
¡Oh madre!, ¡oh
madre!
¿dónde quedaron los huesos de mis antepasados?
¿dónde está la historia de mi sangre?
Andros,
Invocación, canto primero.
Capítulo Primero
El Peregrino
or un camino polvoriento, que se perdía sinuoso tras las
montañas, un hombre viejo avanzaba lentamente.
Un morral a su espalda, una vara en la mano derecha, una túnica gris a causa del polvo, una pequeña toca marrón, las facciones curtidas por mil días. El hombre viejo en el camino avanzaba lentamente.
Desde arriba, un sol inmisericorde empequeñecía su figura y desdibujaba el final de la ruta. A su derecha, pequeños matorrales secos, llenos de agudas espinas se extendían hasta alcanzar las faldas de unos montes grises. A su izquierda, una llanura desierta, apenas interrumpida por un montón de piedras, y la fina línea de un río lejano. El sol en el cenit desdibujaba la ruta.
Poco a poco, el paso del hombre se hizo más lento y su respiración se agitó buscando aire. Finalmente, como si flotase, calló sobre sus rodillas y quedó tendido en el camino sin moverse.
Las horas avanzaron quietas.
Era la tarde, cuando a lo lejos una polvareda anunció a los jinetes. Eran poco más de diez, sobre caballos sudorosos. Altos, incluso los caballos se veían pequeños bajo ellos. Estaban vestidos con amplios trajes de cuero curtido, llevaban espadas cortas colgando del cinto, lanzas terminadas en puntas agudas, y unas hombreras de bronce trabajado, con una filigrana en forma de ave.
El primero vio el bulto en el camino y aminoró la cabalgata. Los demás detuvieron los caballos.
El jinete avanzó hasta donde estaba el hombre y lo tocó con la punta de la lanza. El viejo se quejó quedamente. Desmontando, se le acercó, lo tomó de los hombros y limpió su rostro. Luego, dejó caer un pequeño chorro de agua de un odre en sus labios.
Los otros jinetes se acercaron y el que estaba junto al viejo dijo:
Es un peregrino. Lleva puesta la toca de Andera. Viene de Ancáron, pero no creo que pueda llegar a Dwalir... si es que caminaba hacia allá. Está muy débil.
Uno de los jinetes le respondió.
Sarmas, no creo que el viejo llege a ninguna parte, y no tenemos tiempo para atenderlo. Déjale tu agua y continuemos. El Señor espera nuestras noticias. Sarmas no estaba de acuerdo. Trató de reanimar al viejo y le dio más agua. Pero el hombre estaba tan débil que sólo emitió un quejido. Entonces dijo:
Es deber de quienes viajan ayudar a los viajeros. El viejo es un caminantes como nosotros. El Señor puede escuchar las noticias de los labios de uno solo. Anteas, tú y Sirek lleven al peregrino, nosotros nos adelantaremos.
Está bien, respondió Anteas, pero aún así no creo que llegue vivo a Dwalir.
El grupo se dividió, y Sarmas picó espuelas rumbo a la aún lejana ciudad.
Anteas, de mala gana, subió al viejo a su caballo y montó al anca para afirmarlo. Junto a Sirek emprendieron un trote lento. Atrás, las cumbres de las montañas se teñían de rojo anunciando el crepúsculo.
Era pasada la medianoche cuando Sarmas llegó a las puertas de la ciudad junto al grupo. Los guardias le reconocieron y abrieron las puertas. Un oficial se acercó mientras desmontaban, y dijo.
El Señor espera hace horas Sarmas. Sube de imediato.
Dime Rubla ¿Está Ulmos junto al Señor?
No, partió al atardecer hacia Megir. Tardaste demasiado.
Son malas noticias, replicó Sarmas, tenía la esperanza de que Ulmos me esperaría. Las noticias son especialmente importantes para él.
No importa, Sarmas, el Señor enviará mensajeros en cuanto le informes. Llegarán a Megir mañana al medio día.
Quizá sea tarde, Rubla, quizá sea demasiado tarde.
Entonces sube ahora, Sarmas, no esperes más.
Una cosa más, Rubla, encontramos un peregrino moribundo en el camino. Anteas y Sirek lo traen. Cuando lleguen encárgate de él. No creo que a Anteas le agrade, sabes como es.
Está bien Sarmas, corre ahora.
En el interior de la ciudad, luego de pasar por varios puestos de guardia, una larga escalera de piedra flaqueada por antorchas conducía a la residencia del Señor. Sarmas subió corriendo. Frente a las puertas, un guardia somnoliento hizo el saludo de rigor y abrió. Las puertas daban a un amplio patio iluminado por lámparas. Dos guardias dormitaban junto a una pila de agua. El sonido de la puerta los terminó de despertar y condujeron a Sarmas al interior de la casa.
En el salón principal, un hombre de mediana edad estaba sentado en un amplio sitial. Era Manher, el Señor de Dwalir, y uno de los Siete Señores del Valle.
Sarmas se sentó frente a él y los guardias salieron. Aunque Manher estaba con los ojos cerrados no dormía, y sin abrirlos dijo:
Al fin llegas, Sarmas. Luego me dirás qué te demoró. Ahora, ¿que noticias traes de Ancáren?.
Nada bueno, mi Señor. Como temíais, Sarek está preparando su ejército. Desde Antaer hasta el río blanco se está reclutando gente para la guerra. Son cientos los que están llegando a Ancáren buscando refugio. La ciudad está llena de campesinos que escapan de los soldados del Hijo del Tirano. El Señor Doriewan no cree resistir el primer ataque, y está armando hasta a las mujeres para combatir. Hablé con varios campesinos que venían huyendo desde el Parien, me dijeron que hay hombres extraños entre los soldados de Sarek. Gente de más allá del Derwan, quizá de las Montañas Jeroz . Dicen que son oscuros, de brazos fuertes y pequeña altura. Cargan hachas y visten pieles.
Otros hombres me dijeron que en Jimaz, Dubaz y Tarktos se han llevado las cosechas. Mataron a muchos para poder hacerlo. También se han visto partidas de jinetes cerca de la Selva de Yikar. La ruta a Dera está cerrada. Toda la frontera norte se ha vuelto peligrosa.
Los hombres de Doriewan no pasan más allá del río Ewan, si lo hacen ya no vuelven.
De regreso me desvié a Ancáron. El Señor Dowan estaba preocupado por la suerte de Megir. Ulmos no debió partir antes de mi llegada. El Señor Dowan cree que el primer ataque será en Megir, y no en Ancáren. Capturaron dos espías, pero sólo obtuvieron vagos informes acerca de las fuerzas de Sarek. Sin embargo, uno de ellos amenazó a la familia de Dowan. El hijo y la esposa de Dowan no están en Ancáron, sino en Megir. El espía parecía saberlo y se rió frente a Dowan al amenzarlo. Sin embargo, no pudieron seguir interrogándolos. Tenían algún veneno oculto y lo usaron antes de que Dowan pudiera sacarles algo más.
Debéis mandar mesajeros de imediato. Megir está en peligro, y Ulmos debe estar sobre aviso lo antes posible.
Manher abrió los ojos como saliendo de un profundo sueño. Miró a Sarmas que tenía el rostro oscuro de polvo y sudor, y vio el cansancio del capitán tras el largo viaje. Llamó a un sirviente que trajo una bandeja con licor. Sarmas lo bebió de un sorbo.
Entonces Manher dijo:
Has hecho bien. Pero no debes temer por la familia del Señor Dowan. Partieron ayer hacia Tenar. La Esposa de Dowan no se sentía segura en Megir, y partió después de enviar a Ulmos hacia aca, hace dos días. Un mensajero llegó al medio día e informó a Ulmos. Por eso partió sin esperarte. Sabe demasiado bien que Megir será atacada y sólo quería confirmar sus sospechas con los informes de tu viaje.
Pero, ¿sabe Ulmos que Megir deberá resistir el primer ataque?
Lo intuye, Sarmas. El conoce la frontera como nadie, y desde hace tiempo temía por la suerte de la ciudad si la guerra comenzaba. La puerta de las Siete Ciudades es Megir. Por allí se puede entrar al valle sin grandes obstáculos. Cualquiera puede ir bordeando la costa desde Antaer a Megir sin obstáculos. Eso también lo sabe Sarek. Pero desconoce los motivos de Dowan para enviar a su familia justo allí.
Sarek debe pensar que ha engañado a Dowan, haciéndole creer que el ataque será en Ancáren. Por eso ha hostigado la frontera norte con sus ataques. Lo que no sabe, es que el Señor de Arkteas se puso en marcha hace diez días rumbo a Megir, y debe llegar pasado mañana. El ejército de Arkteas es de cinco mil hombres. Nosotros enviaremos mañana una partida de mil jinetes que llegarán a Megir en cuatro días más, y desde Tenar, dos mil soldados deben haber partido después de la llegada de la esposa de Dowan.
Suman ocho mil hombres, dijo Sarmas, ¿cuántos son los que hay ahora en Megir?.
Unos dos mil, entre jinetes e infantes. Pero Ulmos armará a todos los disponibles.
¿Hay noticias de Halrean?
Nada se sabe. El Señor de Vires permanece en silencio. Es el más alejado del peligro imediato, y debe estar pensando en qué forma apoyar la resistencia.
Debemos enviar un mensajero, la guerra no esperará mucho tiempo, y su decisión debe ser rápida. Necesitamos a todos los soldados del valle. Las fuerzas de Sarek son mayores que las que tenía su padre. Desde hace diez años viene preparando este ataque. Y esta vez el valle podría caer.
Tal vez, Sarmas, tal vez. Pero nosotros también nos hemos preparado. Y estamos unidos. Al menos estamos unidos frente a Sarek...
El Señor Manher volvió a cerrar los ojos, y murmuró algo en voz baja. Sarmas no alcanzó a oírlo. Entonces le preguntó:
¿Ocurrió algo más, Sarmas, durante el viaje?
Nada de importancia, Señor. Los caminos están desiertos y la gente se oculta de los jinetes. Lo único que vimos de regreso fue un hombre. Un viejo peregrino de Anderas moribundo en el camino, que...
No alcanzó al terminar, porque Manher se puso de pie y lo tomó del hombro diciendo vivamente:
¿Qué pasó con él?, Sarmas, ¿murió?, ¿cómo era?
No, mi Señor. Ordené a Anteas y a Sirek que lo trajeran. No lo vi mucho, estaba bastante mal. Tenía la toca de Andera y parecía llevar años caminando. Venía de Ancáron por el camino largo. No creo que Anteas tarde mucho más. No quería dejarme solo y deseaba llegar luego. Debe haber venido al trote aún con el peregrino a cuestas.
Por el bien de Anteas, espero que el viejo llegue vivo -dijo Manher-. Si ese peregrino es quien creo, esta es la noticia más importante de tu viaje, y la mejor en mucho tiempo.
¿Quién es el peregrino, mi Señor?
No quién es. Qué es, Sarmas. Si ese hombre ha peregrinado a Anderas y venía de regreso, y si es tan viejo como dices, tal vez es la única persona que podría evitar la guerra, o que podría vencer a Sarek.
¿Ese viejo, vencer a Sarek?
Sí, Sarmas... hay cosas que hasta los mejores y los más viejos capitanes del valle han olvidado. Cosas que las criadas más viejas les contaron cuando niños, y que perduran en la boca de los ancianos como cuentos y leyendas fantásticas. ¿Has olvidado las historias del Ormad?
De algo me acuerdo, Señor, pero no logro entender, ¿qué es el peregrino?.
No es ahora el momento, Sarmas. ¡Quieran los dioses que no me equivoque! ¡Serón! ¿dónde estás?
Desde la oscuridad un anciano de larga barba se acercó a Manher, hizo una reverencia y esperó:
Serón, Cuando llegue Anteas ordena que el peregrino sea atendido por los mejores curanderos. Debe vivir a toda costa. ¡A toda costa! Sarmas, retírate ahora y descansa. Has cumplido bien tu misión. Quizá mejor de lo que piensas. ¡Larga vida a los que respetan la ley del viajero!
Sarmas salió de la residencia del Señor y se dirigió a su casa. En el camino se decía: El peregrino, ¿la mejor noticia? ¿quién es... o qué?...
La noche se hizo más oscura sobre Dwalir, y era aún oscura cuando las puertas se abrieron para Anteas. En sueños, Sarmas veía una y otra vez el rostro del peregrino, y detrás, un muro de negras nubes de tormenta que se aproximaban. El resto de la noche fue callado por su cansancio.
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Aún no amanecía al norte, y ya el Señor de Ancáron, Dowan, estaba de pie, incluso antes de que sus sirvientes se levantaran. Sin poderlo evitar, se paseaba preocupado junto al fuego del gran salón, en el centro del Palacio.
Era el más rico de los Siete Señores del Valle, y Ancáron la ciudad más fuerte. De ella dependía toda la frontera norte, y sus escuadras de jinetes eran temidas por todos sus enemigos.
Dowan era primo hermano de Doriewan, Señor de Ancáren. Se respetaban, pero no se estimaban demasiado, ya que Doriewan estaba celoso de la importancia que Ancáron había cobrado después de la guerra contra Amansarek, el tirano, padre de Sarek.
La guerra había sido la ruina de Ancáren, y así, Ancáron, que antes dependía del padre de Doriewan, había logrado su independencia.
Doriewan -que había visto a su padre morir luchando contra Amansarek- no aceptó nunca esta situación. No importaba -decía- qué tan pobre sea un reino. Los vasallos serán siempre los vasallos, aunque sean de mi sangre.
Y su sangre, su primo hermano, el Señor Dowan, pensaba en esto mientras se paseaba inquieto en el salón.
Los secretos de la próxima guerra no le eran desconocidos. Aunque no temía una traición de Doriewan, conocía el peligro en que estaba su propia ciudad si Sarek la atacaba con todas sus fuerzas. Si el hijo del tirano prometía a sus hombres el botín de Ancáron, y la ciudad caía, el valle podía darse por perdido. Y Dowan no contaba con el apoyo de Ancáren. El mismo Doriewan se lo había dicho: "no es justo que quien fue vasallo, pida apoyo del que fue su Señor, cuando su independencia se logró por el azar y la ruina". Pero Dowan sabía que el motivo verdadero era que en Ancáren quedaban pocos hombres... y menos guerreros.
Su Ciudad estaba sola, y él lo sabía.
Pero también sabía que Sarek no lo atacaría por el norte. Ancáron era impenetrable desde allí. El amplio valle de las Siete Ciudades remataba por el norte en Ancáron, que se encontraba sobre una meseta de trescientos metros de altura. Abajo comenzaba el Parien Occidental, la región desolada.
La meseta de Ancáron bajaba en altura hacia el este y terminaba en Ancáren, la ciudad de Doriewan. En la guerra contra Amansarek, Ancáren había sufrido los ataques más fuertes, y sólo había resistido gracias al apoyo de Ancáron, que -pese a su independenciaseguía pagando un tributo nominal al Señor Doriewan... al menos hasta que Megir tuviese nuevo Señor.
Gracias a ese tributo, luego de la guerra, el Señor Doriewan había ordenado construír una gran muralla, El Muro del Parien Oriental, que debía proteger la ciudad de cualquier ataque desde el norte. Pero él y también Dowan sabían que no era suficiente.
Y tampoco Ancáron era inexpugnable. Un ejército que la atacase desde el sur podría sitiarla sin dificultad, y arrojar a los defensores al precipicio del Parien. Por eso Dowan sabía que los ataques a Doriewan eran un señuelo. El que quisiera entrar al valle debía tomar Megir, la puerta de las Siete Ciudades, al suroeste de Ancáron.
Había enviado a su mujer y su hijo a Megir, acompañados de una gran escolta. Sabía que Sarek se enteraría, y que con mayor razón atacaría Megir. Su mujer había nacido allí, y era la única que podía llamar a los Pueblos del Atardecer a unirse a Megir contra Sarek. Si el hijo del tirano capturaba a su esposa, de un golpe tendría las llaves de Megir, Tenar y Ancáron.
Aunque Megir era una de las siete Ciudades, no tenía Señor, pues toda la familia de su mujer, incluyendo a Logder, su padre y Señor, habían perecido en la guerra contra Amansarek. Sólo Úlyima, su esposa, había escapado. Así, Megir permanecía a cargo de Ulmos, el Lander, que debía entregar el poder al hijo de Dowan y Úlyima, el pequeño Señor Dareandros. Pero aún faltaba mucho para eso.
Dowan confiaba en que Sarek habría sido informado del viaje de su esposa. Confiaba en que los espías del hijo del tirano hubiesen llevado la noticia a Antaer, Porque nadie, excepto él y los más fieles de sus hombres, sabía que no era Dareandros el niño que acompañaba a Úlyima, sino el hijo de su capitán y pariente Gewan, que era casi idéntico.
Si el señuelo funcionaba, y Sarek atacaba Megir, daría tiempo a Dowan para fortalecer su ejército, y atacar al hijo del tirano por la retaguardia, bajando a la costa por el secreto desfiladero Cáron. Pero Megir debía contar con sufiencientes fuerzas para resistir el primer ataque.
Úlyima contaba con reclutar a los Pueblos del atardecer, con cuyos jefes tenía lazos de sangre. Si ellos accedían, y si las noticias que había traído el Capitan Sarmas eran verdaderas, el hijo del tirano podía ser vencido. Si no, Megir, Ancáron y todo el valle caerían bajo el yugo de Sarek.
No salía de sus cabilaciones, cuando escuchó unos pasos menudos en el corredor al fondo del gran salón. Una pequeña figura se encontraba entre las sombras.
Dari -llamó a su hijoacércate al fuego, ¿por qué estás en pie a estas horas?
El niño se acercó. Tendría unos diez u once años. Si bien era delgado, unas manos bien formadas, su altura y un mentón fuerte delataban la estirpe de su sangre. Tenía unos grandes ojos verde pálido, bajo tupidas y largas pestañas. El cabello castaño caía formando pequeños rizos en sus hombros.
Te he dicho que no me llames Dari, Padre, ese era el diminutivo de mi abuelo, y no es justo que se me llame por el nombre de quien no conocí.
Dowan río de buena gana, se acercó al niño y lo tomó de los hombros con sus grandes manos mientras decía.
Lo siento, Dareandros, pero a veces te pareces tanto a tu abuelo, hasta en la forma de hablar, que no me es fácil evitarlo.
Está bien -dijo el niñopero al menos trata. Ahora quiero saber ¿cuándo volverá mamá? Hace muchos días que partió y la extraño.
Ya hemos hablado de eso, dijo Dowan. Tu madre está cumpliendo una misión muy importante y quizá pase algún tiempo antes que la vuelvas a ver. Pero no me has respondido ¿por qué estás levantado?
No podía dormir. Volví a soñar con él.
¿Con quién?
Con el anciano... Desde hace tres noches sueño con él y siempre escucho sus palabras: «De tu sangre nacerá un río, y ese río cubrirá la tierra con la historia de tu raza». No sé que quiere decir, y me asusta.
Dowan preguntó sobresaltado: ¿dónde viste al anciano, Dareandros?
Fue en el patio de los armeros, hace hoy siete días. Era pasada la hora media, y todos estaban descansando. Yo y Dirian estábamos jugando con las herramientas del herrero, y el anciano se acercó de pronto. No supimos de dónde salió y Dirian se asustó y salió corriendo. Entonces se me acercó y dijo esas palabras. No he podido dejar de pensar en él.
¿Cómo era ese hombre?
Era muy viejo, Padre. Estaba vestido con una túnica muy sucia, y llevaba una toca rojo oscuro también sucia. Pero él mismo parecía limpio. Sobre todo sus ojos. Eso fue lo que más me impresionó. Tenía unos ojos extraños, como si estuvieran viendo más allá de donde miraban. Sus manos estaban más arrugadas que las tuyas, pero eran fuertes. Me sujetó y no pude soltarme hasta que me dejó ir.
¿Y qué pasó entonces?
Salí corriendo detrás de Dirian, y cuando la encontré volvimos al patio de los armeros, pero el anciano ya había desaparecido. Lo buscamos por todas partes, pero se había ido.
Dowan soltó al niño, y se paseó inquieto por el salón. Aunque había tomado todas las precauciones para que Dareandros no saliera de un pequeño sector del palacio, era difícil controlar al niño. Por algo había sido educado desde que dio sus primeros pasos para convertirse en un Señor. Y su carácter era prueba evidente de que la enseñanza había servido. Si por naturaleza era inquieto, las continuas pruebas de voluntad a las que era sometido lo habían templado desde temprano haciéndolo casi indomable. A su edad, otros niños aún se dejaban guiar por los adultos. Dareandros no. Por el contrario, sus maestros se veían en apuros para responder sus preguntas, y ya había superado a los mejores arqueros en el tiro a distancia. Además, conocía el palacio mejor que nadie, y jugaba escondiéndose en olvidados pasadizos o subiendo a lo más alto de las torres.
Pero, ¿quién podría ser al anciano?. Quizá un peregrino de Andera. La toca marrón era su distintivo. Pero los que peregrinaban a Andera siguiendo el círculo místico eran cada vez menos. Tal vez era un espía haciéndose pasar por peregrino.
¡Ymuz!, llamó a su paje, ¡despierta!.
Desde el fondo del salón, el joven Ymuz se aproximó limpiándose los ojos.
Perdóneme Señor, no le escuché cuando se levantó. Ordene usted.
Ve a buscar al capitán Gewan de imediato. ¡Ahora!.
Ymuz no esperó que se lo repitieran, y salió corriendo en busca del capitán. Dowan se volvió hacia su hijo:
Puedes repetirme lo que dijo el anciano.
Sí -dijo el niñono puedo olvidarlo... me dijo: «De tu sangre nacerá un río, y ese río cubrirá la tierra con la historia de tu raza»... ¿Sabes lo que significa, Padre?
Creo que puede ser bueno o malo según se interpréte, dijo Dowan. Tu serás el Señor de Megir y de Ancáron, y mis nietos -tus hijosdominarán las tierras del atardecer y el gran mar. Pero de Megir no nacen ríos, sino llegan, así que no veo como ese río cubrirá la tierra. También puede ser una amenaza. Tú eres el último de los Egir, la estirpe de tu Madre, y el primero de los Owan que no deberá pagar tributo a Ancáren. Si mueres, nuestra estirpe y la de tu madre desaparecerán. Y tu sangre cubrirá la tierra con la historia de tu raza. Porque sólo seremos historia.
Yo también he pensado en eso, dijo Dareandros, pero no creo que el anciano me estuviera amenzando. Me lo dijo como si fuera un secreto, y lo hizo lentamente. Por eso no puedo olvidarme. Y sus ojos, papá, sus ojos eran tan profundos. Nunca ví ojos así.
Los hechiceros de Sarek los tienen así, dijo Dowan. Ellos también parecen ancianos, pero son poderosos. Y sus ojos engañan y embrujan a los débiles. ¡Cuídate de los ojos hermosos!, pueden llevar la muerte consigo... ¿Qué demorará tanto a Gewan?
Mientras Dowan hablaba con su hijo, un pálido sol amarillo había salido tras las montañas. Frente al gran salón, entrecortado por la silueta de las columnas, el Parien se extendía desolado, seco. La tierra tenía un color grisáceo desagradable. Todo lo que estaba al norte lo era.
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Mientras desayunaba, la Señora de Ancáren pensaba en su hijo distante. Úlyima era la última de su estirpe, y ahora, en Tenar, viejos recuerdos se mezclaban con la imagen del futuro señor de Megir. En la tranquilidad de su alcoba sus pensamientos volaban inquietos hacia el pasado y también hacia el futuro. Terminó de masticar el último trozo de pan serin -que volvió a traer recuerdos a su mentey se levantó para ir al cuarto contiguo.
Despacio abrió la puerta y volvió a sobresaltarse al contemplar a Andyr, el hijo del capitán Gewan. Eran tan parecidos. A simple vista -vestidos con las mismas ropaspocos hubieran distinguido la sutil diferencia entre su hijo y el niño que aún dormía. No era el porte, ni el color de la tez. Los labios algo más delicados tal vez hubiesen servido. Pero era el mentón, que en Dareandros era más cuadrado y le daba un aire insolente, casi despectivo, el que los diferenciaba claramente a ambos. Andyr lo tenía más suave, menos pronunciado y eso daba un aire de inocencia y ternura a su rostro.
El niño en sueños llamaba a alguien, tal vez un amigo, tal vez su caballo. Úlyima no cesaba de mirarlo y, sin poderlo evitar, una lágrima se deslizó silenciosa por su rostro. Cerró la puerta y llamó a su mucama.
Danira.
Una figura graciosa y joven entró al cuarto. Danira era hija de la mucama de su madre, y durante tres generaciones ambas familias habían estado unidas.
Mi señora.
Danira, voy a vestir el traje de batalla. Hoy llega el mensajero de Puerto Ainom, y quiero sobresaltarlo lo suficiente.
Como ordene, mi señora. Pero, ¿no sería conveniente entonces cambiar vuestro peinado?.
Tienes razón. Debo dejar mi pelo suelto, como acostumbran las mujeres de Megir que van a combate.
Danira se acerco y comenzó a desenredar delicadamente el cabello de su señora. La fidelidad de la mucama era ciega. Desde niña se la había preparado para servir a la familia de los señores de Megir, y la responsabilidad era grande. Ella escuchaba cosas que ni los propios señores oían. Sabía del callado sufrimiento de su señora desde la guerra contra el tirano. Ella también había perdido a su padre y hermanos.
¿Cree mi señora que la gente de Ainom accederá a su petición?.
No lo sé, Danira. Son los que menos conozco. Los pueblos del crepúsculo se sienten ajenos a nuestros problemas. El tirano no se interesó por atacarlos, o no conocía la importancia de sus puertos. Poco sufrieron en la guerra. La gente de Ainom envió algunos barcos a proteger Megir, pero nada más. Ni uno solo calló en combate. Además, hubo que pagarles con grandes obsequios el favor.
¿Cómo espera convencerlos entonces?
Hay un hombre, el capitán Nomred, que es pariente lejano de mi familia. La vez pasada fue él quien intercedió ante el consejo para que Ainom enviara sus barcos. Espero que en esta ocasión haga lo mismo... si es que aún vive y logramos hacerle llegar el mensaje.
¿Podemos confiar en el mensajero?
No importa, Danira, esos hombres se fían más del dinero que del honor. Se le pagará bien. Además, no debe relacionar el mensaje al capitan con el que yo enviaré al Andra de Ainom.
¿Cómo son esas gentes?
Son hombres orgullosos y altaneros. Los pueblos del crepúsculo viven gracias al comercio, y mantienen su independencia gracias al mar. Son capaces de embarcar a todo el puerto en caso de ataque por tierra. Y sus barcos son imbatibles. Hubo un tiempo en que saquearon las costas desde puerto Tenar hasta las islas de Mer. Fue entonces cuando mi tía bisabuela, Jamira, consintió en casarse con el Andra de Dorsil. Así se logró la paz, y de piratas se transformaron en comerciantes y eventuales aliados, aunque no del todo.
Sin embargo el Andra de Dorsil consintió en apoyar a Megir.
Sí, Danira. Pero él aún lleva algo de sangre Egir en sus venas y, aunque poco se le nota, sabe respetar a sus antepasados.
Y el capitán Nomred.
Humm -suspiró Úlyimani siquiera sé bien porque es pariente de los Egir. Pienso que ni el mismo lo sabe. Tu madre recordaba haberlo visto una vez cuando era niño en Megir, y quizá ella conocia la historia. Pensé que alguna vez te lo habría dicho.
No señora. Aunque muchas veces me relató la historia de su familia, no recuerdo que haya hablado del capitán o de otros hombres de los pueblos del crepúsculo.
Yo lo vi sólo una vez cuando joven, y fue de paso, al finalizar la guerra contra el Tirano poco antes de que las naves de Ainom zarparan de Megir. En ese entonces ya era un hombre maduro y muy poderoso entre los suyos. Tenía una mirada profunda y resuelta. Incluso me atemorizó un poco.
Danira terminó de desenredar el pelo de Úlyima, y buscó el traje de combate en un baúl. Al encontrarlo se sobresaltó. Una mancha descolorida afeaba el peto alrrededor de un agujero.
El peto está manchado, y tiene un agujero, dijo. Si espera un momento puedo limpiarlo y zurcirlo adecuadamente.
El rostro de Úlyima se contrajo y se hizo duro.
No Danira, dijo. Ese no es mi traje, es el de mi madre. Y esa mancha es de su sangre. El traje no debe ser lavado o reparado hasta que quien lo ciñe haga caer sangre de la familia del Tirano, o perezca en la batalla.
Desde tiempos pretéritos, las mujeres de Megir habían empuñado las armas, y aún se educaba a las Señoras de la familia de los Egir en las artes de la guerra. Úlyima no sólo era una madre y esposa ejemplar, también era un guerrero temible.
Lo siento señora, dijo Danira. No lo sabía.
No importa. Yo misma te diré que lo limpies y repares cuando llegue la ocasión. Ahora, ayúdame a vestir.
Danira se acercó con el traje, una especie de falda larga de fino cuero repujado con tirantes al hombro, que llegaba hasta media pierna. Luego, un peto de cuero grueso que ajustaba con correas por un costado. Finalmente, un par de anchas hombreras de lámina de oro con las insignias de los Egir, sujetas por correas cruzadas a un ancho cinturón que engarzaba piedras preciosas. La mancha estaba en el peto, a la altura del corazón. Después de vestirse, Úlyima se cubrió con una ancha capa, y salió de la habitación.
En el salón principal, el Señor de Tenar, Gundwall, se encontraba rodeado por los capitanes de la ciudad. Al entrar Úlyima, los hombres bajaron la cabeza respetuosamente, y fue ella quien saludó a Gundwall.
¡Buen día, Señor de Tenar!, dijo sonriendo.
¡Buen día, Señora de Ancáron!, dijo Gundwall, y ambos rieron alegremente.
Tenar y Megir eran aliadas desde tiempos inmemorables. Y desde siempre se habían apoyado en casos de peligro. Un Megirés podía sentirse como en su casa estando en Tenar, y lo mismo sentían los Tenearanos en Megir. La amistad de ambos sólo reforzaba una alianza por demás fuerte.
Úlyima se sentó en un sitial junto a Gundwall, y un sirviente les trajo unas copas de Sirim, el licor del amanecer. Gundwall era el más joven de los Señores del Valle. De carácter arrebatado, podía ser violento con extrema facilidad, pero su talante era más bien inquieto, como un muchacho a punto de emprender una aventura. Tenía una extraordinaria capacidad para juzgar a los hombres por aspectos que a muchos parecían irrelevantes. Una mirada, un gesto, una palabra que no salía de los labios le bastaban para clasificar a quien tenía al frente. Conocía a Úlyima desde que era niño, y más que aliados eran amigos. El era menor que ella, pero se trataban de igual a igual, ya que muchas veces se habían divertido juntos, e incluso habían tenido un maestro de esgrima común, por lo que hasta sus estilos en la lucha eran similares.
Luego de un rato de beber y conversar sobre recuerdos mutuos, Úlyima le preguntó:
Ha llegado el mensajero de Ainom.
Sí, mi dama, dijo Gundwall. Al amanecer. Y sonriendo agregó: Veo que estáis lista para cumplir la misión que os ha traido a mi ciudad. Acto seguido ordenó: ¡Guardias, hagan pasar al mensajero!.
La puerta del salón se abrió, y un hombre de baja estatura, pero bastante fornido entró en la estancia.
Tenía la mirada algo inquieta y altanera. Y aunque sus manos demasiado gruesas delataban a un hombre poco refinado, luego de mirar detenidamente a los hombres presentes en el salón, dijo solemne y delicadamente:
Saludos, señor de Tenar. Saludos, señora de Ancáron. Soy Fandaer hijo de Omand, capitán de la flota de Ainom, y les traigo los mejores deseos de mi señor, el Andra Siraer. He venido en cumplimiento de la solicitud que la honorable Señora de Ancáron le hiciera llegar por medio de la gente de Dorsil, y estoy a vuestra disposición.
Veo que los pueblos del crepúsculo hablan tan bien como comercian, dijo Gundwall. ¿Sabes por qué estás aquí?.
Las noticias viajan más rápido por el mar, dijo Fandaer, y sabemos que los seis Señores temen por Megir, la puerta del Valle. Pero mi señor Siraer no sabe qué pueden querer de él los poderosos Señores de las Siete ciudades.
Es difícil que no lo sepa, dijo Úlyima, a menos que los valientes hombres de Ainom hayan olvidado la guerra contra el Tirano.
No olvidan, Señora, pero tampoco quieren recordar. No fue poco lo que hicimos por el valle, pero no es eso lo que se dice en Megir. Y su reconocimiento sólo alcanzó para que no olvidaramos, pero no para desear recordar.
Cuida tus palabras, mensajero. Dijo Gundwall, no olvides donde estás y a quien representas. Deja el comercio a los comerciantes. Hablas en nombre de un Andra, no de un pirata.
Es cierto, señor de Tenar. Pero también es cierto que los pueblos del crepúsculo podemos hablar libremente. Si en poco se nos aprecia, en poco apreciamos. Y nuestra tierra está en la cubierta de nuestras naves, no en las piedras de las ciudades. Somos más aves de paso que leones en celo.
Bien dices, capitan Fandaer, dijo Úlyima. Pero hasta las aves de paso necesitan de tierras para descansar, e incluso algunas permanecen atadas al lugar en que se posaron. Los pueblos del crepúsculo tienen algo de sangre de las Siete Ciudades en sus venas, y esa sangre pesa más que el oro.
No lo ignoro, señora, pero también es cierto que con el tiempo hasta la más noble sangre se vuelve liviana, más aún en nosotros, que en las venas llevamos más del turquesa del océano que del granate de la tierra.
¡Basta!, dijo Gundwall enfurecido. No estás aquí para hablar, sino para escuchar. Y, aunque sé que la Señora de Ancáron no lo aprobaría, juro que si dices una insolencia más, a Ainom llegará el mensaje, mas no será con la lengua con que lo entregues.
Sin siquiera inmutarse por la amenaza, Fandaer respondió en tono conciliador: Siento si mis palabras han molestado al Señor de Tenar. Es que a veces la sangre de nuestros antepasados piratas aflora más de lo conveniente, incluso para comerciantes como nosotros. Estoy a vuestra disposición.
Bien sé que la sangre del Señor de Tenar también aflora rápido, dijo Úlyima, y solo pido que llevéis el siguiente mensaje a Ainom.
Escucho, dijo Fandaer.
Di al Andra Siraer, que en nombre del Señor de Ancáron, su esposa solicita la ayuda del pueblo de Ainom en contra del hijo del Tirano.
Y luego de dicho esto, Úlyima se levantó del sitial y dejó caer la capa. Tanto Gunwall como Fandaer y todos los presentes en el salón se sobresaltaron al ver el traje de combate. Se veía imponente, como una efigie de remotas eras, y la mancha de sangre relucía en el peto. Sin eperar que el mensajero respondiera, agregó:
Y dí al Andra de Ainom que Úlyima Anachar, la última de los Egir y madre del futuro Señor de Megir, invoca el pacto de sangre de su casa con las casas de los pueblos del crepúsculo. En nombre de este pacto, que Ainom apoye a Megir contra el hijo del Tirano. Que todos conozcan esta solicitud, y que sea dicho que no se olvidará aquello que el Andra de Ainom haga en nombre de esta palabra.
Y tomando la palabra, Gundwall agregó:
Y lleva al Andra Siraer la promesa de Tenar: Un barco de grano, un barco de piedras del Urose, y cien caballos de las praderas del Samad si los Ainom responden a este llamado. Pero, ¡escucha bien!, de no hacerlo, ¡obligaré a las aves de paso a buscar nuevas tierras donde descansar!
Fandaer, que había palidecido al ver a Úlyima de pie y en traje de combate, y que se volvió aun más pálido con las palabras de Gundwall, recobró su algo de su sangre fría y dijo:
Haré llegar vuestro mensaje a mi señor el Andra, Señora, y del vuestro sólo recordaré lo primero, Señor. Humildemente creo que no será necesario decir el resto, aunque no dudeis de que lo haré saber si la ocasión lo aconseja.
Si así lo estimas no puedo evitarlo, dijo Gundwall. Pero recuerda, siempre cumplo mis promesas. Ahora, puedes retirarte.
Fandaer hizo una reverencia y salió del salón. Una vez fuera de las habitaciones centrales, una mueca ácida cruzó su rostro y un sarcasmo afloró a su boca. Sin embargo, no alcanzó a mascullar nada, porque una pequeña figura cuubierta por un capuchón le tomó del brazo mientras decía:
Continua caminando y calla, mensajero. Recibe ésto a cambio de tu promesa de silencio y lealtad. Y una vieja mano de mujer acercó a la cara de Fandaer un anillo de oro con un gran brillante en el centro.
¿Qué quieres a cambio?, dijo el mensajero.
Que lleves esto al capitán Nomred en nombre de quien no lo olvida. Y al decirlo le entregó una carta lacrada.
Siento no poder hacerlo, dijo Fandaer. El Capitán Nomred está muerto desde hace un año.
Danira, que no era otra la portadora del mensaje, después de dudar un instante, preguntó:
¿Vive aún su hijo?
Así es, dijo Fandaer, pero ¿quién eres tú que entrega tan valiosa joya por llevar una carta? ¿cómo conociste a Nomred y cómo sabes de Damred?.
No importa, dijo Danira, porque lo que yo y Nomred tuvimos vale más que todas las joyas del mundo -tu comprendes, ¿no?-, y lo que hay en la carta también puede servir a Damred aunque no sea del gusto de su madre. Por eso, entregarás la carta a él, y sólo a él. ¿Lo harás?.
De acuerdo, dijo Fandaer. Pero...
Sin peros, dijo Danira. Haz tu promesa y gana la joya.
Prometo, dijo Fandaer.
En nombre de tu casa, capitán Fandaer, hijo de Omand.
En nombre de mi casa.
Sea, dijo Danira, y se alejó de Fandaer perdiéndose en las sombras de un pasillo cercano.
El mensajero apretó la joya en su puño. Qué importa quien sea esa vieja, pensaba, esta piedra vale a lo menos diez inom... ¡y por una simple carta de amor!, y se reía solo mientras salía del palacio.
Danira corrió al salón quitándose el maquillaje de las manos. Gundwall y Úlyima la esperaban inquietos.
¿Qué dijo?, preguntó Gundwall.
El capitán Nomred está muerto.
¿Muerto?, dijo Úlyima.
Sí mi señora, desde hace un año. Pero le envié la carta a su hijo, Damred.
¿Nomred tuvo un hijo?, dijo Gundwall. Ni siquiera yo lo sabía, agregó.
Eso dijo el Mensajero.
¿Y cómo lo sabías tú?, Danira.
No lo sabía, señora, pero no se me ocurrió otra cosa. Además el mensajero ignoraba que yo no sabía del hijo. Yo le pregunté si aún vivía, como si lo conociera.
¡Ahh, Danira!, ruego que no te hayas equivocado. Fue una idea magnífica, pero ruego a los dioses que no se vuelva en nuestra contra.
Lo siento, señora, pero no sabía qué hacer.
Está bien, Danira. No dudo que el hijo de Nomred sea de su misma estirpe. Sólo espero que entienda la importancia de lo que le pedíamos a su padre y que sepa leer entre líneas. Y confío en que Fandaer no abra la carta.
No creo que lo haga, señora. Me pareció haberlo convencido de ser un viejo amor del capitán. Y, aunque lo hiciera ¿será suficientemente inteligente para comprender el mensaje?.
No lo sé, Danira, no lo sé. Pero todo depende del hijo de un hombre que sólo vi una vez, y de la posibilidad que haya contado a su hijo los secretos de la derrota del tirano... ¿cómo saberlo?.
Siento si no hice lo correcto, dijo Danira.
Aún podemos detener al mensajero, intervino Gundwall.
No, dijo Úlyima. Tal vez fue mejor. Si el hijo de Nomred recibe la carta, y no la entiende, no habrá peligro. Y me parece que el capitan Fandaer no es lo suficientemente sutil para entenderla. Valiente, pero torpe. Educado, pero demasiado orgulloso. No romperá su promesa. Has hecho muy bien, Danira. Gracias a tu astucia, es posible que el mensaje llegue justo al hombre preciso en la forma correcta, aunque no sea ni el mismo hombre, ni la misma forma. Y Úlyima comenzó a sonreir hasta que la una risa clara salió de sus labios.
¡Hay, Danira!, eres más hábil de lo que pareces. Todos los días me sorprendes un poco. ¡Engañar dos veces al mensajero de Ainom, así, sin más!
Y la risa del Úlyima se hizo mayor, y se transformó en las carcajadas de todos.
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Era aún temprano cuando el capitan Sarmas se levantó. Pese al cansancio del largo viaje, no había podido dormir bien. Las pesadillas de una tormenta le habían inquietado toda la noche y el viejo. ¡El peregrino!.
Salió casi corriendo de su cuarto y se dirigió a la casa de salud. Los guardias adormilados despertaban a su paso veloz. Al llegar a la antigua construcción, se encontró con Huerdel, el curandero del Señor Dewan.
¿Cómo está el peregrino?, preguntó sin saludar.
Buen día, capitan Sarmas, dijo Huerdel marcando las palabras. Vive aún y duerme, pero está muy débil. Es viejo, y la caminata desde Ancáron fue mayor que sus fuerzas. Pero se nota que en su juventud fue un hombre recio. No cualquiera habría soportado lo que él.
Perdón, Huerdel de Simer, y buen día. El Señor Dewan estaba muy inquieto por la suerte de ese hombre y durante la noche apareció en mis sueños. No entiendo bien por qué el Señor se ha interesado tanto por él. ¿Conoces algo de eso?
No soy yo, capitan, el que debe hablar acerca de ello. Ni los viejos ni los sabios pueden responder algunas preguntas. Si quieres, pasa a verlo, pero en silencio.
Gracias, Huerdel, y que los Dioses te protejan.
Adios, capitan Sarmas. Que tus dudas encuentren respuesta y tus saludos mayor tiempo para expresarse.
Huerdel se encaminó a la residencia del Señor, mientras Sarmas, en quien la incertidumbre respecto al peregrino aumentaba más y más, entraba calladamente en la casa de la salud.
El edificio era muy antiguo. De planta trapeizoidal, su costado más amplio daba al sur, donde estaba la entrada. Dos columnatas a los lados de la ancha puerta sostenían un falso atrio, en que estaban representados dos guerreros en lucha: un joven de cortos años con una venda tapando sus ojos, y un anciano decrépito y cadavérico sin boca.
Numerosas ventanas permitían entrar la luz del sol, lo que mantenía tibio el interior, y un ingenioso sistema de ventilación renovaba el aire, en el que flotaba un suave aroma a hierbas medicinales.
Un ayudante condujo al capitan donde el peregrino. El anciano estaba tendido en una litera, cubierto con una delgada sábana blanca. Su mano izquierda colgaba inerte a un costado, pero la derecha estaba contraída sobre el pecho.
Sarmas, que sólo había visto al peregrino en el camino, se asombró del cambio que el hombre había experimentado: él recordaba a un viejo mortecino como el atardecer, y más cerca del reino de los muertos que del de los vivos. Pero el hombre que tenía al frente irradiaba una claridad y una vitalidad insospechadas. Su rostro, pese a estar surcado por mil arrugas, tenía un suave color mate y una tersura aterciopelada. Dos espesas cejas y una larga y recta nariz eran lo primero que atraía la mirada. Luego, la frente amplia y sobresaliente, el mentón fino pero con carácter, y una larga cabellera cana aportaban claros indicios de su origen. Pero lo que más llamó la atención de Sarmas fueron sus manos. Unas grandes aunque finas manos en las que sobresalían gruesas venas. Los largos dedos y las cuidadas uñas delataban al pensador, al hombre sabio. Y el contraste entre la mano empuñada -que parecía proteger un oculto tesoroy la que caía laxa, denotaban a un hombre recio, pero de gran paz interior.
Abstraido largo rato en su contemplación, el capitán no sintió la presencia de alguien que se paraba a su lado. Sólo cuando el Señor de Dwalir se anunció con un leve carraspeo, Sarmas reaccionó. Entonces Manher dijo:
Es un hombre extraño, capitan. En mi vida sólo he conocido a otro como él. Un hechicero del Tirano que atrapamos durante la guerra. Pero este hombre, aunque similar, tiene un aura distinta. Emana bondad y no provoca temor ¿no lo crees, Sarmas?
Es cierto, Señor. Tiene algo que subyuga y que no acierto a comprender. ¿Es también un hechicero?
Tal vez, capitán. Pero no creo que eso sea lo importante. Muchos pueden conocer la magia, pero dominarla es otra cosa. Y, lo que es más, siento que este hombre está más allá de los hechiceros. Creo que es un mago. Con solo estar a su lado se puede percibir un halo de paz. Me siento extrañamente seguro, como si el tiempo hubiese cesado.
En ese momento el peregrino contrajo el ceño, como si interiormente sostuviera una batalla. Luego, la mano sobre el pecho se distendió, y lentamente sus ojos comenzaron a abrirse. Manher y Sarmas se mantuvieron en silencio, y por un instante, todo en la Casa de la Salud hizo lo mismo. Luego, rompiendo la inexplicable calma, el hombre habló:
Agradezco las atenciones, aunque desconozco quien me las ha brindado.
El señor de Dwalir dijo:
Soy Manher, peregrino, y te encuentras en Dwalir, mi ciudad. Pero si a alguien debes agradecer es al capitan Sarmas. Gracias a él te encuentras aquí.
Entonces agradezco al capitán en nombre de todos los viajeros, Señor de Dwalir, y a vos por contar con tan nobles guerreros.
Agradezco el cumplido, pero más agradecería saber vuestro nombre, dijo Manher.
Mi nombre, humm. Caminas rapido, señor de Dwalir, pero no siempre el que se apresura llega primero a destino. Sin embargo, si es necesario podéis llamarme Mador.
Extraño nombre -dijo Sarmassuena a conocido y sin embargo es nuevo para mi.
A veces lo evidente resulta difícil de descubrir, capitán, aún para ojos tan sagaces como los tuyos.
Bien, Mador -dijo Manher-, tal vez vaya demasiado rápido, pero en tiempos como estos es a veces necesario. Puedes decirme qué misión te trae a mi ciudad.
Calma. Calma y paciencia señor de Dwalir. A un viejo como yo hay que respetarle ciertos hábitos, más cuando el peligro acecha y un caminante agotado puede ser acogido por más de una razón. Antes de responderos quisiera que vos me respodierais algo.
Sarmas, que tenía menos paciencia que Manher, comenzaba a exasperarse con la actitud del enigmático huesped, y le recriminó diciendo:
Cuida tu lengua peregrino, hablas con Manher, el Señor de Dwalir, y es a su merced y por su gracia que te encuentras vivo. No abuses de su paciencia.
Descuida, capitan Sarmas. Tal vez tu propia paciencia se agote a prisa, pero los Señores del Valle poseen recursos que incluso sus mejores capitanes ignoran. Qué dices, Señor de Dwalir. Responderás mi pregunta.
Está bien, Mador. Pero luego deberás responder. La paciencia de Sarmas puede ser escasa, pero le sobran motivos para desconfiar.
Dime, Manher de Andwalir, recuerdas cuando eras niño.
Así es, Mador.
Recuerdas haber jugado a orillas del río Lir.
Tantas que he olvidado su número.
Una vez, en una ocasión, algo especial sucedió. Algo que sólo recuerdas como una lejana niebla, pero que sólo tu conoces. Algo que cambió tu mundo como cambia la noche en día... como cambia la noche en día... ¿puedes recordarlo?.
Manher cerró los ojos y retrocedió a su niñez. Lejos en el pasado, en las riberas del Lir. Lejos en el pasado, antes de la guerra contra el Tirano. Lejos, muy lejos, cuando su altura no era mayor que la de la espada de su padre. Pero las imagenes no venían, y los juegos en el río parecían difusos. Recuerdos de días felices velados por el tiempo. Recuerdos de risas, de carreras, de chapuzones y competencias por aprender a nadar... las imagenes se confundían y entremezclaban.
El agua... los juegos... el río... el agua... el agua...
De pronto, el Señor de Dwalir se estremeció, y un escalofrío recorrió su cuerpo. Lentamente una poderosa imagen llenó su recuerdo. Estaba solo y comenzaba a atardecer. El río brillaba como una cinta de plata. El agua tibia y la suave brisa y... y... ¡Un ave!. Un halcón. El emblema de la ciudad. Un halcón herido había caído en el río. El estaba en la orilla y se lanzó a las aguas para rescatarlo. El río comenzó a arrastrarlo mientras trataba de alcanzar al ave. Manher aún no aprendía a nadar bien. Comenzó a sumergirse, pero sus ansias de salvar al halcón eran mayores que su miedo. Pataleando, manoteando como podía, logró acercarse lo suficiente para tomarlo, pero entonces la corriente del río se hizo más fuerte, y el niño comenzó a girar y hundirse, y su cuerpo golpeó con las rocas y comenzó a ahogarse. Aún así no soltaba al ave, a la que trataba de mantener en la superficie. La desesperación hizo que patalease con más fuerza, y por un instante logró sacar la cabeza del agua, y por un brevísimo instante lo vio: un gigante corría por la orilla del río y se lanzaba a las aguas. Luego, volvió a hundirse, y su cabeza golpeó contra una roca, y ya no recordó más...
Después, una sensación dolorosa en la cabeza, tos y un sabor ácido en la garganta. Y el gigante a su lado reanimándolo. Pero el gigante era sólo un hombre. Un hombre joven que lo cubría con una manta. Un hombre joven que le revisaba la cabeza.
Pero él estaba más preocupado por el halcón... ¿qué pasó con el halcón?. Su mano aún sujetaba al ave, pero estaba muerta. El niño lloró. Pero el hombre le dijo que no lo hiciera, que no estaba muerta, que sólo dormía. Y sus grandes manos acariciaron al halcón. Y ya no estaba muerto, sino que picoteaba con fuerza a Manher para que le soltase. Y el hombre le dijo al niño que por su valor, el ave se había salvado. Y que su valor merecía la recompensa del olvido. Y el niño olvidó lo que había ocurrido en el río, y sólo recordó haber conocido al hombre joven, que conversaba a su lado sosteniendo a un halcón en su guante.
Cuando Manher volvió a abrir los ojos estaba pálido. Sarmas lo miraba con preocupación y, al frente, el viejo lo miraba sonriendo. Y el señor de Dwalir preguntó con voz temblorosa:
Grindelor ¿eres tú?
Quién otro, Manhi, quién otro.
Y Sarmas vio con asombro como Manher se arrodillaba al lado del anciano y tomaba su mano acariciándola con cariño mientras decía:
Por qué, por qué no me lo has dicho. ¿Cómo pude ser tan ciego?. Grindelor, mi amigo. ¿Cómo pude olvidarte?.
Hay cosas que es mejor olvidar, Manher, pero un señor del valle no debe olvidar su condición. Soy yo quien debe arrodillarse ante ti.
Sin soltar la mano del anciano, el señor de Dwalir se puso de pie mientras decía:
Que los dioses sean mil veces loados por haberme permitido vivir este momento, y mil veces volvería a arodillarme ante aquel a quien debo la vida. No me humillo, mi amado Grindelor, sólo rindo un justo homenaje a quien había perdido en la memoria de los días. Pero nunca olvidaré que no me has dicho desde un principio quien eras.
Siento haber tenido que hacerlo, señor, pero no estaba seguro de que en realidad fuerais vos. Más de una vez el enemigo ha intentado confundirme imitando a quienes amo, así que debía estar completamente seguro de quien érais antes de dar mi nombre. Además, no tengo un buen recuerdo de mi llegada a Dwalir. Esa cabalgata por el camino largo casi acabó con mis fuerzas. Hasta los hombres del hijo del Tirano hubiesen cuidado más de mi.
¡Ahh, lo sabía!, exclamó Sarmas. Lamento haber ordenado a Anteas que te trajera. Es un guerrero formidable, pero de mal carácter y pocos modales.
Eso ya no importa, capitan. Pese a sus modales me encuentro a salvo, y entre amigos. Anteas cumplió su misión y eso es lo importante.
¡No basta!, exclamó Manher contrayendo el seño. Los hombres de honor no sólo deben actuar con valor, sino también con corazón. Anteas recibirá castigo.
Sí, dijo Grindelor, pero a veces los hombres de honor -con o sin modalespueden perder la vida por actuar con corazón, ¿o no, Señor de los halcones moribundos?...
Y Sarmas contempló extrañado como Dewan comenzaba a sonreir para acabar riendo alegremente, mientras decía:
Es cierto, mi buen Grindelor. Anteas deseaba llegar junto a Sarmas. Era su misión servir de guardia a nuestro capitan, y no detenerse por peregrinos medio muertos en el camino... halcones y hombres deben dar gracias al honor y la obedencia de los valientes, aunque terminen mojados o peor de lo que estaban.
Sarmas nunca comprendió de qué estaban conversando su Señor y el viejo peregrino. Pero, si hasta ese momento Anteas no le era especialmente agradable, desde entonces supo disimularlo con mayor cuidado.
Ahora, dijo Grindelor, debo levantarme. Hay cosas que deben decirse de pie, aunque el cuerpo no esté de acuerdo.
Pero aún no os encontráis bien, Grindelor, dijo Sarmas. Puedes permanecer en la casa de la salud hasta que repongas todas tus fuerzas.
Grindelor afinó los ojos como si fuera un gato al acecho, y sus labios esbozaron una sonrisa jactanciosa mientras decía:
¿Mis fuerzas, capitan?, ¿tan mal se ve este viejo para ojos jóvenes como los tuyos?.
No he dicho eso, pero me parece que debiérais descansar un poco más.
Tal vez, capitán, pero no para recuperar las fuerzas que vos creeis. ¿Puedes acercar mi vara?
Sarmas tomó la vara del peregrino que estaba frente al lecho, pero cuando intentó moverla no pudo hacerlo. Parecía estar pegada al piso y ni con toda su fuerza consiguió sacarla de su sitio. Asombrado miró a Dewan que lo observaba interrogativo y soltó la vara como si lo quemara. Entonces Grindelor se puso de pie y la tomó como quien levanta una pluma, mientras decía.
Ves, capitán. Hay algunas cosas que ni aún un hombre joven logrará realizar, aunque ponga toda su fuerza en ello.
Hay más de lo que puedo entender detrás de tu rostro, peregrino. Pido perdón por mi ceguera.
Está bien, capitan, otros hubieran pensado y hecho lo mismo que tu. Pero aprende esto: de quienes lleven la toca de Andera puedes esperar muchas cosas, pero nunca te fies de su apariencia. ¡Puede costarte la vida!. Ahora, si nos permites, el Señor de Dwalir y este viejo peregrino deben conversar algunas cosas que solo las plantas deben escuchar.
Si mi señor no ordena otra cosa, me retiro, y agradezco la lección, Grindelor.
Adelante, Sarmas, dijo Manher. Informa a los capitanes que se deberán presentar ante mi al atardecer.
Así se hará, señor, dijo el capitan. Y mientras salía de la casa de la salud iba diciendo: tienes mucho que aprender, capitancito. Y, ya sabes, desconfía de la apariencia de los que lleven la toca de Andera.
Después de que Sarmas hubo salido, Grindelor dijo a Manher:
¿Aún existe el jardín secreto, Manhi?
Aún, Grindelor. ¿Recuerdas a Quereón?. Sigue vivo, aunque ni el mismo recuerda sus años. Desde que yo recuerde se ha encargado de mantener el jardín, y además de él, sólo su hijo sabe que existe.
Vallamos allá entonces, señor de Dwalir. Añoro verlo.
Ambos salieron de la casa de la salud ante los ojos asombrados de los ayudantes, que nunca entendieron como el peregrino había mejorado.
Recorrieron el centro de la ciudad. Los habitantes saludaban respetuosamente a Manher y miraban extrañados al peregrino, a quien el Señor sostenía del brazo. Lentamente, se dirigieron al muro del sur, caminando por entre viejas construcciones y conversando animadamente. Entraron por un estrecho pasillo al lado de una casa y cruzaron por una bien disimulada puerta que asemejaba un trozo de pared.
A otro lado, un anciano de larga barba se encontraba sentado sobre una banca con un azadón entre las manos. Al verlo, Grindelor dijo alegremente:
¿Cómo están las Aralias, Quereón?
Aún no florecen... humm, pero no recuerdo habértelas presentado, humm -dijo el anciano, y agregóbuen día, Señor Manher. Veo que ha traído visitas.
Así es, mi buen jardinero. Las maravillas que has cultivado deben recibir las miradas de otros ojos además de los míos.
Depende de quien sea el dueño de los ojos, humm, hmm, dijo el anciano. Pero a vuestro lado, las visitas son bienvenidas.
Nunca estuviste muy de acuerdo en que visitara tu jardín. Pero espero que ahora me permitas recorrerlo, dijo Grindelor.
Acercate, dijo Quereón. Mis ojos no son los de antes, hmm, y -por lo que veoha pasado mucho desde que conociste mis aralias.
Grindelor se acercó al anciano, y lo tomó por los hombros mientras decía:
¿Cómo?, no recuerdas al que robaba tus manzanas.
¡Grindelor!, exclamó el anciano emocionado. ¿Cuánto tiempo ha pasado?
Demasiado, mi viejo Quereón, pero no el suficiente para olvidar las más hermosas aralias del valle, ni al responsable de su existencia.
Ambos se abrazaron con alegría mientras Manher los contemplaba sonriendo.
Los tres hombres conversaron largo rato, a veces riendo y a veces quedamente. Quereón era el mayor, pero los tres habían sido amigos inseparables durante la infancia del Señor, y ya era pasado el mediodía cuando Manher dijo a Quereón:
Bien, mi jardinero. Ahora dejanos solos y di a tu nuera que espere a dos invitados a almorzar.
Y que no olvide poner manzanas de postre, agregó Grindelor riendo.
No has cambiado, Grindelor, dijo Quereón. Pero esta vez no tendrás que sacar las manzanas a mis espaldas, humm. Y haciendo una venia el anciano se retiró cerrando la puerta.
El jardín secreto era un vergel. Había helechos gigantes, pequeños prados de trébol de las praderas del Samad, orquídeas de la selva del Yikar, cáctus del Olock, nenúfares color oro, jacintos tornasoles, analcas de los pantanos, enredaderas que trepaban por el tronco de añosos robles, flores del fuego, dúlipas, arencas. El jardín encerraba las más hermosas plantas y árboles del valle, e incluso de tierras ignotas. Manher y Grindelor caminaron por sendas de arena blanca del Lir y llegaron a una fuente al centro del jardín. En un costado, un grupo de plantas esbeltas como ciervos y altas como un niño, de un intenso verde esmeralda, se econtraban protegidas por una pequeña cerca. La única cerca en todo el jardín. Grindelor se aproximó mientras exclamaba:
En toda Acán no existen aralias más hermosas que éstas. ¡Bendigan los dioses las manos de Quereón!.
Asi sea, dijo Manher, pero ahora, Grindelor, ¿qué es de tanta importancia para que sólo yo y las aralias lo escuchen?
Mucho, demasiado malo y muy triste, mi Señor. Tanto, que temo que esta sea la última vez que mis ojos se alegren contemplando estas maravillas. El tiempo está cambiando, y se aproxima una tormenta que cambiará la tierra y a todo lo que en ella habita.
Manher se sobresaltó. Sabía que lo que Grindelor debía decirle era importante, pero nunca hubiera pensado que podían ser tan malas las noticias.
¿Qué pasa, Grindelor, estás en peligro?
No sólo yo, Manhi. Todos. La amenaza del hijo del Tirano es sólo una parte de lo que está sucediendo. Y ni siquiera es la más importante. Ni siquiera es la mayor.
¿Hay otros enemigos?, preguntó Manher.
Grindelor se sentó en una banca al lado de la fuente. Durante un momento contempló el agua como concentrándose, y luego, su rostro se ensombreció y dijo:
Hace años emprendí el camino rumbo a Andera siguiendo la ruta del círculo místico. Tantos años que no los recuerdo. Abandoné Tarktos poco después de la caída del Tirano y me dirigí a Dera, pero en el camino por la Selva del Yikar fui atacado y tomado prisionero por unos hombres que desconocía.
Aún era joven y fuerte como el capitan Sarmas. Muchos calleron bajo mi espada, pero eran demasiados y finalmente fui apresado. Me llevaron siguiendo el curso del río Eroz hacia las montañas del Jeroz y luego, a través del paso, hacia el desierto. Casi muero de sed durante la travesía. No comprendía lo que esos hombres hablaban, y me hacía entender por señas. Eran de tez oscura y bajos. Poco inteligentes pero esforzados y duros como las piedras.
Después de mucho tiempo, llegamos a una aldea en un oasis, muy al norte. Xor Malack se llamaba, y era una parada en la ruta de las caravanas, aunque esto lo supe mucho después. Allí me entregaron a un grupo de soldados. Ellos también hablaban esa extraña lengua, aunque más suavemente... de sólo recordarla me da asco. Eran pálidos, casi translúcidos. De pelo negro ensortijado. Tenían rostros extraños, como almas en pena. Parecían muertos, pero actuaban con una fiereza y crueldad que ni los más vivos poseen.
Lo que ahora voy a revelar nadie lo sabe en el valle, y quizá sea demasiado tarde para que sirva el decirlo:
Muy al norte, cruzando el desierto del Jeroz existe un reino macabro, el dominio de un rey brujo. Aljhud -el reino de los muertos- se llama y es peor que la peor pesadilla del más malo de los hombres.
Vi cosas allí que aún ahora me estremecen y me hacen despertar temblando en las noches. En ese lugar no existe ley que proteja a los extanjeros. Para ellos, los demás pueblos son solo nuevos esclavos por dominar. Han conquistado todo el norte, hasta donde la vista puede extenderse. Si crees que el hijo del tirano es poderoso, deberías ver Aljhud. Durante siglos han sometido a todo los pueblos de la región. Tienen miles de esclavos y armas poderosas. Su ejército es comandado por capitantes hechiceros, y utilizan todo el poder del mal para conquistar y aniquilar a sus enemigos. Poseen millares de caballos, suficiente oro para contruir una ciudad y tapizar las calles, y extensos campos cultivados por miles de esclavos. Pero, lo que los hace más temibles son sus creencias. A los niños se les enseña desde que nacen a despreciar a otros pueblos, a los que no consideran como hombres. Sólo pueden tener familia entre ellos, y cualquiera de otra condición es humillado y sometido. Sirven ciegamente a su rey brujo, y ningún extranjero puede pronunciar su nombre so pena de muerte. Afirman que el Rey Brujo dominará el mundo, y que su dios destruirá a todos los dioses. Bajo el emblema de las dos serpientes han conquistado ciudad tras ciudad, y reino tras reino.
Y ahora están listos para atacar el Valle.
¡Atacarán el valle!, dijo Manher cada vez más sobresaltado.
Sí mi señor. El hijo del Tirano es peligroso, pero no porque sea poderoso, sino porque se ha aliado al reino de Aljhud y desde allí está recibiendo hombres, armas, alimento y oro. El ejército de Aljhud comenzó a prepararse tras la caída del Tirano. Son miles, perfectamente armados y ya han comenzado a llegar los primeros a Quertios. Esto es, Manher, lo que tenía que decirte, aunque quedan aún otras cosas.
¿Qué más, Grindelor?, ¡Qué más por todos los dioses!.
El rey brujo, Ankarack -¡los dioses maldigan su nombre!es un enemigo temible. Tiene el poder del mal a su servicio, y es sabio en su uso. Me llevaron a su presencia poco tiempo después de llegar a Aljhud, y poco faltó para que su inmunda magia me dominara. Quería convertirme en su esclavo, quería hacerme otro de sus hechiceros. Pero de esto te contaré después del consejo con los capitanes de Dwalir.
El sol hacía relucir las plantas del jardín secreto, pero los ojos de Manher veían a través de la niebla. El temor, la ira y el profundo sentimiento de un futuro terrible estremecian su interior. ¡El valle estaba amenazado de muerte!. ¡Dwalir, Arkteas, Halrean, Tenar, Megir, Ancáren, Ancáron!. ¿Quién podría oponerse al nuevo enemigo?. ¿Cómo enfrentarían al ejército del reino de los muertos!. El señor de Dwalir se sentó junto al peregrino y de pronto pareció ser sólo un viejo, doblegado por el peso de innumerables años. Sin embargo, la mano de Grindelor tocó su frente, y -como si todo lo que el peregrino le contó fuera un lejano sueñola niebla se disipó y sólo eran dos viejos amigos conversando de aralias en un jardín secreto.
Muy lejos de allí, en la mesa del rey brujo, una copa de cristal calló al suelo, y Ankarak supo que había sido descubierto. Una risa macabra cruzó su rostro, y un viento helado sopló con fuerza sobre el mundo. La tormenta se aproximaba vertiginosa y su violencia acabaría con la tierra.
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A la cabecera de una larga mesa, Ulmos, el Lander de Megir escuchaba discutir a los capitanes de la ciudad respecto a las medidas de defensa que se estaban tomando.
Allí se encontraban los mejores hombres de la puerta del Valle: Sendar, el capitan de los arqueros, Aldrin, el comandante de la flota de Megir, Umanyan, el perid de la caballería, Ansaer, el jefe de los infantes, y Doraen, el armero. Este último había tomado la palabra y discutía algunos puntos que le parecian importantes.
Lander Ulmos, deberíamos reforzar las puertas que dan al embarcadero. Allí sólo hay tres guarniciones que serán insuficientes si se produce un desembarco.
Mis hombres pueden detener cualquier desembarco, dijo Sendar. Hay flechas incendiarias dispuestas y listas para quemar a toda la flota enemiga.
Sí, respondió Doraen, pero los arcos y ballestas que tienen no han sido usados en combate desde la guerra contra Sarek, pueden fallar en el momento menos oportuno. Además, las puertas no son seguras y caerían demasiado pronto ante un ariete bien manejado.
No dudo que las puertas caigan ante un ariete, dijo Sendar, pero quienes lo manejan deben acercarse lo suficiente, y cualquiera que se encuentre a tiro de arco es hombre muerto.
Ahora bien, tampoco las catapultas han sido probadas en combate, pero a los arcos se les ha cambiado la cuerda, y se han mantenido en aceite durante una semana y las ballestas han sido limpiadas, y se les han puesto cables nuevos.
Sabemos que arcos, ballestas y catapultas pueden fallar, pero no se puede asegurar que lo hagan, y menos aún planificar nuestra estrategia en virtud de ello. Seguir dividiendo nuestras fuerzas sería más peligroso que un posible ataque por el embarcadero.
Aún así, tres guarniciones pueden no ser suficientes para detener un asalto masivo. Si el Capitan Sendar está de acuerdo, podríamos reforzar a sus hombres con tres escuadrones de arqueros de Tenar, respondió Doraen.
Estoy de acuerdo, pero debemos consultar con el Capitan de los arqueros de Tenar a su llegada. Tal vez él tampoco esté conforme con la idea de dividir sus fuerzas, y creo que mis hombres son suficientes para detener un asalto por ese sector.
Es cierto, Capitán Sendar. Yo y todos los presentes conocemos el valor y la precisión de tus arqueros, pero estarás de acuerdo en que no está demás reforzar aquellos puntos que pueden resultar débiles ante un enemigo mayor. ¿Qué decisión tomará, Lander Ulmos?
Ulmos permaneció callado un momento, meditando la resolución. Conocía a ambos capitanes desde niños, y sabía que existía una pugna constante entre ambos, aunque leal y honesta. Sin embargo, no podía permitir que esas pequeñas rivalidades se manifestaran en combate. Decidió tomar una medida tajante, pero que dejaría a ambos conformes, al menos en parte.
Pienso, dijo, que ambos tienen razón. Por ello, reforzaremos las guarniciones del embarcadero con una compañía de infantes, que permanecerán a resguardo e intervendrán sólo si las puertas son abatidas, o si el enemigo logra subir por los muros. Respecto a las fuerzas de Tenar, no conozco su composición, pero dudo mucho que tengan más de dos escuadras de arqueros. El Señor Gundwall confía más en sus infantes y caballeros que en arcos y arqueros, recuerden que no hay buenos bosques de fresno cercanos a Tenar. Ahora bien, más me preocupa la posibilidad de que nuestra flota no pueda impedir un desembarco en las playas cercanas al embarcadero. Si ello ocurre, ni los mejores arcos podrán enviar flechas a esa distancia, y de nada servirá haber reforzado las puertas. ¿Cuántas naves están listas para entrar en combate, Comandante Aldrin?
Tenemos veintisiete draks. Catorce de los más veloces están preparados y listos para zarpar. A otros seis se les está cambiando la arboladura, y tardarán aún quince días en estar listos. De los siete restantes, cuatro son tan viejos que es mejor dejarlos cerca de puerto como obstáculo a la flota enemiga. Se les ha llenado de estopa y pueden destruir al menos tres barcos que se les aproximen lo suficiente. A los últimos tres se les está reparando el casco, y tardarán al menos veinte días en estar listos.
Darangs hay doce, tres de ellos tienen demasiado calado para acercarse lo suficiente a puerto y se encuentran al pairo cerca de la bahía de Ancer. Aunque en general todos son grandes buques y bien armados, no representan una amenaza para el Hijo del Tirano, resultan demasiado lentos ante los Donpons, que no pueden hacerles daño, pero sí dejarlos atrás y atacar embarcaciones menos protegidas.
Además de estas naves, hay dos grandes Prorongs que capturamos en la Guerra contra el Tirano. Son barcos viejos y pesados, de mucho viento y lento viraje, pero con cubiertas de cobre que no pueden incendiarse. Tal vez convendría dejarlos frente al embarcadero, como bastiones flotantes. Finalmente, hay embarcaciones pequeñas, botes de pesca y veloces naves de competencia, pero no sirven de mucho en caso de desembarco.
Es decir, señaló Ulmos, contamos con catorce Draks y nueve Darangs, lo demás es inutilizable por ahora, o prestaría poca utilidad en un combate en la bahía. ¿Es así Comandante?.
Siento reconocer que es así, mi Lander.
Está bien Aldrin. Aunque Megir es puerto, sus ciudadanos no son navegantes. Siempre han confiado más en las rocas que en la espuma. No se puede hacer nada al respecto. Sólo espero que la Señora de Ancáron haya logrado enviar su mensaje a Ainom, y que los piratas accedan a proteger Megir una vez más.
Aún sonaban las palabras de Ulmos en la Sala del Consejo, cuando un hombre pequeño surgió de las sombras, diciendo con áspera voz:
¡Sólo espero que el precio a pagar a los Piratas por su auxilio no sea demasiado alto!, ¡la ciudad no tiene más dinero, y menos para entregarlo a ladrones!
Era Crendear, el tesorero. Si bien su escaso tamaño, su aguda voz y su mirada esquiva podían inducir a considerarlo un hombre de poca importancia, tenía no obstante un gran poder en Megir. Durante largas generaciones, los mayores de su familia habían sido custodios de la riqueza de la ciudad, y gracias a su empeño, Megir era próspera y sus habitantes vivían en relativo bienestar.
Más valen las vidas de nuestros hombres que el oro de nuestras arcas, respondió Ansaer, el jefe de la Infantería -a quien el tesorero no le era nada agradable- ¿De qué nos serviría todo el oro del valle si no quedaran hombres para usarlo?, agregó.
Sí, respondió Crendear. Pero me parece que estáis sobrevalorando las fuerzas del hijo del tirano. Su padre fue derrotado en una ocasión, y el hijo volverá a serlo. No hay enemigos que puedan contra las siete ciudades cuando actúan en conjunto.
Pero no está demás pagar un poco por la seguridad de nuestras familias, intervino Umanyan, el perid de la caballería, que hasta ese instante había permanecido en silencio. Aunque no dudo de la pericia del comandante Aldrin, todos sabemos que nuestra flota es pequeña, y que no puede resistir un ataque frontal. Si Puerto Ainom se decide a apoyarnos, justo es que reciban recompensa por ello.
Más hubiese valido que nuestros padres hubiesen dominado a esos piratas cuando no eran tan fuertes, ahora no tendríamos que ir a rogar por su ayuda, ni menos pagarla, respondió cada vez más enardecido Crendear. Además, ya no hay un Señor en Megir que pueda en derecho reclamar la ayuda de Puerto Ainom en virtud del pacto de sangre.
Te olvidas de la Señora Úlyima, Crendear, intervino Sendar. Ella ha viajado desde Ancáron hasta Tenar para comunicarse con los hombres de Ainóm. Y bien sabes que el hijo del Señor Dowan será el próximo Señor de Megir. El está junto a ella en Tenar, y basta con su presencia para que los piratas no puedan desconocer el pacto, pero ello no es suficiente motivo para no recompensar su apoyo.
¡Ahhg!, bien lo sé, replicó Crendear, pero no me parece que la señora de Megir haya permanecido junto al siervo de Ancáren mientras su propio pueblo se encontraba sin guía.
Ulmos, quien hasta ese momento había permanecido en silencio, no pudo dejar pasar la alusión de Crendear al Señor de Ancáron.
Bien sabían todos que Dowan era el primer señor de Ancáren en no pagar tributo a Doriewan, pero también sabían el motivo de esta situación. Más debía el Señor al siervo que el siervo al Señor.
Crendear no podía ofender al padre del futuro Señor de Megir de esa forma. Si se permitía que ese tipo de alusiones circulase libremente, el Señor Dareandros no sería aceptado plenamente por su pueblo.
Y Ulmos, como Lander, no podía permitirlo.
¡Basta!, dijo, no es propio hablar de esa forma por quien tan altas responsabilidades y atribuciones posee. No olvides, Crendear, que el próximo Señor de Megir es el hijo de aquel a quien llamas el siervo, y que sus abuelos ganaron por propio mérito el título de Señores. No eres tú quien pueda desconocerlo, o criticarlo. Además, tu misión es velar por la seguridad del patrimonio de la ciudad, y no decidir su uso. Se necesita más valor para saber gastar en lo que sirve cuando aún es tiempo, que para ahorrar en previsión de futuros gastos. La ayuda de Ainóm será recompensada. Si el monto es mayor o menor que el servicio no eres tú quien debe juzgarlo.
Tal vez, respondió Crendear, pero el pueblo puede no pensar lo mismo. Sobre todo cuando quien lo dice no es un Señor, sino uno más de sus siervos.
¡El primero!, intervinieron todos los capitanes. No olvides con quien hablas, continuó Doraen. El Lander se ha ganado el derecho por herencia, pero lo ha validado plenamente con sus hechos. No eres quién para ponerlo en duda.
¡Silencio!, dijo Ulmos poniéndose de pie. Y su alta figura y estampa reafirmaron su orden. No está bien que los mejores de nuestra ciudad discutan como niños. No importa Crendear, si en poco estimas mi posición, pero ello no impedirá que ejerza mis derechos plenamente. Hasta que el próximo Señor de Megir asuma sus funciones soy yo quien está cargo de la ciudad, y lo haré plenamente. Será el propio señor quien juzgará si actué bien o mal, y no uno de mis pares. Ahora tesorero, si no tienes algo mejor que decir, puedes retirarte. Este consejo es de los capitanes y no de los funcionarios de la ciudad.
Crendear, quien pese a su poder no era un hombre valiente, no se atrevió a seguir contradiciendo a Ulmos, pero tampoco estaba dispuesto retirarse humillado. Así que, depués de pensarlo, dijo en tono conciliador.
Todos nosotros sólo queremos lo mejor para la ciudad, Lander Ulmos, y lamento si mi preocupación por el bienestar del pueblo ha contrariado a nuestros valientes capitanes. Sólo he venido para aconsejar que se cuide mucho de la forma en que se utilizarán los fondos de la ciudad. Téngase presente que no basta con el oro del tesoro, y que más contribuciones solo agravarán nuestra situación. Y, aunque no son del todo escasos, los recursos se terminan más pronto que las necesidades. Oportunidad y prudencia son los mejores consejeros para este tesorero. Solo espero que también lo sean para los capitanes. Así como el Lander deberá responder de sus acciones, tampoco a mi me gustaría recibir al futuro Señor con las manos vacias.
Está bien, dijo Ulmos volviendo a sentarse. Si es eso lo que te inquieta puedes ir en paz. También a nosotros nos preocupan los recursos, y no por defenderlos serán desperdiciados.
Que así sea, respondió Crendear, y volvió a desparecer entre las sombras tal como había llegado.
Al sentir que la puerta de la sala de consejo se cerraba, Ansaer no pudo reprimirse y dijo:
Siento pensar así, Lander, pero no siempre estoy seguro de saber si la lealtad de Crendear es mayor para con la ciudad... o para con su tesoro.
Tal vez para ambos, aunque no puede negarse que cumple bien con su misión, dijo Sendar, después de lo cual nadie más habló.
La intervención del tesorero había caldeado demasiado los ánimos.
Cabezas calientes sirven más para empuñar la espada en batalla que para pensar en la forma de ganar la guerra, reflexionó Ulmos.
Y haciendo eco de su pensamiento, una pesada masa de aire caliente invadió la sala del consejo deslizándose por entre los sitiales y alzándose sobre la mesa. Por un breve instante, el desaliento pareció invadir las almas y enmudecer a los valientes guerreros de Megir, hasta que Aldrin rompió el silencio diciendo levemente sobresaltado:
¿Sentis?... es el Puél, el viento del desierto. No lo sentía desde hacía años...
Desde la última batalla contra el tirano... agregó Umanyan en tono sombrío. Muchos de mis mejores hombres se sintieron abatidos por ese viento de muerte antes de que lanzaramos la primera carga contra el ejército de Sarek.
"Las vacas entregan menos leche, los peces se alejan de la costa, las flores se secan antes de madurar, la madera tuerce... el Puél es el viento de los demonios del desierto", señaló Ansaer, citando el antiguo adagio.
"Cuando sople el viento negro, recoge las velas y pon proa a puerto", sentenció Aldrin, citando un antiguo dicho marino.
Es una mala señal, afirmó Doraen. Se aproximan tiempos difíciles... Y...
Estaba por continuar la frase cuando la risa fresca de Ulmos alejó la sombra que se había introducido en la sala del consejo. El Lander reía de buena gana y ninguno de los capitanes acertaba descifrar por que.
Hmm, hmm, dijo Ulmos tratando de contenerse... cinco minutos atrás érais los valientes capitanes de la Puerta del Valle ganando la batalla antes de darla, ahora parecéis un grupo de niños asustados por una sombra... Y volvió a reir alegremente.
Y la risa contagiosa del Lander combatió con el aire seco y caliente del Púel, hasta que los últimos restos de calor parecieron disiparse, y una brisa fresca se deslizó juguetona por la sala. En ese instante, todos los capitanes rieron.
Basta por hoy, dijo Ulmos. Es suficiente por un día. Mañana continuaremos el consejo... y continuó sonriendo hasta que los capitanes se retiraron.
Una vez a solas, los ecos de las risas volvieron a apagarse, y la estancia quedó cubierta por una calma tensa, como la calma antes de la tormenta, y Ulmos, el Lander de Megir, se sumergió profunda y silenciosamente en sus pensamientos.
A muchos días de distancia, sentado entre las sombras, el Rey Brujo sonreía con ironía. Megir había sido comprada, y el precio pagado era ínfimo en compración a la satisfacción que había obtenido con la compra. Desde la oscura sala, un aire caliente y pesado se deslizaba hacia el mundo. Y en ese aire flotaban apagados gritos de muerte y destrucción para el mundo y los hombres.
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Más allá del río Lir, en los confines de las tierras de los siete señores, encerrada tras altísimas almenas y poderosas torres, Halrean, la más antigua de las Siete Ciudades, llacía sumida en el sopor de la hora media.
El reino del oeste parecía ser el más alejado de los peligros que acechaban al valle. Pero ello sólo era cierto para quienes no vivían en Halrean.
Fundada «cuando la memoria aún no existía» -según rezaba un dicho inmemorial- la leyenda afirmaba que Gar, el gigante, había recorrido el mundo persiguiendo un Kraen, que había devorado la mitad de la Luna, y que apenas podía volar por el peso en su barriga.
Cuando el cansancio había hecho presa de ambos, el Kraen se aprestó a luchar contra el gigante, que empuñaba una espada de hielo. La bestia se hayaba exhausta, y el trozo de luna enfríaba su alma, pero aún así era mucho más grande que Gar, el que parecía un niño a su lado.
El Kraen agitó una de sus alas, y el agua de los mares fue lanzada por el viento contra el gigante, pero Gar se afirmó de una montaña hasta que la ola pasó.
Enfurecida, la bestia agitó su otra ala, y las piedras y el polvo del mundo formaron una tormenta que cegó al gigante, pero Gar se refugió en el vientre de la tierra hasta que la tormenta cesó.
Saliendo de las entrañas de la tierra, Gar corrió hacia el Kraen y de un sólo corte le abrió el vientre, desde el que salió el trozo faltante de la luna. La bestia, herida de muerte, tuvo aún fuerzas para morder al gigante y envenenar su sangre antes de morir.
Cuando el Kraen y el Gigante finalmente murieron, sus cuerpos se transformaron en un volcán, que lanzó hacia el cielo el trozo de la luna donde volvió a unirse al astro. Sin embargo, un pequeño pedazo quedó en la tierra, y permanceció escondido por el volcán hasta que sus fuegos se extinguieron, y desde entonces la cara de la luna tiene una mancha oscura donde falta el pedazo.
Cuando el primer Señor llegó al valle de Hal, dominado por el extinto volcán Krengar, buscó agua para beber, pero todo estaba seco. Entonces encontró el trozo de luna y lo golpeó con su vara, y el trozo se partió en dos, y de su interior surgió el río Rean, que dió origen al lago del mismo nombre.
Y en ese lugar se fundó Halrean, la madre de las ciudades del valle.
Y en Halrean, el Señor de Vires, Ardonar Esimbal, adormecido por el calor de la hora media, dejaba vagar su pensamiento hacia tierras lejanas... Muy lejos, cruzando el bajo Yikar, muy lejos, más allá de la sierra del Olock... hasta una época donde bajo enormes árboles, en medio de una paraje en la montaña, un niño jugaba persiguiendo mariposas y lagartijas en los claros del bosque... El bosque del Olock... el reino de su madre... el reino perdido...
¡Ar!, ¿dónde estás? -y una hermosa mujer buscaba al niño entre los árboles...
¡Ar!... ¡no te escondas! -y el niño corría tras una gran mariposa negra... y la mariposa volaba hacia lo alto, y al mirarla, el sol le guiñaba un ojo, y el niño caía de espaldas sobre la hierba mirando al sol.
De pronto, el cielo se ocurecía, y una alta figura sobre un caballo negro descendía del cielo, y un hombre también de negro le tomaba en brazos... su padre, el Señor de Halrean, Agnor de Vires.
Eres un soñador, le decía mientras caminaba.
Miraba al sol que me cerró un ojo -contestaba el niño.
Y la mujer se acercaba a ambos y besaba al hombre en la mejilla. Luego, tomaba en brazos al niño y le decía muy seriamente mientras acariciaba su cabello:
Ardonar, ya no eres un niño. Ya no puedes perseguir mariposas por el bosque y jugar cuando te plazca. Ya no eres un niño... ya no eres ... ya no...
De pronto, un cuerno sonaba en la distancia...
Su padre miraba hacia el bosque mientras comenzaban a caminar hacia los caballos... un grito cercano... sonido de espadas... carreras... una figura pequeña y oscura saltaba desde los árboles a la derecha... su padre desenvainaba la espada... otras figuras corrían entre los árboles... ¡huye Ayin!, ¡salva a Ardonar!... ¡corre!... y su madre corría con él en brazos, mientras su padre se iba haciendo pequeño entre los árboles, y pequeñas figuras le atacaban... ¡los caballos!... iban galopando entre los árboles, su madre le sujetaba firmemente por la cintura... salían a un amplio claro... sonido de lucha, gritos... el caballo devoraba la distancia, un sonido seco, un quejido... Su madre le decía:
¡Huye Ardonar!, ¡huye lejos!... abrázate al cuello del caballo y no lo sueltes... te quiero... te...
Y el brazo de su madre ya no le sujetaba, y el niño miraba hacia atrás sin soltar el cuello del caballo, mientras ella caía como si flotase... como si flotase... como si...
¡Mi señor!, un mensajero de Dwalir.
El señor de Vires abrió los ojos sobresaltado.
Perdón, señor, ha llegado un mensajero de Dwalir con noticias urgentes, e insiste para que le recibáis de inmediato.
Está bien, puedes hacerle pasar.
Ardonar respiró profundo, y secó las pequeñas gotas de sudor que cubrían su frente.
Un hombre alto, vestido con el traje de combate de Dwalir entró en la estancia, y se arrodilló mientras decía:
Soy el capitán Sirek Lireán, emisario de Manher de Andwalir, de quien traigo cordiales saludos al señor de Halrean, Ardonar de Vires, y soy tambien portador de malas nuevas que requieren de vuestra pronta atención.
Bienvenido a Halrean, capitán Sirek, aunque tus noticias no lo sean. ¿Cuán importante es el mensaje, para que tan distinguido emisario no se haya detenido a beber y refrescarse en esta hora de descanso?
Lamento haber interrumpido el vuestro, mi señor, pero las noticias que os traigo así lo aconsejaban.
Algo sabemos ya de lo que está ocurriendo en el oeste, pero al parecer nuestras inquietudes eran menos serias de lo necesario. Dime, capitán, qué mensaje envía Manher.
Mi señor me envía a deciros lo siguiente:
«¡Atención y cuidado!. El valle se encuentra amenazado de muerte. El hijo del tirano se prepara a atacar, y ya Ancáren sabe de su fuerza. El viento del desierto tiene aroma de muerte, y Megir será atacada muy pronto. Los señores invocan el pacto de las siete ciudades... guerreros, armas y alimento. Se solicita al señor de Halrean el pronto envío de refuerzos a la puerta del valle. Y se os llama a consejo en Dwalir al llegar la próxima luna.
«Que los guerreros de Halrean preparen las armas, pues los ruidos de la lucha se están acercando rápido y sin tregua. Se solicita al Señor de Vires el pronto envío de mil caballeros y mil arqueros rumbo a Megir. Serán atendidos en Dwalir antes de llegar a la puerta del valle.
«Si el Señor de Halrean así lo estima, envíe al maestre de la orden de Krengar en su representación y al mando de las tropas de la ciudad madre».
Finalmente, mi señor también envía el siguiente mensaje, aunque no conozco con precisión su significado, por lo que sólo podré entregarlo, mas no explicarlo.
Adelante, dijo Ardonar.
«Donde las aralias se ocultan, un nuevo peligro ha sido descubierto por boca de un mensajero tan importante como el mensaje. De Andera vienen poderosas noticias por medio de un renacido. Una nueva tormenta agita las arenas del desierto, más allá de donde la hiedra se seca. La camada del tirano es sólo la jauría que anuncia a los verdaderos cazadores. Se precisa de la sabiduría del hijo del reino perdido para detener al cazador».
El señor de Vires permaneció en silencio y cerró los ojos lentamente. En la sala, sólo la aún agitada respiración de Sirek rompía la calma.
En la mente de Ardonar veloces imágenes se mezclaban en extrañas formas... aralias... perros... arena... un hombre... un peregrino de Andera... el reino perdido... caballos... formas extrañas veladas por la niebla... extrañas formas recortadas contra un sol inclemente... hiedra del Yikar... los guerreros del Jeroz... el peregrino... ¡el peregrino de Andera!.
Sin abrir los ojos, el señor de Halrean preguntóDime Sirek, ¿había un hombre extraño junto a Manher antes de tu partida?.
Sí, mi señor. Un viejo. Un peregrino. Lo recogimos moribundo en el camino largo, a nuestro regreso de Ancáren.
¿Cómo es ese hombre, Sirek?
Aunque suene extraño, no sabría describirlo, señor. Cuando lo recogimos, el capitán Anteas y yo fuimos los encargados de llevarlo a Dwalir.
Durante la cabalgata, el viejo pronunciaba extrañas palabras en una lengua que no es del valle, y por momentos pareció a punto de morir.
Sin embargo, sólo durante esa noche permaneció en la casa de la salud. Por la tarde del día siguiente se presentó en el consejo de los capitanes junto a mi señor Manher, sin ningún indicio de su estado del día anterior. Yo estaba tan sorprendido que debió adivinarlo en mi rostro, pues me dijo sonriendo: "Veo que tú eras quien acompañaba a Anteas -el suave jinetea nuestra llegada a Dwalir".
No supe qué responderle. Pero Anteas se disculpó por haber cabalgado tan duramente con él a cuestas hacia Dwalir. Es el hombre más extraño que he conocido, señor. Por momentos parecía muy serio, e intervino pocas veces durante en consejo. Pero cuando sonreía parecía otro. Como si aún fuese muy joven. Lo más extraño es que ahora que lo pienso, no puedo recordar su rostro, aunque podría reconocerle entre cientos si lo viese.
¿Cómo dijo llamarse el peregrino, capitán Sirek?
Mi señor Manher lo presentó como Mador, aunque creo que mi capitán Sarmas sabía algo más al respecto.
Gracias capitán Sirek, dijo Ardonar. Vuestros comentarios han sido tan importantes como los mensajes, y agradezco que hayáis tenido la confianza de hacérmelos saber. Ahora, podéis retiraros a descansar. Mañana a primera hora partiréis de regreso a Dwalir con mi respuesta a vuestro señor -y abriendo los ojos tan lentamente como los había cerrado, agregó llamando a su edecánDóreas, conduce al capitán a sus aposentos, y ocúpate personalmente de que coma lo mejor y que sea velado su sueño.
Así se hará, señor -respondió el aludido, a lo que Sirek dijo:
Agradezco las atenciones, señor de Vires, pero no es necesario que sean tomadas tantas molestias por un simple mensajero, más aún, si quien porta el mensaje es sólo un guerrero poco acostumbrado a los placeres de la corte.
Sin embargo hasta los mejores guerreros tienen la capacidad de disfrutar de un buen vino y una mesa bien servida, dijo sonriendo Ardonar.
Ahora, capitán, no discutáis más y seguid a Dóreas, que se impacienta. Que tengáis buen descanso y un mejor regreso.
Que la luna de Halrean ilumine vuestros pensamientos, y muchas gracias, señor de Vires, respondió Sirek, de acuerdo al modo de la Ciudad Madre.
Al quedar solo, Ardonar se dirigió hacia un cuarto a un lado de la estancia, cuya puerta estaba oculta tras un tapiz con el escudo de la ciudad: un volcán, un lago y la luna menguante sobre ambos.
En su interior, sentado en un sitial a la cabecera de una mesa octogonal, un anciano de larga barba parecía dormitar al calor de la hora media.
Al sentir la presencia del señor de Vires, abrió los ojos -de un pálido y profundo tinte azul- y dijo con voz queda:
Sabíamos que algún día el verdadero enemigo se haría presente. Pero ni siquiera Grindelor pudo preveer que esto ocurriría durante nuestro tiempo.
Debemos agradecer a los dioses el que consiguiera escapar con vida de las manos del rey brujo -dijo Ardonar, y agregó-. De no ser así, ni todo el poder de Ormad conseguiría vencer a las fuerzas del reino de los muertos.
Sin embargo son nuestros propios dioses los amenzados por el rey brujo, y ni aún el propio Ormad puede retrasar el momento de la victoria... o de la muerte.
Pero aún es tiempo para preparar la defensa, Dam-Echel. No toda la vieja sabiduría está muerta, y aún queda suficiente sangre de los ancestros entre los Maestros como para detener al enemigo.
Tal vez, Ardonar. Tal vez los Maestros podrían hacer frente al poder del reino del los muertos.
Pero el círculo está roto.
Aunque Grindelor haya logrado escapar de las garras del rey brujo ¿quién tomará el lugar de Erengal?. Nadie hay lo suficiente preparado.
En su momento... en su momento, repuso el señor de Vires, y entrecerrando los ojos agregó: Recuerda la vieja profecía:
«Cuando la sierpe se haye por dejar el cubil,
y se aproximen los tiempos de tormenta,
de olvidados rincones vendrá a ocupar sitial
aquel que de propia mano hizo suyo el signo».
No la he olvidado -dijo Dam-Echel-... no la he olvidado. Sólo temo que la profecía del Assan se haya vuelto tan débil como su recuerdo.
Quizá sea muy débil la esperanza, pero aún es tiempo para que el elegido se presente. Se aproxima la tormenta, pero la sierpe aún no ha salido del cubil.
Ardonar meditó unos instantes y agregó:
Ahora más que nunca debemos confiar en la sabiduría de nuestros guías y esperar que la semilla haya echado raíces en algún lugar de Acán.
Así lo espero, Arenvir.
No ha llegado aún la hora de que use ese nombre, Dam-Echel, y quizá nunca lo haga. Si el elegido no aparece, poco podremos hacer por separado para detener al enemigo, y de nada valdrá nuestro poder, sea con el nombre de los hombres o con el de los Ain.
La hora media había dado paso a la tarde, y sobre el lago Rean se reflejaban algunas nubes pasajeras. Sin embargo, al llegar el crepúsculo, un cielo arrebolado fue cubierto por oscuras formas, que lograron ocultar la faz del volcán Krengar. La tormenta estaba cada vez más cerca, y a su paso, incluso las más altas cumbres serían tocadas.
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Allí, donde el valle de las siete ciudades se transforma en la pradera del Samad, al sur de Dwalir y al oeste de Tenar se encuentra Arkteas, la ciudad del viento.
Protegida por los ríos Dean al oriente, y Awen al poniente, Arkteas era la única de las siete ciudades que no había sufrido los embates de la guerra contra el tirano.
Sus hombres, que según rezaba el dicho «nacían sobre el lomo de un caballo», eran considerados los mejores jinetes del valle, y los caballos del Samad eran los más apreciados de toda Acan. Descendientes de veintiún familias nobles provenientes en su mayoría de Halrean, los arkteanos se habían establecido hacía ya muchas generaciones en la pradera. De todas las ciudades, Arkteas era la mayor, y también la que tenía más habitantes. La mayoría de ellos se dedicaba a la ganadería y a la crianza de caballos, sin embargo, sólo los más hábiles se atrevían a perseguir las manadas salvajes en los confines de la pradera del Samad para domar a los mejores sementales.
Como en el resto del valle, de la ciudad dependían algunas villas menores, y muchos poblados pequeños. Pero a diferencia de las ciudades hermanas, Arkteas no era una fortaleza en sí misma. No había muros que limitaran la ciudad, e incluso la fortaleza del señor era una construcción sólo un poco más alta que las casas vecinas. Los arkteanos se fiaban más de su poderosa caballería que de una gran fortaleza que resistiera sitio, y ningún enemigo pudo nunca acercarse lo suficiente a la ciudad, sin toparse con alguno de los destacamentos que a diario recorrían el territorio.
Acostumbrados a seguir a las manadas en sus desplazamientos según la estación, desde antiguo los arkteanos habían establecido una serie de posadas en las rutas de migración. Y, aunque parecía no haber caminos que cruzaran la pradera, el Samad tenía innumerables rutas sólo conocidas por ellos, que les permitían desplazarse en corto tiempo de un punto a otro del territorio. Este continuo ir y venir les hacía enfrentarse a menudo con los hombres de las montañas Shewaz, en el límite sur del Samad, los que frecuentemente robaban caballos durante las veranadas, en que las manadas eran mantenidas en los verdes valles de la montaña.
Esto hacia que en general los arkteanos fuesen hombres toscos y agresivos, aunque leales y honestos. Pocos se hubieran atrevido a desafiarlos en igualdad de fuerzas, pues ya fuera con los puños, espadas o lanzas, un arkteano salía frecuentemente victorioso de combate.
De allí que su intervención hubiese sido decisiva durante la guerra contra el tirano. Las fuerzas de Amansarek nunca contaron con enfrentarse al ejército de Arkteas, cuyas demoledoras cargas de caballería, y el continuo ataque de las escuadras ligeras habían sido preponderantes en las principales batallas de la guerra.
Y si como guerreros eran formidables, también lo eran como bebedores, pues uno de los principales cultivos de la pradera era la cebada, de la que extraían una cerveza gruesa, de intenso color ámbar, famosa en todo el valle. Con ella celebraban desde el triunfo en una carrera, hasta la victoria sobre el enemigo. Era compañera inseparable en las noches en medio de las pasturas, y en cualquier reunión de importancia... o sin ella.
Y en medio de la plaza mayor de Arkteas, sentado bajo el sol amarillo del sur, Omer, el hermano menor del señor Ottar -quien había partido rumbo a Megirbebía cerveza junto a un grupo de oficiales algo más jóvenes que él mismo, y les decía:
Creo que más temprano que tarde mi señor nos enviará a buscar. Hace tiempo que no veo Megir, y añoro el olor del mar y el sonido de las olas.
Quizá no sea necesario el que nosotros partamos -afirmó un mozalbete con insignias de coracero, agregandomi señor Ottar llevó sólo a los capitanes que habían luchado contra el Tirano, y dejó a todos los menores de treinta años al cuidado de la ciudad.
Sí, -afirmó Omeraunque no dudo de sus motivos, creo que mi señor debió habernos enviado a nosotros. Los viejos capitanes ya tuvieron su oportunidad de luchar. Hubiese preferido estar al frente del enemigo que aguardándole en retaguardia.
Así es, capitán Omer -respuso uno de los oficiales-, pero alguien debe velar por la ciudad en ausencia del señor, y sois vos el más indicado para hacerlo.
¡Bonita labor!, Antrec, quedarse bebiendo cerveza mientras los demás se preparan para una buena pelea -y diciendo esto, Omer bebió un largo sorbo de su jarra lo que el resto imitó automáticamente.
No habían acabado el sorbo, cuando desde el extremo sur apareció un jinente a todo galope y gritando:
¡Abrid paso! ¡Abrid paso! Al divisar a Omer junto a los capitanes se dirigió rectamente a ellos, y haciendo parar en seco al caballo, desmontó de un salto e hizo una rápida venia ante el capitán diciéndole:
Capitán, los hombres de Shewaz han atacado cuatro posadas. Comenzaron hace seis días a bajar de las montañas y atacaron a los dos destacamentos que había en el límite de la pradera. A mi partida aún no se conocía su número, pero podría tratarse de un verdadero ejército y al parecer avanzan hacia Arkteas.
Omer, en quien la cerveza había comenzado a hacer efecto, afirmó en tono jactansioso mirando a los presentes:
¡Ja! ¿que avanzan hacia Arkteas? Bastará con que enviemos cuatro partidas de jinetes. ¡Ahí van a ver esos peñeros con quiénes se están enfrentando! y veremos si vuelven a bajar de sus cavernas otra vez. No obstante las risas de los demás, el mensajero afirmó seriamente
Siento contradeciros, capitán, pero según el perid Utum, esta vez no se trata de una escaramuza más, o del robo de algunos caballos. Os repito, parece tratarse de un verdadero ejército, de a caballo y a pie, y están perfectamente organizados. Alcancé a hablar con algunos de los hombres de las posadas que lograron huir. Al principio ellos también creyeron que se trataba de otro ataque para conseguir caballos, y enviaron algunos jinetes para detenerlos, pero ninguno volvió, y entonces un gran número de peñeros atacó las posadas. Incendiaron todo. Nunca habían hecho eso antes. Además, esta vez no huyeron ante nuestros hombres, sino por el contrario, les persiguieron durante horas. De no ser por la velocidad de los caballos, ninguno se habría salvado.
Omer, -en quien la afirmación del jinete había actuado como antídoto contra la cervezameditó durante algunos instantes. Si el propio perid Utum, -un guerrero fogeado en la guerra contra el tirano- afirmaba que esta vez no se trataba de una escaramuza, había que tomar medidas imediatas. No se trataba de alertar a toda la ciudad, pero cualquier cosa que se hiciera debía hacerse ya. Poniéndose de pie y adoptando un tono grave ordenó a los oficiales presentes:
Tome cada uno una partida de veinte jinetes, y recorran todas las rutas hacia las posadas del sur. Ordenen a los hombres que se replieguen hasta el bajo del Sean, y que allí aguarden la llegada de refuerzos. Antrec, tú y Oser llamen a todos los capitanes de la ciudad a consejo de imediato y que se haga recogida de todos los caballos en los pueblos cercanos. Que sean enviados mensajeros a las villas principales y se llame a armas a todos los hombres disponibles para la próxima luna. ¡Partid!.
El grupo se disolvió rápidamente, y Omer se dirigió junto al jinete hacia la fortaleza. Aún no llegaban cuando desde la plaza surgieron cinco partidas de jinetes que se perdieron a todo galope hacia el sur. Tras ellos, veloces como centellas, partieron ocho jinetes hacia las villas principales. Todo ello rompió la calma de la ciudad, y pronto se congregó gran número de hombres, mujeres y niños en la plaza. Omer se dirigió junto al mensajero hacia la fortaleza. Al llegar ordenó que se doblaran las guardias y se dirigió al salón del consejo.
Esta era una amplia sala -casi del tamaño de un establobordeada por trofeos de guerra, pendones y armaduras de antigua data. Al centro del recinto, una gran mesa redonda con las armas de Arkteas finamente talladas: un caballo de plata sobre una pradera de gules, circundado por las veintiún estrellas que representaban a los ancestros. En torno a la mesa, veintiún sitiales que tenían tallados los escudos de cada familia. Omer ocupó el sitial de la suya, la casa de Rohner, que por ser la más antigua aún conservaba entre sus emblemas la medialuna de Halrean. Miró detenidamente al mensajero, que estaba cubierto de polvo y sudor, y le preguntó:
¿Cuál es tu nombre, tu casa y tu rango?
Soy Ater Kenán, de la casa de Bolmer, tercer lugarteniente del perid Utum.
Bien, Ater. Ahora, refiéreme con todo detalle las noticias que traes. ¿Dónde está el Perid?, ¿Cuánto hace que partiste?.
Mi señor, el Perid Utum se encuentra apostado a un día de Posada Verde, al oriente del Awen. Desde allí partí hace hoy cuatro días, y he viajado sin descanso, sólo deteniéndome a cambiar caballo en las posadas. Por órdenes del perid, alerté a todas las patrullas que encontré para que se dirigieran a Posada Verde. También di la alerta en todas las posadas y pueblos por los que pasé, aunque no fueron muchos, ya que tomé las rutas más cortas para llegar a Arkteas lo más pronto posible.
Respecto a las noticias, lo primero que supimos es que los dos destacamentos del límite de la pradera habían sido atacados. Un lancero llegó herido a Tengal, la última posada del camino a las montañas -de esto hace ya seis días-, y desde allí se envió un mensajero hacia Posada Verde, donde se encontraba Utum.
El perid ordenó que un destacamento partiera hacia Tengal, pasando por Sesén, pero al llegar allí se encontraron con una partida de al menos doscientos jinetes del Shewaz que atacaba la posada. El destacamento logró repeler el ataque el tiempo suficiente para rescatar a los heridos y desalojar el lugar. Entonces, los hombres del Shewaz volvieron a atacar e incendiaron Sesén y todas las casas del lugar. Esta vez no eran sólo jinetes, sino también soldados a pie. Nuestros hombres debieron huir, e incluso algunos que estaban a retaguardia fueron alcanzados y muertos. Los hombres del Shewaz los persiguieron durante toda la tarde, y sólo gracias a los caballos nuestra gente pudo escapar del acoso.
Cuando llegaron a Posada Verde, el perid ordenó que se reunieran todas las patrullas de los alrededores. Logró juntar ciento veinte jinetes, contando a los que habían escapado de Sesén. Decidió apostarse a medio camino entre Posada Verde y Sesén, en espera de las avanzadas enemigas. Antes de partir, me envió con estas noticias a vos, y espera la pronta llegada de refuerzos. Me ordenó deciros que resistirá hasta el último hombre de ser necesario, y que podéis contar con al menos un día más -a partir del quinto desde hoy-, para reforzar Posada Verde si así lo estimáis.
El bajo del Sean está a medio día de camino de Posada Verde, pensó en voz alta Omer. Para cuando los primeros destacamentos lleguen allí habrán pasado al menos cinco días.
Perdone mi impaciencia, señor -interrumpió Ater-, pero si vais a enviar refuerzos al perid deben partir de imediato. De poco le servirán las fuerzas en el bajo del Sean a día y medio de camino de donde se encuentra.
Así es, mi buen mensajero -repuso Omerpero no podemos arriegar por lo pronto a más hombres sin conocer a fondo al enemigo que enfrentamos, -pero al notar el temor del mesajero por la suerte de su comandante, le tranquilizó diciendopodéis estar tranquilo, ordenaré que parta un destacamento directamente a Posada Verde, y desde allí al campamento del perid, con órdenes de replegarse si la situación así lo aconseja.
Os lo agradezco, señor. Tal vez aún esté a tiempo de volver a Posada Verde y ponerme bajo las órdenes de mi comandante.
Mañana podrás partir si así lo deseas, Ater, pues creo que si partierais hoy, serías de poca ayuda para el Perid en las condiciones en que llegarías a él. Ahora, retírate a descansar y comer. ¡Cerba! -llamó al guardián de la sala del consejo-, acompaña al lugarteniente Ater al comedor y que sea atendido prontamente.
Mientras Ater y Cerba salían de la sala, Omer se decía:
Partir hoy de regreso a Posada Verde después de haber cabalgado cuatro días... ¡poca duda me cabe de que los arkteanos nacen sobre el lomo de un caballo!.
En ese momento comenzaron a entrar los capitanes de la ciudad, pero entre ellos sólo había cuatro de los mayores -y estos eran de avanzada edad-, pues el resto había partido junto a Ottar hacia Megir. En su reemplazo los hijos segundos e incluso uno que otro nieto de al menos diescisiete años ocupaba el lugar de su mayores. Aún así, los veintiún sitiales fueron ocupados prontamente, y el consejo entró en sesión apenas el último se hubo sentado.
Omer dio detallada cuenta de los informes entregados por el lugarteniente Ater, y de las medidas previas que había tomado antes de citar al consejo. A medida que iba hablando, los rostros de los más jóvenes se iban encendiendo con el espíritu del combate, mientras los ancianos cerraban los ojos y meditaban concentradamente. Cuando Omer hubo terminado de exponer, se hizo silencio en la sala durante algunos instantes. Entonces dijo, dirigiéndose al más viejo de los capitanes:
Pido la palabra en primer lugar, al perid Loser, de la casa de Harrás.
Capitán Omer, hasta ahora habéis tomado todas las medidas necesarias y más urgentes. Concuerdo con reunir nuestras fuerzas en el bajo del Sean, pues es un sitio a cubierto donde se puede reunir un gran número de jinetes sin ser notados. Pero yo aconsejaría aguardar hasta tener más noticias del Perid Utum, antes de enviar al grueso de nuestras fuerzas al frente.
El señor Atter llevó consigo cinco mil jinetes hacia Megir, y en Arkteas debe haber ahora igual número. Cuando todos los hombres disponibles estén en armas podremos reunir nueve o diez mil en total, pero no sabemos si el enemigo amerita el uso de esta fuerza, o si ese número es demasiado pequeño para contener su avance.
Yo aconsejo enviar mensajeros de imediato hacia Megir, informando de la situación al Señor, pero sin instarle a regresar. También deberían ser enviados mensajeros a Tenar, Dwalir y Halrean. Si Arkteas se ve enfrentada a un ataque desde el sur, ello podría interferir en las acciones contra el hijo del Tirano, y es mejor poner sobre aviso a las demás ciudades. Esa es mi palabra.
La mayoría de los capitanes asintió con la cabeza, y Omer retomó la palabra diciendo:
Al finalizar el consejo serán enviados los mensajeros como aconsejáis. Respecto a las otras providencias, solicito la palabra del comandante Deresgal, de la casa de Kren.
El comandante era también uno de los hombres mayores que se encontraban en el consejo, y comenzó su intervención diciendo:
Concuerdo plenamente con los consejos del perid Loser, pero es mi parecer que además de las medidas que se han tomado, debieran enviarse refuerzos a todo pueblo y posada al suroeste del Awen. Dos de nuestras casas han caído, y no debe permitirse que caiga otra de ser posible.
A las montañas Shewaz se puede llegar por tres caminos. Hasta ahora sólo por uno de ellos hemos sido atacados. ¿Cómo sabemos si el enemigo planea atacar por los dos restantes?
Si no podemos detener su posible avance en Posada Verde, o en el Bajo del Sean, cualquier posada al poniente del Awen corre peligro. Si logran romper nuestra resistencia deberemos replegarnos atrás del Awen, y allí aguardar su avance. Por lo menos entre la Posada Caster y la unión del Awen con el Río Grande es muy difícil que una gran fuerza logre cruzar. La corriente del río es allí demasiado rápida y las márgenes muy altas para vadear a caballo, como cualquiera de nosotros lo sabe.
Por ello aconsejo reforzar toda la línea del Awen, desde Posada Caster hasta la misma Arkteas, en espera de un posible ataque. Es mi palabra.
La reunión continuó desarrollándose en similares términos, con el aporte de todos los presentes. En líneas generales -y como en ocasiones anterioresla mayoría se fiaba del límite natural del río Awen para detener el avance de cualquier fuerza enemiga, y todos estaban básicamente de acuerdo en reforzar sus márgenes antes de emprender cualquier acción.
Habían hablado ya dieciocho de los veinte capitanes presentes, y sólo quedaba el turno de dos a excepción de Omer. Estos eran los más jóvenes del consejo, y estaban allí no por tener rangos de importancia, sino por ser los de mayor autoridad de sus respectivas familias que habían quedado en Arkteas. Entonces Omer dio la palabra a uno de ellos diciendo.
Aunque no podemos fiarnos de su experiencia en combate pero sí de su inteligencia, pido la palabra al nieto del Perid Querad, Aker de la casa de Artegar.
Capitán Omer, -dijo el muchachode todo lo que he oído en este consejo al que he tenido el honor de ser citado, mucho me ha sorprendido el escuchar sólo palabras de mesura y prudencia, que creo estarían bien para un poblado pequeño, o una fuerza limitada.
Sabido es que los arkteanos somos por excelencia combativos, y he extrañado palabras que llamen a dar una lección rápida a los hombres del Shewaz.
Cierto es que al parecer no se trata de una partida de ladrones en busca de caballos, pero tampoco estamos hablando del ejército del Tirano o de su hijo. En muchas ocasiones hemos enfrentado a los peñeros con menos fuerzas y más brío, obteniendo su pronta derrota. ¿No estaremos actuando con demasiada mesura frente a un enemigo de sobra conocido? ¿y no le animará nuestra prudencia a avanzar aún más de lo pretendido?.
Cierto es que se deben reforzar las márgenes del Awen, pero nadie ha dicho algo sobre atacar por sorpresa al enemigo, y atestarle un golpe certero que le haga volver a sus cavernas con el rabo entre las piernas. Si no lo hacemos, quizá estemos incentivando sus ataques, pues nos creerán débiles.
No dudaría en pensar que la partida de mi señor Otter hacia Megir es de su conocimiento, y que sólo por eso se han atrevido a atacar. Mostrémosles que aunque parta de Arkteas lo mejor de su ejército, con sólo un puñado de los que quedan somos capaces de vengar la afrenta, y perseguirlos por la montaña hasta sus más recónditos agujeros. Es mi palabra.
Las palabras del joven habían insuflado el aroma de la lucha en los corazones de todos los presentes, y a pesar de que las medidas antes propuestas eran las más aconsejables, nadie dudaba de la recta intención de Aker, pues en el fondo todos pensaban de manera similar y se movían por los mismos senderos. De no ser por sus respectivos rangos y responsabilidades, uno a uno hubieran partido al frente, no al bajo del Sean, sino al lado del propio Utum, para contener el primer ataque y derrotar al enemigo. Por esto la cara de Omer no pudo ocultar su satisfacción por las palabras del muchacho y dijo:
Creo, señores, que este ha sido un pequeño tirón de orejas para todos nosotros. Si nadie está en desacuerdo, me placería ordenar que un destacamento de nuestros mejores jinetes se dirigiera junto al perid Utum bajo las órdenes de capitán Ferad, aquí presente, con la misión de atacar lo antes posible a los hombres del Shewaz y retirarse en cuanto sea necesario.
¡Así sea!, replicaron todos los capitanes a coro, y como el ambiente se había aligerado y los capitanes se habían puesto de pie reuniéndose en pequeños grupos, nadie se acordó de dar la palabra al último de los capitanes presentes, el nieto del propio perid Utum, que silenciosamente salió de la estancia perdiéndose en la oscuridad.
Afuera, la noche comenzaba a entretejer su manto, y la suave brisa del Samad traía aromas de lucha, que bajaban fríos desde la Montañas.
Mientras tanto, a una semana de distancia de Arkteas, unos hombres de extraña apariencia discutían acaloradamente con los hombres del Shewaz, y luego hablaban entre sí en un idioma que no era del valle.
A muchas lunas de allí, reclinado sobre su trono macabro, el rey brujo sonreía maliciosamente.
Finalmente, su plan desde hacía tanto tiempo fraguado, comenzaba a dar frutos, y estos -al caer sobre la tierrase convertirían en focos de muerte y destrucción para quien osara tocarlos.
La tormenta había hecho caer su primer rayo sobre un mundo desprevenido.
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En el próximo Número:
Capítulo II, El Cazador
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© Los Señores de Adalen - Alexander Wolf - Todos los
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Edición Original para Revista Acción Chilena