideológica por el propio régimen. Todo
eso ha hecho de la ultraderecha una mera
anécdota política.
Cuando se dice que
"la extrema derecha se esconde en el Partido
Popular" —algo que la izquierda sostiene con
mucha frecuencia—, se está diciendo una verdad a
medias, o mejor dicho, se le está dando la
vuelta a la verdad: la "extrema derecha"
española, entendiendo por tal a los nostálgicos
del franquismo o a sus herederos doctrinales,
están en el PP, como antes estuvieron en la UCD,
porque estos partidos han sido los beneficiarios
directos de la moderación de las clases medias,
una moderación que a su vez arranca de los
logros socioeconómicos del régimen de Franco y
que hace banal cualquier extremismo; el Franco
que esa "extrema derecha" podría añorar no es,
ciertamente, el caudillo victorioso de 1936,
sino el apacible abuelo de traje gris que
inauguraba pantanos y abría factorías. En España
no hay "fascismo" porque lo más parecido a un
"fascismo" que por aquí ha habido salió
relativamente bien, al menos desde su punto de
vista, y salió bien justamente porque no fue
"fascista", sino "burgués". Y no es lo mismo una
clase media arruinada y proletarizada, dispuesta
a cualquier exceso autoritario, que una clase
media aburguesada y acostumbrada a la
prosperidad, celosa del orden, pero reacia a
cualquier forma de radicalismo. En cierto modo,
y con todos los matices que el lector quiera, la
verdad es que, en una perspectiva histórica de
largo plazo, el franquismo vacunó a España
contra el fascismo. Vacunó: del mismo modo que
una pequeña porción controlada de un determinado
agente vírico sirve para neutralizar los efectos
de ese virus, así el franquismo ha hecho que en
España no exista una "tradición fascista". Las
cosas son así.
Esto, por
supuesto, no quiere decir que en España no
termine naciendo, en plazo más o menos breve,
una fuerza política específicamente de derecha
—en absoluto una fuerza "fascista"—, del mismo
modo que en Francia ha nacido el FN o la AN en
Italia. Pero no parece que tal cosa vaya a ser
inmediata. De hecho, en nuestro país existen
experiencias que han tratado de importar los
esquemas franceses e italianos, pero nunca han
salido del ámbito de la miniatura. Y es que para
que unos partidos de estas características
cobren arraigo social deben darse una serie de
condiciones previas, debe existir una razón que
haga inevitable su surgimiento. Esas razones
suelen provenir de los cambios que están
viviendo nuestras sociedades. Se trata de
cambios de carácter ora sociológico, ora
político, pero que, en cualquier caso, los
partidos establecidos parecen incapaces de
afrontar con éxito. Por eso surgen actores
políticos nuevos cuya génesis obedece a causas
locales específicas: en Italia, la razón fue la
ruidosa quiebra del sistema partitocrático; en
Francia y en Austria, los problemas introducidos
por una errónea política de inmigración. No muy
distinta es la lógica que ha hecho aparecer, en
la órbita de la izquierda, grupos ecologistas
que con mayor o menor fortuna reaccionan frente
a los abusos de la industrialización. Pues bien:
¿Cuál sería la causa local específica que podría
hacer surgir entre la derecha española un agente
político nuevo? La derecha española parece
demasiado cómoda en el interior del neocentrista
Partido Popular como para lanzarse a una
aventura si no hay una causa externa que lo
justifique. Esa causa no puede ser la crisis del
sistema, como en Italia, porque nuestro sistema
de partidos, aunque también ha tenido sus
escándalos, parece bastante sólido. Tampoco
existe entre nosotros un problema acuciante
respecto a la inmigración, como en Francia,
aunque pueda existir en breve plazo si no se
cambia la Ley de Extranjería. Los recientes
sucesos de El Ejido, aunque muy graves, no son
moneda común; por otra parte, si estos sucesos
han demostrado algo es, precisamente, que no
puede establecerse una vinculación directa entre
xenofobia social y fascismo político, pues lo
que allí se ha vivido ha sido una reacción
social espontánea, sin que medie orientación
ideológica o política previa. Sin embargo, sí
existe en nuestro país un problema estructural
que podría empujar a alguien en la derecha a
separarse del consenso vigente: se trata del
problema territorial, y muy especialmente el
creciente peso de los nacionalismos periféricos,
entregados a una aguda dinámica de progresiva
desespañolización de sus respectivas regiones.
Tal problema sí podría constituir una plataforma
para la derecha clásica española, que siempre ha
mantenido una idea centralista y un punto
jacobina de la estructura estatal. Por supuesto,
tampoco faltará quien llame "fascista" a este
partido. Pero, en rigor, de "fascista" no
tendría nada.
Las razones de la moda neoantifascista
Pero si Le Pen no
es propiamente fascista, si Fini tampoco lo es,
si en España no hay fascismo y lo que pudiera
surgir de entre la espesura doctrinal de la
derecha tampoco lo sería, ¿a cuento de qué viene
amagar con el retorno del lobo? Habíamos
mencionado antes un segundo elemento de interés
en la literatura antifascista: el propio hecho
de que exista. Y de eso corresponde hablar
ahora.
Es sorprendente
constatar que, de un tiempo a esta parte, la
literatura antifascista está conociendo una
sorprendente floración en todos los países de la
Europa del Oeste. Hay que decir que el género
nació en Francia, nación de acreditado ingenio,
y lo hizo ya con todos sus rasgos constitutivos:
estructura de ficha policial, recurso a la
"culpabilidad por asociación", cuidadosa elusión
de referencias concretas a las ideas realmente
expuestas por los "sospechosos", etc. En
Francia, donde todo es abundante, tanto el genio
como la estupidez, esta literatura ha venido
acompañada en los últimos años por ruidosas
plataformas que so pretexto de "llamamientos a
la vigilancia" han pretendido —y, en buena
medida, conseguido— reducir al silencio a los
intelectuales "políticamente incorrectos". Pero
en el pecado han llevado la penitencia, porque
tales "llamamientos", por abusivos, han
conducido también a muchos observadores a
preguntarse por la causa de semejante furor. En
efecto, ¿de dónde nace tamaña furia antifascista
si fascismo, lo que se dice fascismo, ya no hay?
El finado François
Furet lo constató con mucho acierto: "El
antifascismo nunca ha estado tan extendido ni ha
sido tan poderoso como después de que el
fascismo fuera derrotado en 1945 (...) La
posteridad se sorprenderá, sin duda, de que las
democracias hayan inventado tantos fascismos y
amenazas fascistas después de que los fascismos
hayan sido vencidos" [6]. Y la posteridad, si es
que posteridad nos queda, se preguntará cómo ha
sido posible eso. ¿Cómo puede existir un
antifascismo sin fascistas? Pierre-André
Taguieff ha esbozado un apunte de respuesta:
caído el Muro de Berlin, la izquierda, que se ha
quedado vacía de ideas, pero que sigue
conservando una posición dominante en el mundo
intelectual, reconstruye el "frente
antifascista" de los años treinta con la
esperanza de que sirva como plataforma desde la
que recuperar el protagonismo social perdido
[7]. Y como la iniciativa coincide con la súbita
soledad de Occidente, que se ha quedado sin su
enemigo del Este, y como además —y por fundadas
razones— nadie desea verse tildado de
"fascista", la aparición de un nuevo enemigo tan
omnipresente como fantasmal nos ha venido a
todos como anillo al dedo.
Pero vayamos por
partes. ¿Estamos asistiendo realmente a un
revival de la estrategia antifascista desplegada
por los comunistas en los años treinta? Hagamos
memoria: hacia 1934-35, la Unión Soviética, que
hasta entonces había defendido la tesis de que
las democracias capitalistas y el fascismo eran
esencialmente idénticos [8], giró en sus
posiciones y empezó a defender una alianza
táctica con las fuerzas burguesas de izquierda,
alianza que se materializará en los "frentes
populares". A partir de ese momento, el mundo se
divide en fascistas y antifascistas, y el
campeón del segundo campo, el de los "buenos",
es la Unión Soviética de Stalin. El argumento
permitirá a Stalin cumplir simultáneamente dos
objetivos: en primer lugar, ocultar el horror de
su propio sistema; complementariamente, ganar
miles de voluntades para reforzar los proyectos
geopolíticos de Moscú. Toda la gran estafa de
los "intelectuales antifascistas" de aquella
época nace precisamente de esa trampa dialéctica
fascismo/antifascismo: para no "hacer el juego
al fascismo", la intelligentsia progresista
enmudecerá sobre lo que está pasando en los
países comunistas. El hoy venerado Bertolt
Brecht escribe en los años treinta: "En lo que
concierne a los procesos (de Moscú), estaría
perfectamente fuera de lugar hablar de ellos
adoptando una actitud hostil a la Unión
(soviética) que los organiza, aunque sólo fuera
porque tal actitud se mudaría muy pronto,
automática y necesariamente, en una actitud de
hostilidad hacia el proletariado ruso amenazado
de guerra por el fascismo mundial y también
hacia el socialismo que allí se está levantando"
[9]. Hoy han cambiado los protagonistas del
drama, sus móviles y el contexto, pero la idea
es la misma: construir una ficticia plataforma
con el antifascismo como mínimo común
denominador.
Ahora bien, entre
aquel veteroantifascismo de los años treinta y
el neoantifascismo contemporáneo, o antifascismo
póstumo, hay diferencias muy importantes, como
ha explicado Alain de Benoist [10]. La primera y
decisiva es que cuando hoy se llama "fascista" a
alguien no se está haciendo referencia a un
fenómeno histórico real, sino que el término
funciona más bien como un operador de
descalificación en sentido global y genérico,
sólo inteligible en el marco cultural que nos
rodea, en el imaginario de nuestro mundo
mítico-político. Así pueden ser "fascistas",
simultáneamente y sin mútua contradicción, un
navajero skin, Pol Pot, Pinochet, ETA, la
legislación anti-tabaco norteamericana, Stalin y
el vecino del quinto que maltrata a su mujer. Y
es que la invocación del "fascismo", en el
contexto contemporáneo, no funciona como
etiqueta política, sino como maldición: se trata
de arrojar sobre el adversario la sombra de un
mito incapacitante que produce repulsión en el
espectador. De este modo, el antifascismo ya no
se basa en una constatación objetiva del tipo
"Mengano es fascista", lo cual exigiría explicar
por qué, sino que ahora se reduce a una simple
imputación moral que, como tal, ni siquiera
necesita ser demostrada.
Estamos
moviéndonos en plena teología política, o mejor
dicho, en plena demonología político-moral. El
neoantifascismo es "una demonología", escribe
Pierre-André Taguieff [11]. En efecto, y como
dice Ernst Nolte, "la oposición actual al
nacionalsocialismo, oposición tardía y sin
ningún riesgo, se ha convertido en un sustituto
de la religión" [12]. A falta de un Bien
comúnmente aceptado, hemos inventado un Mal
unánimemente execrado: "En un mundo que ha
aprendido a desconfiar de la idea de bien
absoluto, pero que continúa necesitando más que
nunca la idea de un mal absoluto, el
neoantifascismo representa una cómoda forma de
profesar una moral mínima", escribe De Benoist
[13].
La primera
consecuencia de esta mitificación del término
"fascismo" es que, ahora, cualquiera puede ser
fascista. "El neoantifascismo se caracteriza
porque sin cesar extiende el campo de lo que
estigmatiza como "fascismo", escribe Pierre-André
Taguieff [14]. Así, y pasando al ámbito
ideológico-político, ya no se trata sólo de
cazar fascistas stricto sensu, pues de esos casi
no quedan, sino que ahora la elástica etiqueta
puede aplicarse a cualquiera que defienda
posiciones poco ortodoxas respecto al consenso
dominante. El resultado es que lo "fascista", a
fuerza de diluirse, pierde toda significación
concreta. Por poner ejemplos muy concretos,
señalemos que en España se ha acusado de
"fascismo" a personas que han defendido ideas
tan dispares como la intervención de la herencia
genética en el cociente intelectual, la
preeminencia de la Ley de Dios a la hora de
regular los comportamientos humanos, el carácter
inferior del arte contemporáneo respecto al arte
clásico, la existencia de un pueblo indoeuropeo
originario, la afirmación de que el "terror
rojo" durante nuestra guerra civil fue más
sangriento que el "terror azul" o la
constatación de que la democracia liberal de
partidos no atiende adecuadamente las
aspiraciones populares de participación
política. ¿Son éstas ideas fascistas? No. Pero
eso da igual. Hoy nadie reivindica el fascismo,
pero éste se presume en cualquiera —y la
presunción aumenta a medida que disminuye la
reivindicación. Constatemos un hecho llamativo:
en España, los autores antifascistas, a la hora
de denunciar actitudes "peligrosas", han
acometido contra universitarios que engordan sus
posaderas estudiando la arqueología indoeuropea,
contra periodistas fascinados por el
comunitarismo americano o contra académicos
empeñados en escribir tratados de Filosofía
Natural, pero jamás han dicho ni una palabra
sobre los partidos políticos que aplican
programas de segregación cultural en ciertas
regiones españolas, ni sobre los gobernantes que
en época reciente prescindieron de la ley para
hacer de su capa un sayo en nombre de una Razón
de Estado entendida —y muy mal entendida— como
cal viva. Y es que la función de la literatura
antifascista no es realmente iluminarnos sobre
el nacimiento de un supuesto fascismo, sino
estigmatizar a un sector de la opinión, en este
caso la derecha genérica, arrojando sobre ella
la sombra del mito maligno.
Esta constatación
nos indica con claridad dónde se sitúa el
principal motor de esta nueva demonología
social, y aquí retornamos al asunto de la
estrategia izquierdista. Thierry Wolton ha
descrito el antifascismo contemporáneo como "el
mayor factor de unión común entre una izquierda
nostálgica del marxismo-leninismo" [15]. J.-F.
Revel coincide en que el neoantifascismo "sirve
de sucedáneo a los censores que han quedado
huérfanos tras la pérdida de ese incomparable
instrumento de tiranía espiritual que era el
evangelio marxista" (Le Point, 10-junio-1995,
p.99). En efecto, hoy, como en los años treinta,
es la izquierda la que ha despertado al
fantasma. Pero con otra diferencia esencial: el
beneficiario del neoantifascismo ya no es el
sovietismo, que ha muerto, sino al contrario, la
sociedad establecida y su ideología burguesa,
que era exactamente lo que el viejo antifascismo
pretendía destruir. Y sumemos otra diferencia
importante: en la época de los fascismos reales,
el antifascismo —dice De Benoist— "podía
conducirle a uno a los campos de concentración o
ante el paredón; por el contrario, el
neoantifascismo no es más que un medio entre
otros, y no de los menores, de que le abran a
uno la puerta de los media y de las cadenas de
televisión". De este modo, hoy todo el mundo
puede ser neoantifascista, porque tal opción no
lleva implícito un proyecto revolucionario, sino
que, al contrario, es una variante de lo
"políticamente correcto" ("la forma típicamente
europea de lo políticamente correcto consiste en
ver fascistas por todas partes", observa Alain
Finkielkraut), y además porque el
neoantifascista no corre riesgo alguno, puesto
que no hay enemigo real. Y como el
neoantifascismo apunta hacia un enemigo no
político, sino mítico, con el que nadie en su
sano juicio podría desear identificarse, el
resultado es que en torno al tópico
neoantifascista se va construyendo poco a poco
un consenso prácticamente general. Bien puede
decirse que estamos ante la última victoria de
la intelligentsia de izquierdas.
¿Victoria?
Evidentemente, desde el punto de vista
instrumental sí que lo es, porque permite
mantener las posiciones de poder de una
intelligentsia de izquierdas que se había
quedado sin referentes doctrinales ni políticos.
Ahora bien, la asunción del neoantifascismo
implica también un retroceso ético e intelectual
no desdeñable. "La trágica paradoja que ilustra
esta corrupción ideológica del antifascismo
—escribe Taguieff— es que se parece cada vez
más, tanto por sus métodos como por las pasiones
negativas que le impulsan, al ‘fascismo’ que
pretende combatir" [16]. Para Alain Finkielkraut,
este neoantifascismo significa una renuncia de
hecho a la democracia pluralista y un retorno al
totalitarismo: "Poseídos por la idea de no
faltar a su cita con la Historia —escribe el
autor de La derrota del pensamiento—, los
antifascistas están faltando a su cita con la
política. Y, como última forma de linchamiento,
algunos de ellos sucumben a la tentación del
pensamiento binario. ‘La izquierda —decía
profundamente Orwell— es antifascista, pero no
antitotalitaria’. En los últimos años del
comunismo habíamos creído que se había corregido
ese defecto. Hoy vemos que no, al menos en lo
que concierne a la izquierda intelectual. El fin
de esa inversión de las sociedades liberales que
era el socialismo y el ascenso de la extrema
derecha resucitan el esquema de la única
alternativa. La escena pública, interior y
mundial, se reduce al enfrentamiento entre dos
fuerzas: la tribu de Abel y la tribu de Caín, el
pueblo en lucha contra el resto de la sociedad
en vías de fascistización. El pluralismo es una
apariencia, y la política, un combate sin merced
que debe terminar con la erradicación del mal
(...) En definitiva, hay que completar la frase
de Orwell: cuando la izquierda deja de ser
antitotalitaria para no ser más que
antifascista, vuelve a convertirse en
totalitaria" [17].
Con el
neoantifascismo, la izquierda ha conseguido una
victoria en el terreno del poder social, pero ha
retrocedido cincuenta años en el terreno del
pensamiento. Se ha convertido en una fuerza
literalmente reaccionaria. Porque el
neoantifascismo, al construir un enemigo mítico
sin presencia real, cumple una función de
mantenimiento del statu quo: "Convertir un
fascismo imaginario en amenaza omnipresente
—explica De Benoist— permite hacer aceptar todas
las disfunciones, todas las patologías del mundo
actual, como males menores frente al ‘mal
absoluto’ (...) Los totalitarismos modernos han
sido producto de una modernidad que ya ha
concluido. La era abierta en 1917 ha terminado
en 1989. La posmodernidad dibuja una
problemática que no tiene nada que ver con
cuanto la ha precedido. Empecinarse en concebir
el futuro como una repetición del pasado,
empeñarse en entrar reculando en el siglo XXI,
impide imaginar cómo podría ser un totalitarismo
futuro" [18]. ¿Y cómo podría ser ese
totalitarismo? Ernst Nolte lo percibe del
siguiente modo: "Veo aparecer una amenaza muy
concreta: que el ‘capitalismo’ totalmente
desencadenado, dominando el mundo entero, deje
que el vacío que el propio capitalismo entraña
se llene con un ‘antifascismo’ que simplifica y
mutila la historia del mismo modo que el sistema
económico uniformiza el mundo" [19]. El fantasma
del totalitarismo no ha desaparecido, al
contrario: puede retornar, pero, de hacerlo, se
presentará con nuevos ropajes. Y aquí el lector
nos perdonará la inmodestia, pero, dado que
también nosotros hemos salido pringados de la
tomatina "neoantifascista", no nos resistimos a
incorporar nuestras propias exploraciones en
este terreno. He aquí lo que hace algunos años
escribíamos al respecto: "En el totalitarismo de
corte ‘clásico’, el Estado se apodera totalmente
de la sociedad. Pero si el agente cambia, si ya
no es el Estado como instrumento político, sino
un sistema concebido como instrumento
burocrático y administrativo de control y poder
que absorbe y neutraliza toda la espontaneidad
humana, ¿acaso el efecto no es el mismo? ¿Acaso
no es el mismo proceso —el mismo totalitarismo,
pero bajo otro aspecto? (...) El totalitarismo
es una praxis útil y eficaz de organización en
la era de la técnica. Por eso permanece su
vigencia. Es un fantasma que puede ser
conjurado, invocado continuamente por la
civilización técnica —y por eso enseña las
orejas por todas partes. Su verdadera esencia no
es hoy la lucha de clases o la jerarquía racial
(aquellas dos ideologías universales de las que
hablaba Hannah Arendt), sino la propia eficacia
técnica. Y por eso nos acompañará mientras la
técnica se haya apoderado del alma de nuestra
civilización (...) En última instancia, el orden
liberal capitalista no constituye en modo alguno
un refugio frente al totalitarismo, al
contrario: al legitimar el sistema
tecnoeconómico establecido, cuya ambición es
igualmente totalizadora, está proponiendo una
forma nueva de lo mismo, una forma quizá más
suave —o con menos sangre encima de la mesa—,
pero no menos implacable en su control" [20].
El neoantifascismo
es producto de la artificial sublimación del
fascismo histórico, al que se ha conferido la
forma de un agente maligno de naturaleza
transhistórica e incluso transpolítica. Se trata
de una maniobra que ha permitido a la izquierda
conservar posiciones de poder y encabezar el
consenso social, y que además conforta al
discurso del sistema único en su necesidad de
hallar un enemigo total, pero que presenta tres
graves inconvenientes: en primer lugar, la
elasticidad de un término (el de "fascismo")
privado de referentes reales confina en la
heterodoxia a un número creciente de ideas y
personas, lo cual genera un nuevo despotismo
difícilmente aceptable en unas sociedades
plurales; en segundo lugar, para la propia
izquierda supone un gravoso retroceso, porque la
devuelve a la problemática de los años treinta y
la empuja a adoptar de nuevo formas
totalitarias; por último, y esto es sin duda lo
más grave, el neoantifascismo, al apartar la
vista del presente y desviarla hacia un "pasado
que no pasa", impide cualquier análisis objetivo
de los problemas reales de nuestro tiempo. El
neoantifascismo ha creado una curiosa situación:
bajo el impulso del mito maligno que eternamente
retorna, se han alzado centenares de vigías que
no miran hacia adelante, sino hacia atrás. De
ese modo nuestra sociedad se ciega
voluntariamente y se priva de cualquier
posibilidad de adivinar por dónde podrían venir
los nuevos golpes contra la libertad de aquello
que Jünger llamaba "la persona singular".
Pero aquí estamos
alcanzando profundidades que al autor
antifascista le parecerán abisales: aquí le
faltará la luz y el aire, pues no hay
posibilidad de establecer conexiones
fantasmales, amalgamas culpabilizadoras,
aseveraciones tan simples como falaces. E
incluso a él le parecería abusivo el ejercicio
de calificar como "fascistas" a todos y cada uno
de quienes piensan, como Finkielkraut o Taguieff,
que el neoantifascismo es una peligrosa filfa.
Su mundo, el mundo del autor antifascista, está
muy lejos de aquí: está en las tribus urbanas,
en las pandillas juveniles, en el gueto
marginal, en la garganta profunda del mitómano.
Si al menos todo esto fuera fascismo... Pero
tampoco lo es.
Los nuevos rostros del nihilismo
El fascismo ya no
existe. Los grupos o personas a las que se les
acusa de "fascistas", por lo general, no lo son.
El propio neoantifascismo no es más que una
especie de moral política conformista. Pero,
entonces, ¿de qué nos habla la literatura
antifascista? ¿Qué son esos grupos de sujetos
que arrasan la noche urbana ataviados con
vestimentas que recuerdan vagamente a los SS de
las películas americanas? Este es el tercer
elemento de interés que habíamos identificado en
la literatura antifascista: el mundo que
retrata, las fuentes en las que bebe. Y tiene
interés porque, si bien ese mundo carece de
relevancia política, da testimonio de un
fenómeno social altamente inquietante.
Un joven de
diecisiete años, de clase media-baja, con un
nivel cultural tan limitado como el de la
mayoría de su generación, empieza a comportarse
de forma extraña: no se deja crecer el pelo,
sino que se lo rapa; viste ropas tan astrosas y
caras como los otros jóvenes de su edad, pero
todas sus prendas parecen remedos de uniformes
militares; bebe como los otros y se droga como
los otros, pero la moña le da siempre violenta;
se aísla del mundo con músicas tan
ensordecedoras como las demás, pero se trata de
ruidos que inspiran violencia no sólo por su
letra —que rara vez entiende—, sino, sobre todo,
por su compás. Y lo que es más preocupante: a la
hora de fabricarse una identidad, ese joven se
rodea de una estética y de una simbología
directamente perversa, inspirada en la estética
y en la simbología que los relatos de los medios
de comunicación de masas vienen presentando
desde hace decenios como signos identificativos
del Mal. Un día, ese joven se alía con otros de
su misma condición y, juntos, apalean a un
mendigo tunecino por el mero hecho de ser pobre
y moro. ¿Es eso "fascismo"? No. Pretende serlo,
y así nos lo presentarán los periódicos, pero,
en rigor, tiene poco que ver con lo que en
Historia de los movimientos políticos se conoce
como fascismo. Veamos por qué.
El fascismo
concluyó como todos sabemos: ahogado en sangre.
Su experiencia totalitaria, especialmente en
Alemania, desencadenó una ola de muerte que sólo
sería superada por los comunismos soviético y
chino. Pero esto no debe hacernos pensar que el
fascismo fuera, desde sus inicios, una doctrina
de muerte. Recientemente, a propósito del debate
suscitado por el Libro negro del comunismo, se
han escrito cosas tan extravagantes como que el
comunismo albergaba un ideal unido a la
esperanza democrática, mientras que el fascismo
tan sólo representaba una mecánica social de
exclusión asentada sobre las pulsiones más
peligrosas del individuo [21]. Ahora bien, tal
perspectiva hace sencillamente incomprensible el
hecho de que los fascismos gozaran del enorme
apoyo popular que obtuvieron en Italia y en
Alemania. ¿Acaso habremos de pensar que la
mayoría de los italianos y la mayoría de los
alemanes se volvieron colectivamente locos? Eso
no tiene sentido. Y, además, contradice lo que
los textos de la época nos enseñan. El argumento
del fascismo como "doctrina del Mal" es un
recurso dialéctico del antifascismo
contemporáneo, una imagen que nos permite
entender cómo ven el fascismo los antifascistas
de nuestro tiempo, pero que no nos dice nada
sobre cómo se veían los fascismos históricos a
sí mismos. Y la verdad es muy otra: como ha
dicho Alain Besançon, el fascismo —como, por
otra parte, el comunismo— despertó tan grandes
esperanzas entre sus gentes porque supo proponer
"ideales elevados" capaces de "suscitar la
devoción entusiasta y los actos heróicos" [22].
Lo que hace tan negra la página histórica de los
totalitarismos es precisamente eso: no sólo el
hecho de que despertaran una lógica de muerte
—la Historia de la humanidad es una perpetua
orgía de matanzas sin cuento—, sino, sobre todo,
la circunstancia agravante de que esas muertes
fueran consecuencia de unos movimientos
políticos que habían despertado la adhesión de
las masas por sus objetivos regeneradores o
liberadores [23]. Porque el fascismo es, ante
todo, eso: antes incluso que una ideología, el
fascismo es una praxis política de movilización
con ideas determinadas sobre la estructura del
Estado, sobre la política económica, sobre las
relaciones entre los ciudadanos y, por supuesto,
con una estrategia de acción política y de
conquista de espacios sociales capaz de
incorporar la voluntad de un sector determinado
de la población. Y esta es precisamente la razón
por la cual no puede decirse que el skin sea un
fascista: porque ni en su acción, ni en sus
convicciones, ni en sus propósitos hay traza
alguna de objetivos políticos; porque todo
cuanto él es, desde la decisión de ser skin
hasta las banderas que enarbola, responden a una
dinámica distinta: una dinámica no de proyección
política, sino de marginalización social.
Los profesionales
del antifascismo más sensatos —que alguno hay—,
conscientes de que las cosas son así, tratan de
evitar la simplificación aplicando el prefijo
neo a las actividades de esas tribus urbanas.
Así, el skin no sería un fascista o un nazi,
sino un "neofascista" o un "neonazi". Pero esta
etiqueta también es equívoca, porque neofascismo
ya hubo uno, y su lugar en la historia de los
movimientos políticos se halla tan lejos de los
fascismos históricos como de estos supuestos "neonazismos"
de tribu juvenil. Hagamos nuevamente memoria:
entre 1968 y 1980, en Europa surgen diversos
grupos, frecuentemente muy violentos, que
enarbolan las banderas del fascismo derrotado en
la guerra y pretenden desestabilizar unas
sociedades liberales amenazadas (de formal real
o supuesta) por la marea pseudorrevolucionaria
de 1968, por el terrorismo de las Brigadas Rojas
en Italia y de la Fracción del Ejército Rojo en
Alemania, por la crisis económica de 1973, etc.
Estos movimientos neofascistas guardan
vinculaciones personales e ideológicas con el
fascismo de la preguerra, pero desarrollan
elaboraciones doctrinales propias, muy influidas
por la praxis revolucionaria del Tercer Mundo, y
arraigan en ambientes fundamentalmente juveniles
y universitarios, lejos de las masas proletarias
que caracterizaron a los movimientos hitleriano
o mussoliniano. En Francia, el fenómeno de la
"derecha radical" arrancaba de la guerra de
Argelia. En Italia, los "años de plomo"
(1970—1980) vieron cómo los enfrentamientos
entre las Brigadas Rojas y los terroristas
"negros" teñían de sangre las calles [24]. En
España, la onda del "neofascismo" hizo surgir
diferentes grupúsculos tanto antes como después
de la muerte de Franco, y también ocasionalmente
violentos. El terrorismo de extrema derecha en
España nunca alcanzó ni la intensidad ni la
extensión del terrorismo marxista o separatista
del FRAP, ETA o los GRAPO, pero alcanzó cumbres
de absurdo horror con acciones como la matanza
de Atocha. Por cierto que aquella locura
consiguió descalificar a la extrema derecha
española de la época con mucha más eficacia que
una campaña de prensa; más tarde se hablaría de
la supuesta intervención de los servicios
secretos españoles en la organización de aquel
crimen, ya para amedrentar a la izquierda
comunista, ya para poner en evidencia a los
propios ultraderechistas. Sabe Dios... El hecho
es que pocos años después, en Italia, varios ex
militantes de la ultraizquierda y la
ultraderecha prestaban su testimonio conjunto en
un libro que hizo época y cuya conclusión era
rotunda: toda la "estrategia de la tensión" que
presidió los "años de plomo" en aquel país fue
concienzudamente planificada, estimulada y
agudizada por los servicios secretos del Estado
para desviar la atención de la propia
podredumbre del sistema [25]. Lo cual, visto
cuanto ha ocurrido en Italia en los últimos diez
años, no puede considerarse como una hipótesis
sin fundamento.
Lo que nos
interesa retener es que este neofascismo de los
años 60 y 70 —como, por otra parte, su gemelo
ultraizquierdista de esa misma época— no fue,
propiamente hablando, un fenómeno político, sino
más bien sociológico: no generó grandes
partidos, ni programas o proyectos que atrajeran
la atención de los ciudadanos, sino que siempre
cultivó deliberadamente zonas de marginalidad;
nunca halló una proyección social extensa, sino
que en la práctica se limitó a movimientos de
carácter juvenil, por lo general universitarios,
cuyos miembros solían abandonar el activismo al
pasar a la edad adulta; su violencia, cuando la
hubo —que no fue siempre—, tampoco respondió a
una estrategia revolucionaria a largo plazo y
con fines políticos determinados, sino que más
bien pareció moverse al compás de ese aliento
nihilista que es inseparable de los problemas de
convivencia en las sociedades post-industriales.
La etiología del neofascismo de los años 60/70,
en fin, no es política, sino social. Y su lugar
no es el del fascismo histórico, sino el de otro
fenómeno histórico que recorre toda la
trayectoria —social— de la modernidad: el
nihilismo, es decir, esa negación radical, más
visceral que intelectual, del orden común, y en
cuyos márgenes aparece siempre el lumpen-proletariado
del espíritu.
Pues bien: si esto
fue así en el caso del neofascismo de los años
70, mucho más lo es en el caso del "neonazismo
skin". Hay que insistir en un hecho que, a
nuestro entender, es fundamental: el fascista de
1922, como el nazi de 1933, se identificaba con
un movimiento que se presentaba a sí mismo como
redentor, regenerador, emancipador, afirmativo;
por el contrario, el "nazismo" que el skin
conoce, y con el cual se identifica, no es el
original, sino la imagen que de él nos ha
llegado a través de los relatos de los medios de
comunicación de masas, es decir, el nazismo como
una religión maligna de la dominación, del
crimen, de la violencia, del absurdo. El
"nazismo", especialmente en los últimos quince
años, y en virtud del neoantifascismo antes
descrito, se ha convertido en la Figura del Mal
dentro de nuestras sociedades; de hecho, raro es
el día en que no se emite una película donde el
villano es nazi, como raro es el día en que no
aparece una información —todavía hoy— sobre
cualquier barbaridad cometida por los alemanes
durante la segunda guerra mundial. Que un alemán
fuera nazi en 1934 es comprensible, porque
entonces la imagen del nazismo era una; por el
contrario, que un joven decida hoy hacerse nazi
es ciertamente chocante, porque la imagen del
nazismo, hoy, es otra. ¿Qué elementos atractivos
puede hallar un joven de hoy en el nazismo —y no
en el nazismo de 1933, que desconoce, sino en la
imagen del nazismo de este final de siglo, que
es el único que está a su alcance?
Evidentemente, a ese joven no le está
interesando la política agraria de Darré, ni la
política financiera de Hjalmar Schacht, ni las
innovaciones cinematográficas introducidas por
Leni Riefenstahl; lo que está despertando algún
oscuro fuego en el interior de ese joven es el
campo cercado con alambre de espino, la pira de
libros, los cráneos amontonados al estilo de
Tamerlán. Esto es algo que uno percibe con toda
claridad en los fanzines o panfletos que algunas
de esas tribus urbanas editan a modo de lazo de
reconocimiento: su contenido suele limitarse a
la crónica de los bares nocturnos, con abierta
apología de la ebriedad, y un amplio repertorio
de tópicos analfabetos sobre la violencia con
frases que parecen calcadas de alguna película
de Tarantino o de un cómic de Conan, todo ello
envuelto en alusiones reiterativas a
términos-fetiche como "raza" o "patria". El
examen de este material resultará más
enriquecedor si lo comparamos con el material
equivalente que publican las tribus urbanas de
signo contrario, como los "okupas" o los "red-skins",
que reivindican una estética de carácter
marxista-leninista o anarquista: el mismo
analfabetismo funcional, la misma preocupación
esencial por exhibir conductas privadas
contra-corriente, el mismo recurso fetichista a
determinados términos, en este caso los de
"libertad" y "revolución". Respecto a estos
grupos podríamos repetir la misma pregunta que
ya hemos formulado acerca de los skins: cabe
entender que un ciudadano fuera
marxista-leninista en 1931, pero hoy, después de
revelaciones como las de Solzhenitsin o las del
Libro negro, ¿quién puede reivindicar una
estética así?
La respuesta es la
misma en ambos casos: sólo el desarraigado, el
que se siente excluido y marginado (con razón o
sin ella), puede identificarse con una estética
proscrita. Y tal identificación no radica en
unas motivaciones de carácter ideológico, sino
en un impulso de carácter esencialmente
nihilista: uno se identifica con lo proscrito
porque se siente a sí mismo proscrito; en el
caso del skin, éste se identifica con el
"nazismo" porque el "nazismo", dentro de la
sociedad biempensante, se presenta rodeado por
una aureola siniestra que al nihilista no puede
sino resultarse fatalmente atractiva. No es un
fenómeno nuevo en las sociedades opulentas:
beatniks en viaje interminable atiborrados de
drogas, "ángeles del infierno" que surcan en
moto las noches norteamericanas, punkies
británicos que mezclan grandes dosis de alcohol
con Cruces de Hierro guillerminas, hippies que
se drogan al ritmo de músicas hindúes y terminan
recreando misas satánicas —o haciendo cosas
peores, como el alucinado Manson... Unos podrán
resultarnos más simpáticos que otros, pero todas
estas actitudes responden al mismo patrón:
adolescentes que se ven a sí mismos en ruptura
con el medio social, que consideran insoportable
la presión del mundo, que desarrollan un odio
extremo hacia lo establecido y que, por
reacción, se identifican con todo aquello que la
sociedad más detesta, ya sea el vagabundo, ya
sea el bárbaro (en moto en vez de a caballo), ya
sea... el "nazi".
¿Por qué no? La
presión de una elite intelectual que vivió la
"contracultura" como forma de expresión y que
luego supo integrarse (y con gran fortuna, por
cierto) en el mecanismo social nos ha fabricado
una imagen romántica del "rebelde juvenil".
Pero, objetivamente considerado el asunto, entre
la rebeldía de hace treinta años y la de hoy
sólo existe una diferencia externa, no de
esencia. El hippy de hace treinta años o el punk
de hace veinte no resultaban menos
insoportables, a ojos de la sociedad, que el
skin o el okupa de nuestros días. Las peleas a
navajazos que vemos en viejas películas como
Rebelde sin causa o Warriors no eran más
inocentes que las actuales refriegas nocturnas
entre tribus urbanas rivales. Aquí estamos
tocando un problema mucho más general: el
estatuto de la "juventud" como grupo social
autónomo en las sociedades desarrolladas.
La juventud, así
considerada, no ha existido siempre; es un
fenómeno moderno [26]. En la Antigüedad no
existía transición entre la infancia y la edad
adulta. En Roma se pasaba de golpe de la "toga
pretexta" a la "toga viril". En el Medioevo, un
aprendiz pasaba al mundo de los adultos desde el
mismo momento en que comenzaba a trabajar, al
margen de cuál fuera su edad. Hernán Cortés
comenzó sus correrías con diecisiete años;
Cabeza de Vaca, con veinte. Los ejércitos de
Napoleón abundaban en generales de veintipocos
años. La juventud, en este tiempo, no es una
prolongación de la infancia, sino un estado
orientado hacia la edad adulta; de hecho, en las
fiestas populares el rol del joven está
invariablemente enfocado hacia la obtención de
pareja. Pero las cosas cambian a finales del
siglo XIX: a medida que la sociedad se va
haciendo gerontocrática (los puestos se
consiguen mediante ascenso y se fijan límites de
edad para asumir responsabilidades), empieza a
difundirse un culto a la juventud que pasa por
el escultismo y por la literatura romántica. En
1926, Montherlant habla de dos potencias
sociales emergentes: el feminismo y el "adolescentismo".
La juventud empieza a considerarse como un
vivero espiritual contra el mundo burgués,
representado por la familia. Ese es el sentido
del grito de Gide: "Familias, os odio".
Simultáneamente, los regímenes totalitarios no
sólo encuadran a la juventud en organizaciones
de masas específicas, sino que se presentan a sí
mismos como "dictaduras de la juventud". Este
ascenso de la juventud como categoría social
autónoma experimenta un impulso y, al mismo
tiempo, un giro después de 1945: por un lado, lo
joven empieza a funcionar como sector concreto
del mercado de consumo; por otro, los teóricos
de la Escuela de Frankfurt ven en la juventud un
sucedáneo del proletariado en lucha y la "guerra
de generaciones" sustituye a la "guerra de
clases". Sobre estas dos patas se construye el
banco que hoy tenemos delante: una es la
domesticación de la juventud a través del
mercado; la otra es un concepto mítico de la
"pureza", la "espontaneidad" y la "rebeldía"
juvenil. Ambos elementos se nutren
recíprocamente: el mercado vende "rebeldía", lo
cual es una forma de alienar a los jóvenes
manteniendo la ilusión de la libertad, pero, al
mismo tiempo, el discurso social sigue venerando
el mito de la juventud, lo cual revierte en una
reivindicación de autonomía que se expresa a
través del consumo de productos específicamente
"juveniles". Y como la coyuntura socioeconómica
retrasa cada vez más la incorporación efectiva
al mundo adulto, la alienación se prolonga
durante años y años. El resultado es una
psicología juvenil simultáneamente
individualista, pero con tendencia al tribalismo;
abúlica, pero estresada; levantisca, pero
absolutamente dependiente del medio familiar y
social; esclava del consumo, pero obligada a
creer que no lo es. Una juventud, en fin, a la
que todo se le permite, pero al mismo tiempo
todo se le niega [27].
La mayor parte de
los productos de la actual cultura de masas
dirigidos a los jóvenes van en este sentido:
proponen conductas alienadas so coartada de
libertad. No se trata sólo de esa música rítmica
en la que Adorno veía un simulacro de rebelión
destinado a desmovilizar el furor adolescente;
se trata, sobre todo, de esos productos que se
presentan como "rebeldes" y cuya única salida
lógica es la violencia sin sentido. Pensemos en
películas como "Del crepúsculo al
amanecer" o "Tú asesina, que
nosotros limpiamos la sangre", ambas de
Tarantino, y convenientemente elogiadas por la
crítica progresista; uno no puede pretender que
semejante oferta carezca de consecuencias.
Pensemos en muchos de los videojuegos que
tenemos en el mercado. Pensemos en las diversas
aplicaciones de la "realidad virtual", siempre
encaminadas a construir mundos ficticios para
escapar —y para escapar a golpes. Nunca la
juventud ha estado simultáneamente tan
infantilizada, tan alienada ni tan exasperada en
su agresividad natural. Pues bien: este es el
medio natural del skin. Los movimientos skin no
son partidos políticos; son juegos de rol. Quien
ha engendrado al skin no es el nazismo; es el
sistema, el mismo sistema —social, cultural,
económico, político— que abomina de él.
¿Qué puede decir
el politólogo ante un fenómeno como la violencia
skin? El educador podrá considerar que estamos
ante un hecho socialmente nocivo y tratará de
contrarrestarlo mediante programas que subrayen
los contenidos éticos. El antropólogo podrá
centrarse en el aspecto de la violencia juvenil
descontrolada, que es un hecho de raíces
biológicas y en absoluto novedoso, y en
consecuencia podrá proponer vías de
"institucionalización" o "normalización" de esa
agresividad a través de actividades
disciplinarias como el deporte o la milicia. El
sociólogo podrá levantar acta del carácter
automarginal de muchos de estos jóvenes,
preguntarse por las razones de tal
automarginación y señalar los defectos y
disfunciones de la convivencia en las sociedades
post—industriales. El psicólogo podrá bucear en
el flaco autoconcepto de ese joven que necesita
echar mano del puñal para sentirse "alguien",
relacionar esta debilidad con el marco familiar
o afectivo y, a modo de remedio, apuntar la
posibilidad de introducir reformas en los
programas educacionales. Pero el politólogo,
¿qué podrá decir?
Es verdad que el
fenómeno de la violencia juvenil es inquietante.
Pero maticemos: lo inquietante no es la
violencia juvenil en sí misma, que es algo que
siempre ha existido, porque la agresividad del
joven está en las hormonas; lo inquietante es,
sobre todo, el hecho de que esa violencia
traduzca una creciente tendencia de ciertos
sectores no minoritarios de la juventud a
identificarse con actitudes nihilistas,
deliberadamente antisociales. Estamos ante una
realidad que da testimonio de alguna disfunción
social grave. Y el argumento de que se trata de
un problema minoritario y reducido no puede
tranquilizar a nadie. Toda patología social, por
definición, permanece en un ámbito limitado: si
se generalizara ya no cabría hablar de
patología, porque la disfunción provocaría el
colapso de todo el cuerpo social. Lo que nos
permite calibrar la gravedad de una patología no
es tanto su extensión como su arraigo y, sobre
todo, la eventual sospecha de que la patología
en cuestión no sea sino manifestación epidérmica
de un mal más profundo. Y en este caso, hay
razones para pensar que la violencia de las
tribus urbanas sólo es la punta del iceberg de
un problema mucho más generalizado.
Ahora bien, el
mejor modo de no resolver jamás un problema es
plantearlo sistemáticamente de forma equivocada.
Y eso es exactamente lo que acontece cuando nos
obcecamos en buscar una raíz política para un
fenómeno que tiene raíces educacionales,
culturales, sociales, psicológicas, quizás
económicas y hasta antropológicas, pero en modo
alguno políticas. Otra cosa es que nuestra
sociedad, tan pagada de sí, se niegue a aceptar
que el consumismo, el materialismo, la molicie,
la permisividad, la ausencia de disciplina y la
irresponsabilidad no son las mejores formas de
educar a la juventud; que se niegue a mirar de
frente los hechos y que trate de buscar
respuestas donde no las hay —por ejemplo, en una
ideología política más supuesta que real. Pero
con esa actitud sólo se consigue eternizar el
problema. Y en el campo que nos ocupa, la
fantasmagórica tesis de que la violencia de las
tribus urbanas viene alimentada con fines
desestabilizadores por corrientes políticas
radicales, que tal es el "análisis" de la
literatura antifascista, está contribuyendo
sobremanera a que ese tumor se eternice. En el
fondo, el insensato que atribuye aliento
político a una mera manifestación de violencia
social está otorgando al violento el
reconocimiento que busca; está alimentando el
proceso que cree denunciar. Es, exactamente, la
peor actitud posible.
Recapitulando
Enfocar el
problema de la violencia juvenil desde el ángulo
demonológico del neoantifascismo es una
irresponsabilidad flagrante: equivale a
renunciar a solucionar uno de los problemas más
inquietantes de nuestras sociedades, una
verdadera patología social. Considerar la
violencia skin como una manifestación "fascista"
no es más que una frívola concesión al espíritu
del neoantifascismo contemporáneo, esa religión
del establishment que ha permitido consolidar en
sus posiciones a la intelligentsia progresista
tras la caída del Muro de Berlín, pero que lo ha
hecho a costa de despertar un nuevo despotismo
intelectual y con una consecuencia todavía más
preocupante: cerrarnos deliberadamente los ojos
ante los verdaderos peligros que amenazan a la
persona singular. El totalitarismo es una
amenaza siempre presente, pero ese totalitarismo
no va a venir de la derecha. Identificar
históricamente a la derecha con el totalitarismo
es una barbaridad que sólo cabe en una
perspectiva analítica de tipo estalinista, es
decir, una perspectiva instrumental-polémica, no
objetiva. La derecha política ocupa cerca de
doscientos años de historia. Es verdad —y esto
la derecha debería recordarlo con más
frecuencia— que saludó alborozada al fascismo,
sobre todo al mussoliniano, porque estaba
aterrorizada ante la llegada de los soviets; del
mismo modo, la izquierda se dejó seducir durante
decenios por los cantos de las lúgubres sirenas
de Stalin, que eran las sirenas de los campos de
concentración. Pero todo eso es historia: hoy el
mundo es otro, los problemas son otros y las
ideas también deberían ser otras, aunque algunos
se empeñen en interpretar la historia universal
como una perpetua repetición de la segunda
guerra mundial, que fue también la segunda
guerra civil europea. Más allá del despotismo
intelectual del neoantifascismo, del probable
totalitarismo frío de la civilización
tecnoeconómica y del nihilismo ciego de la
violencia juvenil, es preciso pensar vías de
superación positiva de la circunstancia
contemporánea. Desde luego, tales vías no van a
encontrarse en la gigantesca estafa ética y
estética de una literatura antifascista que no
merecería mayor atención si no fuera por su
capacidad para manifestar toda la miseria
intelectual y política de la Europa de nuestros
días.
Notas
[1] Sobre esta y otras técnicas de inquisición
intelectual y política, cf. "La mecánica de la
delación", en Hespérides, 11, otoño 1996, pp.
734 y ss.
[2] Ernst Nolte: Die Krise des liberalen Systems
und die faschistischen Bewegungen, Munich, 1968,
p. 385. Sobre la complejidad académica de la
"cuestión fascista", Stanley Payne hace una
buena descripción en la introducción a su
Historia del fascismo, Planeta, Barcelona, 1995;
por cierto que, en este libro, el propio autor
cae víctima de la complejidad de la materia que
pretende definir. El mayor esfuerzo científico
de definición de los fascismos publicado hasta
la fecha ha aparecido en Italia y tiene casi mil
páginas: se trata de la compilación I fascisti.
Le radici e la cause di un fenomeno europeo
(Ponte alle Grazie, Firenze, 1996), coordinada
por un grupo de universitarios escandinavos y
donde pueden hallarse textos de los principales
estudiosos de esta materia, como el propio Payne,
Juan José Linz, Zeev Sternhell, Renzo de Felice,
etc. A los muñidores de literatura antifascista
contemporánea no les vendría mal darse un paseo
por sus documentadísimas páginas: seguramente
aprenderán unas cuantas cosas.
[3] Sobre la deriva del post-fascismo italiano,
cf. Marco Tarchi: Cinquant’anni di nostalgia. La
destra italiana dopo il fascismo, Rizzoli,
Milano, 1995, y Dal Msi ad An. Organizzazione e
strategie, Il Mulino, Bologna, 1997. Sobre la
problemática del Frente Nacional, cf. Roland
Gaucher: La montée du FN, 1983-1997, Jean
Picollec, 1998, y Geraud Durand: Enquete au
coeur du FN, Jacques Grancher, 1996.
Recientemente se ha consumado la ruptura en el
seno del Frente Nacional francés entre los
partidarios de Le Pen y los de Bruno Megret. Es
notable que la prensa española, siguiendo el
camino de sus colegas francesas, no ofreciera
ninguna explicación de carácter político al
suceso, limitándose al habitual lenguaje
descalificatorio y moral. Una vía como cualquier
otra para no entender nada de nada.
[4] El profesor falangista Sigfredo Hillers, a
quien nadie negará conocimiento de la materia,
ha demostrado que el régimen de Franco nunca fue
completamente nacionalsindicalista, y dejó de
serlo de hecho desde 1947. Cf. "El Estado de
Derecho en el régimen de Franco", en El legado
de Franco, FNFF, Madrid, 1992, pp. 189 y sigs.
Para una caracterización general del régimen de
Franco, véase nuestro texto "Franco. Una
interpretación metapolítica", en Razón Española,
95, mayo 1999, pp. 279 y ss.
[5] En efecto, es preciso subrayar que, pese al
tópico periodístico y político, en rigor "Estado
de Derecho" no equivale a "sistema democrático":
el Estado de Derecho presupone que el poder
ejecutivo ha de atenerse a normas legales
superiores, pero no es imprescindible que tales
normas vengan dictadas por un poder legislativo
elegido por sufragio popular. Esa es la idea
tradicional del Rechtsstaat, en la que el
sistema jurídico-político del franquismo se
reconoció plenamente.
[6] "Sur l’illusion communiste", en Le Débat,
marzo-abril, 1996, p. 172 y ss.
[7] Cf. el comentario de Taguieff a la campaña
de prensa contra la "Nueva Derecha": "¿Discusión
o inquisición? El ‘caso De Benoist’", en
Hespérides, 16/17, primavera 1998, pp. 783 y ss.
[8] En 1931, en el XI pleno de la Internacional,
Manouilsky declara: "Entre el fascismo y la
democracia burguesa sólo hay una diferencia de
grado"; en 1934, el comunista francés Maurice
Thorez afirma: "La experiencia internacional
demuestra que no hay diferencia de naturaleza
entre la democracia burguesa y el fascismo".
[9] "Sur les procès de Moscou", en Ecrits sur la
politique et la société, L’Arche, París, 1970,
p. 89.
[10] Communisme et nazisme, Labyrinthe, París,
1989, pp. 148 y ss.
[11] "Les écrans de la vigilance", en
Panoramiques, 4º trim. 1998, pp. 65-78.
[12] Entrevista en Junge Freiheit, 3-7-98, p. 5.
[13] Op. cit., p. 149.
[14] Art. cit.
[15] L’histoire interdite, Jean-Claude Lattès,
París, 1998.
[16] Art. cit.
[17] Panoramiques, nº cit., pp. 85-86.
[18] Op. cit., p. 150.
[19] Correspondencia con François Furet, en
Commentaire, invierno 1997-98, p. 809. La
correspondencia Furet-Nolte ha aparecido
recogida en un libro, Fascisme et communisme,
Plon, París, 1998.
[20] "Contra todos los totalitarismos", en
Hespérides, 9, primavera 1996, pp. 382-383.
[21] La infeliz frase es del director de Le
Monde, Jean-Marie Colombani, en "Le communisme
et nous", Le Monde, 5-XII-97. Para una
refutación, cf. Alain de Benoist: "Comunismo y
nazismo. ¿Verdaderos o falsos gemelos?", en
Hespérides, 18, invierno 1998-99, pp. 962 y ss.
[22] En su comunicación a la sesión anual de
apertura del Instituto de Francia; el texto fue
publicado en Commentaire, invierno 1997-98.
[23] Y aún así, en honor a la verdad, es preciso
hacer matices. Hoy sabemos, por ejemplo, que la
violencia política en la Italia de Mussolini fue
sensiblemente reducida: entre 1922 y 1940, el
número de ejecuciones por causas políticas fue
de nueve, en su mayor parte terroristas
eslovenos; ya en guerra, entre 1940 y 1943, la
cifra se limitó a diecisiete; durante todo el
periodo mussoliniano, el número de presos
políticos nunca pasó de algunos miles. Por eso
Hannah Arendt consideraba que la dictadura
fascista no fue propiamente totalitaria (Le
systeme totalitaire, Seuil, París, 1972), y lo
mismo pensaba Raymond Aron ("Existe-t-il un
mystère nazi?", en Commentaire, otoño 1979). Por
el contrario, la represión comunista en Italia
después de 1943 costará la vida a más de cien
mil fascistas, reales o supuestos. Cf. Paul
Sérant: Les vaincus de la Libération, Robert
Laffont, París, 1964.
[24] Entre 1969 y 1980, en Italia se produjeron
7.866 atentados contra cuarteles y dependencias
de la Administración. A los 151 muertos
producidos por los atentados más brutales hay
que sumar 362 asesinatos políticos y 37
terroristas abatidos por la policía y los
carabineros. La mayor parte de los actos
violentos procedían de la ultraizquierda, pero
la ultraderecha no se quedó atrás.
[25] Maurizio Cabona y Stenio Solinas (eds.):
C’eravamo tanto a(r)mati, Sette Colori, Vibo
Valentia, 1984. El título, como el cinéfilo
habrá percibido, hace referencia a una película
de Ettore Scola, C’eravamo tanto amati, que
reúne a tres desengañados de la Resistencia; uno
de ellos, encarnado por Vittorio Gassmann,
resume así su desilusión: "Queríamos cambiar el
mundo, pero el mundo nos ha cambiado a
nosotros".
[26] Hay un excelente estudio de esta cuestión
en Guillaume Faye: "Los héroes están cansados",
en Alain de Benoist y G. Faye: Las ideas de la
"nueva derecha", Nuevo Arte Thor, Barcelona,
1986.
[27] Todos los estudios sociológicos van en este
sentido. Por ejemplo, a finales de diciembre de
1998 los medios de información daban noticia del
trabajo del sociólogo Domingo Comas acerca de
los jóvenes españoles: la mitad de ellos ocupan
su tiempo libre en "tomar copas", y la otra
mitad en "no hacer nada"; una cuarta parte
reconoce "beber demasiado"; todos ellos se
sienten "agobiados" y "sin tiempo", pero el
hecho es que duermen bastantes horas más que los
jóvenes de hace veinte años. Es el retrato de
una generación instalada en la Nada, con una
comodidad sólo aparente.
*
Tomado del Portal de la Nueva Derecha en
español:
http://nuevaderecha.ya.st/
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