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Guido Pacheco Jiménez

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Lapidación

-¡El que esté libre de pecado que tire la primera piedra!

Y una andanada de peñascazos hizo blanco en el cuerpo de la pecadora hasta acabar con su triste existencia.

Luego los idiotas se dieron vuelta y se dirigieron con sus pasos vacilantes a sus respectivas chozas para buscar en sus deshojados diccionarios el significado de la palabra pecado…

 

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Cianuro al compás de Kenny G.

Pese a que la noche era perfecta, pese a la envolvente y sofisticada música de Kenny G., pese a la luz tenue, pese al champagne y a su escotado vestido rojo, a esa cena que había preparado a la luz de las velas, pese a todo, Kim la miró con displicencia, se acarició su barbilla y luego, con su operática voz de bajo, le dijo:

- Lo nuestro no puede continuar.

- Maldito sea este presumido- pensó para si Bárbara, levantando desganadamente su estilizada copa de vidrio tallado en la que se agitaba un minúsculo océano de champagne helado.

- No, no voy a llorar ni voy a rogarte- dijo la joven, tratando de quitarle tensión al asunto. –Si, está bien, está bien. No me voy a cortar las venas, no, no.

- Bárbara- dijo el hombre con tono preocupado.

- No, no. Estaré bien. No te preocupes. Y se levantó ágilmente, dio unos cuantos pasos meciéndose al compás de la música, hizo un giro y fue con paso elegante a apoyarse en el balcón. Se sucedieron largos segundos en que él seguía rascándose su barbilla para mirar de reojo a la chica. Ella, cerrando sus hermosos ojos azules, levantó su cabeza para sentir como sus largos y ensortijados cabellos rubios se mecían con la suave brisa de abril.

- Está bien- repitió una vez más. Puedes irte. Pero antes, necesito un beso tuyo.

- Un apretón de manos bastará- repuso él.

- ¿Temes acaso arrepentirte?- dijo ella y se le acercó insinuante.

- Está bien, está bien.

El la tomó en sus brazos con gesto mecánico y acercó sus labios a los de ella. Sintió la succión y luego la lengua de la muchacha que se agitaba como una ola solidificada. Al instante, una especie de caramelo comenzó a disolverse en su boca. ¡Veneno! De inmediato, su lengua pareció desenrollarse para extraer de su base otra bolita azucarada: ¡Antídoto! El peligro había pasado. Quiso separar sus labios de los de Bárbara pero la succión no decrecía. Una nueva bolita apareció como un surfista miniaturizado en la cresta de la lengua de ella. ¡Otra dosis de veneno! A los sones de Kenni G, el nuevo antídoto bailoteó coquetón desde las bambalinas de la lengua de Kim para desactivar el peligro. La succión no aminoró, aún más, se intensificó. El oxígeno comenzaba a escasear. Kim se imaginó con su rostro violáceo por lo que se desanudó su impecable corbata. Bárbara no cejaba en su empeño. Una nueva bolita rodó desde las paredes palpitantes de su boca para introducirse en la del hombre. Otro veneno. ¡Que obstinación la de Bárbara! Y de nuevo la lengua de Kim acudió al salvataje empujando un nuevo antídoto que anuló eficazmente el peligro.

A las cinco horas, ese larguísimo beso ya comenzaba a hastiarlos. No porque el intercambio de fluidos les desagradara sino porque sus respectivos órganos linguísticos ya se habían adormecido de tan extenuante ejercicio. Entonces ella cejó en su succión y cayó rendida en su enorme sofá de cuero legítimo. Kim, la observó y atrapado por sus encantos se arrojó sobre ella. En un frenesí de cuerpos exaltados, se mezclaron pasión, promesas, sudores y caricias. El vestido de ella fue la víctima propiciatoria y terminó hecho jirones sobre la mullida alfombra de 22 milímetros. El armisticio estaba declarado.

Después de tan larga brega debían reconocer que dos químicos farmacéuticos no se podían ver la suerte…


 

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La Confesión
 

- Confieso padre que he pecado- dijo la mujer al sacerdote que cobijado en la penumbra del confesionario, parecía contemplarla en actitud meditativa.

- He sido infiel con mi marido, me he revolcado con otro en el mismo lecho donde le he jurado amor eterno.

El cura no parecía inmutarse y la miraba con fijeza, como conminándola a seguir soltando sus pecados.

- He sido egoísta, he engañado, he robado. Como tesorera del centro de madres he falseado las cantidades recaudadas dejando buena parte para mis menesteres. Usted sabe padre, somos seres falibles.

La mujer se enjugó sus lágrimas, la voz se le enronqueció y se revolvía sus manos como si estuviese amasando un bíblico pan. Le dolían las rodillas pero era necesario soltarlo todo, alivianar su alma para estar un poco más conforme consigo misma y meridianamente en paz con ese Dios tan implacable que no le perdonaba ni una.

- Mi primer hijo no es de mi marido, eso ya se lo he contado a usted. El que no lo sabe es mi hijo ni tampoco lo sospecha mi marido. Lo que me preocupa es que Wenceslao se parece cada día más a Rubén, su verdadero padre. Son como dos gotas de agua.

La mujer se persignó con movimientos torpes y rápidos. El sacerdote no le quitaba el ojo de encima, era evidente que le concedía la oportunidad de arrancarse del alma hasta sus más mínimos pecadillos.

- Padre, nunca he sido fiel, nunca. Me merezco el infierno. Además debe usted saber que…

Dos largas horas transcurrieron desde que la mujer posó sus rodillas en aquel tablón. Dos largas horas de confesiones, de hurgar su alma para ventilarla de todo ese contaminante peso. El padre no variaba un ápice su actitud contemplativa.

Los que vieron como retiraban el cadáver del padre Lázaro del confesionario, juran que en sus ojos parecía irradiarse una especie de cuestionamiento existencial, una profunda plegaria que se quedó suspendida entre los ecos de la enorme catedral.
 

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