Nuestro final de siglo nos sorprende en la misma petulancia decimonónica de una oligarquía triunfadora en su ligazón a las fuerzas externas de turno…

Modernidad y Posmodernidad
en el Chile de Hoy

Plaza de Armas de Santiago: edificio del Correo y Torre

Por Ariel Peralta *
Capítulo 7º de “El Mito de Chile”


La modernidad entre nosotros es sinónimo de superposiciones impuestas por la gradiente de culturas disímiles.

Modernidad que supone espejuelos entre las yemas de Colón en el símbolo renacentista con el posible encuentro con formas societarias y culturales previamente calibradas como inferiores. La superioridad del hombre blanco que aún no descubre sus teorizadores para justificar sus dominios basados en el acervo de la tecnología y ésta como un puente levadizo que relaciona formas expansivas de producción.

Aún están lejanos los días que llevarán aquellas elucubraciones del “festín alegre” de la burguesía, a la definición del Progreso Positivista, esa línea recta y ascendente que habría llevado al Hombre desde la protectora cavidad de una caverna, a ese mundo del astrolabio y de la aguja embutida en la Rosa de los Vientos, atreviéndose al desafío de penetrar mares ignorados.

¿Cómo imponer las normas de la modernidad a los pueblos paradisíacos del sol y del agua? ¿La oposición entre las culturas del neolítico americano con la racionalidad capitalista del Hombre Renacentista deseando atrapar hasta el mismo cautiverio del Dios metido en la rotundidad de una Catedral Gótica no encontraba otra salida que la violencia como forma no deseada de imponer las claves de esa cultura en crisis aparente por el cisma luterano?

Es cierto; la modernidad se irguió en Chile con la primera cerca levantada entre los solares repartidos por el Conquistador y el canteo de piedras aluvionales para segmentar pasillos y habitaciones; después vendrían las rejas vizcaínas, protectoras de una individualidad desconocida para esos aborígenes que respiraban más colectivismo que individuación congénita al decir de los teóricos del sistema. Modernidad no deseada ni ambicionada por los mapuches de la Frontera, que después de 1598, desde Curalaba con la conducción de Pelantaro, arrasarían con las siete ciudades incrustadas en su territorio. Las ruinas de ellas eran el sinónimo de una defensa identitaria, como si las piedras sillares, las pilas bautismales, y las hornacinas cobijando campaniles de llamados a la servidumbre, constituyeron el oprobio de un conquistador que arrasaba tierras y sentimientos, rehues y cánticos vinculados al "salvajismo", pero que en síntesis trataba de incorporar territorio a una forma predeterminada de la producción.

Doscientos años después de su destrucción, Ambrosio O’Higgins refundaría la ciudad de Osorno, donde un irlandés -Juan Mackenna- cuidaría de ella en proliferación de cortijos y dehesas para delicia de paladares que sabían reconocer una leche y una mantequilla de diferente sabor.

El indígena arruinó la “modernidad” impuesta, y su abandono o no ocupación de los cuadrantes hispanos -cubiertos de la selva renovada- reflejaban el desprecio de una convivencia que no necesitaba de la opulencia del granito labrado.

Es que ayuntamientos y plazuelas eran el signo de imposición excluyente de incorporación a una productividad no deseada. Tierra arrasada para volver a la corporización de su identidad; lianas y hojarascas que cubrieran esa modernidad que se abrazaba con la muerte en nombre de un Dios abstracto y omnipotente.

Los habitantes de los valles nortinos del viejo “Chille”, y los del valle central agrupados en minúsculas “aldeas solidarias”, habían recibido otros signos de modernidad con la llegada de las huestes incaicas en el siglo X. Pero allí se hermanaban sometimientos en una escala diferenciada apenas por técnicas de mayor profundidad, pero nunca tan diferenciadas para el asombro y los temores colectivos, y, lo más importante, la individuación y el excedente lucrativo se revestirán en este caso con la solemnidad de un Imperio colectivista.

Lo moderno fue esclavitud reglamentada y segregación apuntalada en una sociedad vertical donde los conquistadores cristalizaron en la descendencia una “aristocracia” de falso cuño, representada por la posesión de la tierra y el sometimiento del indígena.

En los extramuros de la sociedad se fue ‘licuando” la bastardía de los mestizos, nacidos más bien por la irreflexión de la sangre que por un plan preconcebido de unión entre lo europeo y lo indígena. Mestizaje nacido en la mayoría de las ocasiones como “voluntad” de la violencia, en la prepotencia social del conquistador y de sus descendientes, o en las algaradas de un malón que arrasaba sementeras, y en el bochinche mapuche, raptando mujeres blancas para el solaz privilegiado de un lonco precordillerano...

En el mestizaje se sintetiza una esencialidad dramática, porque en la efusión de la sangre se labrará aquella masa integrada cabalmente a los “nódulos”, sociales, constituyendo la marginalidad en torno a lo moderno.

El mestizo, con valores de fuerza y de inteligencia, constituiría la excepción, pero su integración a las formas societarias de la modernidad, tendría siempre una adscripción tangencial al sistema, una simple rueda auxiliar a un engranaje demasiado poderoso en su dualidad económica-social y en aquel soporte de la juridicidad, mientras más inextricable más sabiamente “manejado” por los doctores de la gaya ciencia.

Lo moderno dentro de una sociedad decadente como la de los siglos coloniales, no implica la absorción de un mestizaje o de una “indiada” que crece en términos cuantitativos, y que puede apelar aún a la sobrevivencia en un territorio dadivoso para la mantención. La agricultura intensiva o el laboreo minero, no requieren de grandes cantidades de trabajadores: el excedente surge casi con la espontaneidad del laboreo, espontaneidad forzada agreguemos, justificada en las leyes transoceánicas y recubierta de aquella pátina moralizadora cristiana, que al fin de cuentas introduciría los “frenos” decadentes a una burguesía-aristocrática, tan renuente al abandono de las formas del pasado como la hispana.

La modernidad hispano-lusitana impuesta en la América precolombina, es más la de la forma engolada, la del traslape ostentoso y la del facilismo productivo. Aquí no se llega a imponer nuevas estructuras ante un renovado campo exploratorio; ni España ni Portugal acertaron a endilgar bases para proyectarse en la modernidad que irrumpirá en el “raciocinio” de Inglaterra, deslastrada tal vez del catolicismo “a outrance” que agobiara a los monarcas herederos de los Reyes Católicos. (Recordemos que sólo al extinguirse la dinastía Habsburgo a fines del siglo XVII, irrumpiría en España la “renovación” moderna-burguesa impulsada por los Borbones en una tardía reacción por reubicar a España entre las naciones auténticamente modernas; vano esfuerzo, los tentáculos de la técnica industrial ya estaban lanzados desde Inglaterra y aprisionarían al mundo con su capacidad productiva y la consiguiente filosofía económica-política, tan bien representada por el liberalismo y el dominio colonial como estructura compulsiva para el reaseguro de la ubicación de sus bienes).

La modernidad entonces, se hizo sinónimo de expansión y dominio de la burguesía a nivel mundial, erigiendo poderes imperiales incontrarrestables, como el de Inglaterra y Francia en el siglo XIX. Los pueblos sometidos -los del Extremo Oriente por ejemplo- reaccionarían contra la modernidad tecno-industrial, impulsando luchas nacionalistas que se emparentarán en el espacio-tiempo-histórico, a las luchas “antimodernas’ emprendidas por las etnias americanas, como los mapuches y los comechingones, combatiendo por más de tres siglos a españoles y criollos independizados.

¿El movimiento Taiping y el movimiento Boxer hermanados en el tiempo a las etnias más rebeldes de América?

Es posible, porque la atemporalidad puede unir actos reflejos ante una similar imposición: el dominador califica lo que es “humanamente civilizado” y su triunfo es el reflejo del avance de la humanidad.

Técnica, modernidad y formas de convivencia social se unen para justificar violencias e imposiciones; Spengler habló del “hombre faústico” y del inalienable derecho de los pueblos blancos para imponerse a los “pueblos inferiores” por su especie de “ratio mística” surgida con la técnica a través de la Revolución Industrial.

No entendía Spengler -o no quiso entender en esa etapa de su pensamiento- que la racionalidad es la respuesta “simple” a una forma creada por el entorno. La evolución económica y sus renovadas estructuras acicatean la imaginación para reducir espacios-tiempos, y así, el transcurrir cronológico se adapta a la veracidad del tiempo histórico.

La religiosidad, basada en la búsqueda de una felicidad transterrenal, surgió en los pueblos pastoriles del Oriente: las injusticias y las pobrezas inmutables, buscan la trascendencia en la meditación deparada por un espacio que no reconoce el vértigo en cuanto a la productividad cotidiana. Sólo el elemento externo-vía sometimientos imprevistos por parte de pueblos u hordas guerreras-podía alterar el ritmo de la agricultura o la paciencia pastoril.

La modernidad supuso -en el caso de la iniciática española- un predominio rústico sobre la incorporación de los nuevos territorios americanos, lo que lleva a entender los roles acuciantes de la Iglesia y sus torvas secuencias de administración de lo “prohibido”.

Ese predominio no descartó nunca -era imposible que lo hiciera- el “ethos’, económico, pero lo reubicó como una parafernalia de reticulado incierto, como si permanentemente el díscolo acento de la Inquisición estuviera retumbando en las relaciones interpersonales y en las estructuras creadas por ellas.

Modernidad a medias, diríamos en el ejemplo hispano, simplificando este aserto en los ingredientes del mestizaje, que en su dualidad sanguínea comportaba a la vez la bidimensionalidad de dos culturas perfectamente estratificadas: un pie en lo moderno y otro en lo “identitario”. Y ahí estaría un principio de comprensión a nuestros males de inferioridad económica, por la incapacidad integrativa del mestizo y por la no inserción definitiva de la gran masa autóctona.

La modernidad de España -introducida como un elemento externo-adaptable a la singularidad americana- marcó el sello de nuestras “posibles’ modernidades, que producido el proceso independentista, pasó de un émbolo a otro, por la nueva dependencia de Inglaterra y de Estados Unidos con posterioridad.

Modernidad -insistamos- sin posibilidad de autoctonía, simple derivación de las nuevas correlaciones de poder a nivel mundial.

Sólo los proyectos políticos-económicos del siglo XIX abrirían la posibilidad de soñar con la independencia económica y tecnológica, abortada por los agentes imperialistas, tanto en su accionar directo como en la “ayuda” de los agentes internos, llámense connacionales o regionales americanos.

El caso de Paraguay es sintomático al respecto: el desarrollo de la llamada Guerra de la Triple Alianza (Argentina-Brasil-Uruguay), es la exteriorización máxima de un plan manipulado desde fuera de las fronteras americanas para liquidar por la fuerza el ejemplo de un país que, en la “introspección” con el cierre de sus fronteras a la “contaminación” europea, decidía por sí y ante sí, compaginar en su enclaustramiento la auténtica libertad pensada por los próceres de la independencia.

En Chile fracasa la “autoctonía” con la Guerra Civil de 1891; Balmaceda ve trunca su idea de “alimentarnos y vestirnos por nosotros mismos” tal vez porque su intento es ya tardío ante el poderío del Imperio Británico. Su impotencia lo conduciría a la “obcecación” como plantean tantos historiadores nacionales; el acto individual de luchar hasta el fin después de conducir desde el palacio de gobierno los movimientos de la guerra en el norte, es más bien el vislumbre genial de lo que efectivamente estaba en juego; nación o factoría, estado independiente o estado semicolonial.

Los gestos de los conductores de pueblos americanos, no son simples mimesis de figuras incrustadas en la Historia Universal; nuestra América abunda en la inmolación de tipo espartana o en la entrega desesperada a causas irredentas. Todos han sido actos gestuales con una correspondencia con la modernidad, ya sea oponiéndose a ella (mapuches) o tratándose de integrar a sus logros en forma soberana.

El “muero con la patria” de Solano López, allí en el estero de Aquidabán es frase epónima, la igualación del signo, la desaparición del concepto con la derrota más heroica que ha conocido la tierra americana.

Balmaceda expresará en los últimos instantes de su existencia, “quise hacer de Chile la primera potencia de América”... Su derrota conjuga en pasado, es decir, más allá de su esfuerzo ya no habría posibilidad para el magnífico intento.
Modernidad para aprisionarla, no para ser sojuzgados por ella, y en ese trance, la historia del continente descubre su auténtica virtualidad.

Pero la modernidad no es posible reducirla al esquema altisonante de lo técnico, a la introducción de aquellas variables que incorporan sistemas de reproducción en lo económico o de agilización en el transporte, en la variabilidad comercial o en la sistematización administrativa. Lo moderno se entendió entre nosotros -y esto desde la misma autogestión política- como la incorporación institucional del Estado Burgués surgido en el ritmo asambleístico de la Revolución Francesa o en su degeneración pseudo-revolucionaria al perder su esencia el clamor de los “sansculotte”. Cuando Benjamín Constant proclamara “que la soberanía era la constitución”, definió magistralmente la consistencia de la nueva era política: un documento pasaba a ser la razón final de la erección de un Estado Moderno, y como tal, manejable en su redacción y en sus contenidos por la minoría contralora, de la sociedad y sus instituciones. El plebiscito inducido otorgaba a la Carta Magna la “voluntad de ser” del pueblo, la consagración más feliz de un instante de reflexión prolongado en “voluntad oclocrática”.

Lo curioso del aspecto político en nuestro continente, consiste en una adopción fraudulenta de la modernidad, tal vez rescatando la esencialidad “bárbara” de lo americano. La dictadura o la tiranía se impuso desde el nacimiento de nuestras “repúblicas” por la imposibilidad de compaginar la realidad sociológica con la conceptualización ideológica entregada por la filosofía política.

América se transformó en el imperio de la letra teorizadora, archivo mostrenco de la fraseología importada de más alto rango. La asesoría con ribetes de sabiduría, siempre descubrió a los letrados de la “gaya ciencia” -como la denomínara Bolívar- para imponer la forma jurídica tan inextricable que sólo podía entenderla quien la había redactado. Los más “ilustres” tiranos americanos reconocieron desde la formación de los estados independientes, alguna voz clarividente surgiendo desde las sombras.

Era la modernidad organizativa la que pugnaba por imponerse, constituyéndose apenas en un friso de la real contextura americana, esa “construcción positiva” como la definiera Lucas Ayarragaray en su defensa de los “regímenes fuertes” del continente.

Esa es una de las médulas interpretativas de lo nuestro: el país real y el país formal, este último como un pleonasmo de lo civilizatorio.

¿La modernidad política también tuvo su trastrueque en el espacio histórico chileno?

Sin duda, aunque la historia oficial establezca en machaqueo monocorde, una formalidad democrática única en el continente. Nación sin grandes traumas caudillistas ni tiranuelos vesánicos; en otras latitudes continentales las guerras civiles alargaron un tiempo histórico de fuste anárquico, aunque el marco de anarquía lo entendamos hoy no como un simple confronte entre caudillos rivales, sino entre tendencias a veces instintivas en la defensa de lo “identitario”, como sería el caso de tantos caudillos argentinos en lucha permanente contra la oligarquía europeizada de Buenos Aires.

Si por modernidad política entendemos la estructuración de un estado con su regulación normativa y su “distinguible” separación de los poderes, Chile se constituyó tempranamente en un Estado Moderno.

Modernidad a la americana -digamos- porque los poderes estuvieron entreveradas con los típicos lazos nepotistas desde los inicios de la República; Nepotismo aristocrático, “nobleza pata rajá’, oligarquía de mediopelo, mesocracia con aires de señorío medieval, sucesora natural de los encomenderos hispanos, o como quiera llamársele, esa fracción privilegiada del espectro social chileno asumiría el control del Estado como reflejo de un asentado dominio económico y social.

Pero detrás de ese modernismo estatal campeaba entre las sombras del andamiaje institucional, aquello que Alcides Arguedas definiera como la “América Bárbara’: caudillismos militares, engolamiento oligárquico de asamblea, pobreza generalizada y prepotencia “aristocrática” en el trato y en la presencia fastuosa de su estar en el mundo.

Desde mediados del siglo XIX el liberalismo regenerador de un Arcos y un Bilbao, reclaman por la idea de una sociedad más justa, es decir, más moderna en la relación de causa y efecto de un proceso que sólo Europa había generado -la Revolución Industrial- expandiendo el concepto de “progreso” hacia todos los estratos de la sociedad.

Lo que los románticos chilenos no podían captar, era aquello de la interrelación entre mercados consumidores y los creadores de la modernidad tecnológica, situación que condicionará todo el desenvolvimiento histórico del siglo XIX, y por qué no decir, de nuestro propio siglo XX.

La modernidad tecnológica -casi con una distinción epónima- no permitiría la soñada autarquía de los libertadores, porque ella vino acompañada de los dominios políticos corno explicitamos anteriormente.

Serían las minorías extranjeras -llegadas con rapidez a nuestras orillas apenas declarada la independencia- las que fomentarían la “entrada” de las nuevas tecnologías. La “punta de lanza” de la modernidad se dirigía a consolidar la temprana inversión en el rubro de menor riesgo, y que en el caso nuestro estaría sinonimizado por la minería: el riel por ejemplo, cuyos primeros kilómetros se elongarían no en el acortamiento comunicacional de las ciudades más importantes (Santiago-Valpáraíso), sino en el traslado de los minerales de plata desde Copiapó a su puerto de embarque.

Tecnología de importación de rápida ejecutividad en connivencia con aquellos consorcios que estaban en condiciones de incorporarse a la modernidad; los sectores mineros del norte no sólo se ligarían a la tecnología de punta epocal, sino que también a las nuevas corrientes del pensamiento político europeo: liberalismo- radicalismo de la segunda mitad del siglo XIX, en una simbiosis natural y casi “querubínica’, aunque las primeras patriadas se hicieron a lomo de cañón y de fusilería semi artesanal en el seguimiento a sus patrones de tan arrebatado celo (Revolución de 1859 en Copiapó y La Serena).

La modernidad “a outrance” sería entre nosotros un componente de oposición al ‘tranquilismo” del dominio ancestral de los señores del Valle Central, quienes a cuenta del cuasi feudalismo impuesto al inquilinaje, manejaron sin zozobra el poder económico, social y político, justamente hasta que proviniera el desafío desde el Norte Chico por la violencia de las armas, coyuntura única ante la negación impuesta por una institucionalidad “finamente” labrada.

¿Existió la posibilidad en cuanto a que lo Moderno fuera asumido como proyecto autóctono por la plutocracia emergente de los filones y las canteras nortinas? Difícil de precisar, aunque el liberalismo de todos ellos (Gallo, Matta) apuntare sesgadamente al recambio de la República Conservadora, cuyo símil más perfecto sería el señor de horca y cuchillo, en su doble función de dominio inmanente en el campo y en su verborragia asambleística en los Parlamentos.

Pero la intencionalidad de aquellos que vieron frustrado su proyecto político y societario, no puede reducirse al esquema de una teorización libresca; tal vez el soporte de un sistema convertido en engranaje triturante en las avanzadas del siglo XIX, imposibilitaba ya el marco de la autonomía.

Ni los más “avezados” teóricos latinoamericanas marxistas o desarrollistas han podido desentrañar la madeja de estas estructuras duales que conforman las sociedades nuestras; Trotsky se atrevió a plantear un esbozo heurístico con su idea del desarrollo “desigual y combinado”, donde las modernidades -como sector de avanzada industrial-tecnológica- se sirven o se yuxtaponen a las estructuras arcaicas, esas que no pueden imbricarse al sistema, o que le sirven desde la marginalidad.

Al fin de cuentas, cualquier idea de la modernidad entre nosotros -más allá de los decantamientos intelectuales de exquisito sabor de importación- se liga forzosamente al concepto de desarrollo y al auténtico fraude de los modelos que han acompañado a esa idea.

Y las tácticas destinadas a enfrentar las insuficiencias a partir del modelaje impuesto desde la Guerra Fría, no fueron más que la inducción de recetas acomodadas a las formas de la “productividad normal”.

En el caso de Chile -desnaturalizada la explotación minera en los recovecos de una tecnología que podríamos considerar como primaria por la riqueza de las leyes minerales- la modernización tecnológica entraría a saco por la incapacidad de una plutocracia que no supo aportar a la paciencia del futuro descapitalizándose prematuramente y sin explorar a la vez los “instersticios” del conocimiento y la creatividad técnica.

Los empresarios ligados a la minería serían “succionados” por la maquinaria extranjera, y la modernidad revestida de progreso, en las chimeneas y en las fábricas de las ciudades, sólo remarcarían la distorsión de un camino errático, donde las cúpulas oligárquicas no trepidarían en integrar al país a un “compromiso” de abastecedor de materias primas a los representantes del industrialismo central.

Las reacciones negativas de la modernidad -que nutren un simpático anecdotario en la realidad chilena- aparecerían entonces como una expresión conservadora-identitaria, aunque ellas confirmaran una dominación feudal de raíz colonial. La reacción clásica contra el ferrocarril, porque el hollín de las máquinas de vapor perjudicaría al ganado- descubre una oposición al progreso y a las nuevas fuerzas financieras ligadas al capital y a la técnica extranjera.

Técnica-Modernidad-Progreso constituyen la tríada del desarrollo según el espectro analítico de la CEPAL en los años 60, de la cual surgiría una proyección política con el llamado Desarrollismo, de tanto arraigo en la Argentina de Frondizzi. Crecer, para con posterioridad distribuir sobre “pilares sólidos”, como la siderurgia y la energía, vértice para una ilusoria industria pesada que engarzará con la sombra chinesca de una auténtica potencia.

Ese era el código -tan fácilmente asimilable en las riberas latinoamericanas- y que conducía a la superación de las insuficiencias del subdesarrollo, y que la realidad implacable demostraría una vez más, que no pasaba de ser un “canto sirenaico” de aquellos que efectivamente controlaban el mundo de las infraestructuras transnacionales.

Las modernizaciones en Chile y en América Latina -insistamos- han sido inducidas por los centros de poder económico y político a escala planetaria; mensajes cifrados de los últimos años han tenido una sospechosa coetaneidad, sobre todo cuando esos códigos se han oficializado a niveles presidenciales, y para ello, baste revisar los discursos de diversos jefes de estado (democráticos o dictatoriales) de mediados de los años 80’ para descubrir la asombrosa similitud de esos “fraseos” (Pinochet- Alfonsín) y posteriores sucesores.

Modernización significaba en el verticalismo central, una adscripción rotunda a las políticas neo-liberales y la consecuente “jibarización” del Estado.

El estatismo -que en Chile sobre todo había contribuido precisamente a la modernización de la sociedad colocándole a la economía nacional su segundo piso, al decir de Aníbal Pinto, por la acción de la CORFO- recibía el mandoble de la “nueva” filosofía económica.

La privatización era el progreso, y quienes insistieran en la “añeja” regularización económica y administrativa del Estado, sólo aspiraban aires de alcanfor e incorporaban soponcios a la energía liberadora de la competencia.

Resulta que en los finales del siglo XX el afán modernizador de una sociedad como la chilena, no tiene más formas que la desregulación estatal y la entronización del capital privado, el que por “simple casualidad” en su mayoría proviene de los centros financieros de Estados Unidos y Europa. Si en los inicios de nuestro siglo dejamos libre el espacio de mayor rentabilidad por insuficiencia tecnológica e incapacidad de ahorro (minerales de cobre), hoy adornamos con frivolidad semántica la entrega total de los recursos productivos del país.

Y así, modernidad se transforma en alienación discursiva: entrar en la senda de un presunto desarrollo mientras la soberanía económica y por ende la política, se refugia en un rincón del ‘campo” entregado a la voracidad de las transnacionales.
El diagnóstico referido permite el atrevimiento de visualizar que nuestros estados han dejado de ser nacionales, y donde la virtualidad histórica se habría diluido casi por completo. La vieja dicotomía NACION o FACTORIA tendría tanta vigencia como la oposición entre Geocentrismo y Heliocentrismo en pleno Siglo de las Luces.

¿Significa esto que hay un correlato con la disociación equivalente de la nación? ¿La Factoría Moderna impuesta en una operación presentada como “indolora” diluye las esencialidades de una comunidad identificada en el espacio tiempo histórico?

Todo apunta a reafirmar lo que aún permanezca de aquellas esencias identitarias, aunque el aplastamiento de ellas -más por voluntad masificadora que por proyecto teórico- torna muy difícil su entronque con un proyecto político, esencial este último para la restitución de un apocado espíritu nacional.

En un mundo perfectamente segmentado donde hasta los barrios de la gran ciudad aparecen con fronteras sociales claramente establecidas -los chilenos de fines del siglo XX respiran modernidad o posmodernidad como quiera llamársele- a través de la tarjeta de consumo o su vinculación “piratesca” al cable que le comunica con el mundo.

Pero los hombres de los barrios pobres -unidos a la modernidad a través de un adulterado cordón umbilical compuesto de coaxiales y chips- continúan poniendo velas al interior de ese rústico altarcillo que trata de retener el alma milagrosa de un borrachito atropellado en la soledad nocturna; el espíritu campesino se reabre en el Cuasimodo posterior a la Resurrección y los seres de los extramuros prosiguen con aquel murmullo que cobijaba los ancestros en los bosques de Arauco.

Es cierto que la androlatría latinoamericana -adscrita a la figura de un caudillo popular- está diluida entre nosotros, tal vez porque la desesperanza se cobijó en la certeza de la existencia de los poderes que controlan la sociedad y una indefensión acobardada apagó toda posibilidad de enfrentamiento.

Más, el descreimiento en hombres o en doctrinas -signos cacareados de la posmodernidad- tiene entre nosotros el estigma de la violencia ejercida por los que mandan, en la corporeidad del fusilazo o en el intríngulis de las normas que imposibilitan el reclamo de lo justo o la concreción de su fundamento.

Las contradicciones flagrantes apagan todo intento por masificar el hedonismo y su facilismo crediticio, aunque para la “masa” no pensante el sueño de recuperación de un paraíso perdido, vibre en los intersticios de una solicitud de crédito. (Los “ajusticiamientos” legales suelen ser un amargo despertar para los que aún alienan su inserción vital en una sociedad cada vez más deshumanizada).

Las concepciones globales que podemos esgrimir para establecer diagnósticos certeros de nuestra realidad no dejan de ser risibles por el servilismo ideológico que conllevan y que ratifican nuestro apoltronado provincianismo.

La globalización del sistema viene a entenderse a fines de siglo XX como la idea simplemente metafórica de la “aldea global”, recurso dialéctico esgrimido -una vez más- con la escasa resonancia de un discurso académico. Lo comunicacional estrechó las fronteras, disminuyó el espacio dubitativo, tomó en inocuas las referencias a un mundo más interdependiente, pero en el fondo, continuamos pensando por “nosotros mismos” al creer ingenuamente que nuestras formas societarias y los contenidos propios de nuestra historia, están adornados de autonomía.

Al respecto basta analizar cualquier estudio sobre nuestra realidad de los últimos 25 años para captar la gran delicuescencia de este quehacer histórico: los espectros que mueven los procesos desde las sombras ya han desaparecido, y sólo cuentan las individualidades visibles, esas que siempre han sido mandaderas de intereses espurios. ¿No hay investigación histórica que resista a la tentación “acronicada” de los personajillos que ocupan el primer plano de la “suciedad” política?

Si insistiéramos en la idea de la modernidad como adscripción a las concatenaciones que han formalizado los centros de poder, caeríamos en las teorías de la dependencia elaboradas en los años 60, donde se vislumbró que el desarrollo nuestro no era más que la acentuación del sub—desarrollo (Gunder Frank) ingeniosidad lúgubre pero no carente de exactitud. Hoy no se habla más de dependencias, porque es un concepto asincrónico con la realidad que vivimos; el acriticismo de la “pos- modernidad” encubre la flagrancia del entreguismo doctrinario: es la semántica del discurso diluido o la adscripción simple al sistema que atrapa y que ya no es necesario cuestionar en sus esencialidades.

De lo anterior resulta que las modernidades del “subdesarrollo” no sólo cuentan en el aspecto de las tecnologías de punta -usufructuadas por los segmentos reducidos y tradicionales de la sociedad- sino que también en las formas del discurso de aquellos contestatarios del sistema, que en su base histórica, económica, social y cultural, redondearon sin ambages la “coherencia” injusta del sistema.

Nadie apostrofa desde la “elite discursiva”, y los pocos que lo hacen son motejados -y tal vez reducidos definitivamente- a la categoría de la obsolescencia del anacronismo disfuncional. Puede existir descriptores simples de la situación desarrollada, pero ya es imposible tener un sesgo creativo para elucidar una salida a la permanencia del modelo de la injusticia, y esto debido a la ligazón sin crítica a las formas societarias consideradas como “ideales” y que con su arrastre ominoso dejaron sin “ideologismo” a todos aquellos que sondearon sin reflexión ni capacidad dialéctica.

En la posmodernidad no tiene cabida el reconocimiento a la prospección profunda de los aconteceres políticos: sólo una menguada descripción que hace escurrir los hechos como fuente natural y originaria. Nadie parece comprometerse en la indagatoria profunda porque ella puede ser sinonimizada como una instrumentación derivada del marxismo, y éste, como cuerpo de ideas o de racionalización presuntamente científica, no cuadra en los ribetes de la verdad finisecular y que señala la muerte de la ideología “conmovedora” del capitalismo.

El acriticismo pareciera redondear la fórmula de ligazón al “mejor de los mundos posibles”, como si todos estuvieran embretados en la cápsula que contiene la felicidad humana, y donde la historia -la auténtica, la que descifra el tenor oculto de los hechos- no se ajusta al ejercicio mental de fines de siglo.

La proclamación del fin de la historia no es antojadiza: es el segmento más ideologizado, y por lo tanto extremo del triunfalismo del capitalismo occidental. A los países de la periferia -que jamás han barruntado el sabor ácido de la historia- no les queda más, y por la vía de sus “elites”, que insertarse en esos alvéolos diagramados- con la certeza de orfebres del maleficio- por los pontificadores de siempre, y que ya en el siglo XVIII, y con el resplandor de las Luces de la Racionalidad, habían certificado un similar acertijo, roto por la imprevista irrupción de los “extremistas” de la Convención Francesa de Robespierre y compañía.

La modernidad irradió desde Europa y Estados Unidos: los cuestionamientos a ella, y el propio significado de esa crítica, denotan simbologías y referentes que comprenden la seguridad del desarrollo originario; nosotros, los seres de la “humanidad sumergida”, ni remotamente reconoceríamos en los diseños teóricos de los Habermas, los Lyautey o los Berman, un asomo de identidad con nuestras realidades.

Sin embargo, el drama postizo de nuestras carencias interpretativas conduce a los “pensadores” latinoamericanos a insertarse en el jolgorio cariacontecido de la vieja Europa cuando nuestras disquisiciones debían centrarse en el campo de la antropología cultural -exquisita “trama” de algunos fundamentalistas- o en la dimensión ensayística de nuestra “barbarie” política.

Sólo los analfabetos han hecho historia en nuestro continente -en el México de los Villa y los Zapata- o con los guajiros de la manigua cubana. Entre nosotros los chilenos, siempre tuvo la virtualidad del sacrificio social, sentido más como una lucha de segmentos que una reconocida en la unidad del cuerpo nacional de los explotados. Obreros del salitre o del carbón, los hombres de la esquila magallánica o los campesinos-mapuches del Ranquil de los años 30: parcialidades en las derrotas homéricas, casi sin el vislumbre de una redención definitiva, sólo jalones testimoniales para reverenciar en el remedo, una épica de confronte con la modernidad.

¿Habrá llegado la hora de renegar definitivamente de lo que somos por el propio desconocimiento de nuestras identidades y de las fidelidades que corresponden a nuestro “ser” en la Historia?

Regreso entonces a la autenticidad, configurada ésta como la posibilidad de mirarse al espejo, no al convexo o al oblicuo, sino al que devuelve tu rostro en la limpidez del agua cristalina, nunca en la aleación de la sílice que sería otra forma exteriorista de lo moderno.

Jamás las modernizaciones -técnicas o institucionales- significaron un cambio de vida ostensible en sociedades como la nuestra. La adscripción a reflejos de mundos aparentemente superiores- por el entronque con el enchufe o la vía satelital- apenas son la muestra de una mímesis acomodaticia que no regula ni norma el sentir colectivo. De esto, podemos deducir que las teorizaciones sobre el cambio vertiginoso de hábitos, de comportamientos sociales o de alienaciones perturbadoras, no pasa de ser un desliz de extravagancias sociológicas o de filosofías embutidas en un matraz “alquímico”. El “tempo” continúa siendo el mismo, aunque tu cuerpo sea conducido a más de 100 kilómetros por hora, y por sobre las techumbres de las casas agolpadas en campamentos uniformes.

No hay mayores variaciones en la forma de observar el mundo; todo nace aquí y en este límite de cerrucos y de costas cercanas se desarrolla el ritmo de la humanidad: los teóricos se hermanan con Spinoza cuando planteaba que en la hipotética posibilidad que una piedra pensara mientras cae por el aire, podría imaginar que había elegido libremente su camino, ya que desconoce su entorno y la fuerza de quien la arrojó al vacío.

¿Sería que si explicitamos en demasía el origen de nuestros males nos quedamos con una especie de responso entre las manos? ¿Develado el nacimiento (orto) se entrecruza de inmediato la senectud y la muerte (ocaso)? Así las cosas estrangularíamos nuestra capacidad para divagar y haríamos desaparecer los pequeños íconos que constituyen nuestra historia.

Las singularidades nuestras -insistamos- son antropológicas, no históricas, y en esta dimensión no hay modernidad que valga para establecer cambios en el “tempo” existencial ni en la conformación de un “volksgeist” (Espíritu del pueblo) como el diseñado por Herder y difundido por Hegel.

Es el pueblo, la masa aparentemente inorgánica la que define y cristaliza identidades; oligarquías superfluas copian formas de poder, y altanerías o grandilocuencias compaginadas a esa “voluntad de poderío”, y en sus formas se adscribirán a las modas imperantes (francofilia, anglofilia, miamifilia).

Las modernidades no han alterado jamás los modos de la servidumbre social; el campesino socarrón que llevamos dentro entenderá que hay “verticalismos naturales” que se respetan por la obligatoriedad de un censo al que es necesario subordinarse. La soledad colectiva o el autoensimismamiento darán los destellos que tornen ubicables su presencia bajo la “Cruz del Sur”, y ellos no provendrán por cierto del ejercicio del zaping televisivo o de la entonación de una musiquilla baladí.

La “tecnomodernidad” no ha redundado en un cambio de vida ostensible para las grandes mayorías de Chile; lo más han constituido un ejercicio de muda paciencia en medio de una orfandad social y espiritual. Las viejas lavanderas golpeaban con tablas las ropas de “los otros” en las orillas de esteros y canales; hoy puedan hacerlo con lavadoras eléctricas en el recinto propio o ajeno, pero la obsecuencia referencial continúa intacta, como si un manto de irreflexión cobijara la inmutabilidad del tiempo.

Las modernidades europeas -tomando como hito la Revolución Industrial del siglo XVIII -trajeron cambios de actitud de las masas, que “llevadas y traídas” por el ciclón del mecanismo productivo, cambiaron hábitos y personalizaron una presencia renovada en la sociedad burguesa del siglo XIX; desde la conformación de los Trade Unions en Inglaterra (pasando por los “rompedores de máquinas” y el “Cartysmo”), hasta la conformación de los “partidos laborales”, los trabajadores de Europa signan marcadamente su paso en la nueva sociedad y alertan sobre las contradicciones que el dialectismo’ de Marx sabrá detectar con su escalpelo científico.

La periferia del mundo capitalista -esa de la cual formamos parte aunque les pese a los “autonomistas” de antiguo y nuevo cuño- fue víctima esclavófila de las modernidades técnicas traídas por el europeo para las explotaciones primarias de nuestra economía.

El campesino del Valle Central saltó desde una condición medieval en su relación de patronazgo, a peón industrial con plusvalía acrecentada a través del sistema de la ficha-salario. El “enganchado’, peón hacinado en los vagones ferroviarios, tenía en ese “apretuje” mal oliente de traslado, su real fotografía social: un auténtico animal con capacidad racional suficiente para obedecer órdenes y rendir diariamente en la forma que le indicaran sus “controladores”.

No existe un sistema más expoliante que el de las salitreras en toda la historia de nuestro país; ni siquiera el indígena encomendado recibió un trato tan humillante, porque al menos el español se comprometía a ciertas formas de educación, y la Iglesia daba el resguardo mínimo para un trabajo acorde con su condición humana, agregando el hecho de que no faltó algún encomendero “estrafalario” que dejara como herederos de sus pertenencias territoriales a sus propios indios encomendados, en la institución jurídica más absurda de las “legalidades” entregadas por la modernidad de la Conquista: “devolver” lo que para el indígena era naturalmente propio por el hecho simple de ocuparlo...

Marcelo Segali, en su “Biografía de la Ficha Salario”, diseñó de manera definitiva la forma de apropiación de esta plusvalía “inmisericorde”, donde la acumulación de capital se revistió de osadía impune bajo el resguardo de un Estado impertérrito y para el cual únicamente contaban las rentas devengadas por el embarque del salitre.

Si hemos planteado que la resistencia a la modernidad en el trabajo señala las pautas interpretativas para la afloración de la Historia, sin duda que serían los obreros del salitre los epígonos de esa Historia real, no la que está enmarcada en los retratos de presidentes, en las crónicas sociales de época o en el retumbar isócrono de las voces parlamentarias.

Rebeldía “natural” en los hombres que desde su entrada en las oficinas salitreras quedaban aprisionados en un “cepo legal”: el adelanto de dinero y un posterior endeudamiento que tornaba imposible su salida de los recintos de laboreo. La fuerza represiva la entregaba el Estado, resguardo preciso para la expansión del capital extranjero, y aquí, Nación-Estado-Capital entrelazaban sus halagüeños vaticinios de prosperidad univalente.

La ficha -cambiable en las pulperías de las empresas- torna en risible la posibilidad de acceder a una mejor calidad de vida por la presunta disposición al ahorro del obrero transplantado: los precios de los bienes adquiridos a la fuerza, configuraban a una enorme masa de seres humanos, como figuras abroqueladas “in situ’ en el lugar de la extracción del caliche. Las fotografías de principios de siglo -en manifestaciones de protesta contra la ficha salario- nos muestran a los obreros vestidos con la elegancia de un dandy inglés: trajes enlevitados y sombreros de pita, auténticos presidiarios en el esquilme más brutal de sus salarios.

Tecnologías nuevas -del sistema Shank al Guggenheim- que purifican en adecuada forma la robustez del caliche; la modernidad de ellos no atraviesa la raigambre humana, lo que nunca ha contado por lo demás en la periferia obsecuente del capitalismo.

Si la oposición a la modernidad ha trasuntado un sesgo de historia para nosotros los chilenos (sólo el dolor y la impostura almidonan el hilo histórico), la denuncia intelectual se emparenta a la vez con dicha dimensión.

Sin embargo -curiosa constatación para el quehacer libresco- libros como “Chuquicamata, estado yankee” de Ricardo Latcham y “El segundo infierno del Dante” de Tancredo Pinochet Le-Brun, en su descripción de la vida en las salitreras, no se encuentran en nuestras más reputadas bibliotecas: Silos que se opusieron a una forma inmisericorde de existencia fueron masacrados desde el siglo XIX hasta la época de crisis de los años ‘30, idéntica suerte correrían las obras de los intelectuales “orgánicos” del período, como si haciendo desaparecer sus obras de los catálogos oficiales se garantizaría la desmemoria de las generaciones posteriores.

La razón siempre tiene razón esgrimirían los enciclopedistas, como si el triunfo de la inteligencia pudiera sobreponerse al oprobio. Algarada de frases para el ejercicio mental de aquellos que pensaban en la posibilidad del cambio al ritmo de la educación colectiva.

Son distintos los émbolos que se introducen a la marcha de una sociedad, y las modernidades que ellos representan, no trascienden a la globalidad, porque siempre han sido extemporáneas a su regulación condicionada.

¿Qué significado tienen entonces los presuntos avances en una sociedad que adapta pero no “crea” la modernidad respectiva? ¿Forman efectivos polos de desarrollo o a lo sumo constituyen incrustaciones de inanes consecuencias para la sociedad global?

Las tecnologías de punta -como sinónimo de una modernidad avasalladora- son apenas hilachas de un cuerpo mal cosido, al que le sobran andrajos entre muselinas de brillo discordante, y esta realidad no es óbice para que algunos intelectuales buceen en la caracterización de la posmodernidad que nos inunda con sus disvalores y su cansancio del políticismo. Nuestras realidades superestructurales -llamémoslas institucionales y políticas- parecen adaptarse al cansancio posmoderno de los europeos: todo se dirime desde las “alturas” y en el hermetismo de estructuras muy cerradas, no lo suficiente como para establecer contacto entre ellas, en el sigiloso mundo de la transversalidad.

¿Esta es la forma de gobernar o administrar las sociedades subdesarrolladas?

¿La modernidad superestructural es ubicable en un cuerpo social ya avejentado en sus insuficiencias?

La actitud de la “masa” ofrece correspondencia con los verticalismos desarrollados artificialmente, y se desvincula de un sentir colectivo de reclamo ante la crjstalización de la injusticia. Los islotes vociferantes no alcanzan a desvirtuar el quietismo resignado, y todos respiran efectivamente el aparente trasfondo de un mundo posmoderno.

¿Estaríamos viviendo en el Chile actual un “espectacular” acondicionamiento de la comunidad a un ideario que se prefija en el discurso, que se delinea en la “abstracción” de un gabinete o en la repetición intencionada de una fraseología inocua?

Tal visión nos mostraría un alineamiento de fantasmas envueltos en una atmósfera grisácea, desmintiendo que una sociedad como la nuestra pueda ser mitificada en el trazado verbal de realidades disímiles a la nuestra.

Las contradicciones son demasiado ostensibles en el Chile de finales del siglo XX para que podamos argüir un reflejo de la posmodernidad; todo el espectro político se embriaga en las gárgaras de la modernidad en un país que se llena de “resort” y donde los niños hacen tareas con “Internet” y los supermercados rebasan de lucimientos consumistas hasta en el adorno superfluo de los inodoros.

Son los espejismos de una modernidad que acucia desde los filtros de un resumidero muy conocido: de los detentadores del poder que traspasan imaginativamente al resto de los ciudadanos una posibilidad de ensoñación, esa de estar insertos en el acomodo de un mundo resplandeciente, aunque todas las noches los cubra el olor nauseabundo de las alcantarillas atochadas, donde sólo el centro de la capital tiene redes cloacales óptimas.

Podríamos decir que es la fórmula tradicional -esa del poder de unos pocos sobre los más- pero que en la hora actual adquiere algunas alternativas “decorativas” que otras circunstancias históricas no depararon.

Las tecnologías industriales masificaron la producción diversificando su oferta hacia sectores vedados con anterioridad a esas “regalías” consumistas. Uniendo a esto las providencialidades del crédito, la aureola del traspaso de un grupo social a otro se tomó en evidencia, casi en seguridad de formas exteriores. Las bases sociales encontraban la seguridad de un “aireamiento” sigiloso: la nuestra es una sociedad abierta, casi remitida a un esquema idealístico. La modernidad estaba refrendada por una sociedad libre -curiosamente establecida por una dictadura de 17 años- donde el sueño de la Ilustración encontraba al fin su indubitable cobijo. El hombre se salva por sí mismo, la individualidad unida a la Razón libera, y la Educación troquela el camino redentor que el destino ha fijado ante cada individuo.

Que los presuntos teóricos de nuestra modernidad fijen las coordenadas de nuestro deambular: escaparse de las alienaciones para caer más profundamente en ellas, la elitización contumaz, la pérdida del sentido histórico por el aplastamiento del protagonismo, el escepticismo como raigambre definitoria, o la pérdida de calidad de vida como consecuencia del propio desarrollo (medio ambiente, stress, psicopatologías).

Es un inventario archiconocido, y cuya enumeración produce un desgano intelectivo; todo es como inmanente, como la composición de un pastel regiamente adornado. Si pareciera que el acento crítico que hoy vivimos, fuera estructurado con un salvoconducto otorgado por las “insensibles” operatorias del poder.

El adscriptivismo simple -con aleatorias formalidades de cientificismo- conduce a una visión del descompromiso, en el sentido de la adscripción a corrientes extremistas, esas que la historia reciente sepultó con muros y catedrales a cuestas.

Los formalismos intelectuales no hacen más que constatar una mutación de referencias, como si la metamorfosis tecnocultural que se vive fuera producto de nuestra interioridad colectiva. De ahí la debilidad de las certezas, porque estas últimas devienen de matrices europeas o norteamericanas, y nosotros -repetición de la historia- somos simples glosadores de ideas elaboradas en los meridianos de siempre.

La mutación de referencias -del empedrado de huevillo al macadam, de la carreta a la aeronáutica- no produce entre nosotros los vaivenes o cambios ontológicos que los filósofos o sociólogos detectan en los países industrializados. Nuestro “tempo” continúa idéntico en el verticalismo social y en la porfiada desagregación al colectivo de oportunidades.

Una oligarquía sin vuelo, utilitaria e inmediatista, cuya soberbia establece los parámetros, conducta que se consideran como definitorios para cualquier comunidad civilizada. Aquí, una teoría del Estado como la marxista, tiene transparencia y lucidez en las franjas segmentadas del poder: los entes corporativos -Industriales-Agricultores-Iglesia-Ejército- reaccionan con virulencia al menor asomo del cuestionamiento de los valores “autoasignados”.

“De lo dulce a lo agraz” -podría refrendarse en una frase la actitud del “corporativismo” chileno, y eso, en oportunidades, en fracción de segundos.

No hay país latinoamericano con una faz más definitoria que el nuestro en la proyección de la alternativa disonante (Huelgas o Unidad Popular): la reacción siempre fue masacradora, y justificada en una dialéctica revestida de “patriotismo”, y asumida sin mayores problemas por un porcentaje elevado de la población, síntoma este último de una lección perfectamente digerida a través de la educación formal, la refleja, o la prepotencia directa de quienes conducen el “sentir” ciudadano.

La sociedad chilena no es moderna, se asienta discriminatoriamente en el más “jocundo” de los vasallajes, el que ha sido administrado por una oligarquía perfectamente dualizada en sus poderes políticos y económicos: en Chile -y sólo excepcionalmente en la época de crisis de los años ‘30- no hay fisuras en la correlación de poderes civiles y militares- lo que no permitió esas algaradas populistas tan características de otros países de la región, donde los militares por ejemplo, asumieron el rol de “liberadores” del pueblo, como Perón en Argentina o Rojas Pinilla y Velasco Alvarado en Colombia y Perú respectivamente.

El “Alma Nacional” no está percutada por los computadores de un poder organizacional que sólo tangencialmente ha recibido amenazas a su integridad.

Nuestro final de siglo nos sorprende en la misma petulancia decimonónica de una oligarquía triunfadora en su ligazón a las fuerzas externas de turno y a la industrialización avasalladora del resto de la comunidad interna. Lenguajes similares, apetencias saciadas, control político de milimétrica regulación y un orgullo interclase plegado a la dimensión acrítica de la Nación.

Mientras tanto -el “apoliticismo” generalizado y la neutralidad opaca de los contestatarios- alumbran una entrada al siglo XXI entre los redobles y pífanos de una sociedad que sigue reconociendo en los arcabuces y las lombardas, y el acento áspero de los encomenderos, su “sintonía” más clarividente.


 

Notas

 

* Ariel Peralta, profesor y escritor.

 

“El Mito de Chile” se escribió en 1969, y sólo se publicaron algunos ejemplares en 1971. El presente capítulo corresponde a un agregado a la Segunda Edición, publicada recientemente, el año 1999. Esta obra constituye parte de la misma línea conceptual que se inició con los textos de la “Generación del Centenario”, en 1910, que continuó con la generación nacionalista de los años 30, y que ha seguido produciendo una subyacente corriente de pensamiento nacional, plenamente vigente en la actualidad.

 

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