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Sobre los Cambios de Era:
El Tiempo de Amón
Es preciso saber que hay años del universo, del mismo
modo que hay años de la tierra; el gran año universal tiene aproximadamente unos
veinticinco mil años de los nuestros, y está dividido en meses que duran unos dos mil
cien años. Se calculan estos meses del universo según el desplazamiento de los
equinoccios sobre el cuadrante del zodíaco; los meses del universo recorren los signos
en el sentido in verso al de los meses de la tierra. Así, en los meses del año
terrestre, Virgo sucede a Leo y Capricornio a Sagitario, mientras que en el orden del
año universal, Sagitario su cede a Capricornio y Leo a Virgo. Esto revela que a todo
movimiento le corresponde su contrario y que los semejantes que giran en sentido
inverso son 1a manifestación misma de la vida en lo visible como en lo invisible.
Es preciso saber que cada mes del gran año universal
se llama un “tiempo” y está gobernado por uno de los doce signos. El año terrestre se
acaba en Piscis y renace en Aries; el año del universo, por su parte, se extingue en
el tiempo de Aries para recomenzar en el de Piscis. El paso del “tiempo” de Aries al
de Piscis está marcado en el cielo por una disposición de los astros que se llama una
configuración de fin de los tiempos; lo cual no significa que el mundo va a ser
destruido, sino que los doce tiempos han terminado.
Es preciso saber que las cosas que yo cuento aquí han
ocurrido hacia el fin del tiempo doceavo, el de Aries, que había sucedido diecisiete
siglos antes al tiempo de Taurus, y no quedaban ya más que trescientos cincuenta años
por transcurrir para el nuevo año del mundo.
Es preciso saber que el principio de Aries en Egipto
está representado por Amón. Pero no es preciso decir que Amón y Amón-Ra son la misma
cosa, pues Ra es la representación divina del año completo del mundo en su real dueño,
el sol, y Amón-Ra es el principio de Ra en el tiempo exacto de Aries. Se equivocan
también los que creen que Ra es el dios supremo de los egipcios, como asimismo se
equivocan los que creen que los egipcios no conocen un dios supremo, único creador;
pues Ra, principio divino del sol, si es el más grande de los dioses manifestado en
nuestro orden, no es más que creación del Único Inengendrado, del todo que no es lo
uno, sino la fuente de lo uno, del dios demasiado gran de para recibir un nombre y ser
incluso llamado dios.
Es preciso saber aún que Zeus-Amón, en las tierras de
Grecia, es el principio correspondiente a Amón-Ra en la tierra de Egipto, como en
otros sitios Amón-Nayo, Min- Amón, armado con el rayo, y Bel-Marduk, en Babilonia;
todos estos son los aspectos del mismo dios-tiempo en las diferentes tierras de su
culto (1), Todos los santuarios de Amón-Ra y de Zeus-Amón han estado siempre en
relación a través de sus sacerdotes, y en esta época más que nunca, a causa de las
profecías de las que nosotros estamos instruidos.
Pues nada de lo que ha sucedido en las edades
antiguas, ni de lo que debe suceder en las edades futuras, habrá sido ignorado por los
sabios de Egipto. En su comienzo, Egipto conocía su fin; el divino Asclepios, el
divino Hermes le había revelado:
“Un tiempo vendrá en que parecerá que los egipcios
habrán honrado a sus dioses en vano; toda su santa adoración fracasará, ineficaz, y
será privada de su fruto... Llenarán este país los extranjeros. Entonces, esta tierra,
patria de los santuarios y de los templos, estará toda cubierta de sepulcros y de
muertos. ¡Oh! ¡Egipto, Egipto, no quedará de tus cultos más que fábulas, y tus hijos,
más tarde, ni siquiera las creerán; nada sobrevivirá, sino palabras graba das en las
piedras que cuentan tus piadosas hazañas! (2)”.
Ahora bien, estos tiempos del fin estaban próximos.
Ya extranjeros, persas, habían invadido en varias ocasiones el país de Egipto,
derribando los santuarios de Amén y persiguiendo a sus sacerdotes. Pero estaba
anunciado que regresarían y que el nuevo faraón, Nectanebo II, no acabaría sus días en
el trono de sus padres; sabemos, y él mismo lo sabía porque estaba predicho, que sería
el último faraón de raza egipcia.
Y, sin embargo, el culto de Amén no pereció todavía,
pues los tiempos no estaban terminados. Estábamos instruidos de la venida de una
divina encarnación que restauraría a Amón una última vez, hasta su desaparición
después de Piscis.
Las profecías decían: “Entonces un sol se levantará
al norte. (3)”
Los sacerdotes que habían estudiado los astros de las
naciones volvían sus ojos hacia los países septentrionales del culto a Amén, hacia los
reinos al norte de Grecia. Hay un santuario de Zeus-Amón en Afitis, en Macedonia, y
otro en Dodona, en Epiro, en el bosque de robles. Pero el santuario de los santuarios,
el oráculo de los oráculos, está en el oasis de Siuah, en Libia. Teníamos los ojos
puestos en el destino de los príncipes de Epiro y de Macedonia. Y los cálculos habían
sido hechos a partir de las profecías; el Restaurador, ese humano sol, debía ser
concebido durante el otoño, el último año de la olimpiada 105 de los griegos.
De las cosas que se puede decir, es preciso conocer
éstas: las profecías se cumplen siempre, no por ellas mismas, sino porque nosotros
obramos de suerte que se cumplan. El papel de las profecías es el de prevenir a los
sabios de lo que tienen que hacer para que lo que tiene que suceder, suceda.
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Historia

(1) El culto de Amón, representado por un Dios
con cabeza de Carnero, aparece en Egipto unos dos mil años a.C., es decir,
al comienzo del la Era astrológica de Aries.
Los Faraones cambian entonces de designación y cesan de llamarse -por
ejemplo- Mentuhotep (Mentu o Montu: el Toro), para convertirse en Amenemhat
o Amenemmes, o, más tarde, Amenhotep. Nunca se volverá a emplear la raíz "Montu"
en su calificación, y , por el contrario, se empleará muy frecuentemente la
raíz "Amón". El paso se efectúa en el Imperio Medio, entre las dinastías XI
y XII.
Se puede constatar también que las cronologías conservadas de las dinastías
Babilónicas comienzan hacia el año 2.000 a.C.; y lo mismo respecto a las
cronologías de los Reyes de Asiria.
La noción de Era Astrológica es parte integrante de la teología astral de
los antiguos. Ella rige sus cultos, dirige sus profecías, influye sobre sus
ciencias esotéricas y sobre su concepción de la Historia.
El fin de la Era de Aries estaba previsto por las Apocalipsis Egipcias, y la
venida del Mesías no estaba solamente anunciada por los profetas judíos; los
primeros cristianos tomaron el símbolo de la Nueva Era, la de Piscis, como
signo de reconocimiento, antes de tomar el símbolo de la cruz.
Los Cambios de Era parecen ir acompañados de perturbaciones atmosféricas y
telúricas. El seísmo que se produjo en Palestina en tiempos de la pasión de
Cristo no parece ser un fenómeno aislado. Los evangelios apócrifos nos
hablan de que en la época en que Jesús fue a Egipto, numerosos templos se
derrumbaron.
2) Extraído de los Tratados Herméticos (apocalipsis
de Asclepios), cuyas primeras redacciones griegas fueron establecidas
aproximadamente dos siglos a.C., siguiendo libros egipcios anteriores por lo
menos en dos milenios.
El término "hermético", que ha tomado en nuestra lengua el sentido de
"oculto, oscuro, cerrado", califica en el origen a la enseñanza cuya
revelación es atribuida al Dios Hermes o "Hor-mes", que significa
"nacimiento del hombre".
Se aprecia un gran parentesco entre los textos de Hermes Trimegisto (tres
veces grande) y numerosos pasajes de Platón, especialmente en el "Timeo" (La
Atlántida).
Platón estudió trece años en Egipto, como Pitágoras, que había pasado más de
veinte años trabajando en los Templos, y, antes todavía, Tales de Mileto.
Aristóteteles, como es sabido, era discípulo de Platón. Sus obras, que han
servido de base a todo el pensamiento occidental, estaban llenas de la
ciencia iniciática egipcia.
Asclepios (Esculapio), no es más que una figura de fábula o el simple nombre
de un mito: es el personaje histórico famoso que los egipcios llaman Imothep
(muy mal representado en la película "La Momia"), astrónomo, médico,
arquitecto y jurista, primer ministro del faraón Zozer, o Djezer, en la IIIª
Dinastía, unos 2.800 años a.C.
No cuesta mucho trabajo representarnos esta divinización de personajes que
han vivido realmente; para conseguirlo, pensemos en la canonización de los
Santos.
(3) Se refiere a Alejandro Magno
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